GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 3 #4
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CAPÍTULO 3 #4

—Estoy diciendo que si la canción solo habla de amor, Don Jairo la ignorará. El amor no le importa. Pero si la canción habla de lo que hay debajo del amor —de las cadenas, de las marcas, de las mujeres muertas, del negocio—, entonces no la ignorará. Entonces vendrá por ti.

—Que venga.

—Mateo…

—Que venga, Aitana. —La voz de Mateo subió, y el eco resonó en el muelle vacío como una nota de trombón—.

Si la canción no lo enfurece, no es lo suficientemente fuerte.

Si la canción no le quita el sueño, no es lo suficientemente verdadera.

Si la canción no lo obliga a mirarse al espejo y ver lo que es, entonces no es la canción que tú necesitas.

Y yo no voy a escribir una canción que no necesitas.

Aitana lo miró largo rato. La luna lena le bañaba el rostro, y Mateo vio algo en sus ojos que no había visto antes: no admiración —Aitana era demasiado orgullosa para admirar—, sino algo más peligroso y más hermoso: reconocimiento.

El reconocimiento de quien ve a alguien decidirse por primera vez, de quien presencia el momento en que un hombre deja de ser lo que era y se convierte en lo que va a ser.

—Eres un loco, Mateo Reyes —dijo.

—Los locos son los que cambian el mundo.

—Los locos también son los que mueren primero.

—Entonces que me maten. Pero que me maten con la canción en la boca.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue pleno, como el silencio que sigue a una declaración de guerra o a una propuesta de matrimonio —que a veces son la misma cosa—.

El mar se mecía, la luna brillaba, y en algún lugar de la ciudad un gallo cantó, aunque no era hora de que los gallos cantaran, como si el mundo mismo estuviera desordenado por lo que acababa de pasar.

Aitana fue la primera en moverse. Se puso de pie, se sacudió los pantalones negros y extendió la mano hacia Mateo —la mano derecha, la de los anillos de plata, la misma del primer gesto—, pero esta vez no la abrió hacia arriba. La abrió hacia él. Horizontal. Como una invitación a levantarse.

Mateo la miró.

—La regla…

—La regla dice que no me toques —dijo Aitana, y su voz temblaba por primera vez—. No dice que no pueda ofrecerte la mano.

Mateo extendió su mano derecha. La puso sobre la de Aitana.

No era un agarre —no cerró los dedos alrededor de los suyos—, sino una superficie contra otra superficie: la palma de él sobre el dorso de ella, caliente y temblorosa, y el contacto —el primer contacto real entre ellos— fue como una descarga eléctrica que recorrió ambos brazos hasta los hombros, hasta el pecho, hasta el estómago, hasta los pies.

Se miraron. Las manos temblaban. Los ojos ardían. Y ninguno de los dos dijo nada, porque no había palabras para lo que estaban sintiendo, y si las había, no cabían en el idioma de los humanos.

Las manos se me sudaban, el pecho me palpitaba.

Loco, enamorado.

Y tú nunca sabías nada.

Las palabras de la canción —que Mateo había escrito la noche anterior sin saber que las viviría esta noche— resonaron en su mente como un eco del futuro, como si la canción estuviera escribiendo la vida en vez de la vida escribiendo la canción.

Mateo retiró la mano primero. No porque quisiera —cada célula de su cuerpo pedía más—, sino porque sabía que si no lo hacía, Aitana no lo haría, y la regla se rompería, y la marca en el cuello cambiaría, y el clan lo sabría, y todo se acabaría antes de empezar.

—La canción —dijo Mateo, y su voz era ronca, como si las palabras tuvieran que pasar sobre el fuego que ardía en su garganta—. La canción va a hablar de esto. De este momento. De tu mano y mi mano y el medio metro y la regla y la marca y todo.

—¿Y qué va a decir?

—Lo que siento. Lo que no puedo nombrar. —Hizo una pausa—. Porque sabes que te quiero, no trates de alabarme tú. Pues lo mismo que te quiero, soy capaz hasta de odiarte yo.

Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas, y Mateo se asustó.

No porque fueran falsas —eran la cosa más verdadera que había dicho en su vida—, sino porque eran terribles.

Soy capaz hasta de odiarte yo. ¿Odiarla?

¿A Aitana? La idea era absurda y al mismo tiempo era la verdad más profunda: que el amor que no puede tocarse, que no puede nombrarse, que no puede ser libre, tiene dentro de sí la semilla del odio, porque la frustración del deseo es una forma de dolor, y el dolor prolongado se convierte en rabia, y la rabia en odio, y el odio en canción.

Aitana lo miró con los ojos muy abiertos. No dijo nada durante un largo momento. Luego:

—Eso —dijo, y la voz le salió como si la arrancara del fondo del mar— es lo que siento cada vez que te voy y te dejo.

Cada vez que camino hacia las sombras y te dejo en el muelle.

Cada vez que vuelvo a la finca y Don Jairo me espera con su sonrisa de lobo y su café con cardamomo y su mano en mi cuello como si fuera una mercancía.

Soy capaz de odiarte, Mateo. Te odio porque te quiero y no te puedo tener.

