GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

Aitana le dejó leer. Mateo devoró las tres hojas con la misma hambre con que un náufrago devora un pan.

Los versos de Lola no eran literatura; eran testament.

Eran las palabras de una mujer que había vivido bajo la marca de Don Jairo, que había bailado cuando le ordenaban bailar, que había callado cuando le ordenaban callar, y que —en los intersticios de la sumisión, en los márgenes del silencio— había escrito lo que nadie le permitía decir.

Cuando un amor se muere

Dime nena a dónde va

Dime Gitanita

Sola, sola en la noche

Con el olor de un hombre que no amo

Y el eco de otro que no puedo tener

Bailo con mis pies

Pero mis ojos buscan los tuyos

En cada esquina de cada fiesta

En cada copa de cada brindis

En cada nota de cada trompeta

Mateo dejó de leer. La última línea —en cada nota de cada trompeta— le detuvo el corazón.

Lola no escribió trompeta. Lola escribió trombón —Mateo lo sabía con la certeza que da la sangre—.

Pero al copiar los versos a los catorce años, Aitana había escrito trompeta porque a los catorce años no sabía que el hombre que su madre buscaba con los ojos era un trombonista.

Aitana no sabía, hasta hace doce días, que el hombre que su madre buscaba era el abuelo de Mateo.

—Aitana —dijo Mateo, con una calma que era la calma antes de la tormenta—. Tu madre escribió trombón, no trompeta.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque tu madre estaba mirando a mi abuelo. En cada fiesta. En cada nota. En cada canción. Lola y Esteban se amaban, Aitana. O por lo menos se buscaban. Y Don Jairo lo sabía. Por eso la marca. Por eso el control. No era solo posesión. Era celos.

Aitana se puso de pie. Caminó tres pasos hacia la bahía. Se detuvo. Volvió. Se sentó. El movimiento era como un baile incompleto —ida y vuelta sin resolución—.

—Si eso es cierto —dijo ella, y la voz era un hilo de acero—, entonces Don Jairo no solo me marcó porque sí. Me marcó porque le tenía miedo a la historia. Le tenía miedo a que la hija de Lola repitiera lo que la madre hizo. Buscarse a un músico. Enamorarse de un extraño. Dejarlo.

—Y tú lo estás haciendo, Aitana. Estás repitiendo la historia.

—No. Yo no busco dejar a nadie. Yo busco la canción.

La canción que mi madre no pudo cantar y que tú vas a cantar.

—Se volvió hacia él con una intensidad que quemaba—.

Mi madre escribió pero nunca cantó. Nunca tuvo un estudio, un micrófono, un productor.

Yo no voy a cometer el mismo error. Yo voy a asegurarme de que la canción exista, aunque me cueste todo.

—¿Todo qué?

—Todo, Mateo. Todo.

La guagua de la ruta T5 se detuvo en la parada.

Las puertas se abrieron. Nadie bajó. Un viejo con un saco de harina subió.

Las puertas se cerraron. La guagua se fue.

Y en el banco del parque, con las palomas comiendo migas invisibles y el sol subiendo despacio sobre El Morro, Mateo y Aitana se quedaron mirándose —no directamente, sino a través del reflejo de los cristales de la bahía, donde el sol recién nacido pintaba un camino de oro sobre el agua—.

Mateo volvió al apartamento a las siete y cuarto.

Doña Lydia ya había salido —la sastrería abría a las seis—.

El apartamento estaba vacío y quieto, con ese silencio matutino que huele a café recién colado y a esperanza temporal, porque la mañana es el único momento del día en que la esperanza todavía es posible antes de que el sol la queme.

Se sentó frente al piano. Abrió el sobre de Lola. Leyó los versos otra vez —esta vez con la lentitud de quien lee una carta de ultratumba—. Y entonces, con los versos frente a él y el cuaderno al lado, Mateo hizo lo que debía hacer: escribió la estrofa que completaba el primer bloque de la canción.

Sé que nunca fuiste mía

Ni lo ha sido, ni lo eres

Pero de mi corazón

Un pedacito tú tienes, mi Gitanita

Las palabras fluyeron como agua que encuentra la grieta en la roca.

No fueron suyas solas —fueron un diálogo entre la vida de Mateo y la muerte de Lola, entre la marca en el cuello de Aitana y la cicatriz en la barbilla de Mateo, entre el trombón de Esteban y los versos de la mujer que lo miraba desde la pista de baile—.

Sé que nunca fuiste mía: la verdad que no necesitaba ser dicha porque ambos la sabían, pero que cobraba un poder nuevo al cantarla.

Ni lo ha sido, ni lo eres: la extensión de la verdad al pasado y al presente, la abolición del tiempo, la confirmación de que lo imposible no tiene fecha de vencimiento.

Pero de mi corazón / Un pedacito tú tienes: la grieta, la apertura, la rendija por donde la luz entraba —o salía—.

La victoria dentro de la derrota. El pedacito. Lo suficiente para seguir vivo.

Mi Gitanita.

