CAPÍTULO 3 #5
Pero antes de ir a la salita, se detuvo en la cocina.
La luz fluorescente parpadeaba con la misma irregularidad de siempre, y el reloj de la pared marcaba la una y treinta y dos con la misma lentitud desesperante.
Mateo abrió la nevera —media botella de agua, un limón marchito, un recipiente de plástico con arroz del almuerzo—, la cerró y se quedó mirando la ventana de la cocina, que daba a la calle.
Y entonces lo vio.
El sedán azul oscuro estaba estacionado del otro lado de la calle, frente a la iglesia de San José, en el mismo lugar donde habría estado cualquier otro carro a cualquier otra hora.
Pero no era cualquier carro, y no era cualquier hora, y Mateo lo supo de inmediato: era el mismo carro que había visto —o que creyó ver, o que su instinto le dijo que estaba ahí— la noche anterior, cuando volvió del primer encuentro en el muelle.
Un sedán azul oscuro con las ventanas cerradas y algo —¿un brillo?
¿un reflejo? ¿unos ojos?— en el parabrisas trasero que sugería presencia humana.
Mateo apagó la luz de la cocina. En la oscuridad, se acercó a la ventana y miró.
El sedán seguía ahí. Y ahora, con la luz de la calle y la ausencia de iluminación en el apartamento, Mateo podía ver mejor: dos siluetas en el asiento delantero.
Dos hombres. Uno fumaba. El otro estaba quieto, con la cabeza ladeada, como si estuviera escuchando algo —un radio, tal vez, o la noche misma—.
Mateo retrocedió hasta la salita. Se sentó en la mecedora y miró el techo.
La sombra de Don Jairo. No era una metáfora: era una realidad.
Dos hombres lo vigilaban desde un carro estacionado a cuatro cuadras de su casa, y esos hombres probablemente habían estado ahí desde que él saliera al muelle, y probablemente sabían —o sospechaban— dónde había estado y con quién.
Pero ¿por qué no actuaban? Si Don Jairo sabía que Mateo se veía con Aitana, ¿por qué no lo detenía? ¿Por qué mandaba a sus hombres a vigilar en vez de a castigar?
La respuesta era la que Eligio le había dado: Don Jairo no delega lo importante. Pero tampoco actúa antes de tiempo. Don Jairo es un hombre de información. Recolecta. Analiza. Decide. Y cuando decide, es rápido y preciso e irreversible.
No lo habían detenido porque todavía no habían decidido qué hacer con él. Y la indecisión de Don Jairo era la única ventana que Mateo tenía.
Pero la ventana se estaba cerrando.
Mateo no dormía. No podía dormir con la imagen del sedán azul grabada en la mente.
Así que se sentó al piano —en la oscuridad, sin levantar la tapa, solo poniendo los dedos sobre las teclas frías y tocando tan bajo que el sonido era más vibración que nota—, y dejó que la música fluiera como un río subterráneo.
La melodía que salió era nueva. No era la progresión de Do menor del primer día, ni la de Fa menor del segundo. Era una melodía en Si menor —la tonalidad de la obsesión, de la noche, de la sombra—, que subía y bajaba como la respiración de un hombre que no puede dormir porque alguien lo vigila.
Y tengo celos del viento porque acaricia tu piel…
De la Luna la que miras…
Del Sol porque te calienta…
Los celos. La sombra de Don Jairo era también la sombra de los celos: los celos de un hombre que no puede estar donde otro puede, que no puede tocar donde otro toca, que no puede respirar donde otro respira.
Mateo escribió las palabras en el cuaderno de espiral —a oscuras, a ciegas, con la letra torcida de quien escribe sin ver—, y las palabras se acumulaban como las piedras de un muro:
Yo tengo celos del agua
Y del peinecito que a ti te peina
El peinecito. La imagen era tan íntima, tan doméstica, tan devastadora, que Mateo tuvo que dejar de escribir.
Un peinecito. El peine que Aitana usaba por la mañana —¿qué peine usaría?
¿sería de plata, como sus anillos? ¿sería de madera, como los peines gitanos que vendían en el mercado?
¿lo usaría frente al espejo redondo de su cuarto en la finca, con Don Jairo en alguna parte de la casa, con su café con cardamomo y su sonrisa de lobo?
—. La imagen del peine en el pelo de Aitana era una puñalada de celos tan aguda que Mateo tuvo que cerrar los ojos y respirar hasta que el dolor cedió.
Y por los celos, los celos, los celos…
A mí el corazón me arde, me arde…
El corazón ardía. No metafóricamente —Mateo podía sentir el calor en el pecho, una presión que no era angina pero se le parecía, una fiebre del alma que subía y bajaba con cada pensamiento de Aitana y cada recuerdo de la mano de ella en su pecho y cada imagen de los hombres en el sedán azul—.
El ardor era la canción y la canción era el ardor, y los dos eran el fuego que Don Jairo no podría apagar porque no sabía que existía.
