GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Es mucho peor. —Eligio rodeó el mostrador y se paró frente a Mateo, tan cerca que este pudo oler el tabaco y la ruda en su aliento—.

Un golpe es un acto final: se da, se recibe, se termina.

Pero la observación es infinita. Don Jairo te está diciendo que no necesita tocarte para destruirte.

Solo necesita saber todo sobre ti. Y cuando sepa todo, decidirá qué hacer.

Y cuando decida, será rápido, será preciso y será irreversible.

Mateo tragó saliva. La sala de la botica, con sus frascos y sus santos y sus hierbas, de repente se sentía más pequeña, más claustrofóbica, como si las paredes se estuvieran cerrando.

—¿Qué puedo hacer?

—¿Qué puedes hacer? —Eligio repitió la pregunta como si la estuviera probando—. Puedes hacer una de dos cosas: huir o enfrentar.

—¿Huir?

—Irte. San Juan, Puerto Rico. Cambiar de nombre, de ciudad, de vida. Olvidar a la gitana. Olvidar la canción. Empezar de cero en otro lugar donde Don Jairo no tenga alcance.

—¿Y enfrentar?

—Quedarte. Tocar. Escribir la canción. Y aceptar que cada día que pase, la sombra será más larga y la red será más estrecha.

—¿Y si hago las dos? ¿Si me quedo pero busco la manera de protegarme?

—No existe protección contra Don Jairo, Mateo. No en esta isla. El tiene más contactos que el gobernador, más dinero que el narcotraficante más rico y más hombres armados que la policía. —Eligio hizo una pausa—. Pero existe algo que él no tiene.

—¿Qué?

—La música.

Mateo parpadeó.

—¿La música?

—Don Jairo controla todo lo que se puede controlar: dinero, armas, personas, territorios.

Pero no controla lo que sale del alma de un artista.

La música es el único territorio que no se puede conquistar con la fuerza, porque la fuerza destruye la música y la música sobrevive a la fuerza.

—Los ojos grises de Eligio brillaron con una luz que parecía venir de otro siglo—.

Si escribes una canción que el mundo necesita oír, Don Jairo no podrá silenciarla.

Porque una canción que toca el alma de la gente se multiplica: se canta en los clubes, se toca en las radios, se baila en las fiestas, se susurra en las camas.

Y cuando una canción está en todas partes, no hay poder en el mundo que pueda sacarla de ahí.

—¿Está diciendo que la canción es mi protección?

—Estoy diciendo que la canción es tu arma.

Y que si la usas bien, puede ser más poderosa que cualquier ejército de Don Jairo.

—Eligio volvió al mostrador y empezó a llenar un pequeño paquete de papel con hierbas—.

Lleva esto. Es rompe zaraguey y vencedor.

El rompe zaraguey rompe las trabas; el vencedor vence los obstáculos.

Ponlo detrás de la puerta de tu apartamento.

No es magia —es intención. Y la intención, cuando es fuerte, cambia las probabilidades.

Mateo tomó el paquete. Las hierbas olían a tierra húmeda y a algo más —algo antiguo, algo que no tenía nombre en el vocabulario moderno pero que la sangre reconocía, como un idioma que se habla antes de nacer.

—¿Y Aitana? —preguntó—. ¿Qué puedo hacer por ella?

Eligio se detuvo. Sus manos se quedaron quietas sobre el mostrador, y cuando levantó la vista, sus ojos grises estaban húmedos.

—Aitana es la razón por la que estás en esto —dijo—.

Y es la razón por la que podrías no salir.

Pero también es la razón por la que la canción será lo que sea.

Porque una canción de amor escrita sin amor es papel mojado.

Y tú la amas, Mateo. Se te nota en la forma de caminar, en la forma de tocar, en la forma de mirar la puerta como si esperaras que ella entrara en cualquier momento.

—¿La conoce?

—Conozco su historia. Conocí a su madre, Lola.

—Los ojos de Eligio se fueron a un punto lejano, un lugar que no estaba en la botica sino en la memoria—.

Lola bailaba como los ángeles bailan cuando Dios no está mirando.

Era la bailaora más grande que esta isla ha visto, y Don Jairo la destruyó sin tocarla.

Primero se casó con ella —con Lola, no con Aitana; Don Jairo tuvo una primera esposa que murió en circunstancias que nadie investigó—.

Luego la encerró. Luego la ahogó en la tradición, en las reglas, en el silencio.

Y Lola murió de la misma manera que muere una planta a la que no le dejan sol: de tristeza.

—Hizo una pausa—. Aitana es la hija de esa tristeza, Mateo.

Pero también es la hija de la rebeldía de Lola.

Porque Lola, antes de morir, le enseñó a su hija la única cosa que Don Jairo no podía arrebatarle: a bailar.

Y el baile, como la música, es libertad.

—¿Don Jairo fue casado con la madre de Aitana?

—Don Jairo fue casado con tres mujeres antes de Aitana.

Las tres murieron. Las tres eran Caló. Las tres fueron marcadas con el tatuaje de la propiedad.

