CAPÍTULO 5 #4
Llegó a la casa de Eligio a las diez y cuarenta.
La casa era igual que la primera vez —paredes de madera pintadas de azul hace una década, techo de zinc con manchas de óxido, un patio de tierra con matas de hierba buena y albahaca creciendo en latas de leche—, pero la luz del porche estaba encendida, lo que significaba que Eligio estaba despierto.
Y si Eligio estaba despierto, era porque sabía que Mateo venía.
Mateo tocó la puerta dos veces —dos, como la primera vez— y esperó.
La puerta se abrió. Eligio estaba igual: delgado como un junco, con la piel del color del tabaco envejecido, los ojos claros que parecían faroles antiguos, y la ropa —camisa de manga larga abotonada hasta el cuello, pantalones de dril, zapatos de cuero— que ningunaría el calor como solo un viejo sabio puede hacerlo.
Pero había algo nuevo en su rostro: una seriedad que la primera vez no había tenido.
O tal vez sí la tenía y Mateo, embriagado de recién enamorado, no la había visto.
—Siéntate —dijo Eligio, señalando la silla de madera frente a la mesa—. Sabía que vendrías.
—¿Cómo?
—Porque la canción te está empujando. Y cuando la canción empuja, el hombre no puede resistir. —Hizo una pausa—. ¿Qué necesitas?
—Información. Sobre mi abuelo. Sobre 1960.
Eligio asintió despacio, como quien confirma algo que siempre supo.
—Tu abuelo Esteban tocó en una fiesta Caló en 1960.
La fiesta fue en la finca de Don Jairo —la misma finca donde te dieron la paliza, muchacho—.
Tu abuelo fue invitado porque era el mejor trombonista de la isla y los Caló querían la mejor música para su celebración.
Lola bailó esa noche. Tu abuelo tocó para ella.
—¿Y qué pasó?
—Lo que siempre pasa cuando dos pedazos del universo se reconocen. Se miraron. Y en la mirada estaba todo: el amor, el peligro, la muerte. —Eligio se inclinó hacia adelante—. Don Jairo vio la mirada. Y decidió que esa mirada no volvería a ocurrir.
—¿Qué hizo?
—Le prohibió a Lola volver a escuchar la música de Esteban.
Le prohibió salir de la finca sin supervisión.
Y cuando Lola desobedeció —porque Lola siempre desobedecía, era de la misma madera que su hija—, Don Jairo la marcó.
La primera marca fue en 1961, después de que Lola apareció en un club de Ponce donde Esteban tocaba.
—Eligio señaló la cara de Mateo—. La misma marca que tú viste en el cuello de la Gitanita. Ocotillo. Sangre. Propiedad.
—¿Y mi abuelo?
—Tu abuelo no lo supo. O lo supo y no pudo hacer nada. Los hombres como Esteban —músicos, artistas, soñadores— no tienen las herramientas para pelear contra los hombres como Don Jairo. Tienen la música. Y la música no detiene los puños.
—Pero la música sí detiene el olvido —dijo Mateo.
Eligio lo miró con algo que no era sorpresa sino reconocimiento. Como quien ve a un hijo descubrir lo que el padre siempre supo.
—Exacto, muchacho. La música no detiene los puños. Pero detiene el silencio. Y el silencio es la verdadera arma de Don Jairo. No las palizas, no las marcas, no los camiones. El silencio. Lo que no se nombra no existe. Lo que no se canta no se recuerda. Y lo que no se recuerda no puede destruirte.
—Entonces voy a nombrarlo todo —dijo Mateo—. Voy a cantar todo. Cada marca, cada quemadura, cada mentira, cada camión, cada persona que cruzó la isla dentro de un cajón con documentos falsos. Todo.
—¿Y la canción de amor? —preguntó Eligio—. Porque la canción que estás escribiendo no es solo denuncia, Mateo. Es también deseo. ¿O me vas a decir que las estrofas que has escrito hasta ahora hablan solo del crimen?
—No. Hablan de ella. De Aitana. Del amor que no puede ser pero es.
—Entonces la canción es doble: amor y denuncia.
Deseo y verdad. La Gitanita y el imperio.
Y si quieres que funcione, las dos cosas tienen que vivir juntas.
No puedes separar el amor de la lucha, porque el amor es la lucha.
El amor es lo que te hace pelear. Y la lucha es lo que hace que el amor importe.
Mateo escuchó. Y entendió. La canción no era un arma de un solo filo; era una espada de dos manos: una cortaba el silencio, la otra abría el corazón.
—Hay algo más —dijo Mateo—. Sospecho de alguien. De mi amigo Kike. Creo que le está pasando información a Yago.
Eligio no se inmutó.
—¿Por qué?
—Un reloj nuevo que no puede pagar. Sobres blancos que desaparecen en su bolsillo. Un hombre en el callejón del club con camisa de seda gris. Y hoy lo vi en la botica de Borínquen, en el mostrador de atrás, comprando un frasco marrón.
Eligio cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, la seriedad se había convertido en algo más antiguo, más pesado —como el bronce de una campana que ha sonado demasiadas veces—.
—El frasco marrón puede ser cualquier cosa, Mateo. Hierbas para la tos. Tintura de árnica para las manos. No saltes a conclusiones.
—Pero el reloj no es para la tos. Y el sobre no es árnica.
