GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 3 #6
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CAPÍTULO 3 #6

La mañana era hermosa: el sol brillaba sobre la bahía de San Juan, los edificios del Viejo San Juan brillaban como joyas coloniales bajo la luz, y el mar tenía ese azul del Caribe que parece imposible hasta que lo ves.

Pero Don Jairo no miraba el paisaje. Miraba un sobre grueso —el mismo sobre de lacre rojo que tenía el nombre de MATEO REYES— que ahora estaba abierto sobre la mesa.

Dentro del sobre había cinco hojas de papel membreteado con un escudo que no pertenecía a ninguna agencia oficial: una agencia privada de investigación, con oficinas en San Juan, Miami y Nueva York. El informe era exhaustivo:

MATEO ALEJANDRO REYES VEGA

— Nacido el 14 de marzo de 1962 en Santurce, Puerto Rico.

— Padre: Héctor Reyes Rivera, fallecido 1978 (tuberculosis).

— Madre: Lydia Vega Montalvo, costurera, Fábrica de Uniformes Borinquen, Hato Rey.

— Residencia: Avenida Fernández Juncos #447, 3er piso, Miranda, San Juan.

— Educación: Escuela secundaria incompleta. Sin estudios universitarios.

— Ocupación: Músico (trombonista). Ingreso semanal estimado: 120.

— Afiliaciones musicales: Club La Guasábara, calle Cruz, Viejo San Juan.

— Instrumento: Trombón King 3B, propiedad familiar.

— Antecedentes penales: Ninguno.

— Relaciones conocidas: Enrique Matos (percusionista), doña Carmen Soto (propietaria del club), familia Vega Montalvo.

Y al final de la última página, subrayado con tinta roja:

CONTACTO RECIENTE DE INTERÉS: Rubén «el maestro» Salcedo. Visita al club La Guasábara, viernes 12 de julio. Conversación privada con el sujeto. Duración: 20 minutos. Salcedo partió esa misma noche hacia Nueva York.

Don Jairo leyó el informe tres veces. La primera para absorber los datos. La segunda para analizarlos. La tercera para decidir.

Cuando terminó, cerró el informe, lo metió de vuelta en el sobre y llamó por el teléfono satelital.

—Necesito que investiguen a alguien en Nueva York —dijo cuando la línea se abrió—. Rubén Salcedo. Productor discográfico. Dueño del estudio de la Cuarenta y ocho.

—¿Qué nivel de investigación? —preguntó la voz al otro lado.

—Completo. Historial, finanzas, contactos, debilidades. Todo.

—¿El motivo?

—El motivo es que Salcedo habló con un joven que me está causando un problema. Y quiero saber si la conversación fue casual o fue una invitación.

—¿Y si fue una invitación?

—Si fue una invitación, significa que el trombonista tiene un camino hacia la industria.

Y si tiene un camino hacia la industria, tiene un camino hacia el mundo.

Y si tiene un camino hacia el mundo… —Don Jairo hizo una pausa, y en la cubierta del yate, con el sol del Caribe calentándole la nuca y el café con cardamomo enfriándose en la taza, su voz adquirió el tono de quien ha tomado una decisión que no tiene vuelta atrás—.

Entonces el problema es más grande de lo que pensaba.

Y los problemas grandes no se resuelven con advertencias.

—¿Se resuelven con?

—Con contactos. —Otra pausa—. ¿Tiene alguien en el estudio de Salcedo?

—Tal vez.

—Que lo confirme. Y si es posible, que me consiga una copia de todo lo que el trombonista grabe. Si graba.

—¿Y si no graba?

—Si no graba, el problema se resuelve solo. Un músico que no graba es un músico que no existe. Y lo que no existe no puede causar problemas.

Don Jairo colgó. Bebió un trago de café —el cardamomo le amargaba la lengua, pero él prefería el amargor, porque el amargor era el sabor de la vigilancia, y la vigilancia era lo que lo había mantenido vivo durante cuarenta años en un negocio donde la expectativa de vida era la mitad—. Miró la bahía, los edificios, el mar.

En algún lugar de esa ciudad, el trombonista estaba escribiendo una canción.

Don Jairo lo sabía —la marca del vaso en el cuaderno le había dicho que Mateo estaba creando algo, y la creación era un acto de poder, y el poder era lo que Don Jairo no compartía—.

Pero la canción no le preocupaba todavía.

