CAPÍTULO 4 #5
Mateo fue directo al cuarto, cerró la puerta —ahora con cerrojo nuevo que él mismo había instalado la semana anterior—, y sacó el cuaderno del bolsillo del pecho. Abrió la página catorce —la de la agonía— y escribió debajo, con una calma que no era calma sino urgencia controlada:
Bien sé que tú, yo sé bien que tú, yo sé bien que tú
Ni te has dado cuenta de este muchacho
«Al que madruga Dios lo ayuda»
Y eso espero, pues me paso toda la noche por ti desvelado
Las palabras se habían completado en el muelle, pero ahora, a solas con el cuaderno y el silencio, Mateo las leyó como quien lee una carta que le fue devuelta sin abrir.
Ni te has dado cuenta de este muchacho: la humildad del hombre que sabe que es invisible para ella —o que cree que lo es, porque Aitana lo había tocado, lo había elegido, había temblado con su mano—.
Al que madruga Dios lo ayuda: la fe terca, infantil, imposible, de quien no tiene nada más que la fe.
Toda la noche por ti desvelado: la prueba —las ojeras, los dedos sangrando, las horas frente al piano que su madre creía eran manía y eran plegaria—.
Mateo tocó la estrofa en el piano —suavemente, con el pedal sordina pisado para no despertar a doña Lydia—, y la melodía se acomodó a las palabras como el agua se acomoda al cauce del río: sin esfuerzo, sin fricción, como si ambas —música y letra— siempre hubieran sido una sola cosa que alguien había separado artificialmente y que ahora se reunían.
Pero entonces pasó algo que Mateo no esperaba.
Al terminar la estrofa, sus dedos —solos, sin instrucción consciente— saltaron a otra progresión. No Do menor. No Fa menor. Si mayor. Una tonalidad que no había usado en toda la canción. La tonalidad de la revelación.
Y con la nueva tonalidad llegaron nuevas palabras. No de él. No de Aitana. De Lola.
Las palabras son de aire, y van al aire
Mis lágrimas son agua, y van al mar
Cuando un amor se muere
Sabes chiquita a dónde va
Sabes chiquilla a dónde va
Mateo dejó de tocar. Las manos le temblaban sobre las teclas.
No había escrito esas palabras —no todavía—, pero las había oído.
En su cabeza. Como si Lola se las estuviera cantando desde el otro lado de la muerte, desde el fondo del mar donde habían ido sus lágrimas, desde el aire donde habían ido sus palabras.
Las palabras son de aire, y van al aire.
¿Cómo podía él saber esas palabras si Aitana no se las había dado todavía? ¿Cómo podían resonar en su cabeza con la misma claridad que las estrofas que él mismo había escrito?
Mateo se llevó las manos a la cara. Estaba llorando.
No de tristeza sino de asombro. El asombro de quien descubre que la canción que creía suya era más grande que él, más antigua que él, más sabia que él.
La canción era un río que pasaba por su cuerpo y él era solo el cauce —temporal, frágil, prescindible— por donde el río elegía fluir esta vez.
Se levantó del piano. Fue a la ventana. Miró la luna menguante sobre los tejados de Santurce. Y habló en voz baja, no a Aitana —aunque era de ella de quien hablaba—, sino a la canción misma:
—Vas a tener que esperar. Todavía no tengo las palabras de Lola. Pero las voy a tener. Y cuando las tenga, serás completa.
La canción no respondió. Pero Mateo sintió —en el pecho, en los huesos, en el metal del King 3B que dormía en su estuche— que la canción había escuchado. Y que estaba de acuerdo.
Se acostó a las tres de la mañana. Pero no pudo dormir.
Algo lo inquietaba. No era la canción —la canción era una presencia cálida, un fuego que lo mantenía vivo—. Era algo más. Algo que había visto en el muelle y que su mente había registrado pero su conciencia había rechazado.
Cerró los ojos y reconstruyó la escena: él y Aitana sentados en el borde del muelle, las manos entrelazadas, la foto de Lola en la mano de Aitana, la luna menguante, el agua negra… ¿Qué había visto que no debería haber visto?
Y entonces lo recordó.
Cuando Aitana llegó al muelle —antes de que él la viera, cuando solo la había olido—, había algo en el agua.
No basura —el muelle siempre tenía basura—.
