CAPÍTULO 2 #5
—Es una historia larga —dijo.
—Tengo toda la noche.
—No. Tienes hasta la una. A la una tengo que estar de vuelta en la finca. Don Jairo revisa a las dos, y si no estoy… —no terminó la frase, pero Mateo entendió: si no estaba, las consecuencias eran peores que cualquier cosa que pudiera imaginar.
—Entonces empieza.
§
Aitana se sentó en el borde del muelle, con las piernas colgando sobre el agua negra que brillaba con los reflejos de la luna. Mateo se sentó a su lado —a medio metro de distancia, porque la regla de no tocar incluía no estar demasiado cerca, y él había prometido—, y escuchó.
La historia de Aitana era la historia de todas las mujeres gitanas que habían nacido en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Pero también era la historia de una mujer que se había negado a aceptar lo que el destino le había dado, y esa rebelión —interna, silenciosa, invisible para el mundo— era lo que la hacía extraordinaria.
—Mi madre era Caló de los Ramírez —empezó Aitana, con la voz baja y la mirada en el mar—.
Los Ramírez son un clan de Andalucía. De Granada, de las cuevas del Sacromonte, donde los gitanos han vivido desde que los echaron de la ciudad hace quinientos años.
Mi madre se llamaba Lola. Lola Ramírez. Era bailaora —la mejor de su generación, dicen los viejos del clan—.
Bailaba flamenco como tú tocas el trombón: con el alma fuera del cuerpo.
Mateo escuchaba. No interrumpía. Solo miraba el perfil de Aitana recortado contra la luna y dejaba que las palabras lo invadieran como la marea invade la playa.
—Mi padre no era gitano. Era un marinero canario.
Se llamaba Fernando. Se conocieron en un festival en Cádiz, se enamoraron, y mi madre rompió la regla más sagrada del clan: se acostó con un extraño.
—La voz de Aitana se endureció—. El castigo fue que la expulsaran.
No del clan —del clan no te pueden expulsar, porque la sangre es la sangre—, sino de la comunidad.
La dejaron vivir, pero la aislaron. Nadie le hablaba.
Nadie la miraba. Las otras mujeres la cruzaban en la calle como si fuera un fantasma.
Y a mí me dieron la misma marca: la hija de la impura.
—¿Cuántos años tenías?
—Cuando me expulsaron de la comunidad, cuatro. Cuando entendí lo que significaba, doce. Cuando decidí que no iba a aceptarlo, dieciséis.
—¿Y Don Jairo?
—Don Jairo apareció cuando yo tenía dieciséis años.
Era —es— el patriarca del clan Caló en el Caribe.
Tiene ramas en Sevilla, en Marsella, en Nueva York, en La Habana y aquí, en Puerto Rico.
Es el que decide quién se casa con quién, quién viaja, quién se queda, quién vive, quién… —se interrumpió—. Quién desaparece.
—¿Desaparece?
—Los Caló no tienen cementerio, Mateo. Tienen el mar.
—Aitana miró el agua negra bajo sus pies, y Mateo vio que se le erizaba la piel de los brazos—.
Don Jairo me vio bailar en una fiesta del clan.
Yo tenía dieciséis años y bailaba como mi madre —con el alma fuera del cuerpo—, y él decidió que yo era suya.
No me preguntó. No me cortejó. No me dio opción.
Simplemente lo anunció: Aitana será la esposa de Don Jairo.
Y el clan aceptó, porque el clan siempre acepta lo que Don Jairo decide.
—Y el tatuaje…
—El tatuaje fue la ceremonia. La noche después del anuncio, me llevaron a una habitación sin ventanas, me sentaron en una silla de madera, y Don Jairo mismo me hizo la marca.
Con una aguja de hueso y tinta de ocotillo.
—Se tocó la base del cuello—. Duele, Mateo.
No el pinchazo —el pinchazo es nada—. Duele la humillación.
Duele saber que tu cuerpo ya no te pertenece.
Que eres una cosa que alguien ha reclamado.
Mateo apretó los puños. La rabia era física, caliente, un fuego que le subía desde el estómago hasta la garganta. Pero no dijo nada. No era su historia; era la de ella. Y lo que ella necesitaba no era su ira sino su atención.
—Intenté huir dos veces —continuó Aitana—. La primera vez tenía diecisiete años. Fui a la policía de Bayamón. Les conté todo: el compromiso forzado, la marca, las amenazas. ¿Sabes qué me dijeron?
—¿Qué?
—Que los asuntos de los gitanos eran asuntos de los gitanos.
Que no podían meterse en las tradiciones de una comunidad.
Que si yo no quería estar con Don Jairo, era un problema mío, no de la ley.
—Rió, y la risa era tan amarga que Mateo sintió el sabor en su propia boca—.
La segunda vez tenía diecinueve. Fui al aeropuerto.
Compré un billete de avión a Madrid —con dinero que había ahorrado vendiendo joyas en el mercado—.
Pero alguien del clan trabaja en el aeropuerto.
Alguien me vio. Y antes de que el avión despegara, Yago estaba en la sala de embarque, con su sonrisa de cuchillo y dos pasaportes falsos —uno con mi foto y un nombre que no era el mío—.
