CAPÍTULO 5 #2
El miércoles, Mateo recibió lo que había estado esperando.
No fue en el muelle —era demasiado arriesgado ir al muelle tres veces en doce días; la frecuencia era una firma tan reconocible como un nombre escrito en un papel—, sino en el club, durante el set de la noche, cuando Mateo simuló ir al baño y en vez de doblar a la izquierda hacia el pasillo, dobló a la derecha hacia la cocina.
Doña Carmen estaba en la barra. Carlitos afinaba los bongós.
Papo tocaba un montuno suave en el piano.
Vitín ajustaba las cuerdas del bajo. Kike estaba afuera, en el callejón, hablando con alguien que Mateo no podía ver desde la puerta de la cocina.
El aroma de la comida —ajo, comino, culantro, manteca de cerdo— era tan denso que Mateo podía saborear el arroz con gandules en el aire.
Y ahí, sentada en un banquillo junto al fregadero, con un delantal manchado de grasa y el pelo recogido en un pañuelo de flores, estaba la mujer de la cocina —Mercedes, cincuenta y tantos, callada, eficiente, la que cocinaba las tapas que nadie pedía pero todos comían—.
Mercedes nunca hablaba con los músicos. Pero esa noche, cuando Mateo entró, ella levantó la vista y dijo:
—Busca a la muchacha del mercado. Mañana a las seis de la mañana, en la parada de la guagua frente al parque de las Palomas.
Mateo la miró. Mercedes nunca hablaba con los músicos.
—¿De parte de quién?
—De parte de nadie. De parte de una madre que no quiere que su hija siga quemándose.
Mercedes se dio la vuelta y volvió a su mundo de ollas y fogones.
Mateo entendió el mensaje: Aitana había encontrado otro canal.
El muelle era demasiado peligroso. El club también —si Kike era el infiltrado, el club era el lugar más inseguro de la isla—.
Pero la parada de la guauga, a las seis de la mañana, en el Viejo San Juan, con los primeros turistas saliendo de los hoteles y los vendedores de periódicos en las esquinas: eso era territorio neutral. Público. Iluminado.
Mateo asintió sin que Mercedes lo viera.
Salió de la cocina por la puerta lateral —no la del pasillo, donde Kike podría verlo— y volvió al escenario en el momento exacto en que Papo iniciaba el puente de Oye cómo va.
Nadie notó su ausencia. Nadie excepto Kike, que lo miró desde la puerta del callejón con una expresión que Mateo no pudo leer —y eso fue lo peor: no poder leer a un hombre al que había leído durante ocho años—.
§
Jueves 1 de agosto de 1985 — 5:48 a.m
El parque de las Palomas era un cuadrado verde suspendido sobre la bahía, con palomas que parecían estatuas de yeso y bancos de madera donde los viejos se sentaban a mirar el mar como quien mira una película que ya ha visto mil veces pero nunca deja de conmoverle.
A las seis de la mañana, el sol apenas asomaba la cabeza por encima de El Morro y las calles del Viejo San Juan tenían ese color de melocotón húmedo que solo existe en el Caribe durante los primeros diez minutos después del amanecer.
Mateo llegó a las cinco y cuarenta y ocho.
Llevaba el King 3B —no podía dejarlo en el apartamento; si Yago entraba de nuevo, el trombón era lo primero que buscaría— y el cuaderno en el bolsillo del pecho.
Camiseta gris, pantalones de trabajo, gorra de pescador.
No el trombonista de La Guasábara, sino un hombre más: anónimo, sustituible, invisible.
La parada de la guagua era un poste de metal con un cartel oxidado que decía ROUTE T5 — SAN JUAN — OLD SAN JUAN. No había nadie. Mateo se sentó en el banco más cercano, con la espalda hacia la bahía y los ojos hacia la calle, vigilando cada vehículo que pasara.
A las seis en punto, una guagua amarilla se detuvo en la parada. Las puertas se abrieron con un quejido neumático. Bajó un hombre de camisa azul, luego una mujer con una bolsa de mercado, y luego —como la última nota de una melodía que se resuelve—, Aitana.
No llevaba el vestido negro. Llevaba unos jeans azules, una camiseta blanca y una mochila de lona color oliva.
El pelo lo tenía suelto —negro, largo, cayéndole sobre los hombros como una cascada de tinta—, y en los pies llevaba tenis Converse rojos.
Parecía una estudiante universitaria. Parecía libre.
Parecía lo que nunca podía ser dentro de los muros de Los Enebros.
Mateo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
No era solo la belleza —siempre había sido la belleza— sino la transformación.
Fuera del vestido negro, fuera de las pulseras de monedas y el pañuelo de seda, Aitana era otra persona.
O tal vez era la misma persona que el vestido negro y las pulseras y el pañuelo obligaban a ocultar.
Aitana lo vio. No sonrió —no podían sonreírse en público; alguien podía estar mirando—, pero sus ojos cambiaron: el verde se hizo más claro, como el mar cuando el sol lo toca, y Mateo entendió ese cambio como una declaración de amor completa.
