CAPÍTULO 4 #3
No sus pasos —Aitana caminaba como los gatos, sin sonido—, sino su olor.
Sándalo. Siempre el sándalo, la firma olfativa de lo gitano, la sustancia que los árabes llamaban sandarak y que los Caló usaban para marcar los espacios sagrados.
El aroma llegó antes que ella, como un mensajero invisible, y le dijo al cuerpo de Mateo que ella estaba cerca antes de que su mente pudiera procesar la información.
—¿Mateo?
—Aquí.
Aitana emergió de las sombras del puerto.
Llevaba el mismo vestido negro de las otras veces, pero esta vez algo era distinto: en la mano izquierda, en vez de los anillos de plata habituales, solo llevaba el anillo de ónice.
Los otros los había quitado. Y en la muñeca derecha, donde antes había pulseras de monedas, había una cinta roja —un hilo de seda roja, delgado como una vena—.
Mateo lo notó de inmediato.
—¿Qué pasó con los anillos?
—Me los quité.
—¿Por qué?
—Porque esta noche necesito sentir la madera del muelle con los dedos.
Los anillos hacen ruido contra la madera.
Y yo no quiero hacer ruido. —Aitana se sentó a su lado, metió los pies en el agua y apoyó las palmas abiertas sobre las tablas del muelle, como si estuviera leyendo el pulso del océano—. Tengo algo que decirte.
—Dime.
—Pero primero necesito que me toques.
Mateo se quedó inmóvil. En los encuentros anteriores, la regla había sido clara: NO TOCAR. Aitana la había establecido, Aitana la había mantenido, y Mateo la había respetado con una disciplina que le había costado cada fibra de su cuerpo. ¿Y ahora ella le pedía que la tocara?
—¿Estás segura?
—Nunca he estado más segura de nada.
Mateo levantó la mano derecha —la misma que ofrecía al cielo cada noche después de que ella se iba— y la acercó a la mano de Aitana que descansaba sobre la madera.
No la tomó. No la agarró. Hizo lo que había soñado hacer desde la primera noche: puso su palma sobre el dorso de la mano de ella, con una suavidad que era reverencia, con una firmeza que era promesa.
La piel de Aitana era caliente. Más caliente de lo que Mateo había imaginado —y había imaginado mucho, en las noches de insomnio frente al piano—.
Era una piel que quemaba desde adentro, como si debajo de ella corriera un río de lava en vez de sangre.
Y en el dorso de esa mano, Mateo sintió algo que no esperaba: una vibración.
Un temblor minúsculo, casi imperceptible, como el aleteo de un colibrí atrapado. Aitana estaba temblando.
—Estás temblando —dijo Mateo.
—Lo sé.
—¿Por qué?
—Porque hace once días que quiero que me toques y once días que no me tocas y ahora que me tocas siento que voy a desaparecer.
Mateo apretó un poco más. No mucho —un gramo más de presión, nada más—.
El temblor no cesó. Aumentó. Y entonces Aitana hizo algo que destruyó todas las reglas: giró la mano debajo de la de él y entrelazó sus dedos con los dedos de Mateo, como las raíces de dos árboles que crecen tan cerca que terminan compartiendo la misma tierra.
Las manos entrelazadas sobre la madera del muelle. Los pies en el agua. La luna menguante. Y un silencio tan pleno que Mateo podía oír los latidos de ambos —los suyos, rápidos y fuertes; los de ella, rápidos y fuertes también—, dos tambores tocando el mismo ritmo desde cuerpos distintos.
—¿Esto rompe la regla? —preguntó Mateo.
—¿Cuál regla?
—La de no tocar.
—No estoy rompiendo la regla. Estoy cambiando las reglas.
—¿Y Don Jairo?
—Don Jairo no es el dueño de mi mano. Es el dueño de mi marca. Pero mi mano es mía. Y yo decido a quién se la doy.
Mateo sintió que algo se quebraba dentro de él —o se abría, o nacía—.
No era el deseo, aunque el deseo estaba ahí, ardiendo como siempre ardía.
Era algo más profundo, más fundacional: la sensación de que, por primera vez en su vida, alguien lo elegía.
No por su música —aunque la música era el puente—, no por su potencial —aunque Salcedo había visto el potencial—, sino por él.
Por Mateo. Por el hombre que temblaba cuando la tocaba.
Por el hombre que escribía canciones que no podía grabar.
Por el hombre que vivía en un apartamento de tercera planta en Santurce con una madre costurera y un trombón heredado y un corazón que latía demasiado fuerte para el espacio que le habían dado en el mundo.
—¿Qué me querías decir? —preguntó Mateo, porque Aitana había hablado de algo importante y él se había distraído con el fuego de su piel.
Aitana respiró hondo. La respiración le subió desde el estómago, pasó por el pecho, y salió por la boca como un suspiro que contenía palabras.
—Yago me visitó ayer.
El cuerpo de Mateo se tensó. La mano que entrelazaba la de Aitana se apretó instintivamente.
—¿Qué quieres decir que te visitó?
—Vino a mi cuarto. A las dos de la mañana. Cuando todos dormían.
—¿Entró?
—La puerta no tiene llave, Mateo. Las puertas de las mujeres Caló no tienen llave. Es parte del… diseño.
—¿Qué te dijo?
Aitana cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, el verde era más oscuro, como el mar antes de una tormenta.