El apodo era de Lola —Mateo lo había visto en los versos: Dime Gitanita.

Pero ahora la palabra tenía dos dueños: Lola la había escrito para Esteban, y Mateo la cantaba para Aitana.

La canción era un palimpsesto —un texto escrito sobre otro texto, donde las letras más antiguas sangraban a través de las nuevas como los huesos a través de la piel—.

Mateo tocó la estrofa en el piano. Do menor —la tonalidad de la resignación—, y luego Fa menor —la tonalidad de la persistencia—, y finalmente Si bemol mayor —la tonalidad de la esperanza terca, la que no tiene motivos pero no se rinde—.

La progresión era simple, casi folklorica, como un bolero que una abuela cantaría en la cocina mientras friega los platos.

Pero la sencillez era engañosa: dentro de esa progresión cabía todo —el amor imposible, la marca de ocotillo, la quemadura de cigarro, los versos de Lola, el King 3B con su abolladura, y veinticinco años de silencio que ahora encontraban voz.

Mateo la tocó tres veces. La tercera vez, lloró. No de tristeza —de asombro. El asombro de quien descubre que la canción que creía que estaba escribiendo era, en realidad, una canción que lo estaba escribiendo a él.

El primer bloque de Gitana estaba completo.

Pero el día no terminó ahí.

A las once de la mañana, Mateo salió a comprar cuerda para el trombón —la Varita #3 tenía un desgaste en la funda interior que hacía que el Re agudo sonara como un gato con laringitis—, y al pasar frente a la botica de la calle San José, vio a Kike.

Kike estaba dentro de la botica, pero no en la sección de medicinas: estaba en el mostrador de la parte de atrás, donde el boticario vendía —además de aspirinas y algodón— hierbas, resinas y tinturas para santeros y curanderos.

Mateo conocía ese mostrador; Eligio lo frecuentaba.

Era el lugar donde uno compraba la raíz de mandrágora para los amarres, la hierba de san Juan para la depresión, y el ocotillo para las marcas.

Ocotillo.

Mateo se detuvo en la acera, a tres metros de la puerta de la botica, con el sol pegándole a la espalda y el corazón pegándole saltos en el pecho.

A través del cristal de la puerta —sucio, con letras doradas que decían FARMACÍA BORÍNQUEN desde 1948—, vio cómo Kike hablaba con el boticario, un hombre calvo con lentes de culo de botella, y cómo el boticario le entregaba un frasco pequeño —marrón, con tapa negra— que Kike metió en el bolsillo del pantalón.

No era ocotillo. Mateo no podía saber qué era desde esa distancia. Pero la asociación —Kike, la botica, el mostrador de atrás, el frasco marrón— encendió una alarma en su cabeza que sonó como un Si bemol desafinado: grave, insistente, imposible de ignorar.

Kike salió de la botica sin ver a Mateo —este se escondió detrás de un camión de reparto— y caminó hacia la parada de la avenida Ashford, donde tomó una guagua hacia Santurce. Mateo no lo siguió. No era momento de seguir; era momento de pensar.

Y pensó. Pensó mientras caminaba de vuelta al apartamento.

Pensó mientras comía el arroz con habichuelas que doña Lydia había dejado en la olla.

Pensó mientras miraba el King 3B, con su abolladura que ahora era una herida compartida entre dos generaciones.

Pensó hasta que el pensamiento se volvió obsesión y la obsesión se convirtió en una frase que escribió en la última página del cuaderno —no como verso, sino como mapa:

KIKE: reloj nuevo + sobre blanco + hombre del callejón + botica de Borínquen + frasco marrón = ?

La interrogante era el vacío. El vacío era el miedo. El miedo era la semilla de la desconfianza. Y la desconfianza, una vez plantada, crecía como la enredadera del ocotillo: rápido, silenciosa, asfixiante.

Esa noche, Mateo no fue al muelle. Tampoco fue al club. Llamó a don Efraín —el taxista del Chevrolet del setenta y dos— y le pidió que lo llevara a Loíza.

—¿A Loíza? —don Efraín lo miró por el espejo retrovisor con sus ojos de cafeína y preocupación—. ¿A esta hora, mijo? Eso es tierra de brujos y gitanos.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer ahí?

—Buscar respuestas.

Don Efraín no preguntó más. Conocía a Mateo desde que lo llevaba al club tres noches por semana, y sabía que cuando un hombre dice «buscar respuestas» a las diez de la noche, no está buscando respuestas: está buscando la manera de seguir vivo.

El Chevrolet se deslizó por la carretera 187 —la misma carretera que, según Aitana, usaban los camiones del clan—, y Mateo miró por la ventana: la oscuridad de la costa, las farolas solitarias, las casas de madera con las luces apagadas, los perros que ladraban al paso del auto como centinelas de un reino invisible.

Todo olía a sal y a hierba —a hierba literal, no a la que se fuma—, y Mateo sintió que se adentraba en un territorio que no le pertenecía pero que ahora, de algún modo, le debía respuestas.