GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 2 #4
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CAPÍTULO 2 #4

Mateo sintió un frío que no tenía nada que ver con la brisa del mar. Era el frío de la amenaza real, la que viene envuelta en palabras suaves y ojos de lobo. Don Jairo lo había amenazado. Y si doña Carmen tenía razón —y doña Carmen siempre tenía razón—, la amenaza no era hueca.

—No me importa —dijo Mateo, y se odió un poco por lo cliché que sonaba, pero era la verdad—. No vine aquí porque no me importe el peligro. Vine porque hay algo entre nosotros que es más grande que el peligro.

—¿Cómo lo sabes? Nos conocimos hace cinco días.

—Sé lo que siento. Y sé lo que tú sientes. Si no lo sintieras, no estarías aquí.

Aitana bajó la mirada. El pañuelo negro se movió con el viento, y un mechón de pelo oscuro se escapó y le cayó sobre la frente. Mateo tuvo que contenerse para no extender la mano y apartarlo.

—Tienes razón —admitió Aitana, y la admisión le costó, se le notó en la mandíbula apretada, en los puños cerrados, en la rigidez de los hombros—.

Por eso te cité. No para alejarte, sino para pedirte que…

—se interrumpió, como si la siguiente palabra fuera un puñal que no quería sacar—. Para pedirte que me des tiempo.

—¿Tiempo?

—Tiempo para encontrar la manera. La manera de salir. La manera de ser libre sin que el clan me destruya. La manera de estar contigo sin que Don Jairo te destruya.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, nos vemos así. En secreto. En las sombras. Como ladrones.

—Como ladrones de qué.

—Como ladrones de amor, Mateo. Porque amar lo que no te pertenece es robar.

Mateo dio un paso hacia ella. Aitana no retrocedió.

Estaban ahora a medio metro de distancia, y él podía ver los detalles que la oscuridad le había negado antes: la línea fina de una cicatriz en la sien derecha —el recuerdo de un golpe, tal vez, o de una caída, o de algo peor—, el temblor leve de los labios, la humedad de los ojos que luchaban contra las lágrimas y perdían la batalla.

—El amor no es robo, Aitana. El amor es la única cosa en este mundo que no se puede robar, porque no le pertenece a nadie.

—El clan no piensa así.

—El clan está equivocado.

—El clan tiene su propia justicia, Mateo. Y su justicia dice que una mujer prometida es propiedad del hombre al que fue prometida. Y si esa mujer mira a otro… si esa mujer siente por otro… la justicia del clan es rápida y sin apelación.

—¿Qué te harían?

—A mí no me importa lo que me harían a mí.

—Y esta vez Aitana levantó la vista y lo miró con una fiereza que Mateo no le había visto—.

Me importa lo que te harían a ti. Porque tú eres el que está fuera, Mateo.

Tú no tienes clan, no tienes protección, no tienes nada más que un trombón y una madre que te espera.

Y si Don Jairo decide que eres una amenaza, no va a mandar a dos jóvenes a darte patadas en las costillas.

Va a mandar a hombres de verdad. Hombres que no piden perdón.

Mateo tragó saliva. No era miedo —o si lo era, era un miedo nuevo, un miedo que no lo paralizaba sino que lo agudizaba, como el filo de un cuchillo se agudiza con la piedra—. Era conciencia del peligro. Y la conciencia del peligro, en vez de alejarlo, lo empujó más cerca.

—Aitana.

—¿Qué?

—¿Sabes lo que toqué hoy en el mercado?

—Te oí.

—¿Qué oíste?

Aitana cerró los ojos un momento, como si estuviera escuchando algo que ya no estaba ahí pero que todavía resonaba en las paredes de su memoria.

—Oí a un hombre que está escribiendo una carta con notas —dijo—. Una carta que no sabe cómo terminar. Que tiene el principio y el medio pero le falta el final. —Abrió los ojos—. Y el final soy yo.

Mateo sintió que el mundo se detenía. Que el mar dejaba de mecerse.

Que los coquíes callaban. Que la luna aguantaba la respiración.

Porque lo que Aitana había dicho era exactamente lo que él sentía: que la canción —la que Salcedo le pedía, la que llevaba dentro, la que empezaba con Gitana, gitana, tu pelo, tu pelo, tu cara, tu cara— estaba incompleta sin ella.

Que Aitana era la nota final, el acorde de cierre, el silencio que sigue a la última nota y que es, paradójicamente, la parte más importante de la canción.

—No eres el final —dijo Mateo—. Eres todo. El principio, el medio y el final. Eres la canción entera.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Porque cuando alguien te dice que eres la canción entera, te está dando su vida. Y yo no quiero tu vida, Mateo. Quiero que la vivas.

—¿Y si vivirla significa vivirla contigo?

Aitana no respondió. Pero hizo algo peor: extendió la mano derecha —la mano de los anillos de plata— y la puso sobre el pecho de Mateo, justo donde el corazón latía con la fuerza de un tambor bata.

A través de la camisa de lino, Mateo sintió el calor de sus dedos, el peso de los anillos, el temblor que recorría esa mano como un terremoto interno.

—Siento tu corazón —dijo Aitana, y su voz era un susurro que el viento casi se llevó—. late rápido. como si quisiera salir.

—Es porque sale cuando te acercas.

—Y cuando me aleje, ¿qué?

—Cuando te alejes, se queda aquí. Esperando.

Aitana retiró la mano. El lugar donde había estado se enfrió de inmediato, como una ventana que se cierra y deja entrar el invierno.