Te odio porque existes y porque me haces existir.

Te odio porque cada vez que te veo, la jaula se hace más pequeña y mis alas se hacen más grandes.

Y tengo celos del viento porque acaricia tu piel.

De la Luna la que miras.

Del Sol porque te calienta.

Yo tengo celos del agua.

Y del peinecito que a ti te peina.

Los celos. Los celos como huracán. Mateo los sintió llegar como una ola que no puede detenerse: la imagen de Aitana en la finca, rodeada de las manos de Don Jairo, sus dedos en su cuello, su aliento en su pelo, su presencia en su cama.

La imagen era un cuchillo que se clavaba en el pecho y se retorcía, y Mateo tuvo que apretar los puños y cerrar los ojos y respirar hondo para no gritar, para no correr hacia la finca y enfrentarse a Don Jairo con lo único que tenía —un trombón y una promesa—, y morir en el intento.

—Los celos me matan, Aitana —dijo, y la confesión le salió con la crudeza de algo que no debería decirse pero que no puede contenerse—.

Tengo celos del aire que respiras cuando no estoy.

Del sol que te toca la piel cuando yo no puedo.

De la luna que te mira por la ventana. Del agua que te moja los pies cuando nadas.

Del peinecito que te peina el pelo por la mañana.

—Mateo…

—No. Escúchame. —Abrió los ojos—. Y por los celos, los celos, los celos, a mí el corazón me arde, me arde.

Arde, Aitana. Me arde cada noche. Me arde cuando toco.

Me arde cuando escribo. Me arde cuando pienso en ti y en él y en lo que te hace y en lo que no puedo hacer.

Y ese ardor es lo que escribe la canción.

Ese ardor es la gasolina. Y tú eres la chispa.

Aitana se llevó las manos a la cara. No lloraba —las lágrimas venían, pero ella las retenía con la fuerza de alguien que ha aprendido que las lágrimas son lujos que no puede permitirse—.

Cuando apartó las manos, sus ojos estaban secos pero enrojecidos, y su voz tenía la textura de algo que se ha roto y se ha vuelto a unir con cicatrices:

—Mateo, necesito que entiendas algo. Don Jairo no es un celoso.

Don Jairo es un propietario. Los celos implican amor, y él no ama.

Posee. Y lo que posee, lo defiende. No porque lo quiera, sino porque es suyo.

—Hizo una pausa—. Si supiera que nos vemos aquí, no vendría por mí con celos.

Vendría por ti con la frialdad de quien defiende una propiedad.

Y la frialdad es más peligrosa que los celos, porque los celos son fuego y el fuego se puede apagar, pero la frialdad es hielo y el hielo no se derrite con buenas intenciones.

—Entonces que venga con hielo. Yo lo espero con fuego.

—Tu fuego no es suficiente contra su hielo, Mateo.

—No solo mi fuego. Nuestro fuego. La canción. —Se puso de pie—. Aitana, ¿confías en mí?

—Confío en tu música.

—¿Y en mí?

—En ti no puedo confiar porque no te conozco lo suficiente. Pero en tu música confío porque la conozco desde la primera nota. Tu música no miente, Mateo. Y en un mundo de mentiras, la única cosa que no miente es la música.

Mateo asintió. Era suficiente. Más que suficiente: era exactamente lo que necesitaba oír.

No una declaración de amor —el amor estaba implícito, en cada palabra, en cada gesto, en cada centímetro de distancia que no se atrevían a cruzar—, sino una declaración de fe en la música.

Porque la música era lo que los unía, lo que los salvaba, lo que los mantenía vivos en un mundo que quería matarlos.

—Tengo que irme —dijo Aitana—. La ceremonia termina a las dos y Don Jairo revisa la casa a las tres.

—¿Cuándo nos vemos?

—Miércoles. Aquí. Medianoche.

—Aitana… —Mateo hizo una pausa—. Gracias por contarme lo del negocio. Lo de las mercancías.

—No lo cuentes, Mateo. No a nadie. Lo que te dije puede matarte si la persona equivocada lo oye.

—No lo voy a contar. Lo voy a cantar.

—Eso es peor. Y lo sabes.

—Lo sé.

Aitana negó con la cabeza, pero había una sonrisa en sus labios —una sonrisa pequeña, fugaz, como una estrella que aparece un segundo entre las nubes—.

—Eres imposible, trombonista.

—Y tú eres la canción más imposible que he oído.

Se miraron una última vez. Aitana se dio la vuelta y caminó hacia las sombras.

Mateo la observó irse, y cuando ella desapareció, se quedó solo en el muelle con el mar y la luna y las palabras nuevas —los celos, los celos, los celos, a mí el corazón me arde, me arde— ardiendo dentro de él como brasas que no se apagaban.

§

Mateo volvió al apartamento a la una y media.

El edificio estaba en silencio —doña Lydia dormía, los vecinos dormían, solo los coquíes y el mar seguían despiertos, como las dos constantes de la isla que nunca cesaban—.

Entró por la puerta, echó los tres cerrojos —esta vez los tres, incluido el candado—, y dejó el estuche del trombón en su sitio junto al piano.