GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 5 #5
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CAPÍTULO 5 #5

Mateo dejó el vaso en la barra. Caminó hacia la puerta del callejón con una calma que era el revés exacto de lo que sentía por dentro.

La puerta estaba entreabierta. El callejón olía a jengibre y a orina de gato —la misma mezcla de la primera noche—.

Pero esta vez no había nadie. Solo una colilla de cigarro en el suelo —apenas unas brasas rojas que se apagaban— y, contra la pared del edificio vecino, un sobre.

Blanco. Pequeño. Igual que el que doña Carmen había visto desaparecer en el bolsillo de Kike.

Mateo lo recogió con el pañuelo —el mismo pañuelo que había usado para la taza de café— y lo abrió. Dentro había billetes. Cuatrocientos dólares en billetes de veinte —contados con la rapidez de quien aprendió a contar dinero en la calle—. Y un papelito doblado con una línea escrita a máquina:

El maestro Salcedo recibe visita de una mujer Caló. Interés personal en la canción del trombonista. Confirmar próxima sesión de grabación.

Mateo leyó la línea tres veces. Y cada vez la entendió menos y más a la vez.

Menos: porque era un informe —frío, funcional, sin emoción— como los que un espía redacta para su superior. Quien había escrito eso no era un amigo. Un amigo no redacta informes.

Más: porque la línea mencionaba a Salcedo, a la mujer Caló —¿Florina?

—, la canción y una sesión de grabación.

Y eso significaba que Yago —o Don Jairo— sabía que la canción iba a ser grabada.

Que sabían de Salcedo. Que sabían de la mujer que llamó al maestro desde Nueva York.

Y que estaban actuando en consecuencia: pagando a un informante para que vigilara, informara y —¿qué más? — ¿esperara instrucciones?

Mateo se metió el sobre y el papelito en el bolsillo del pantalón —no en el del pecho; eso era territorio sagrado— y volvió al interior del club.

Kike estaba en el escenario, desmontando las congas con la eficiencia mecánica de quien ha hecho lo mismo mil veces.

Sus manos —esas manos enormes, desproporcionadas— movían los aros de metal con destreza, pero algo en la destreza era distinto: era apresurada.

Como si quisiera terminar rápido e irse.

Mateo se paró al borde del escenario. Esperó. Kike no levantó la vista.

—Kike.

—¿Qué?

—¿Dónde conseguiste el reloj?

Las manos de Kike se detuvieron. Un segundo. Solo un segundo —pero un segundo que en el lenguaje del cuerpo gritó más fuerte que cualquier palabra—.

—¿Qué reloj?

—El Seiko de oro. El que no puedes pagar con lo que ganas aquí.

Kike levantó la vista. Sus ojos —normalmente risueños— eran duros. La mandíbula apretada. Los nudillos blancos sobre el aro de la conga.

—Me lo regaló mi hermano de New Jersey.

—Tu hermano que no te habla desde hace tres años porque le debes quinientos dólares.

—¿Estás interrogándome, Mateo?

—Estoy preguntando.

—Pues no preguntes. No es tu incumbencia lo que yo hago con mi vida.

—Es mi incumbencia cuando lo que haces con tu vida pone en riesgo la mía.

Kike soltó el aro de la conga. Se puso de pie. Era más bajo que Mateo —catorce centímetros menos—, pero tenía esa energía que tienen los hombres pequeños cuando se sientan acorralados: una electricidad que hace el aire más espeso.

—¿De qué estás hablando, Reyes? Habla claro o cállate.

—Hablo del hombre de la camisa de seda gris que te espera en el callejón cada vez que yo no estoy mirando. Hablo del sobre blanco que desaparece en tu bolsillo antes de que yo pueda ver qué hay dentro. Hablo del frasco marrón de la botica de Borínquen. Y hablo de esto.

Mateo sacó el sobre del callejón. No se lo entregó. Lo sostuvo en el aire, entre los dos, como quien muestra la carta que gana la partida.

—Esto estaba en el callejón hace cinco minutos, Kike. Cuatrocientos dólares y un informe sobre Salcedo, sobre la canción y sobre mí. Si es tuyo, dilo. Si no es tuyo, dime quién lo dejó.

El silencio que siguió fue el más largo de la amistad de ocho años. Kike miró el sobre. Miró a Mateo. Miró el sobre otra vez. Y entonces hizo algo que Mateo no esperaba: se sentó en el borde del escenario, con la cabeza entre las manos, y no dijo nada durante treinta segundos.

Cuando habló, la voz le salió como de un pozo —honda, húmeda, con el eco de las cosas que se llevan dentro demasiado tiempo—.

—Tienes razón. El reloj no me lo regaló mi hermano.

—¿Quién te lo dio?

—Yago.

La palabra cayó como una losa de hormigón. Mateo sintió que el suelo del club se inclinaba bajo sus pies.

—¿Yago?

—Yago Muñoz. El sobrino de Don Jairo. —Kike levantó la cabeza, y sus ojos —esos ojos que Mateo conocía— estaban rojos—.

Me contactó hace tres semanas. Dijo que quería información sobre ti.

Qué tocabas, qué escribías, con quién hablabas.

Al principio pensé que era solo curiosidad.

Luego vi los billetes. Luego vi la cantidad.

—Tragó saliva—. Y luego fue demasiado tarde para decir que no.

—¿Y le diste información, Kike? ¿Le dijiste sobre la canción? ¿Sobre el cuaderno? ¿Sobre ella?

