CAPÍTULO 5
La Sospecha de Kike
Tres días.
Tres días desde la palabra PRÓXIMA escrita con tinta de ocotillo en el fondo de una taza de porcelana.
Tres días desde que Mateo Reyes aprendió que el miedo no es un estado sino un lugar —un territorio con sus propias fronteras, su propio clima, su propia geografía—, y que él ahora vivía ahí, dentro del miedo, como se vive dentro de una isla: rodeado de agua por todas partes, sin puente ni barca ni horizonte que no fuera salado.
Pero a diferencia de un náufrago, Mateo no se quedaba quieto.
La paranoia se había convertido en disciplina.
Desde el domingo, Mateo había ampliado su rutina de contravigilancia a dimensiones que habrían hecho reír a un profesional de la inteligencia y llorar a un psiquiatra.
Salía del edificio por la escalera de incendios —una estructura de metal oxidado que vibraba bajo sus pies como un diapasón— y caminaba tres calles en dirección contraria antes de doblar hacia su destino real.
Tomaba la guagua pública en vez del taxi de don Efraín, porque las guaguas eran anónimas: nadie recordaba la cara del pasajero de la fila de atrás.
Si caminaba, lo hacía por las aceras donde los toldos de las tiendas eran más anchos, porque los toldos bloqueaban la vista desde los edificios altos.
Y siempre, siempre, miraba hacia arriba antes de cruzar una puerta: si alguien lo esperaba, no estaría en la puerta sino en la ventana del segundo piso, con un teléfono o un arma o simplemente con los ojos de Yago clavados en su nuca como dos agujas de hiel.
Pero la vigilancia más obsesiva la reservaba para Kike.
No era justo. Mateo lo sabía. Kike había sido su hermano durante ocho años —ocho años de ensayos, giras por la isla, cenas de arroz con habichuelas en la casa de la madre de Kike en Bayamón, noches de ron y cuentos en el malecón de Río Piedras—.
Kike era la persona que había llamado al hospital cuando murió Héctor, la persona que había cargado el ataúd, la persona que le había dicho Ya pasó, mijo, ya pasó cuando el mundo se le derrumbó encima como un edificio sin cimientos.
Dudar de Kike era como dudar de la gravedad: posible en teoría, absurdo en la práctica.
Y sin embargo.
Y sin embargo, el reloj.
Mateo lo había notado el lunes por la tarde, durante el ensayo.
Kike siempre llevaba el mismo reloj —un Casio digital de plástico negro que le había regalado su primera esposa, la de Brooklyn, en 1979—.
El Casio era parte de Kike como las congas eran parte de Kike: barato, funcional, impertérrito.
Pero el lunes, en vez del Casio, Kike llevaba un Seiko de oro.
No oro chapado —Mateo conocía la diferencia porque su padre le había enseñado a distinguir los metales cuando trabajaba en la joyería de un tío en Ponce—.
Oro macizo. Un Seiko con correa de cuero marrón y esfera negra que, según los catálogos que doña Lydia a veces traía de la sastrería para recortar patrones, costaba más de trescientos dólares.
Trescientos dólares.
Kike ganaba ochenta dólares por noche en La Guasábara, cuando tocaban.
Las semanas malas —cuando doña Carmen cancelaba los martes por falta de público—, ganaba menos.
Nueve hijos reconocidos significaban al menos doscientos dólares mensuales en pensión.
La matemática era simple: Kike no podía comprar un reloj de trescientos dólares sin que la matemática dejara de funcionar.
Mateo no preguntó sobre el reloj el lunes.
Ni el martes por la mañana, cuando Kike llegó al club una hora antes del ensayo con un paquete de la Panadería España —dos medias lunas de guayaba y dos cafés con leche— y se sentó en la barra a hablar con doña Carmen durante cuarenta minutos, como si no tuviera congas que calentar ni arreglos que repasar.
Kike no hacía eso. Kike era el primero en llegar y el primero en irse. Kike odiaba quedarse después del set porque, según él, el vacío después de la música es como la resaca sin el trago. Pero ahora Kike se quedaba. Se quedaba como si estuviera esperando algo. O a alguien.
Mateo observó sin observar. Miró de reboce mientras afinaba el King 3B, estudiando la espalda de Kike desde la esquina del ojo —la forma en que se inclinaba sobre la barra, la manera en que sus manos —esas manos enormes, desproporcionadas— jugaban con el posavasos de cartón, arrancándole tiras como si estuviera contando los segundos—.
Y entonces vio lo que no debería haber visto.
Doña Carmen se acercó a Kike y le dijo algo al oído.
Kike asintió. Doña Carmen le entregó algo debajo de la barra —un sobre, pequeño, blanco— y Kike lo metió en el bolsillo trasero del pantalón con un movimiento tan rápido que Mateo casi no lo registra.
Casi. Pero lo registró, porque la memoria de un músico no es solo auditiva: es visual, táctil, olfativa.
Mateo podía recordar la fecha exacta en que Kike había cambiado el parche de la tumbadora izquierda, y podía recordar ahora el movimiento exacto del sobre blanco desapareciendo en el bolsillo trasero de su mejor amigo.
Mateo no preguntó.
No todavía.
Después del ensayo, Mateo caminó hasta la farmacia de la avenida Ashford —no la más cercana, sino la que tenía un teléfono público que funcionaba—, metió una moneda de veinticinco centavos en la ranura y marcó el número que Salcedo le había dado aquella noche en La Guasábara.
