GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

Mateo tocó con los ojos cerrados. No porque no quisiera ver a Aitana —la veía con los ojos cerrados, la veía con más claridad que con los abiertos—, sino porque la música que salía de él requería toda su atención, toda su sangre, toda su vida.

No era un solo: era una confesión. Cada nota decía algo que las palabras no podían decir, y lo decía en un idioma que solo Aitana podía entender.

Sin hablarte yo te hablo.

Sin quererte yo te quiero.

La melodía subió hacia el registro agudo del King 3B —un territorio peligroso donde la nota puede romperse o puede volar, y Mateo eligió volar—, se sostuvo en un Si natural que vibró como un cable de alta tensión, y luego cayó en cascada hacia el registro grave, donde el trombón suena como el corazón de un hombre que ha amado y perdido y amado otra vez.

Cuando Mateo abrió los ojos, Aitana había desaparecido de la ventana.

El vacío fue inmediato. Un golpe en el pecho.

Una puñalada de ausencia. Pero antes de que la desesperación pudiera instalarse, Mateo notó algo en el alféizar de la ventana: los geranios rojos se movían, como si alguien los hubiera tocado al irse, y entre las macetas, brillando bajo la luz del sol que se moría, había un papel.

Mateo dejó el trombón en la silla plegable y caminó hacia el edificio.

La puerta delantera estaba cerrada con candado, pero en la parte de atrás —un callejón aún más estrecho que el del mercado— había una escalera de metal oxidado que subía al segundo piso.

La escalera no tenía puerta; era una escalera de incendios que alguien había convertido en entrada de servicio.

Mateo subió.

Cada peldaño crujía bajo su peso, amenazando con ceder, pero Mateo no se detuvo. Llegó al rellano del segundo piso y encontró un pasillo estrecho con tres puertas. La del medio estaba entreabierta. Empujó con cuidado y entró.

Era un cuarto pequeño —más pequeño que el camarín de La Guasábara—, con paredes de un azul descolorido, un colchón en el suelo cubierto con una manta bordada, una mesa con un espejo redondo enmarcado en plata y, en la esquina, un tocador con perfumes, anillos de plata y una vela roja de San La Muerte que aún no estaba encendida.

El olor a sándalo era tan denso que parecía tener peso, como una niebla invisible que envolvía todo.

Aitana no estaba.

Pero el papel seguía en la ventana. Mateo lo tomó. Era un trozo de papel de estraza —áspero, amarillento, del tipo que usan las videntes para escribir las lecturas—, doblado en cuatro, con una escritura inclinada que parecía danzar sobre la superficie:

Puerta del muelle sur. Medianoche. Solo. Sin trombón. Corre.

Mateo leyó las palabras tres veces. Sin trombón.

Ella le pedía que fuera desarmado. Que fuera sin su arma, sin su identidad, sin lo único que lo hacía valer algo en el mundo.

Era una petición —o una orden— que revelaba dos cosas: primero, que Aitana sabía que el trombón era la protección de Mateo, y segundo, que le pedía que confiara en ella lo suficiente para dejar esa protección atrás.

Corre.

No era una invitación romántica. Era una alarma. La palabra corre no se usa cuando la situación es tranquila; se usa cuando hay peligro, cuando el tiempo es escaso, cuando la ventana de oportunidad se está cerrando. Mateo sintió un escalofrío que le recorrió la espalda como un dedo helado.

Se guardó el papel en el bolsillo de la camisa —sobre el corazón, donde latía más fuerte— y bajó la escalera de incendios. Recogió el King 3B del callejón, lo guardó en el estuche y se fue del mercado caminando rápido, sin mirar atrás, con la sensación de que alguien lo observaba desde las sombras.

Las horas entre el mercado y la medianoche fueron las más largas de la vida de Mateo.

Volvió al apartamento, se sentó en la mecedora y miró el reloj de pared de la cocina —el mismo reloj que su padre había comprado en una subasta de la iglesia de San José, con la esfera agrietada y el péndulo perezoso que a veces se detenía y había que empujarlo—, y cada minuto era un siglo.

Las manecillas se movían con una lentitud que desafiaba la física, como si el tiempo mismo estuviera conspirando para mantenerlo lejos de Aitana.

Trató de dormir. No pudo. Trató de comer. No tenía hambre. Trató de tocar el piano. Las notas salían torcidas, impacientes, como palabras que se dicen antes de tiempo. Cerró el cuaderno de espiral y lo dejó en la mesa.

