GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

La Sombra de Don Jairo

La sombra llegó antes que el hombre.

No era una sombra de las que proyectan los cuerpos bajo el sol —esas sombras tienen bordes definidos, se mueven con su dueño, desaparecen cuando la luz se apaga—.

Era otra clase de sombra: una que se instalaba en los rincones antes de que alguien ocupara el espacio, que se colaba por las rendijas de las puertas cerradas, que enfriaba el café en la taza sin tocarlo.

Era la sombra de un nombre que la gente de San Juan pronunciaba en voz baja, como quien nombra a un santo al que le tiene más miedo que devoción: Don Jairo.

Mateo se despertó a las once de la mañana con la sensación de que algo había cambiado durante la noche.

No era algo que pudiera ver o tocar; era una alteración en la textura del aire, un desplazamiento casi imperceptible en el orden de las cosas, como cuando un mueble se mueve un centímetro en una habitación y uno sabe que algo está diferente aunque no pueda identificar qué.

Se sentó en la cama y miró alrededor. El apartamento era el de siempre: las persianas de madera filtrando la luz del sol en líneas doradas, el olor a café colado que subía desde la cocina donde doña Lydia preparaba el almuerzo antes de salir al trabajo, el sonido de la radio sintonizada en WKAQ —la emisora que tocaba salsa vieja desde las seis de la mañana—, y en la esquina, el piano vertical con la tapa cerrada y el cuaderno de espiral debajo, lleno de las palabras que habían nacido en el muelle.

Todo estaba igual. Y sin embargo nada estaba igual.

Mateo se levantó, fue al baño y se miró en el espejo.

Las costillas le dolían menos —el emplasto de doña Lydia obraba milagros que la medicina moderna no podía explicar—, pero tenía los ojos enrojecidos de la noche en vela y una sombra —otra sombra, esta vez la suya propia— debajo de cada ojo que le daba el aspecto de un hombre que ha visto demasiado y no ha dormido lo suficiente.

Se lavó la cara con agua fría, se cepilló los dientes, y volvió a la salita.

Fue entonces cuando lo notó.

La puerta del apartamento tenía tres cerraduras —la del picaporte, la del pasador y un candado que doña Lydia ponía cuando salía—, pero Mateo, que había llegado a la una y media de la mañana y se había acostado sin revisar, no había echado el candado.

Solo el pasador. Y el pasador, cuando él se despertó, estaba abierto.

No era imposible que doña Lydia lo hubiera abierto al llegar —ella tenía llave—, pero doña Lydia salía a las seis de la mañana, antes de que Mateo se despertara, y siempre cerraba todo detrás de ella con la meticulosidad de una mujer que ha vivido sola y sabe que la soledad es frágil.

Si hubiera abierto el pasador, habría echado el candado. Y el candado no estaba echado.

Mateo recorrió el apartamento. La cocina: todo en orden. El baño: todo en orden. La salita: todo en orden, excepto…

El cuaderno de espiral.

Estaba donde él lo había dejado —debajo del piano, en el suelo, con la tapa cerrada—, pero la posición había cambiado.

Mateo lo recordaba perfectamente porque tenía la manía de dejar el cuaderno con la espiral hacia la pared, de manera que las páginas se abrieran hacia la derecha, como un libro.

Ahora la espiral estaba hacia afuera. Hacia la puerta.

Como si alguien lo hubiera abierto, leído, y vuelto a dejar en su sitio sin preocuparse de reproducir la posición exacta.

Mateo abrió el cuaderno. Las doce páginas de canción seguían ahí.

No faltaba nada. Pero en la página trece —que había estado en blanco cuando él se acostó— había algo que no debería estar: una marca.

No una escritura, no una huella dactilar, sino una marca de agua, un círculo perfecto del tamaño de la base de un vaso, como si alguien hubiera dejado una taza de café sobre el cuaderno mientras lo leía.

Café.

Mateo olió la página. El aroma era viejo —varias horas—, pero era distinguible: no era el café de doña Lydia, que preparaba con una greca italiana y granes de Yauco Selecto.

Era otro café. Más oscuro, más amargo, con un toque de algo que Mateo no pudo identificar al principio pero que luego, con un escalofrío, reconoció: cardamomo.

Café con cardamomo. Café turco. El café que los gitanos Caló preparaban en sus ceremonias.

Alguien había estado en el apartamento. Alguien del clan.

Mateo sintió que el suelo se movía bajo sus pies —no literalmente, sino metafóricamente, como si la tierra firme de su vida se hubiera convertido en un puente colgante sobre un abismo—.

Cerró el cuaderno, lo guardó dentro del estuche del trombón —el King 3B era demasiado valioso para que alguien lo robara; el cuaderno era lo que valía—, y se sentó en la mecedora a pensar.

La lógica era simple: si alguien del clan había entrado en su apartamento, sabía dónde vivía.

Si sabía dónde vivía, podía volver. Si podía volver, podía hacer lo que Don Jairo había prometido: darle una lección que no olvidaría.

Y si había leído el cuaderno, sabía sobre la canción.