Me sacó del aeropuerto por la fuerza, me metió en un carro, y me llevó de vuelta a la finca.
Don Jairo me esperaba en la puerta con una taza de café y una sonrisa que decía: No puedes escapar, Aitana. Nunca podrás.
—¿Y tu padre? ¿El marinero canario?
El silencio que siguió fue el más largo de la noche. Aitana no miraba el mar; miraba sus manos, y Mateo vio que los nudillos estaban blancos de tanto apretar.
—Mi padre murió cuando yo tenía ocho años. Ahogado. En el mar. —Hizo una pausa—. Ahogado o ahogado, Mateo. En el clan, cuando alguien molesta y muere, la causa siempre es natural.
El horror de esas palabras golpeó a Mateo como una ola helada.
Ahogado o ahogado. No era una pregunta; era una certeza.
El padre de Aitana había sido asesinado —o había sido abandonado a su suerte en el mar— porque había cometido el pecado de amar a una mujer gitana y tener una hija con ella.
Y el clan, con Don Jairo al frente, había hecho lo que hacía siempre: limpiar la impureza.
—Lo siento —dijo Mateo, y las palabras le supieron a nada.
—No lo sientas. Úsalo. —Aitana se volvió hacia él, y sus ojos verdes ardían con un fuego que Mateo reconocía: era el mismo fuego que él sentía cuando tocaba, la mezcla de dolor y rabia y arte que convertía el sufrimiento en música—.
Úsalo para la canción, Mateo. Todo lo que te he contado, ponlo en las notas.
Haz que el mundo lo escuche. Haz que el mundo sepa lo que le hacen a las mujeres como yo.
—¿Las mujeres como tú?
—Las mujeres a las que le roban el derecho a elegir.
A las que le marcan la piel como ganado.
A las que le dicen que el amor es una obligación y no un sentimiento.
—La voz de Aitana subía, y con ella subía algo más —una energía, una vibración, como si las palabras fueran notas y las notas fueran fuego—.
Ponlo en la canción, Mateo. Y cuando la toques, yo bailaré.
Y cuando baile, el clan verá lo que nunca quiso ver: que una mujer gitana puede ser libre aunque tenga una marca en el cuello.
Mateo la miró. Y en ese momento, con el mar bajo los pies y la luna sobre la cabeza y la historia de horror y belleza de Aitana resonándole en los huesos, comprendió algo que cambiaría la canción para siempre: la canción no era sobre él.
No era sobre su dolor, su soledad, su deseo.
La canción era sobre ella. Sobre Aitana.
Sobre todas las Aitanas que habían sido marcadas, silenciadas, obligadas, encerradas.
La canción era un grito de libertad disfrazado de canción de amor.
Y eso la hacía más grande que cualquier cosa que Mateo hubiera soñado.
—Voy a escribirla —dijo, y la voz le salió tan firme que él mismo se sorprendió—. Voy a escribirla para ti. Y para todas las que no pueden hablar.
—¿Y cómo va a empezar?
—Ya empezó. Gitana, gitana, tu pelo, tu pelo, tu cara, tu cara.
Aitana sonrió. Era la primera sonrisa real que Mateo le veía —no la sonrisa de la calle, ni la de la fiesta, ni la de las palabras esquivas—, sino una sonrisa que venía de un lugar profundo, un lugar que el dolor no había podido alcanzar, y que brilló en la oscuridad del muelle como una estrella que se niega a apagarse.
—Es un buen principio —dijo ella.
—¿Y cómo sigue?
—Eso lo tienes que descubrir tú. Yo solo puedo darte lo que siento. Y lo que siento es… —buscó la palabra, y cuando la encontró, la dijo con la simplicidad de quien confiesa lo inexplicable—: Sin quererte yo te quiero.
Sin quererte yo te quiero.
Las palabras cayeron en el pecho de Mateo como semillas en tierra fértil.
No eran una letra de canción todavía; eran una verdad desnuda, un oxímoron vivo, una contradicción que era más verdad que cualquier coherencia.
Sin quererte: como si el querer fuera una elección y ella hubiera elegido no hacerlo.
Yo te quiero: como si, a pesar de la elección, el corazón hiciera lo que le daba la gana.
Era la definición exacta de lo que estaban viviendo: un amor que no debería existir pero existía, que no tenía permiso pero se tomaba el espacio, que era prohibido y por eso mismo era más grande que cualquier amor permitido.
—Eso —dijo Mateo— va en la canción.
—Todo va en la canción, Mateo. —Aitana se puso de pie—. Pero ahora tengo que irme. Son las doce y cuarenta y tengo veinte minutos para llegar a la finca.
Mateo se levantó también. La distancia entre ellos era de medio metro, y los dos la sintieron como un abismo y como un imán al mismo tiempo.
—Aitana.
—¿Qué?
—La frase que me dijiste la primera noche. Cuando el mar se convierta en ron y el ron se convierta en música. ¿Qué significa?
Aitana lo miró. Y en sus ojos pasó algo —un destello de picardía, de complicidad, de secreto compartido— que hizo que el corazón de Mateo diera un vuelco.