Las canciones eran papel y tinta y aire hasta que alguien las grababa, y grabar requería dinero, estudio, productor, tiempo —todas las cosas que un trombonista pobre de Santurce no tenía—.

Lo que le preocupaba era Salcedo.

Si Salcedo había visto algo en Mateo —si había olido el talento como un perro de caza huele la presa—, entonces la canción no era papel y tinta y aire. Era una bomba de relojería. Y las bombas de relojería solo se desactivan antes de que exploten. Después, es tarde.

Don Jairo se puso de pie. La cubierta del yate se mecía suavemente con el oleaje, y el sol del mediodía le caía vertical sobre la cabeza como una corona de fuego.

Miró hacia San Juan —hacia las calles donde el trombonista caminaba con su estuche al hombro, hacia la bahía donde los muelles esperaban las visitas de medianoche, hacia la finca donde Aitana dormía con la marca en el cuello y el nombre de Mateo en los labios—, y murmuró una frase que era una oración y una condena:

—El mundo es de los que tienen paciencia, trombonista. Y yo tengo más paciencia que tú.

Pero la sombra tenía más aristas de las que Don Jairo sospechaba.

En la Finca Los Enebros, en el cuarto de Aitana —la habitación con las paredes azul descolorido, el colchón con la manta bordada y la vela de San La Muerte que ardía cada noche en la esquina—, algo estaba cambiando.

Aitana no dormía. Estaba sentada frente al espejo redondo enmarcado en plata, mirándose, pero no miraba su reflejo: miraba algo detrás del reflejo, algo que solo ella podía ver.

Con la mano derecha —la de los anillos de plata— estaba escribiendo en un papel que no era el que le había dado a Mateo.

Era otro papel. Un papel que llevaba escondido en el forro de su vestido desde la noche de la fiesta en Loíza, cuando lo había visto por primera vez y había sentido que el mundo se partía en dos.

En el papel, con una escritura pequeña y apretada, había escrito algo que Mateo nunca había visto. Algo que era la otra mitad de la canción —la mitad que ella no podía darle porque era suya, porque venía de su historia, de su sangre, de su madre—:

Las palabras son de aire, y van al aire.

Mis lágrimas son agua, y van al mar.

Cuando un amor se muere,

Sabes chiquita a dónde va.

Sabes chiquilla a dónde va.

Eran palabras de Lola. De su madre. Las palabras que Lola murmuraba en sus noches de insomnio, cuando Don Jairo dormía y ella se sentaba frente al mismo espejo redondo y hablaba con los muertos.

Aitana las había oído desde niña —sin entenderlas primero, con el corazón roto después—, y ahora, veintitrés años después de que Lola las dijera por primera vez, las palabras tenían un destino: la canción de Mateo.

Porque Aitana sabía algo que Mateo todavía no sabía: que la canción no era solo de él.

Que la canción era de los dos. Y de Lola.

Y de Pastora. Y de Colette. Y de todas las mujeres que habían amado y perdido y sobrevivido y muerto bajo la sombra de Don Jairo.

La canción era un coro de fantasmas, y Mateo era la voz que los cantaría, y ella era el fuego que los encendería.

Aitana dobló el papel, lo guardó en el forro del vestido y apagó la vela. La habitación se sumió en la oscuridad.

Pero antes de dormir, con la marca del cuello ardiéndole como siempre ardía —el ocotillo no perdonaba, y la tinta de hueso no se borraba—, Aitana murmuró algo al espejo que ya no la reflejaba:

—Escríbela, Mateo. Y cuando la tengas, yo te daré lo que falta.

Y lo que falta es lo que mi madre no pudo decir.

Las palabras son de aire y van al aire. Mis lágrimas son agua y van al mar.

Y cuando la canción diga eso, será más grande que Don Jairo.

Será más grande que el clan. Será más grande que todo.

La noche cerró sobre la Finca Los Enebros.

Los grillos cantaron. Los perros durmieron.

Y en San Juan, Mateo y la sombra de Don Jairo se movían en direcciones opuestas —Mateo hacia la canción, Don Jairo hacia el silencio—, sin saber que el camino de ambos convergería en un punto que todavía no existía pero que ya estaba escrito en algún lugar del destino: el día en que la canción se cantara por primera vez, y el mundo la oyera, y Don Jairo no pudiera hacer nada para detenerla.

Pero ese día estaba lejos. Y entre aquí y allá había sangre, fuego, trombón, celos, lágrimas, mar, ron, música y una palabra que pesaba más que todas las demás:

Gitana.