—No sobre ella. —Kike negó con la cabeza, violentamente—. Eso no. Nunca eso. Le dije que tocabas diferente. Le dije que escribías en un cuaderno. Le dije que hablaste con un periodista. Pero no le dije nada sobre ella, Mateo. Lo juro por mi madre. Lo juro por mis hijos.

—Pero Yago sabe del muelle. Sabe que ella va al muelle. ¿Cómo, si tú no se lo dijiste?

—¡No lo sé! —Kike se puso de pie—. Tal vez tiene otros ojos. Tal vez la sigue a ella también. Tal vez hay más gente en esta ciudad que trabaja para Don Jairo y que yo no conozco. ¡Yo solo le dije lo que tú hacías en el club, Mateo! ¡No más!

—¿Y el frasco de la botica?

—Árnica. Para las manos. Toco congas seis horas al día, mijo. Las manos me duelen. ¿Tú crees que todo lo que compro es veneno?

Mateo quiso creerle. Quiso creer que Kike era un hombre débil —no un traidor—, un hombre que había aceptado dinero por información menor, que no había entendido las consecuencias de lo que hacía, que podía ser salvado.

Quiso creerlo porque la alternativa —que su mejor amigo, su hermano, su familia— lo hubiera vendido por un reloj y cuatrocientos dólares— era demasiado horrible para procesar.

—¿Y el informe? —preguntó Mateo, señalando el sobre—. ¿El maestro Salcedo recibe visita de una mujer Caló? ¿Eso también se lo diste tú?

—No. —Kike negó—. Yo no escribí eso. Yo no sé quién escribió eso. Pero Yago no necesita que yo le escriba informes, Mateo. Yago tiene gente que hace eso. Gente educada. Gente con máquina de escribir. Yo solo… yo solo le hablaba.

—¿Y eso lo hace mejor?

—No. —Kike bajó la cabeza—. No lo hace mejor.

Pero no me hace un monstruo. Me hace un imbécil.

—Hizo una pausa—. Un imbécil con deudas y nueve hijos y una mujer en Bayamón que amenaza con dejarme si no le mando dinero.

—Otra pausa—. Yago me ofreció cuatrocientos dólares la primera semana y cuatrocientos la segunda.

Ochocientos dólares en quince días, Mateo.

¿Tú sabes cuánto tiempo me tomaría ganar eso aquí?

Mateo lo sabía. Casi diez semanas. Más de dos meses de noches en La Guasábara, sin faltar un solo martes, para ganar lo que Yago le había dado en quince días.

—Kike… —Mateo cerró los ojos—. Lo que le dijiste a Yago sobre el periodista… Darío Quiñones está en su lista. Yago añadió su nombre la misma noche. ¿Lo entiendes? Lo que tú le contaste puso en peligro a otra persona.

—Yo no sabía…

—No. No sabías. Pero ahora sabes. —Mateo abrió los ojos—. ¿Le vas a seguir dando información?

—No. —Kike sacó el Seiko de oro de su muñeca y lo dejó sobre el escenario con un ruido seco—. Ya está. No más.

—¿Y Yago? ¿Qué vas a decirle cuando vuelva a preguntarte?

—Le diré que no tengo nada nuevo.

—Y si insiste?

—Insistirá, Mateo. Yago siempre insiste. —Kike se miró las manos —esas manos enormes, desproporcionadas, que ahora temblaban como las de un viejo—. Pero no voy a seguir siendo su perro.

—¿Y si te hace daño?

—Que me lo haga. —Kike levantó la vista, y por primera vez en la conversación, sus ojos tenían algo que Mateo reconoció: dignidad.

La dignidad rota pero entera de quien ha caído y se levanta—.

Me lo hará, Mateo. Pero no voy a vender a mi hermano por un reloj.

Ya lo vendí una vez. No lo voy a vender dos veces.

Mateo lo miró. Y a pesar de todo —a pesar del Seiko, del sobre, del informe, del hombre de la seda gris—, Mateo creyó en la dignidad de Kike.

No porque fuera perfecta —no lo era—, sino porque era real.

Era la dignidad de un hombre que había hecho lo incorrecto y lo sabía, y que ahora, con las manos temblando y los ojos rojos y el reloj de oro abandonado sobre el escenario como una novia que no merece, elegía hacer lo correcto sin saber si tendría la oportunidad de hacerlo otra vez.

Mateo extendió la mano. Kike la tomó. Se abrazaron —corto, fuerte, sin palabras—, y cuando se separaron, algo había cambiado entre ellos. No la confianza —la confianza estaba rota y tardaría en reconstruirse—, pero sí la honestidad. Y la honestidad, a veces, es más útil que la confianza.

—Tengo que irme —dijo Mateo—. Mañana temprano necesito hacer algo.

—¿Qué?

—Llamar a Salcedo otra vez. Decirle que venga. Que venga ya.

—¿Estás seguro?

—Nunca he estado más seguro de nada.

Mateo recogió el King 3B, el cuaderno, y salió por la puerta del callejón —donde hacía veinte minutos un hombre de seda gris había entregado un sobre a su mejor amigo—. Caminó por las calles vacías de Santurce con la mirada fija en la luna y la certeza de que la canción ya no podía esperar más.

Pero antes de llegar al apartamento, Mateo hizo una última cosa.

Se detuvo en la esquina de la avenida Fernández Juncos con la calle Del Parque —la misma esquina donde había encontrado la taza de café con la palabra PRÓXIMA— y miró al cielo.

No buscaba estrellas; buscaba una dirección.

Porque Eligio le había dado una pista que ahora, con los versos de Lola en el cuaderno y la partitura de Esteban junto a ellos, adquiría un sentido nuevo: