CAPÍTULO 2 #6
—Significa que el dolor se convierte en fuego y el fuego en arte.
Que las lágrimas van al mar y el mar las devuelve como música.
Que lo que pierdes no desaparece, se transforma.
—Hizo una pausa—. Significa que esta agonía —señaló el espacio entre ellos, el medio metro que era un abismo— tiene un destino. Y el destino es la canción.
Se dio la vuelta y caminó hacia las sombras del muelle.
Mateo la observó irse, y esta vez no intentó seguirla.
No porque no quisiera —cada célula de su cuerpo tiraba hacia ella—, sino porque ella le había dado las reglas, y las reglas eran el puente que los mantenía conectados. Si rompía las reglas, rompía el puente.
Pero antes de desaparecer, Aitana se detuvo. Se volvió. Y desde la distancia —tres metros, cuatro, cinco—, alzó la mano derecha, la abrió con la palma hacia arriba, en el mismo gesto de la fiesta en Loíza: invitación, promesa, advertencia.
La mano.
Mateo levantó su mano derecha también. No hacia ella —no podía, la distancia era demasiado y las reglas eran claras—, sino hacia arriba, hacia la luna, como si la estuviera ofreciendo al cielo.
Dos manos abiertas en la oscuridad. Sin tocarse. Sin cruzarse. Pero conectadas por algo que era más fuerte que el tacto: la promesa de que habría más noches, más muelles, más música, más verdad.
Aitana desapareció.
Mateo volvió al apartamento a la una y media de la mañana.
Doña Lydia dormía. El apartamento estaba en silencio, pero no era el silencio de antes: era un silencio nuevo, un silencio que contenía todo lo que había pasado en el muelle —la historia de Aitana, las reglas, la frase enigmática, las palabras sin quererte yo te quiero—, y que pedía, a gritos, ser convertido en música.
Mateo fue directo al piano. Levantó la tapa. Y tocó.
Esta vez no tocó la progresión de Do menor.
Tocó algo nuevo: una melodía en Fa menor —la tonalidad del lamento, de la queja, del cante jondo—, que subía como una plegaria y bajaba como un sollozo.
Las notas salían con una facilidad que lo asustaba, como si alguien estuviera tocando a través de él, como si la canción existiera ya en algún lugar del universo y estuviera usando sus dedos para materializarse en este mundo.
Sin mirarte yo te miro
Sin sentirte yo te siento
Sin hablarte yo te hablo
Sin quererte yo te quiero
Las palabras se acomodaron sobre la melodía con la naturalidad de un río que encuentra su cauce.
No había esfuerzo. No había búsqueda. Era como si las palabras siempre hubieran estado ahí, esperando la música que las llevara, y la música siempre hubiera estado ahí, esperando las palabras que la nombraran.
Mateo tocó y cantó y escribió, y las horas pasaron sin que él las notara.
El reloj de la cocina marcó las dos, las tres, las cuatro, las cinco, y él seguía ahí, con los dedos sangrando otra vez, con la voz ronca de tanto tararear, con el cuaderno de espiral llenándose de palabras que eran confesiones y promesas y amenazas y ruegos.
Las manos se me sudaban, el pecho me palpitaba
Loco, enamorado
Y tú nunca sabías nada
Esa estrofa nació de la memoria del muelle: el momento en que Aitana le había puesto la mano en el pecho y él había sentido el corazón saltándole hacia ella como un animal enjaulado.
Las manos se me sudaban: porque la cercanía de ella era un fuego que quemaba las palmas.
El pecho me palpitaba: porque el corazón no mentía, no podía mentir, era el único órgano del cuerpo que no sabía fingir.
Y tú nunca sabías nada: porque Aitana le había pedido que no tocara, que no mostrara, que escondiera lo que sentía, y él lo había hecho —a medias—, pero el corazón seguía palpitando, y ella lo había sentido, y lo sabía, y lo sabía.
Y tú nunca sabías nada.
Era una mentira hermosa. La mentira de quien ama en secreto: fingir que el otro no sabe lo que siente, cuando ambos lo saben, cuando ambos lo sienten, cuando el secreto compartido es más íntimo que cualquier abrazo.
Mateo escribió todo. Cada palabra. Cada fragmento.
Cada verso roto y cada estrofa incompleta.
No le importaba si era bueno o malo —eso era trabajo de Salcedo, de un estudio, de una banda—.
Le importaba si era verdad. Y era verdad.
Cada sílaba era verdad, nacida de lo que había vivido, de lo que Aitana le había contado, de lo que sentía y no podía decir y por eso convertía en notas.
A las cinco de la mañana, Mateo cerró el cuaderno.
Tenía doce páginas llenas de letra, melodías anotadas en una notación improvisada que solo él podía leer, y una estructura que empezaba a tomar forma: una canción que hablaba de un amor imposible, de una mujer marcada, de un hombre que la amaba sin poder tocarla, de celos que ardían como fuego y de palabras que se iban al aire y lágrimas que iban al mar.