Sabía sobre Aitana. Sabía más de lo que Mateo quería que nadie supiera.

Pero no había hecho nada. No había roto nada, no había robado nada, no había dejado un mensaje explícito. Solo la marca del vaso. Solo el café con cardamomo. Solo la sombra de una presencia que se había marchado tan silenciosamente como había llegado.

Era una advertencia.

El tipo de advertencia que un hombre inteligente reconoce: Sé dónde duermes. Sé qué escribes. Sé lo que sientes. Y podría haber hecho mucho más que dejar una marca de café.

Mateo salió del apartamento a mediodía, con el estuche del trombón al hombro y el cuaderno dentro, pegado al terciopelo del King 3B como un órgano vital.

Caminó por la avenida Fernández Juncos hacia La Guasábara, pero no iba al club.

Iba a la botica de la calle Cruz —la que estaba al lado del club, la misma que vendía hierbas y velas de santería—, porque la botica era también otra cosa: el lugar donde doña Carmen le había dicho que se reunía la gente que sabía cosas que no aparecían en los periódicos.

La botica se llamaba El Despojo, y era un espacio de tres por cinco metros atestado de estanterías llenas de frascos de vidrio con etiquetas escritas a mano: Ruda, para el mal de ojo; Abre camino, para los obstáculos; Vencedor, para los enemigos; Rompe zaraguey, para la limpieza; Yaya, para la justicia; Alambrilla, para atar al amante que se va.

El olor era una sinfonía de esencias: eucalipto, canela, menta, sándalo —sándalo, siempre el sándalo, la firma olfativa de lo gitano—, y en el fondo, detrás de un mostrador de madera tallada con figuras de santos, estaba Eligio.

Eligio tenía setenta y dos años, la piel del color del tabaco curado, los ojos de un gris lechoso que sugería ceguera parcial —o visión parcial, dependiendo de cómo se mirara—, y las manos de un cirujano: delicadas, precisas, con dedos que parecían conocer el secreto de cada hierba, cada raíz, cada semilla que vendía.

Era santero, palero, lector del diloggún —el sistema adivinatorio de los orishas—, y según doña Carmen, también era el puente entre el mundo de los santos y el mundo de los vivos en el Viejo San Juan.

—Eligio —dijo Mateo desde la puerta.

—Tú eres el trombonista —respondió Eligio sin levantar la vista de las hierbas que estaba clasificando—. El de La Guasábara. Tu abuelo compraba aquí la ruda para los ensayos.

—Mi abuelo iba a la botica.

—Tu abuelo iba a la botica porque sabía que la música sin espíritu es ruido.

Y el espíritu se alimenta de las hierbas.

—Eligio levantó la vista, y sus ojos grises —que no parecían ciegos sino todo lo contrario: parecían ver más de lo que los ojos normales pueden ver— se clavaron en Mateo—. ¿Qué necesitas, muchacho?

—Información.

—La información cuesta dinero en el mundo de afuera. Aquí cuesta honestidad. Dime la verdad y te diré lo que necesitas.

Mateo se acercó al mostrador. Sacó el cuaderno de espiral del estuche del trombón, lo abrió en la página trece y le mostró la marca del vaso a Eligio.

—Alguien entró en mi casa. Alguien que bebe café con cardamomo. Alguien que sabe lo que escribo.

Eligio miró la marca. Tocó la página con la yema del dedo índice, como si estuviera leyendo algo que no era visible para los demás. Luego olfateó —una inhalación larga, profunda, como un perro que rastrea—, y su rostro cambió. La calma se convirtió en alerta.

—Caló —dijo.

—¿Cómo lo sabes?

—El cardamomo en el café es la firma del patriarca.

Don Jairo Muñoz. —Eligio pronunció el nombre completo con una reverencia involuntaria, la reverencia que se tiene ante las fuerzas de la naturaleza—.

No es un café que beben los jóvenes del clan.

Es un café ceremonial. Lo prepara él mismo.

Lo sirve en las reuniones de consejo. Si esa marca está en tu cuaderno, significa que Don Jairo estuvo en tu apartamento.

No un emisario, no un sobrino. Él mismo.

Mateo sintió que la sangre se le enfriaba. Don Jairo. En su apartamento. Mientras él dormía. A metros de su madre. La idea era tan monstruosa que su cerebro tardó un instante en procesarla.

—¿Por qué vino él mismo?

—Porque Don Jairo no delega lo importante.

Y tú eres importante, Mateo. No por lo que eres —un trombonista de club es nada en su mundo—, sino por lo que representas.

—Eligio guardó las hierbas en un frasco sin etiqueta y lo cerró con fuerza—.

Don Jairo es un hombre de símbolos. No te golpeó en la finca porque le importaras tú; te golpeó porque representabas una transgresión.

Un extraño que entra en su territorio y mira lo que le pertenece.

La paliza fue un mensaje para el clan: nadie toca lo mío.

Pero si vino a tu apartamento en persona, significa que el mensaje cambió.

Ya no es nadie toca lo mío. Es estoy observando.

—¿Y eso es peor?