GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 6 #6
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CAPÍTULO 6 #6

El gringo metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó algo —un papel, pequeño, doblado—. Kike lo miró. No era un sobre. No era dinero. Era una nota.

—Solo esto. Salcedo dijo que era importante.

Kike dudó. Cada instinto que lo había traicionado tres semanas atrás ahora funcionaba al revés —como un imán que cambia de polo—. Ahora desconfiaba de los extraños. Ahora protegía a Mateo. Ahora era el guardián que debió ser siempre.

—Espera aquí.

Kike entró al club, cruzó la pista —entre parejas que bailaban Llorarás de Oscar D León— y fue hasta Mateo, que estaba guardando el King 3B después del último set.

—Hay un gringo afuera. Dice que Salcedo lo mandó. Tiene una nota.

Mateo sintió un frío que conocía bien —el frío del iceberg bajo la superficie—.

—¿Cómo es?

—Rubio, joven, camiseta negra. No es de aquí.

—¿Solo tiene una nota?

—Solo una nota. Sin sobre. Sin dinero.

Mateo dejó el trombón en el estuche y fue a la puerta del callejón. El gringo estaba ahí, de pie, con los brazos cruzados y una expresión que Mateo no pudo leer: ni amistosa ni hostil, simplemente neutra —como la de un mensajero que no sabe lo que lleva—.

—¿Eres Mateo Reyes?

—Soy yo. ¿Quién te mandó?

—Rubén Salcedo. Me pidió que esperara hasta que terminaras el set. —Le extendió el papel—. Dijo que lo leyeras cuando estuvieras solo.

Mateo tomó el papel. El gringo se dio la vuelta sin decir más, subió al Wagoneer y se fue. Mateo miró el papel doblado sin abrirlo. Luego miró a Kike.

—Vete a casa, Kike.

—¿Estás seguro?

—Estoy seguro. Y gracias por hoy.

—No hay de qué, hermano.

Kike se fue. Mateo cerró la puerta del callejón. Volvió al cuarto de caoba —ahora vacío, sin la Teac, sin la cinta, con solo el Shure, la manta, y la cajita de Lola sobre la mesa—. Se sentó en la silla de madera. Abrió el papel.

Era una nota escrita a mano —con la misma caligrafía izquierda, agresiva de Esteban—. Pero no era de Esteban. Era de Salcedo. Salcedo había reconocido la caligrafía y, en un acto de generaciones cruzadas, había escrito su nota con la misma inclinación, como si el universo exigiera continuidad:

Mateo:

La cinta está a salvo. Pero hay algo que no te dije en persona porque no había tiempo y porque necesitabas escucharlo después, no durante.

Tu abuelo me mandó la maqueta en 1963. Yo nunca la recibí. Pero me enteré —por una fuente que no puedo nombrar— de que el mensajero fue interceptado. La maqueta fue destruida. Y el mensajero…

El mensajero era un percusionista llamado Enrique Matos.

Mateo dejó de respirar.

El padre de tu amigo Kike.

La nota tembló en las manos de Mateo. No de miedo —de revelación. De la comprensión súbita de que la historia no era un círculo sino una espiral: cada vuelta agregaba una capa, cada generación repetía el patrón pero con una variación, y la variación —esta vez— era que Mateo lo sabía.

Enrique Matos —padre de Kike— había intentado llevar la canción de Esteban a Salcedo en 1963.

Y alguien lo había interceptado. No Yago —Yago habría sido un niño entonces—, sino los precursores de Yago: los hombres de Don Jairo, los mismos que marcaban a las mujeres, los mismos que operaban en el silencio.

¿Y Enrique Matos? ¿Qué le pasó? Mateo no lo sabía. Pero Kike lo sabía —o debería saberlo—. ¿Por qué Kike nunca le había contado que su padre era el mensajero de Esteban? ¿Por qué Kike nunca le había dicho que la traición de su familia no empezó con él sino una generación atrás?

Mateo cerró los ojos. La cinta existía. La canción existía.

Pero el mapa de la traición era más profundo de lo que había imaginado —y más antiguo—.

Y mientras el cumpleaños de la hermana de Don Jairo se acercaba a su fin, y Yago se preparaba para volver a la ciudad con sus ojos y sus oídos y su lista de tres nombres, Mateo entendió que el segundo bloque de la canción no sería solo denuncia del presente: sería excavación del pasado.

Porque la canción —ese organismo vivo que habitaba su cuerpo y exigía ser alimentado con verdad— ahora sabía algo que Mateo acababa de aprender:

La traición tiene genealogía.

Y la genealogía de la traición —desde Enrique Matos en 1963 hasta Kike Matos en 1985— era la historia paralela de la genealogía del amor —desde Esteban y Lola en 1960 hasta Mateo y Aitana en 1985—.

Dos genealogías.

Dos espirales.

Una canción que las contenía a ambas.

Mateo guardó la nota de Salcedo junto a la carta de Esteban, junto a la partitura de Esteban, junto a los versos de Lola, junto a las estrofas de Mateo. El cuaderno era ahora un archivo: cinco documentos, cinco testamentos, cinco eslabones de una cadena que cruzaba un cuarto de siglo.

Salió del club. Caminó por las calles de Santurce —despierto, vigilante, vivo—. Y mientras caminaba, la canción —el primer bloque, los catorce minutos y cuarenta y siete segundos que ahora existían en cinta magnética— comenzó a repetirse en su cabeza, no como recuerdo sino como promesa:

El segundo bloque va a doler más. Va a decir lo que nadie quiere decir.

Pero ahora el primer bloque era eterno.

Y lo eterno no se puede callar.

Y lo que no se puede callar… cambia el mundo.