CAPÍTULO 4
La Agonía del Deseo
Once días.
Once días desde la primera noche en La Guasábara, desde el olor a sándalo y la mujer bajo el farol y la frase que le había cambiado la vida.
Once días desde que Mateo Reyes había dejado de ser un trombonista más de un club de salsa en Santurce para convertirse en algo que no tenía nombre todavía: un hombre escribía una canción para una mujer que no podía tocar, un hombre que amaba con la música porque no podía amar con las manos, un hombre que vivía en la frontera entre el deseo y la muerte y que, por primera vez en su vida, no quería cruzar al otro lado porque este lado —el lado donde Aitana existía, aunque fuera a medio metro de distancia, aunque fuera con reglas y miedos y marcas en el cuello— era el único lado que importaba.
Pero once días también significaban once días de vigilancia.
Mateo había desarrollado una rutina paranoica que habría hecho reír a un espía profesional pero que para él era cuestión de supervivencia.
Salía del apartamento por la puerta principal y daba una vuelta completa a la manzana antes de dirigirse a donde realmente quería ir.
Miraba los espejos retrovisores del único taxi que podía pagarse —el de don Efraín, un viejo con un Chevrolet del setenta y dos que cobraba la mitad si le tocaba algo de música—.
Cambiaba de acera sin motivo aparente, se detenía en vitrinas que no le interesaban para observar el reflejo de la calle detrás de él, y variaba las horas de salida con una irregularidad calculada que hacía imposible predecir sus movimientos.
Aun así, sabía que no era suficiente.
Don Jairo tenía recursos que Mateo no podía ni imaginar.
La marca del café con cardamomo en su cuaderno había demostrado que el patriarca podía entrar en su apartamento mientras dormía.
El sedán azul oscuro que había visto frente a la iglesia de San José significaba que podían seguirlo por las calles.
Y la existencia de Yago —el sobrino violento, el perro de presa del clan— indicaba que la amenaza no era teórica sino táctil, concreta, con nudillos y cicatrices.
Mateo no tenía nada contra eso. No tenía dinero, no tenía contactos, no tenía armas. Lo único que tenía era la música y el cuaderno de espiral que ahora llevaba pegado al pecho como un segundo corazón de papel.
Y sin embargo, a pesar del miedo —o precisamente por él—, la canción crecía.
Esa tarde, Mateo llegó a La Guasábara dos horas antes del ensayo.
No porque necesitara el tiempo extra —la banda tocaba de memoria los arreglos de siempre—, sino porque necesitaba el espacio vacío del club, la resonancia de las paredes de caoba sin cuerpos que absorbieran el sonido, la sensación de tocar para nadie y para todos al mismo tiempo.
El club estaba a oscuras. Solo la luz del callejón trasero se colaba por la puerta entreabierta, proyectando un triángulo de sol polvoriento sobre el escenario. Mateo subió con el King 3B desarmado en la mano, ensamblo la boquilla, la varas, la campana, y sopló.
La primera nota fue un Re. Grave, profundo, que nació del metal como un lamento antiguo y llenó el vacío del club con una vibración que Mateo sintió en los dientes, en el pecho, en la base de la columna.
La nota se sostuvo durante ocho compáses de respiración controlada —ocho—, y cuando se apagó, dejó un silencio que no era vacío sino espera: el silencio de una mujer que sabe que el hombre va a volver.
Mateo cerró los ojos y tocó la melodía del cuaderno.
Do menor. La bemol. Mi mayor. La progresión de siempre —la que había nacido la primera noche, la que se había multiplicado en el muelle, la que ahora habitaba sus dedos con la misma naturalidad que la sangre habitaba sus venas—.
Pero esta vez la melodía era más larga, más completa, como un río que ha encontrado más afluentes y ahora lleva más agua, más fuerza, más destino.
Gitana, Gitana / Gitana, Gitana / Tu pelo, tu pelo / Tu cara, tu cara
Las primeras estrofas sonaban con la inocencia del descubrimiento: el asombro de un hombre que ve por primera vez lo que siempre estuvo buscando. Pero la canción no podía quedarse ahí. La canción necesitaba subir, profundizar, arrastrarse por los rincones oscuros del deseo y salir transformada.
Sé que nunca fuiste mía / Ni lo has sido, ni lo eres / Pero de mi corazón / Un pedacito tú tienes
Esa estrofa —nacida en el segundo encuentro del muelle, alimentada por la historia de Aitana y la marca de ocotillo— resonaba ahora con una verdad que iba más allá del romance: era la confesión de un hombre que aceptaba lo imposible y, al aceptarlo, lo hacía suyo.
Nunca fuiste mía: la rendición. Un pedacito tú tienes: la victoria.
La dualidad que definía toda la canción: perder para ganar, soltar para retener, callar para gritar.
Pero después de esa estrofa venía algo nuevo.
Algo que Mateo había sentido pero que todavía no había podido articular.
Una nota que pedía nacer y no encontraba las palabras.