—Me dijo: El trombonista tiene amigos. Uno de ellos es un tipo que viene al callejón del club. El otro es un periodista que pregunta demasiado. Don Jairo quiere que sepas que los amigos del trombonista también son nuestros amigos.
Mateo sintió que el muelle se movía debajo de él. No era posible. ¿Cómo sabía Yago del periodista? Darío había estado en el club hacía apenas cuatro días. ¿Y el hombre del callejón? ¿El de la camisa de seda gris?
—¿Cómo sabe Yago del periodista? —preguntó Mateo, y la voz le salió estrangulada.
—Porque Yago tiene ojos en todas partes, Mateo. Y porque alguien le está contando lo que haces.
—¿Quién?
—No lo sé. Pero Yago mencionó el club. Dijo el callejón del club. Eso significa que alguien que frecuenta el club —o que trabaja en él— le está pasando información.
La mano de Mateo se apretó tanto que Aitana hizo una mueca. Él aflojó la presión inmediatamente.
—Perdón.
—No me rompas la mano, trombonista. La necesito para bailar.
—¿Quién puede estar informando, Aitana? ¿Quién de mi entorno?
—No lo sé. Pero necesitas ser más cuidadoso. Yago no viene a mi cuarto a las dos de la mañana para charlar. Vino a advertirme. Y cuando Yago advierte, la siguiente visita no es una advertencia.
El miedo descendió sobre Mateo como una red de pescar. No era miedo por él —había dejado de temer por su propia seguridad el día que decidió volver a Loíza—, sino miedo por los otros. Kike. Doña Carmen. Su madre. El periodista. Cualquiera que estuviera cerca de él era ahora un objetivo potencial.
—Tengo que hablar con ellos —dijo Mateo—. Con Kike. Con la gente del club.
—No —Aitana soltó su mano y se volvió para mirarlo de frente—. Si hablas con ellos, Yago sabrá que te lo dije. Y si Yago sabe que te lo dije, me castigará.
—¿Castigarte? ¿Cómo?
Aitana no respondió. En vez de eso, llevó la mano izquierda —la del anillo de ónice— al cuello, y con un gesto rápido, tiró del pañuelo que siempre llevaba y lo apartó.
Mateo ya había visto la marca. La primera noche, bajo el farol.
La segunda noche, en el muelle, cuando Aitana le había dicho que Don Jairo usaba tinta de hueso de ocotillo mezclada con la sangre de la mujer.
Pero ahora, bajo la luz menguante de la luna, la vio con una claridad que le cortó la respiración.
No era solo el tatuaje. Era el tatuaje rodeado de algo nuevo: una quemadura. Pequeña, circular, del tamaño de la punta de un cigarro, justo debajo de la oreja, donde la piel era más fina. La quemadura tenía tres días —Mateo calculó por el color, un rojo violáceo que aún no había formado costra—.
—¿Qué es eso? —preguntó Mateo, y la voz se le quebró.
—Es lo que Yago hace cuando cree que una mujer del clan está hablando demasiado con alguien de afuera. —Aitana se reacomodó el pañuelo con una calma que era todo lo contrario a la calma—. Es la advertencia de la que te hablé. La advertencia antes de la advertencia.
La rabia subió por Mateo como un géiser. Se puso de pie. El King 3B se tambaleó dentro de su estuche. El agua del mar chapoteó contra los pilotes del muelle.
—Voy a matarlo.
—No.
—Voy a matar a Yago.
—No, Mateo.
—¿Cómo puedes pedirme que no haga nada? ¿Cómo puedes sentarte ahí con una quemadura en el cuello y pedirme que no haga nada?
Aitana se puso de pie también. Se paró frente a él, con la luna a sus espaldas y el mar a sus pies, y su rostro era el rostro de una mujer que había vivido más terror en veintitrés años del que Mateo vería en toda su vida.
—Porque si haces algo, no le harás daño a Yago. Le harás daño a mí. Y a tu madre. Y a Kike. Y a todo el que te quiera. —Le puso las manos en el pecho —ambas manos, las palmas abiertas, sobre el corazón que latía como un loco—. La única arma que tienes es la canción, Mateo. La canción. Nada más.
Mateo la miró. Y en ese momento, con las manos de ella quemándole el pecho a través de la camisa de lino, con la marca de ocotillo en el cuello de ella y la rabia en el suyo, con el mar escuchando y la luna mirando, Mateo comprendió lo que la canción necesitaba decir después.
La línea que seguía a la agonía. La línea que era la confesión más honesta que un hombre puede hacerle a una mujer:
Bien sé que tú, yo sé bien que tú, yo sé bien que tú / Ni te has dado cuenta de este muchacho / «Al que madruga Dios lo ayuda» / Y eso espero, pues me paso toda la noche por ti desvelado.
Las palabras no eran elegantes. Eran la verdad de un hombre que se quedaba despierto toda la noche pensando en ella, que amanecía con los ojos rojos y los dedos sangrando de tocar el piano, que no podía dormir porque dormir significaba dejar de sentirla, y dejar de sentirla era una forma de muerte.
Al que madruga Dios lo ayuda: la esperanza terca del hombre que no tiene nada más que la esperanza.
Toda la noche por ti desvelado: la prueba, el testimonio, la evidencia irrefutable de un amor que no permitía descanso.