—Hay reglas, Mateo. Para que esto funcione. Si es que va a funcionar.

—Dime.

—Primero: nos vemos aquí, en el muelle, los miércoles y los sábados, a medianoche. No en otro lugar, no en otra hora. El muelle es el único sitio del Viejo San Juan donde el clan no tiene ojos.

—¿Y si no puedo venir?

—Si no puedes venir, significa que algo pasó. Y si algo pasa, no vengas a buscarme. Aléjate. —Su voz se endureció—. Promételo.

—¿Qué te alejes si algo pasa?

—Promételo, Mateo.

—Te lo prometo. —Mintió. Sabía que mentía. Sabía que si algo pasaba, lo último que haría sería alejarse—. ¿Qué más?

—Segundo: no me busques en la finca. No vayas a Loíza. No te acerques al mercado cuando yo esté ahí. Si alguien del clan te ve conmigo, no será Don Jairo quien venga. Será alguien peor.

—¿Peor que Don Jairo?

—Don Jairo es el jefe, pero no es el más violento. Tiene un sobrino. Se llama Yago. Yago tiene veintidós años, mató a un hombre en Barcelona cuando tenía diecisiete, y desde entonces trabaja para Don Jairo como su sombra. Es rápido, es silencioso y no le importa la sangre.

—¿Por qué me dices todo esto? ¿No te da miedo que yo lo cuente?

—¿A quién lo vas a contar, Mateo? ¿A doña Carmen? ¿A Kike? ¿A tu madre? —sonrió, y la sonrisa era amarga como el ron añejo—. No lo vas a contar porque contar es perder. Y tú no quieres perder esto tanto como yo.

Mateo asintió. Era verdad. Era la verdad más honesta que alguien le había dicho en años.

—¿Qué más?

—Tercero… —Aitana hizo una pausa, y Mateo vio que sus manos temblaban. No de frío. De algo más. De algo que parecía deseo y parecía miedo y parecía hambre y parecía todo a la vez—. Tercero: cuando estemos juntos, no me toques.

El aire se detuvo.

—¿Qué?

—No me toques, Mateo. No las manos, no la cara, no el pelo.

Nada. —Tragó saliva—. Si me tocas, no podré controlarme.

Y si no me controlo, el clan lo sabrá. El clan siempre sabe.

—Su voz se quebró—. Las mujeres Caló tenemos una marca, Mateo.

Una marca que solo el hombre del clan puede tocar.

Y si otro hombre la toca… la marca cambia. Y el clan lo ve.

—¿Qué marca?

—Un tatuaje. Aquí. —Se tocó la base del cuello, donde la clavícula se encuentra con el esternón, un lugar íntimo y vulnerable—.

Es la marca del clan. Del compromiso. Don Jairo me lo hizo cuando tenía dieciséis años.

Con aguja y tinta y una oración que no entendí.

—Bajó la mano—. Si otro hombre toca esa marca, la piel cambia de color.

Y el clan lo ve. Y entonces no hay vuelta atrás.

Mateo miró la base del cuello de Aitana.

El cuello estaba cubierto por la camisa negra, pero la imaginación —la imaginación y el deseo y la rabia— llenó el hueco.

Un tatuaje. Una marca de propiedad. En el cuerpo de una mujer que él quería más que a ninguna cosa en el mundo. La idea le revolvió el estómago.

—Eso es… —buscó la palabra, pero la palabra no existía, porque ninguna palabra era suficiente para describir la barbarie de marcar a una persona como ganado—. Eso no es amor, Aitana. Es esclavitud.

—Lo sé. —Y en la voz de Aitana había tal soledad, tal desolación, que Mateo sintió que se le rompía algo dentro del pecho—. Lo sé desde que tengo dieciséis años. Pero saberlo no basta para cambiarlo. Necesito tiempo. Necesito un plan. Necesito…

—¿Qué necesitas?

—Necesito que seas paciente, Mateo. Y que toques.

—¿Toque?

—Tu trombón. La música. —Los ojos verdes se iluminaron con un fuego nuevo—. Cuando tocas, yo me siento libre. Cuando tocas, la marca no me quema. Cuando tocas, soy una mujer y no una propiedad. ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo. —Y lo entendía. Lo entendía con la claridad de quien entiende algo que siempre ha sabido pero nunca ha podido articular: que la música era más que sonido; era liberación. Era la llave que abría la jaula. Era el idioma que hablaba cuando todos los demás idiomas estaban prohibidos.

—Entonces toca para mí, Mateo. Toca para mí cada vez que podamos vernos.

Y yo bailaré. Y mientras bailo, seré libre.

Y mientras eres libre, seré tuyo. —Hizo una pausa, y la palabra tuyo resonó en el muelle como una nota sostenida—.

Sin tocarme. Sin que el clan lo sepa. Sin que Don Jairo lo sospeche. ¿Puedes hacer eso?

Mateo la miró. Miró esos ojos verdes que eran la cosa más hermosa y más peligrosa que había visto jamás. Miró esas manos que temblaban. Miró esa boca que pedía paciencia y ofrecía revolución. Y supo que la respuesta era sí antes de que la pregunta terminara.

—Puedo hacer eso —dijo—. Pero necesito algo a cambio.

—¿Qué?

—Tu historia. Quiero saber quién eres. De dónde vienes. Cómo llegaste a este clan. Por qué estás con Don Jairo. Todo.

Aitana lo miró largo rato. El mar se mecía detrás de ella, y la luna le dibujaba un halo plateado en el pelo que se escapaba del pañuelo negro.