Una nota que era —¿cómo decirlo?— la frontera entre el amor y la agonía.
El lugar donde el deseo se vuelve sufrimiento y el sufrimiento se vuelve canción.
Mateo tocó la nota. Un Fa sostenido agudo que se quebró en la campana del trombón como una plegaria rota. Y entonces las palabras llegaron.
No todas. No completas. Pero la primera línea sí, con la claridad brutal de las cosas que uno siempre supo pero no se atrevía a decir:
La nota es porque es imposible seguir viviendo esta agonía…
Mateo abrió los ojos. Las palabras flotaban en el aire del club vacío como humo de velas santas. Las escribió en el cuaderno —página catorce, con la letra temblorosa de quien transcribe algo que le fue dictado desde el fondo del alma— y las miró.
La nota es porque es imposible seguir viviendo esta agonía.
No era poesía. Era un diagnóstico. La descripción clínica de lo que le estaba pasando: una agonía.
La palabra exacta. Porque lo que sentía no era tristeza —la tristeza es quieta, contemplativa, te deja sentado en una silla mirando la pared—.
Lo que sentía era agonía: un fuego activo, un quemarse vivo, un arder sin ceniza ni descanso.
La agonía de querer lo que no se puede tener, de tocar lo que no se puede tocar, de amar lo que no se puede amar —y sin embargo hacerlo, cada día, cada noche, cada nota del trombón que salía de sus pulmones como un grito disfrazado de música.
La nota es porque es imposible seguir viviendo esta agonía / Quiero que sepas lo que yo siento / Aunque nunca podrás ser mía.
Las tres líneas se completaron solas, como si existieran antes de que él las escribiera.
Quiero que sepas lo que yo siento: la confesión que no pedía respuesta.
Aunque nunca podrás ser mía: la aceptación definitiva.
No era resignación —la resignación es pasiva, es bajarse del ring—.
Era algo más activo, más feroz: era la decisión de amar a pesar de, de cantar a pesar de, de existir a pesar de.
Era la nota que justificaba toda la canción.
Mateo tocó las líneas en el trombón, una por una, dejando que el metal tradujera las palabras al idioma universal del dolor hermoso.
El King 3B sonó como nunca había sonado: cada nota cargada de una electricidad que hacía vibrar las paredes de caoba, que hacía temblar los vasos en la barra, que hacía llorar —literalmente llorar— a la botella de ron vacía que alguien había dejado olvidada sobre el escenario la noche anterior.
Y entonces Mateo escuchó algo que no debería estar ahí.
Un sonido. No musical. No natural. El chirrido de una silla arrastrándose contra el piso de madera.
Venía del fondo del club. De la esquina más oscura, donde las sombras eran tan densas que parecían sólidas. Donde las mesas de los jueves de poesía permanecían apiladas contra la pared, esperando la próxima lectura.
Mateo dejó de tocar. El silencio cayó como un telón.
—¿Quién está ahí? —preguntó, y la voz le salió más firme de lo que esperaba.
Una figura emergió de las sombras. Primero las manos —morenas, con anillos de plata en tres dedos—, luego los brazos —flacos pero fuertes, como ramas de árbol—, después la cara —angular, con pómulos altos y ojos tan oscuros que parecían perforar la penumbra—.
Era un hombre joven. Veinticinco, tal vez veintiséis. Llevaba una camiseta blanca ajustada, pantalones de lino beige y alpargatas de cuero. El pelo lo tenía recogido en una coleta baja, y en la mano izquierda sostenía una libreta pequeña con tapa de cuero negro.
No era del clan. Mateo lo habría reconocido —los Caló tenían una forma de moverse que era inconfundible, un desplazamiento lateral como de animal acorralado, y este hombre se movía en línea recta.
—Perdón —dijo el hombre—. No quería asustarte. La puerta del callejón estaba abierta y entré.
—Eso se llama allanamiento —respondió Mateo, sin soltar el trombón.
—Lo sé. Fue mala educación. —El hombre levantó las dos manos en gesto de rendición—. Me llamo Darío. Darío Quiñones. Soy periodista.
—¿Periodista? ¿De qué medio?
—Freelance. Escribo para whoever me pague. El Nuevo Día, Claridad, a veces la revista Ventana. Ultimamente más para nadie, porque en Puerto Rico no hay dinero para periodistas que escriben lo que no quieren que escriban.
—¿Y qué quieres escribir que no quieren que escribas?
—Historias de gente que desaparece.
La palabra quedó suspendida en el aire del club como una nota que no se resuelve. Mateo sintió un escalofrío recorrerle la espalda —el mismo escalofrío que había sentido cuando Eligio mencionó las tres esposas muertas de Don Jairo—.
—¿Quién te mandó aquí? —preguntó Mateo.
—Nadie me mandó. Yo vine por mi cuenta. —Darío dio un paso hacia el escenario—. Llevo tres meses investigando al clan Caló de Loíza. Específicamente a su líder. Específicamente a Don Jairo Muñoz.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?