GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

—Porque yo se supposed estar ahí también.

—Se tocó el labio inferior con el dedo índice, un gesto nervioso que Mateo no le había visto antes—.

Dije que me dolía la cabeza. Que la luna llena me daba migraña.

Es una excusa que uso cuando necesito salir.

Las mujeres Caló tenemos permiso para estar enfermas —es la única libertad que nos dan: la de enfermar—.

Mateo se sentó a su lado. La distancia era la de siempre —medio metro, el abismo reglamentario—, pero esta noche el abismo parecía más angosto, como si las palabras compartidas en los últimos días hubieran construido un puente invisible que los acercaba sin tocarlos.

—Aitana, alguien entró en mi apartamento.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Lo supe esta mañana. Una de las mujeres del clan —Mila, la que vende hierbas en el mercado— me dijo que Don Jairo había mandado a registrar la casa del trombonista. Pero no mandó a Yago. Fue él mismo.

—Fue él mismo —confirmó Mateo—. Dejó una marca de café en mi cuaderno.

—Eso es su firma. —Aitana apretó los labios—. Es lo que hace cuando quiere que sepas que estuvo ahí pero no quiere hacerte daño todavía. Es un aviso. Como una bandera roja en una playa: no te metas al agua, pero nadar no está prohibido.

—¿Y cuándo está prohibido?

—Cuando la bandera es negra.

Mateo miró el mar. Las olas rompían contra los pilotes del muelle con un sonido rítmico, casi musical, como un bajo que marca el compás de una canción que todavía no tiene melodía.

—Aitana, necesito preguntarte algo y necesito que seas honesta.

—Siempre soy honesta contigo, Mateo. Es lo único que puedo darte sin romper las reglas.

—¿Las esposas de Don Jairo? ¿Las anteriores?

El cuerpo de Aitana se tensó. Los hombros se levantaron, los puños se cerraron, y la mandíbula se apretó. Mateo la vio luchar contra algo —la vergüenza, el dolor, la lealtad al clan que la había criado aunque la oprimiera— y respetó el silencio, esperando.

—¿Quién te lo dijo? —preguntó Aitana finalmente.

—Un santero del Viejo San Juan. Eligio.

—Eligio. —El nombre salió de su boca con un peso específico, como una piedra que cae en agua profunda—. Eligio conoce la historia del clan porque fue él quien enterró a mi madre.

—¿Enterró a tu madre?

—La preparó. Para el mar. —Aitana cerró los ojos—.

En el clan, cuando alguien muere, el cuerpo no va a un cementerio.

Va al agua. Eligio era el encargado de las ceremonias funerarias antes de que Don Jairo centralizara todo.

Fue él quien lavó el cuerpo de mi madre, quien le cantó la canción de paso, quien la puso en la barca.

Y fue él quien me dijo, cuando yo tenía doce años, que mi madre no había muerto de enfermedad.

Que mi madre había muerto de la misma cosa de la que mueren todas las mujeres que Don Jairo reclama: de la ausencia de libertad.

Las palabras de Aitana cayeron en el muelle como piedras en un pozo. Mateo las sintió una por una, cada una con su peso, su forma, su borde afilado.

—¿Cuántas? —preguntó.

—¿Cuántas qué?

—¿Cuántas mujeres ha reclamado Don Jairo?

Aitana abrió los ojos. Las lágrimas no cayeron —quedaron ahí, suspendidas en las pestañas, brillando como cristales bajo la luna—.

—Cuatro. Yo soy la cuarta. La primera se llamaba Pastora.

Era de un clan de Sevilla. Duró tres años.

Murió en un incendio en la finca —oficialmente, un accidente con una vela.

La segunda era de Marsella. Se llamaba Colette.

Duró cuatro años. Se ahogó en la playa de Luquillo —oficialmente, una corriente fuerte.

La tercera era mi madre. Lola. Duró catorce años.

Murió de enfermedad —oficialmente, fallo cardíaco.

—Hizo una pausa que contenía más silencio que cualquier palabra—.

Y yo llevo siete. Soy la que más ha durado después de mi madre.

—¿Por qué?

—Porque mi madre me enseñó algo que las otras no sabían: a ser útil sin ser dócil.

Don Jairo no destruye lo que le sirve. Destruye lo que le resiste de la manera equivocada.

Mi madre resistía callada, y la callaron para siempre.

Yo resisto bailando, y el baile le es útil —le da prestigio ante el clan, le demuestra que la mujer que eligió es la mejor bailaora de la isla—.

Así que me deja vivir. —La voz se le quebró—.

Mientras le sea útil, vivo. Cuando deje de serle útil… —no terminó la frase.

Mateo sintió que algo se rompía dentro de él.

No era el corazón —el corazón estaba intacto, latiendo con más fuerza que nunca—.

Era algo más viejo, más profundo: la ilusión de que el mundo era un lugar donde la justicia existía, donde las mujeres no morían por negarse a ser propiedad, donde un hombre como Don Jairo no podía existir.

La ilusión se rompió como se rompe un cristal: de golpe, con un sonido que resonó en cada rincón de su ser.

—Esto no puede seguir así —dijo Mateo, y la voz le salió con una firmeza que él mismo no sabía que tenía.

