GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 4 #6
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CAPÍTULO 4 #6

Yago sabía que Mateo amaba a Aitana. Yago sabía que Aitana permitía que Mateo la tocara. Yago sabía que la regla se había roto.

Y la palabra PRÓXIMA no era una amenaza para Mateo. Era una amenaza para Aitana.

Próxima mujer marcada. Próxima quemadura. Próxima vez que se pase de la raya.

Mateo apretó el cuaderno contra el pecho. El papel se humedeció con su sudor. Y en la oscuridad del apartamento, con los ojos abiertos y el corazón desbocado, Mateo hizo la única cosa que sabía hacer cuando el mundo se le cerraba:

Abrió el cuaderno y escribió.

No una canción. Una promesa.

Voy a grabar la canción, Aitana. Voy a grabarla aunque me cueste la vida. Y cuando el mundo la oiga, Yago no podrá tocarte. Porque la canción será más fuerte que el miedo. Y el miedo es lo único que Yago tiene.

Cerró el cuaderno. Lo guardó en el estuche del trombón.

Y permaneció despierto hasta que el sol entró por las persianas y los gallos cantaron y San Juan se despertó ajeno a la guerra que se libraba en el pecho de un trombonista de veintitrés años que había decidido que la música era más poderosa que la muerte.

Pero mientras Mateo velaba en su apartamento, la red se movía en dos direcciones simultáneas.

En Nueva York, en el estudio de grabación de la Calle Cuarenta y Ocho —un espacio de doscientos metros cuadrados con paredes acolchadas de color burdeos y equipos que costaban más que toda la vida de Mateo multiplicada por cien—, Rubén Salcedo estaba sentado frente a una mesa de mezclas, escuchando una maqueta de un joven trombonista dominicano cuando sonó el teléfono.

—Maestro, tiene una llamada —dijo su asistente—. Dice que es importante.

—¿De quién?

—No quiso decir nombre. Dice que es sobre el muchacho de Puerto Rico.

Salcedo tomó el teléfono. La voz al otro lado era femenina, joven, con un acento que no era puertorriqueño ni dominicano sino algo más antiguo, algo que venía de antes de las fronteras.

—Señor Salcedo, mi nombre no importa. Lo que importa es que usted le dijo a Mateo Reyes que escribiera una canción. Esa canción es peligrosa para él y para alguien más. Don Jairo Muñoz ya sabe que usted habló con Mateo. Y ya está investigando su estudio.

—¿Quién es usted? —preguntó Salcedo, y la piel de sus antebrazos se le puso de gallina—.

—Alguien que quiere que la canción exista. Pero que sabe que si Don Jairo la encuentra antes de que se grabe, destruirá todo —la frase se cortó—. Proteja al muchacho, maestro. Y cuando él tenga la canción lista, venga a buscarla. No la mande buscar. Venga usted mismo.

La línea se cortó. Salcedo quedó mirando el teléfono como quien mira un fantasma. En cuarenta años de industria, nunca había recibido una llamada así. Y en cuarenta años de industria, había aprendido que las llamadas que uno no espera son las que cambian todo.

Salcedo se reclinó en la silla. Miró la maqueta del trombonista dominicano —buena, profesional, vacía— y pensó en el muchacho de Puerto Rico, en los ojos oscuros y la cicatriz de la barbilla y la forma de tocar como si cada nota fuera la última.

Venga usted mismo.

Y en la Finca Los Enebros, en Loíza, mientras los últimos invitados de la fiesta de cumpleaños se marchaban y los perros dormían bajo las matas de mango, Yago estaba sentado en la cocina —la misma cocina donde Lola había preparado café con cardamomo durante catorce años—, contando dinero y riendo.

No reía de felicidad. Yago no era capaz de felicidad.

Reía de la taza que había dejado en la acera.

Reía de la palabra PRÓXIMA escrita con tinta de ocotillo.

Reía porque sabía que Mateo Reyes estaba despierto en ese momento, con el corazón saltándole del pecho, y que ese miedo era exactamente el alimento que Yago necesitaba para seguir viviendo.

—El trombonista no duerme —dijo Yago al aire, porque no había nadie en la cocina para escucharle—. Y cuando un hombre no duerme, comete errores. Y cuando comete errores, yo estoy ahí para recogerlos.

Se sirvió otra taza de café con cardamomo. Bebió un trago. Y antes de irse a dormir, sacó de su bolsillo un papel —no el de Mateo, sino otro, con una lista de nombres— y añadió uno nuevo al final:

DARÍO QUIÑONES

Debajo del nombre, una anotación en letra pequeña: Periodista. Preguntó en el mercado de Río Piedras sobre las mujeres del clan. Dos testigos. Vigilar.

La lista tenía ahora tres nombres:

MATEO REYES

RUBÉN SALCEDO

DARÍO QUIÑONES

Tres nombres. Tres objetivos. Y un solo hombre —Yago— encargado de vigilarlos a todos.

Pero Yago no sabía algo: que en la misma finca, en el cuarto con las paredes azul descolorido, Aitana estaba escribiendo otra lista. No de nombres, sino de versos. Los versos de Lola. Y que esa lista —esa otra lista— era el arma que destruiría la de Yago.

Dos listas. Dos guerras. Y en el medio, una canción que todavía no tenía todas sus palabras pero que ya estaba cambiando el mundo, una nota a la vez.

Gitana, gitana, tu pelo, tu pelo, tu cara, tu cara…

La canción dormía. Pero como todos los fuegos que duermen, solo esperaba aire.