—No. —Eligio negó con la cabeza—. Pero la desconfianza es un veneno más rápido que el ocotillo. Si dudas de tu amigo sin pruebas, lo pierdes. Y si lo pierdes, pierdes la música que compartían. Y si pierdes la música, pierdes la canción.
—¿Y si no dudo y él es el infiltrado?
—Entonces necesitas pruebas. No sospechas. Pruebas. —Eligio se puso de pie—. Ve al club mañana. Observa sin juzgar. Si Kike es lo que tú crees, el tiempo lo revelará. Los traidores siempre se descubren, porque la culpa es más ruidosa que la lealtad.
Mateo asintió. Se levantó. Pero antes de salir, Eligio lo detuvo con una mano en el brazo.
—Mateo. Hay algo que te pertenece. Algo que tu abuelo dejó en esta casa en 1962, cuando vino a pedir ayuda para sacar a Lola de la finca.
Yo no pude ayudarlo —Don Jairo era ya demasiado fuerte—.
Pero Esteban dejó algo aquí. Dijo: Si algún día un Reyes viene con un trombón a buscar respuestas, dale esto.
—Eligio caminó hacia un armario de madera oscura que ocupaba toda la pared del fondo, abrió un cajón y sacó un objeto envuelto en tela—. Lleva veintitrés años esperándote.
Le entregó el objeto. Mateo lo desenvolvió.
Era una partitura. No impresa: manuscrita, con la misma letra angular y firme de Esteban —Mateo la reconoció porque tenía la caligrafía de los Reyes: izquierda, agresiva, hecha para firmar cheques y escribir músicas—.
La partitura tenía cuatro compases escritos en tinta negra, con una anotación al pie que decía: Para la mujer que baila en mis sueños. E.R.
Mateo leyó los cuatro compases. Y la sangre se le heló.
Porque la melodía de esos cuatro compases —la que su abuelo había escrito en 1962— era la misma melodía que Mateo había descubierto en el piano de su apartamento trece días atrás.
La misma progresión. El mismo ritmo. La misma alma.
Pero con una diferencia: la melodía de Esteban tenía, debajo de las notas, una palabra escrita en letra pequeña: Gitana.
Mateo miró a Eligio. Eligio miró a Mateo.
Y entre los dos, en la mesa de madera, la partitura de 1962 respiró como algo vivo —porque lo era: era la prueba de que la canción no había nacido en 1985, sino que había empezado a nacer en 1960, y que Mateo no era el primer Reyes que la escuchaba, sino el segundo—.
—Tu abuelo no pudo grabarla —dijo Eligio—. No tuvo estudio, no tuvo productor, no tuvo la oportunidad. Pero tú la tienes, Mateo. No la desperdicies.
Mateo guardó la partitura en el cuaderno —página final, junto a los versos de Lola— y salió de la casa de Eligio con el pecho tan lleno que no cabía en su cuerpo.
§
Viernes 2 de agosto de 1985 — 10:30 p.m
Mateo tocó esa noche en La Guasábara como si el mundo se fuera a acabar.
No era el set normal —siete números de salsa, un bolero, dos descargas—.
Era otra cosa. Era una conversación con la historia.
Cada nota del King 3B llevaba dentro la melodía de Esteban, los versos de Lola, el miedo de Aitana y la terquedad de Mateo, y la combinación era tan potente que la gente del club —los habituales del jueves, los marineros de paso, las parejas que bailaban pegadas en la pista de azulejos— lo notó.
Doña Carmen lo notó. Carlitos lo notó. Papo dejó de tocar el montuno y se quedó mirando a Mateo con la boca abierta.
Vitín dejó de caminar el bajo y se limitó a seguir el flujo, porque el flujo era tan claro y tan poderoso que no hacía falta inventar: solo acompañar.
Y Kike lo notó.
Kike tocaba las congas con la misma precisión de siempre, pero sus ojos —esos ojos que Mateo conocía como las líneas de su propia mano— estaban puestos en él.
No en la música: en él. Lo observaba con una intensidad que no era la de un compañero disfrutando un buen solo: era la de un hombre calculando algo.
Mateo sostuvo la mirada. Y tocó más fuerte.
El solo de trombón duró cuatro minutos —una eternidad en el mundo de la salsa, donde los solos rara vez superan los dos—.
Cuando terminó, el club estalló en aplausos.
Gritos. Un marinero lanzó su sombrero al aire.
Una mujer en la barra lloraba sin saber por qué.
Doña Carmen golpeó la barra con la palma de la mano tres veces —su señal de aprobado máximo— y gritó: ¡Eso es música, carajo, no el pajarito ese de la radio!
Mateo bajó del escenario con el King 3B en la mano, sudando como si hubiera corrido una maratón, y fue directo a la barra a pedir agua. Doña Carmen le sirvió un vaso de agua de coco helada y le dijo, bajito:
—El hombre de la seda gris volvió al callejón. Veinte minutos. Se fue hace diez.
Mateo sintió un frío que no tenía nada que ver con el agua de coco.
—¿Habló con alguien?
—Con tu amigo.
—¿Kike?
—Con tu amigo. —Doña Carmen no dijo más. Pero sus ojos —sesenta y pico de años de dignidad borinqueña— dijeron todo lo que la boca no podía.