CAPÍTULO 4 #2
—Nada. O todo. —Darío sonrió, y la sonrisa era tan abierta, tan desarmada, que Mateo quiso no confiar en ella—.
Verás, Mateo, hace una semana alguien me dijo que un trombonista estaba tocando canciones de amor en el mercado de Río Piedras y que las mujeres Caló dejaban de vender para escucharlo.
Eso es inusual. Las mujeres Caló no dejan de hacer nada por un extraño.
Así que empecé a preguntar. Y cuando pregunté, me encontré con un muro de silencio más grueso que el muro de Berlín.
—¿Y qué conclusiones sacaste?
—Que el trombonista había tocado algo que resonó con ellas. Y que lo que resonó tenía que ver con algo que el clan les había prohibido sentir. —Hizo una pausa—. Libertad.
Mateo no dijo nada. El King 3B pesaba en su mano derecha como un arma cargada.
—No te estoy pidiendo que hables —continuó Darío—. Te estoy diciendo que yo también estoy investigando lo mismo que tú estás viviendo. Y que si nuestros caminos se cruzan, tal vez podamos ayudarnos.
—No necesito ayuda.
—Todos necesitan ayuda, Mateo. Especialmente los que creen que no la necesitan.
—¿Y qué quieres de mí?
—Solo una cosa: si algún día descubres algo que el mundo debería saber —un nombre, una fecha, un hecho—, llámame.
—Darío sacó una tarjeta de bolsillo —blanca, con un número de teléfono y nada más— y la dejó sobre el borde del escenario—.
No le des el número a nadie. Y si alguien te pregunta si hablaste conmigo, di que no.
—¿Por qué?
—Porque las personas que hablan conmigo tienden a cambiar de dirección. O de dejar de tener una.
Darío se dio la vuelta y caminó hacia la puerta del callejón. Antes de salir, se detuvo.
—Eso que tocaste —dijo sin volverse—. La agonía. Esa nota. No la había oído antes en ningún trombón. Y he oído muchos trombones.
—¿Y?
—Y creo que es exactamente lo que Don Jairo teme. Una nota que no se puede callar.
Desapareció por la puerta. La luz del callejón parpadeó un instante y luego se estabilizó.
Mateo quedó solo en el escenario, con el trombón en la mano, la tarjeta en el borde del escenario y la sensación de que la red alrededor de él no solo se estaba cerrando —estaba creciendo, como una enredadera que invade un jardín desde tres direcciones distintas: Don Jairo desde el poder, Salcedo desde la música, y ahora este periodista desde la verdad.
Tres caminos. Tres peligros. Y él en el centro, con una canción que era la única cosa que los tres querían y que ninguno podía controlar.
Mateo recogió la tarjeta, la miró un instante, y la guardó en el bolsillo del pantalón —no en el del pecho, donde guardaba el cuaderno; eso era territorio sagrado—.
Kike llegó al club cuarenta minutos después, con las congas al hombro y esa cara que ponía cuando olía algo raro.
—¿Quién era ese? —preguntó, señalando la puerta del callejón como si la sombra de Darío todavía estuviera ahí.
—Nadie —respondió Mateo, armando la vara del trombón.
—A mí no me mientas, Reyes. Te conozco desde que tenías quince años y mentías peor que ahora.
—Un periodista. Quiere escribir sobre Don Jairo.
—¿Sobre Don Jairo? —Kike dejó las congas en el suelo con un golpe sordo—. ¿Estás loco? ¿Dejaste que un periodista te viera tocar la canción?
—No «deje» nada. Entró por la puerta del callejón.
—Y tú estabas tocando la canción del cuaderno. La canción que Don Jairo ya leyó, porque entró en tu apartamento y dejó la marca del café, ¿verdad?
—¿Cómo sabes tú eso?
—Porque no soy ciego, Mateo. Y porque desde hace una semana estás tocando diferente.
Kike se sentó en el borde del escenario y cruzó los brazos. Su cara de junco se había endurecido, y los ojos —normalmente risueños— tenían una seriedad que Mateo rara vez veía.
—Te voy a decir algo como amigo y como hermano, porque si no te lo digo nadie te lo va a decir: estás jugando con fuego y no tienes ni un vaso de agua.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Tú crees que lo sabes, pero no lo sabes.
Don Jairo no es un gángster de cartón, Mateo.
Es un hombre que ha enterrado a tres mujeres y sigue sentado en la misma mesa con los mismos amigos tomando el mismo café con cardamomo.
Eso no es un criminal. Eso es un sistema.
Y tú no puedes pelear contra un sistema con un trombón y un cuaderno.
—¿Y con qué se pelea contra un sistema?
—Con otro sistema. Y tú no tienes otro sistema. Tienes una madre costurera, un club que te paga ochenta dólares por noche y un productor en Nueva York que te dio su número de teléfono y una promesa. Eso no es un sistema. Eso es una esperanza. Y la esperanza no es una estrategia.
Mateo miró a Kike. Quería discutir. Quería decirle que la esperanza era todo lo que tenían los que no tenían nada, y que la esperanza había construido más mundos que cualquier estrategia.