Aitana caminó hacia la parada y se sentó en el banco contiguo al suyo, dejando un espacio de dos metros entre ellos —la distancia de la prudencia, la distancia de la supervivencia—. Miró al frente, hacia la bahía, y habló en voz baja, como quien comenta el clima:
—¿Viste a alguien?
—No. ¿Tú?
—Yo nunca veo a nadie cuando camino. Solo huelo. Y esta mañana no huele a ocotillo. —Hizo una pausa—. Huele a café de la esquina y a jabón de tu camiseta.
—Es jabón de coco. El de mi madre.
—Me gusta. —Otra pausa—. Tengo algo para ti.
—Dímelo.
—No. Te lo doy.
Aitana sacó de la mochila un sobre pequeño —beige, con los bordes deshilachados— y lo dejó sobre el banco entre ellos. No se lo entregó en la mano. Lo dejó como quien olvida un objeto, con una naturalidad que era todo lo contrario de natural.
—¿Son los versos de Lola?
—Sí.
—¿Todos?
—Todos los que tengo. Mi madre escribió en cualquier superficie que encontrara: servilletas, bordes de periódicos, el forro de una bolsa de papel.
Yo los copié todos en ese papel cuando tenía catorce años, la noche antes de que Don Jairo me marcara.
Fue lo último que hice como persona libre antes de convertirme en propiedad.
Mateo quiso tomarla de la mano. Quiso saltar los dos metros de distancia y abrazarla y decirle que no era propiedad de nadie, que ningún tatuaje podía ser un título de propiedad, que el ocotillo en su cuello era una mentira y que la verdad era otra —la verdad era la canción, la música, la libertad que los dos respiraban cuando nadie los miraba—.
Pero no se movió. Porque en el banco contiguo, mirando la bahía como una turista matutina, Aitana le estaba entregando el tesoro más grande de su vida, y lo estaba haciendo en una parada de guagua a las seis de la mañana, y eso merecía más respeto que cualquier abrazo.
Mateo tomó el sobre. Lo abrió con dedos que temblaban —no de frío; hacía veintisiete grados—. Dentro había tres hojas de papel cuadriculado, escritas con tinta azul en una letra pequeña, angular, con los rasgos inclinados hacia la derecha como personas caminando contra el viento.
La primera línea fue como un golpe en el esternón.
Las palabras son de aire, y van al aire
Mis lágrimas son agua, y van al mar
Cuando un amor se muere
Sabes chiquita a dónde va
Sabes chiquilla a dónde va
Mateo leyó las líneas una vez. Dos. Tres.
Y cada vez que las leía, la resonancia era más profunda, como una nota que se multiplica en las paredes de una catedral.
Esas eran las palabras que había oído en el piano tres noches atrás —exactamente esas, en ese orden, con esa cadencia—.
No eran similares. Eran idénticas. La canción que vivía en su cabeza y los versos que Lola había escrito quince años atrás eran la misma cosa vista desde dos orillas del tiempo.
—Aitana —dijo Mateo, y la voz se le quebró—. Yo ya las oí.
—¿Qué?
—Yo ya oí estos versos. Antes de leerlos. El domingo, cuando toqué la estrofa del desvelo en el piano, mis dedos saltaron a una progresión distinta y yo oí las palabras de Lola en mi cabeza. Sin que nadie me las diera. Sin que tú me las dieras. Las oí como si alguien me las cantara.
Aitana se volvió hacia él —no del todo; solo la cabeza, girada treinta grados, con los ojos verdes enormes y la boca entreabierta—.
—¿Las oíste?
—Las oí. Las palabras son de aire y van al aire. Mis lágrimas son agua y van al mar. Exactamente así. Exactamente esas palabras.
El silencio que siguió duró cinco segundos —cinco segundos que contenían un cuarto de siglo de historia—. Aitana volvió a mirar la bahía. Mateo vio cómo sus hombros subían y bajaban con respiraciones profundas, como si estuviera cargando un peso invisible.
—Mi madre te escuchó, Mateo. Desde donde esté. Te escuchó y te dio las palabras antes de que yo pudiera dártelas.
—O mi abuelo me las dio. Él estaba en la fiesta de 1960. Él tocó el trombón ahí. Si él conoció a Lola… si él oyó esos versos cuando ella los decía… tal vez la melodía que él tocaba llevaba esas palabras adentro, como una semilla, y la semilla pasó al trombón, y del trombón a mí.
—¿Tu abuelo tocó en esa fiesta?
—Creo que sí. La foto que me mostraste… el trombonista tiene un King 3B con la misma abolladura. Es el trombón que tengo ahora. Es el trombón que tocó mi abuelo toda su vida.
Aitana cerró los ojos. Cuando los abrió, tenían lágrimas —no pocas, no una, sino un río callado que corría por sus mejillas como el agua de la bahía corría bajo el muelle—.
—Entonces mi madre no escribió sola, Mateo. Escribió con la música de tu abuelo en los oídos. Y tú no estás escribiendo solo. Estás escribiendo con los versos de mi madre en la sangre. La canción es un puente entre dos familias que estuvieron juntas hace veinticinco años y que Don Jairo separó.
Mateo agarró el sobre contra su pecho —contra el cuaderno, contra el corazón, contra todo lo que lo mantenía vivo—.
—¿Qué más dicen los versos?