Se acostó en la cama sin cambiarse de ropa. Cerró los ojos. Y antes de dormirse, con el cansancio pesándole como un manto de plomo, murmuró una frase que era una plegaria y un juramento:
—El ron se va a convertir en música, Aitana. Te lo juro.
Pero no estaba solo en la noche.
A cuatro cuadras del apartamento de Mateo, en un sedán azul oscuro estacionado frente a la iglesia de San José, dos hombres esperaban.
Uno era joven —veintidós años, mandíbula cuadrada, ojos pequeños como rendijas— y fumaba un cigarrillo con la ventana medio abierta, dejando que el humo se mezclara con la humedad del amanecer.
El otro era mayor —cuarenta y tantos, calvo, con una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda como un río seco—, y hablaba por un radio de onda corta con alguien que no estaba en Puerto Rico.
—Está en casa —dijo el mayor—. Volvió a la una y media. No salió otra vez.
—¿Y en el muelle? —preguntó la voz del radio, que era suave y educada y tenía el acento de alguien que ha vivido entre dos mundos.
—Estuvo ahí cuarenta y cinco minutos. Con una mujer.
—¿La vieron?
—No de cerca. Llevaba pañuelo negro.
—Aitana —dijo la voz del radio, y la palabra se cargó de algo que no era sorpresa sino confirmación, como si Don Jairo hubiera sabido siempre que esto iba a pasar—. ¿Y el trombonista? ¿La tocó?
—No pudimos ver eso con claridad.
—¿La tocó o no la tocó, Yago?
El joven de la mandíbula cuadrada —Yago, el sobrino de Don Jairo, el que había matado a un hombre en Barcelona a los diecisiete— miró al mayor y este negó con la cabeza.
—No la tocó, Don Jairo. Se quedaron a medio metro el uno del otro todo el rato. Él no la tocó.
El silencio del radio duró tres segundos. Luego:
—Eso significa que ella le explicó las reglas. Y que él las aceptó. —Otro silencio—. Es más peligroso de lo que pensaba. Un hombre que obedece las reglas es un hombre que piensa. Y un hombre que piensa es más difícil de destruir que un hombre que solo siente.
—¿Qué hacemos? —preguntó Yago.
—Nada. todavía. —La voz de Don Jairo era la calma misma, la calma del depredador que sabe que la presa no puede escapar—.
Observen. Anoten todo. A quién habla, adónde va, qué toca, qué escribe.
Y cuando tenga suficiente información… —hizo una pausa que duró una eternidad—.
Cuando tenga suficiente información, me lo dicen. Y yo decidiré qué lección necesita.
—¿Y Aitana?
—Aitana es asunto mío. —La línea se cortó.
Yago apagó el radio y se recostó en el asiento. Miró por la ventana hacia el edificio de la avenida Fernández Juncos, donde Mateo dormía con el cuaderno de canciones bajo la almohada y el nombre de Aitana grabado en cada respiración.
—Este tipo no sabe en qué se está metiendo —dijo Yago.
—Nadie sabe —respondió el mayor—. Hasta que es tarde.
El amanecer de San Juan empezó a clarear el cielo sobre el Viejo San Juan. Los coquíes callaron. Los gallos cantaron. Y en algún lugar entre el sueño y la vigilia, Mateo soñó con ojos verdes y un anillo de ónice y una mano abierta pidiéndole que volviera.
Mientras tanto, en la Finca Los Enebros, Don Jairo estaba sentado en su escritorio —el mismo donde colgaba el teléfono y los mapas y las armas—, mirando una foto de Aitana que tenía en un marco de plata.
La foto era de la fiesta donde la había reclamado: Aitana con dieciséis años, bailando, con los ojos cerrados y la boca abierta en una sonrisa que no era de felicidad sino de rebelión.
Don Jairo pasó el dedo sobre la foto. Luego la puso boca abajo. Y abrió un cajón del escritorio que contenía un sobre grueso, sellado con lacre rojo, con un nombre escrito en tinta negra:
MATEO REYES
Dentro del sobre, documentos. Un historial. Una dirección. El nombre de la madre. El nombre del club. El nombre del productor que había estado en La Guasábara aquella noche.
RUBÉN SALCEDO.
Don Jairo sonrió.
—Si no puedes con el músico, ve por el que le da las notas —murmuró—. Todos tienen un punto débil. Y el punto débil de un músico siempre es otro músico.
Cerró el cajón. Apagó la luz. Y la Finca Los Enebros se sumió en la oscuridad del campo de Loíza, donde los grillos cantaban y los perros dormían y nadie —nadie excepto Aitana, desde la ventana de su cuarto, mirando la luna— sabía que la red se estaba cerrando.