Era un reflejo. Un punto de luz que no pertenecía a la luna ni a las farolas del puerto.
Era más bajo, más cerca del agua, como una linterna pequeña o un cerillo encendido.
Alguien estaba en un bote.
Mateo abrió los ojos en la oscuridad de su cuarto.
El corazón le golpeaba las costillas como un tambor de batá.
¿Había alguien en un bote anclado cerca del muelle?
¿Alguien que los observaba desde el agua, donde las sombras del puerto los habrían hecho invisibles desde tierra pero perfectamente visibles desde el mar?
Mateo se incorporó en la cama. El sudor le corría por la espalda.
Trató de racionalizar: podía ser un pescador, podían ser niños jugando, podía ser cualquier cosa.
Pero la lógica de la supervivencia —esa lógica que Eligio había descrito como la diferencia entre los vivos y los muertos— le gritaba otra cosa: Yago no vigila solo desde tierra. Yago vigilia desde donde no lo buscas.
Mateo se vistió en la oscuridad. Pantalones, camiseta, zapatos. No el trombón —no iba a arriesgar el King 3B— pero sí el cuaderno, siempre el cuaderno, pegado al pecho como un chaleco antibalas de papel.
Salió del apartamento con la llave al cuello. Bajó las escaleras de emergencia —no el ascensor, nunca el ascensor, los ascensores son trampas—. Salió a la calle y caminó hasta la esquina de la avenida Fernández Juncos con la calle Del Parque.
El sedán azul oscuro no estaba.
Pero algo sí estaba.
En la acera de enfrente del edificio, junto a la parada de guagua que nadie usaba a las tres de la mañana, había un teléfono público.
Y junto al teléfono, en la base de metal, alguien había dejado algo: una taza de café.
Pequeña, de porcelana blanca, con un dibujo de hojas de palma en el borde.
La taza estaba vacía pero aún despedía calor —Mateo puso la mano encima y sintió la temperatura—. Y el olor…
Cardamomo.
Mateo retrocedió un paso. Miró alrededor: la calle vacía, las farolas, los edificios oscuros.
Nadie. Pero la taza demostraba que alguien había estado ahí hacía minutos —quizás mientras él hablaba con Aitana en el muelle, quizás mientras él tocaba el piano—.
Y esa someone había dejado la taza como firma: Estuve aquí.
Pude estar arriba, en tu apartamento. Elijo estar aquí, abajo, para que sepas que estoy.
No era Don Jairo. Don Jairo no dejaba tazas en las aceras. Don Jairo operaba en la oscuridad total, sin firmas, sin rastros.
Era Yago.
Yago quería que Mateo supiera que estaba ahí. Porque Yago —a diferencia de Don Jairo— disfrutaba el miedo que causaba. Don Jairo usaba el miedo como herramienta; Yago lo usaba como alimento.
Mateo recogió la taza con un pañuelo —no iba a dejar sus huellas en una prueba— y la examinó. En el fondo, donde el café se había secado, había algo escrito con la misma tinta de ocotillo que usaban para los tatuajes. Solo una palabra:
PRÓXIMA
Mateo dejó la taza donde estaba. Caminó de vuelta al apartamento con la velocidad de quien sabe que está en la mira de un rifle pero no puede ver al tirador.
Subió las escaleras, cerró la puerta con cerrojo, candado y la mesa arrimada contra la entrada —una barricada ridícula pero necesaria—, y se sentó en la mecedora sin encender la luz.
Respiró. Contó hasta diez. Luego hasta veinte. Luego dejó de contar porque contar era intentar controlar lo incontrolable.
Yago sabía dónde vivía. Yago había estado a metros de doña Lydia mientras ella dormía. Yago había dejado una advertencia con una sola palabra.
PRÓXIMA.
¿Próxima qué? ¿Próxima visita? ¿Próxima quemadura? ¿Próxima mujer?
O era la próxima canción —porque Mateo sabía, con la certeza que da el terror, que Yago había leído el cuaderno—.
No la marca del café del cuaderno viejo —eso fue Don Jairo—.
Pero Yago trabajaba para Don Jairo, y si Don Jairo leía el cuaderno, Yago también lo leía.
Y si Yago leía el cuaderno, sabía cada palabra que Mateo escribía sobre Aitana.
Cada confesión de amor. Cada estrofa de celos. Cada línea de agonía.