Mateo siguió escribiendo hasta que las palabras se agotaron y solo quedó la melodía, y la melodía seguía y seguía como un río que no encuentra el mar.
Era la parte de la canción que todavía no tenía letra —la parte que era pura emoción, pura música, pura angustia convertida en sonido—, y Mateo la tocó en el piano con la delicadeza de quien maneja un explosivo, porque sabía que esas notas eran peligrosas: contenían demasiado de lo que sentía, demasiado de lo que temía, demasiado de lo que amaba.
A las tres de la mañana, Mateo cerró el piano. Guardó el cuaderno —ahora con dieciocho páginas de letra y melodía— dentro del estuche del trombón. Se acostó y cerró los ojos.
Pero antes de dormirse, tuvo un pensamiento que no le pertenecía, que venía de algún lugar más profundo que la mente, algún lugar donde la música y la profecía se confunden:
Por si un día me muero, y tú lees este papel, que sepas lo mucho que te quiero, aunque no te vuelva a ver.
Las palabras se formaron en su mente sin convocatoria, como si alguien las hubiera escrito en el aire y él las hubiera leído.
Eran las palabras de un hombre que sabe que puede morir.
La confesión final. La carta-testamento.
Y Mateo, en el umbral del sueño, las aceptó sin cuestionarlas, como se acepta una verdad que viene del fondo del alma: con terror y con gratitud.
No las escribió. No todavía. Pero sabía que las escribiría. Sabía que esa estrofa sería el principio de la canción —o el final, o ambas cosas, porque en las canciones de amor y muerte el principio y el final son la misma nota tocada desde ángulos distintos—.
Se durmió con las palabras resonándole en la cabeza como un eco que no cesaba.
Al día siguiente —domingo 21 de julio—, Mateo hizo algo que no había hecho desde la muerte de su padre: fue a la iglesia.
No por fe —Mateo había dejado de creer en los dioses oficiales el día que su padre murió a los treinta y ocho años de una enfermedad que la medicina podría haber curado si hubieran tenido dinero para un médico—, sino por estrategia.
La iglesia de San José era la más cercana a su apartamento, y también la más antigua del Viejo San Juan, y las iglesias antiguas tenían algo que los edificios modernos no tenían: confesionarios con puertas de madera gruesa, donde las palabras no viajaban más allá del panel de rejilla.
Mateo entró por la puerta lateral —la de la calle San Sebastián, que siempre estaba abierta incluso cuando la misa había terminado— y se sentó en el último banco, cerca del confesionario que estaba vacío.
La iglesia era un espacio de silencio y sombra, con paredes de piedra que habían sobrevivido a piratas y huracanes y siglos, y vitrales que filtraban la luz del sol en colores de catedral: rojo, azul, ámbar, verde.
El olor a incienso viejo y a madera encerada era tan denso que se podía saborear.
Mateo no se confesó. No tenía nada que confesar que un cura pudiera absolver. En vez de eso, sacó el cuaderno de espiral del bolsillo interior de la camisa —donde lo guardaba ahora siempre, pegado al corazón, como una segunda piel de papel—, lo abrió en una página en blanco, y escribió una carta.
No era para Aitana. No era para Salcedo. No era para nadie que existiera todavía. Era para alguien que podría existir en el futuro, o que podría no existir nunca: la persona que leería estas palabras si él no estaba allí para decirlas.
Por si un día me muero,
Y tú lees este papel,
Que sepas lo mucho que te quiero,
Aunque no te vuelva a ver.
Escribió las cuatro líneas con una calma que no sentía, con la precisión de quien sabe que las palabras que está poniendo en el papel son las más importantes que ha escrito en su vida.
Porque esas líneas no eran una canción todavía —eran una confesión, un testamento, una promesa hecha desde el borde del abismo—.
Si moría, si Don Jairo lo encontraba, si la sombra se cerraba y lo aplastaba, esas palabras serían lo único que quedara de lo que sentía.
Y quería que quedaran. Quería que alguien —Aitana, Salcedo, su madre, el mundo— supiera que él la había querido.
Que la había querido con cada nota de trombón, con cada acorde de piano, con cada palabra del cuaderno, con cada latido del corazón que ardía y ardía y no se apagaba.
Dobló la página, la separó del cuaderno —rompiendo las espirales con cuidado— y la guardó en el bolsillo interior de la camisa, encima del corazón, donde latía más fuerte.
No era la canción. Era la semilla de la canción. Y las semillas, cuando caen en tierra buena, crecen.
Pero mientras Mateo escribía su testamento en la iglesia de San José, la sombra se movía.
No en San Juan. A tres kilómetros de la costa, en un yate de madera de caoba anclado en la bahía —un yate que no aparecía en ningún registro de la Capitanía del Puerto porque el registro era de papel y el papel se puede perder, y los registros que se pierden no existen—, Don Jairo Muñoz estaba sentado en la cubierta superior, con una taza de café turco en la mano y el teléfono satelital —un aparato del tamaño de un maletín que solo tres personas en Puerto Rico poseían— en la mesa de teca a su lado.