Tres timbrazos. Cuatro. Cinco. Entonces la voz de Salcedo —profunda, rasposa, con el acento neoyorquino que añadía consonantes donde no las había—:
—¿Diga?
—Maestro, soy Mateo. Mateo Reyes.
—Mateo. —La voz cambió de tono: de aburrimiento a alerta—. ¿Qué pasa, muchacho?
—Necesito hablar con usted. Es urgente.
—Hable. Estoy solo.
—¿Recibió una llamada? ¿De una mujer? ¿Anónima?
Silencio. El tipo de silencio que no es pausa sino confirmación.
—¿Cómo sabes tú eso, Mateo?
—Porque la persona que le llamó sabe cosas. Cosas que yo sé. Y cosas que usted necesita saber.
—¿Qué cosas?
—Que Don Jairo Muñoz ya sabe que usted me habló. Que está investigando su estudio. Y que la canción que yo estoy escribiendo —la canción que usted me pidió que escribiera— es la razón por la que alguien me está vigilando. Alguien que trabaja para Don Jairo. Alguien que está cerca de mí.
Otro silencio. Pero este era diferente: era el silencio de un hombre que está procesando información y no le gusta lo que procesa.
—Mateo, escúchame bien. La mujer que me llamó dijo algo específico: que no mandara a buscar la canción. Que viniera yo mismo. ¿Tú entiendes lo que eso significa?
—Que la canción no puede pasar por manos intermediarias.
—Exacto. Y significa algo más: que la red de Don Jairo es lo suficientemente amplia como para interceptar cualquier envío postal, cualquier mensajero, cualquier paquete. Si quieren la canción, pueden conseguirla antes de que llegue a mis manos.
—Lo sé, maestro. Por eso no la he escrito completa. No la termino hasta que tenga un estudio y un micrófono frente a mí.
—Eres más listo de lo que pareces, muchacho. —Salcedo soltó una risa breve, sin humor—. ¿Cuánto tiempo necesitas?
—¿Para qué?
—Para terminar la canción.
—La canción no se termina con tiempo, maestro. Se termina con verdad. Y la verdad todavía me está llegando.
—¿Qué verdad?
—Cosas que no puedo decir por teléfono. Cosas que necesito decirle en persona.
—Entonces ven a Nueva York.
—No puedo irme ahora. Ella no puede viajar. Y si me voy, pierdo el contacto.
—¿Ella? —La voz de Salcedo bajó un semitono—. ¿La mujer de la canción?
—Sí.
—Mateo… —Salcedo exhaló—. ¿Sabes en qué te estás metiendo?
—Sí.
—No, no sabes. Porque si supieras, no estarías hablando conmigo en un teléfono público. Estarías en un avión.
—No puedo irme, maestro. Ella se queda. Y si yo me voy, Yago gana.
—¿Yago?
—El sobrino de Don Jairo. El que vigila. El que marca.
Salcedo no respondió durante cinco segundos —cinco segundos que en la línea telefónica son una eternidad—.
—Mateo, escúchame una vez en tu vida. Hay dos clases de valentía: la que te salva y la que te mata. La primera te hace dar un paso atrás cuando el enemigo es más fuerte. La segunda te hace dar un paso al frente para que el enemigo te vea morir. Tú estás dando un paso al frente.
—¿Y qué me recomienda?
—Que termines la canción lo antes posible. Que me la traigas tú mismo. Y que entre tanto, no hagas nada que llame la atención.
—Ya es tarde para eso, maestro. Ya me vio.
—¿Quién te vio?
—Yago. En la acera de mi apartamento. Dejó una taza de café con una palabra. PRÓXIMA.
El silencio que siguió fue tan denso que Mateo pudo oír el tráfico de la Calle Cuarenta y Ocho filtrándose por la línea —cláxones, frenos, el rugido de un taxi—.
—Dios mío, muchacho. —La voz de Salcedo tembló por primera vez—. Esa palabra es una marca Caló. No significa «próxima visita». Significa «próxima víctima».
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. Porque la próxima víctima no eres tú. La próxima víctima es ella. Yago no amenaza al hombre; amenaza a lo que el hombre ama. Es la táctica del clan: si quieres controlar al perro, no le pegas al perro; le pegas al hueso.
Mateo apretó el auricular hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Qué hago, maestro?
—Lo que te dije desde el principio: escribe la canción. Grábala. Y cuando exista —cuando sea sonido y no solo silencio—, Yago no podrá destruirla. Una canción grabada es indestructible. Puedes matar al cantor, pero no puedes matar al canto.
—¿Y mientras tanto?
—Mientras tanto, protege lo que puedes. Y dime una cosa, Mateo: ¿confías en la gente que te rodea?
La pregunta cayó como una piedra en un pozo oscuro. Mateo pensó en Kike. En el Seiko de oro. En el sobre blanco. En el hombre de la camisa de seda gris.
—No lo sé, maestro.
—Entonces no confíes. Hasta que sepas, no confíes en nadie.
La línea se cortó con un clic. Mateo colgó el teléfono y se quedó parado frente a la farmacia, con el sol de las tres de la tarde quemándole la nuca y la palabra PRÓXIMA ardiéndole en la memoria como una quemadura de cigarro.