—Lo sé.

—No voy a permitir que seas la cuarta.

—No puedes impedirlo, Mateo.

—¿Y si puedo?

—¿Cómo?

Mateo la miró. Y en ese momento, con la luna llena sobre el mar y el olor a sal en el aire y la historia de tres mujeres muertas pesando como losa, dijo algo que no había planeado decir, que no sabía que pensaba, que nació de un lugar más profundo que la razón:

—Con la canción.

§

Aitana lo miró con esos ojos verdes que parecían cambiar de color con cada emoción —ahora eran del verde del mar tranquilo, el verde de la esperanza que nace de la desesperación—.

—¿Con la canción? —repitió.

—Con la canción. Lo que Eligio me dijo. Lo que tú me dijiste la primera noche.

Cuando el mar se convierta en ron y el ron se convierta en música.

Si escribo la canción —la canción de verdad, la canción que cuente tu historia, la historia de Pastora, de Colette, de Lola, la de todas—, y si Salcedo la graba, y si la gente la escucha, y si la gente la canta…

Don Jairo no podrá tocar a la cuarta. Porque la cuarta ya no será un secreto.

Será una canción. Y las canciones no se pueden matar.

Aitana tardó un momento en responder. Mateo vio la batalla en sus ojos: la esperanza contra el cinismo, la fe contra la experiencia, la mujer que quería creer contra la mujer que había dejado de creer hacía mucho.

—Es una idea bonita, Mateo —dijo finalmente—. Pero las ideas bonitas no detienen a los hombres como Don Jairo.

—Las ideas bonitas han cambiado el mundo, Aitana. ¿Sabes cuántas canciones han derrocado gobiernos? ¿Cuántos poemas han despertado revoluciones? ¿Cuántas melodías han dado valor a la gente que no lo tenía?

—¿Y cuántas canciones han sido silenciadas antes de que nadie las oyera?

—Las que se quedaron en el papel. Las que nadie tocó.

Las que alguien escribió pero tuvo miedo de cantar.

—Mateo se inclinó hacia ella —no demasiado, el medio metro seguía ahí—, y su voz bajó hasta convertirse en un susurro que el viento apenas llevaba—.

Yo no voy a tener miedo, Aitana. Voy a escribirla.

Y la voy a tocar. Y el mundo la va a oír.

Y cuando la oiga, Don Jairo podrá tener su red y sus hombres y sus armas, pero no podrá tener el silencio.

Porque la canción va a hablar por ti. Por tu madre.

Por todas las que ya no están. Y por las que están pero no pueden hablar.

Aitana no lloró. Las lágrimas de los ojos verdes no cayeron.

Pero sus manos se movieron —involuntariamente, irresistiblemente— y se acercaron a las de Mateo, que estaban apoyadas en la madera del muelle entre ambos.

Los dedos se detuvieron a un centímetro.

No tocaron. No podían tocar —la regla era la regla, y la marca en el cuello era la marca—, pero ese centímetro era la distancia más corta del mundo y la más infinita al mismo tiempo.

Sin mirarte yo te miro. Sin sentirte yo te siento.

El centímetro ardía. Mateo sentía el calor de los dedos de Aitana sin tocarlos, como si la piel de ambos emitiera un campo magnético que se repelía y se atraía a la vez.

Era el deseo convertido en física: dos cuerpos que quieren unirse y no pueden, y esa imposibilidad es lo que hace que el deseo sea tan devastador.

—Mateo —susurró Aitana—. Hay algo que no te he contado. Sobre Don Jairo.

—¿Qué?

—Don Jairo no es solo el patriarca del clan Caló en el Caribe.

Es también… —hizo una pausa, y Mateo vio en sus ojos algo que no había visto antes: no miedo —Aitana había superado el miedo hacía mucho—, sino algo peor: vergüenza.

La vergüenza de quien sabe algo sobre alguien que preferiría no saber—.

Es también un hombre de negocios. Negocios que no aparecen en ningún registro.

—¿Qué tipo de negocios?

—El tipo de negocios que cruzan el mar. Que van de Puerto Rico a Nueva York, de Nueva York a Marsella, de Marsella a Estambul.

El tipo de negocios que usan las rutas del clan —las rutas que los gitanos han recorrido durante siglos— para mover cosas que no deberían moverse.

—Bajó la voz hasta que fue casi inaudible—. Cosas, Mateo. No personas. Cosas.

—¿Droga?

—Entre otras. —Aitana apartó la mirada—.

Don Jairo usa el clan como fachada. El clan cree que él es el patriarca que protege la tradición, pero en realidad es un negocio.

Las fiestas, las ceremonias, los compromisos —todo es teatro.

Todo es pantalla. Debajo hay una red que mueve mercancía por tres continentes, y Don Jairo está en el centro de todo.

—¿Y el clan lo sabe?

—Los mayores lo saben y lo aceptan porque el dinero que entra les paga las casas, las fiestas, las bodas.

Los jóvenes no saben, o no quieren saber.

Y las mujeres… las mujeres sabemos porque vemos lo que los hombres no quieren que veamos, pero no podemos hablar porque hablar es traición y la traición se paga con el mar.

—Aitana, ¿estás diciendo que si hablo de esto en la canción…