Y las tres desaparecieron cuando dejaron de ser útiles.

—La voz de Eligio era un hilo de acero—.

Aitana es la cuarta, Mateo. Y si no haces algo, será la cuarta que desaparece.

El peso de esas palabras aplastó a Mateo contra el mostrador.

No era información nueva —Aitana le había hablado de la marca, del compromiso forzado, de las amenazas—, pero escucharlo de boca de un extraño, con los detalles de las esposas anteriores, con el verbo desaparecieron flotando en el aire como un fantasma, le dio a la historia una dimensión que no tenía cuando Aitana la contaba: la dimensión del horror confirmado.

—¿Cuántos años tenían las otras? —preguntó Mateo, y no sabía por qué preguntaba, como si la edad de las mujeres muertas pudiera hacer la historia más o menos terrible.

—La primera tenía dieciocho. La segunda, veinte.

La tercera —Lola—, treinta y dos. —Eligio contó los números con la precisión de quien ha llevado un registro que nadie le pidió llevar—.

Lola fue la que más duró. Catorce años. Las otras no llegaron a cinco.

—Miró a Mateo—. ¿Ves por qué Aitana intentó huir dos veces?

—¿Y por qué volvió?

—Porque el clan la trajo de vuelta. Porque el clan siempre trae de vuelta a las que se escapan.

Y porque, a pesar de todo, Aitana tiene algo que la ata a los suyos: su madre está enterrada en la finca.

Y Don Jairo sabe que mientras los huesos de Lola estén en tierra Caló, Aitana nunca se irá del todo.

Mateo cerró los ojos. Vio el muelle, la luna, la mano de Aitana abierta hacia él.

Y comprendió, con una claridad que le cortó la respiración, que la historia de Aitana no era una historia de amor prohibido: era una historia de cautiverio.

Y él no era el príncipe que la rescataría —no tenía castillo, ni espada, ni ejército—; era el músico que podría escribir la canción que contara al mundo lo que estaba pasando, y esa canción, si era lo bastante fuerte, podría ser el grito que despertara a los que dormían.

—Gracias, Eligio —dijo.

—No me des gracias, muchacho. Dále uso. —Le tendió el paquete de hierbas—.

Y una cosa más: Don Jairo sabe que Rubén Salcedo estuvo en La Guasábara.

Y sabe que Salcedo habló contigo. Si Don Jairo decide que el camino hacia ti pasa por Salcedo, irá por Salcedo.

Y Salcedo, por grande que sea en el mundo de la música, no tiene defensa contra un hombre que no juega con las mismas reglas.

—¿Cómo sabe usted que Salcedo habló conmigo?

—Porque Don Jairo sabe todo. Y lo que no sabe, lo adivina. Y lo que no adivina, lo inventa. Y lo que inventa suele ser peor que la verdad.

Mateo salió de la botica con el paquete de hierbas en un bolsillo y un peso nuevo en el pecho.

El sol de San Juan le cayó encima como un martillo de fuego, pero él no sintió calor.

Sintió frío. El frío de saber que la sombra de Don Jairo era más larga de lo que había imaginado, y que esa sombra no solo lo cubría a él sino que se extendía hacia el hombre que podía cambiar su vida: Rubén Salcedo.

Sábado 20 de julio de 1985

El segundo encuentro en el muelle fue distinto al primero.

No porque la emoción fuera menor —era mayor, mucho mayor, como un fuego que ha encontrado oxígeno y arde con más fuerza—, sino porque ambos llegaban cargados de información nueva que no tenían la noche anterior.

Mateo sabía ahora que Don Jairo había estado en su apartamento.

Aitana sabía —¿cómo lo sabía? ¿intuición?

¿red del clan?— que Mateo estaba siendo vigilado.

Llegaron al muelle con la misma precaución de antes: Aitana desde las sombras del puerto, Mateo desde la calle del Recinto Sur.

Pero esta vez, antes de sentarse en el borde del muelle, Aitana inspeccionó los alrededores con una minuciosidad que Mateo no le había visto: miró los tejados de los edificios cercanos, las ventanas oscuras, los barcos anclados en la bahía, las escaleras de incendios, las alcantarillas.

Era la inspección de alguien que ha crecido sabiendo que los ojos pueden estar en cualquier parte.

—¿Qué buscas? —preguntó Mateo.

—Lo que siempre busco. Los ojos de Yago.

—¿Yago está aquí?

—Yago está en todas partes. Es la sombra de Don Jairo.

—¿Y Don Jairo?

—Don Jairo no necesita estar. Don Jairo tiene una red que ve por él.

—Aitana se sentó en el borde del muelle y metió los pies descalzos en el agua.

La luna llena —la primera luna llena desde la fiesta de Loíza— iluminaba la bahía con una luz de plata que convertía el agua en un espejo oscuro—.

Pero esta noche estamos a salvo. Hay una ceremonia en la finca —la celebración del cumpleaños de la madre de Don Jairo—, y todos los hombres del clan están ahí. Incluso Yago.

—¿Cómo sabes eso?