Pero sabía que Kike tenía razón —al menos en parte—.
La esperanza sola era como una vela sin vela: brillaba pero no calentaba.
—¿Qué me recomiendas? —preguntó Mateo, y la pregunta le costó porque no era hombre de pedir consejos.
—Que toques. Que escribas la canción. Que la grabes con Salcedo lo antes posible. Y que mientras tanto, dejes de ir al muelle.
—No puedo dejar de ir al muelle.
—¿Por qué?
—Porque ella va.
—¿Y si no va? ¿Y si un día vas al muelle y en vez de Aitana encuentras a Yago?
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier respuesta.
Mateo imaginó la escena: él caminando por el Recinto Sur, la luna sobre la bahía, la esperanza latiéndole en el pecho —y en vez de los ojos verdes de Aitana, los ojos pequeños como rendijas de Yago, los nudillos de Yago, el cuchillo de Yago—.
La imagen fue tan vívida que sintió el golpe en las costillas antes de que existiera.
—Tengo que ir —dijo Mateo—. Pero seré cuidadoso.
—Cuidadoso es lo que dices antes de que algo te pase, no después. —Kike se puso de pie y empezó a calzar las congas—. Haz lo que quieras, Reyes. Pero cuando te pase algo —no «si» te pasa, «cuando» te pase—, no me digas que no te lo advertí.
Mateo no respondió. Afínó la vara del trombón, ajustó la boquilla, y empezó el calentamiento con una escala de Do menor que llenó el club de sombras sonoras.
Kike, a pesar de todo, acompañó con un cáscara en las congas, y la música —esa música que los unía desde la adolescencia— hizo lo que siempre hacía: convertía el miedo en ritmo y el dolor en swing.
Pero mientras tocaban, Mateo pensó en lo que Kike había dicho. Y en lo que no había dicho. Porque había algo en la voz de Kike —una inflexión, un tono que no era preocupación sino algo más— que Mateo no podía nombrar. ¿Miedo? ¿Culpa? ¿Conocimiento?
Mateo apartó el pensamiento. No podía dudar de Kike.
Kike era familia. Kike era el hermano que nunca tuvo.
Kike era la persona que lo había sacado del barro después de la muerte de su padre, que le había conseguido el puesto en La Guasábara, que le había prestado dinero sin interés y sin fecha de devolución.
Y sin embargo.
Y sin embargo, Mateo había notado algo extraño en la última semana.
Kike llegaba temprano al club —algo que nunca hacía—.
Se quedaba después de los ensayos —algo que odiaba—.
Y dos noches atrás, cuando Mateo había ido al baño durante el set, había visto a Kike hablando con un hombre en la puerta del callejón —un hombre que no era músico, que no era cliente, que llevaba una camisa de seda gris y un reloj de oro demasiado caro para estar en un callejón—.
Mateo se había preguntado en ese momento quién era el hombre. Y se lo preguntaba ahora, mientras la escala de Do menor subía y bajaba como una marea de metal y cuero.
Pero apartó el pensamiento otra vez. No podía dudar de Kike. No.
No todavía.
§
Sábado 27 de julio de 1985 — 11:45 p.m
El tercer encuentro en el muelle fue el más peligroso.
No porque la vigilancia hubiera aumentado —Aitana había confirmado que la ceremonia de cumpleaños de la madre de Don Jairo seguía en marcha, y que la atención del clan estaba dividida entre la fiesta y una partida de póker que Don Jairo organizaba cada sábado en el yate—, sino porque esta vez ambos llegaban con algo que los otros encuentros no tenían: la conciencia de que lo que sentían era más grande que ellos.
No era amor todavía —el amor necesita tiempo, necesita shared meals y mañanas y discusiones sobre quién deja la tapa del dentífrico destapada—, pero era algo más antiguo, más primitivo, más irreducible: la certeza de que dos pedazos del universo que estaban separados se habían encontrado, y que separarlos otra vez requeriría más fuerza de la que cualquier Don Jairo pudiera ejercer.
Mateo llegó primero. Caminó por el Recinto Sur con la cabeza baja y los oídos abiertos, prestando atención a cada sonido: el chapoteo del agua contra los pilotes del muelle, el graznido de un pelícano solitario, el motor lejano de una lancha de pesca, el crujido de sus propios zapatos contra la madera.
No escuchó pasos ajenos. No vio sombras.
El sedán azul no estaba en el muelle ni en las calles cercanas.
Pero eso no significaba nada: Yago era experto en vigilar desde distancias que la mente no podía imaginar.
Se sentó en el borde del muelle —siempre el mismo lugar, el que ahora consideraba «su» lugar, como si el muelle fuera un mapa emocional y ese punto exacto fuera la coordenada del deseo—.
Los pies descalzos en el agua, la camisa blanca abierta, el cuaderno en el bolsillo del pecho, el King 3B en su estuche a su lado.
La luna no era llena esta vez —estaba en cuarto menguante, como una uña de plata recortada contra el cielo—, y la bahía era más oscura que de costumbre, como si el mar hubiera decidido cerrar los ojos también.
Esperó diez minutos. Quince. Veinte.
Y entonces la oyó.