Doña Lydia llegó a las siete, vino de la fábrica con los hombros caídos y los dedos picados de tanto coser, y preparó arroz con pollo sin preguntar por qué Mateo estaba sentado en la mecedora mirando la pared.

Ella sabía. No lo que estaba pasando —no los detalles, no el nombre de Aitana, no la amenaza de Don Jairo—, pero sabía que su hijo estaba poseído por algo que no era la música y que tampoco era la tristeza.

Era algo nuevo. Algo que ella reconocía porque lo había sentido una vez, hace veinticinco años, cuando un trombonista llamado Héctor Reyes la miró desde un escenario y ella supo, en ese instante, que su vida había cambiado para siempre.

No le preguntó. Simplemente le sirvió el plato, le puso un vaso de agua y le dijo:

—Come, mijo. Que lo que sea que te espere necesita un hombre con fuerzas.

Mateo comió. No porque tuviera hambre, sino porque su madre se lo pedía, y obedecer a doña Lydia era la única ley que Mateo nunca había cuestionado.

A las once de la noche, Mateo salió del apartamento.

Había decidido seguir las instrucciones del papel: ir solo, sin el trombón.

Pero hay decisiones que se toman con la cabeza y decisiones que se toman con el cuerpo, y el cuerpo de Mateo —tres generaciones de músicos grabadas en el ADN— no podía salir de casa sin su instrumento.

Así que dobló la corbata de moño de su padre y se la puso en el bolsillo del pantalón.

No era el King 3B, pero era algo. Era la promesa.

El Viejo San Juan de noche era otro mundo.

Las calles empedradas brillaban bajo la humedad como escaleras de un palacio submarino, los faroles de hierro proyectaban sombras que parecían moverse con voluntad propia, y el sonido del mar era un murmullo constante que lo llenaba todo, como la respiración de un gigante dormido.

A las once de la noche de un miércoles, los turistas habían desaparecido —estaban en sus hoteles, contando las fotos del día y planificando las excursiones del mañana—, y solo quedaban los noctámbulos: los borrachos en los bares, las parejas en las esquinas, los músicos que salían de los clubes con los instrumentos al hombro y el sudor todavía pegado a la camisa.

Mateo caminó por la calle del Recinto Sur hacia el muelle.

La puerta del muelle sur —la que Aitana había mencionado— era una entrada secundaria del Puerto de San Juan, usada por los pescadores y los cargadores, que durante el día bullía de actividad pero de noche era un desierto de concreto y sal.

La puerta era un arco de piedra colonial con una reja de hierro que siempre estaba abierta —la seguridad del puerto era un chiste que los pescadores se contaban entre risas—, y detrás de ella, un muelle de madera se extendía hacia el mar como un dedo apuntando a la luna.

Mateo llegó a las once y cuarenta y cinco. Quince minutos antes de la medianoche. El muelle estaba vacío. Solo las olas, el viento, y el sonido lejano de una guitarra que alguien tocaba en uno de los barcos anclados en la bahía —una habanera, lenta y dulce, como un recuerdo de Cuba—.

Se apoyó contra el arco de piedra y esperó.

El tiempo pasó. La guitarra del barco dejó de tocar. Una nube cruzó la luna y la oscureció un momento. Los coquíes en los árboles del paseo aumentaron su canto, como si supieran que algo estaba a punto de suceder y quisieran ser la banda sonora.

Medianoche.

Y entonces la vio.

Aitana salió de las sombras del muelle como una aparición —no, como una materialización, como si la noche misma hubiera decidido tomar forma de mujer y caminar hacia él—.

No llevaba el vestido bordado de estrellas de la fiesta en Loíza; vestía de negro de pies a cabeza —pantalón negro, camisa negra, botas negras, un pañuelo negro que le cubría el pelo—, como alguien que no quiere ser vista.

Pero sus ojos —verdes, imposibles, hipnóticos— brillaban en la oscuridad como dos faros de una nave extraterrestre, y Mateo supo que la habría reconocido entre un millón de sombras.

—Mateo.

—Aitana.

Se miraron. Un segundo. Dos. Tres. El tiempo suficiente para que ambos supieran que el otro era real, que los últimos cinco días no habían sido un sueño, que la conexión que habían sentido en la plaza y en la fiesta y en el mercado no era ilusión sino destino.

Aitana se acercó. Caminaba con la precaución de un animal que ha salido de su cueva y teme que el cazador esté al acecho. Miraba a los lados, hacia las sombras, hacia el mar, hacia las ventanas oscuras de los edificios del puerto.

—No deberías haber venido —dijo, pero su voz no sonaba convencida. Sonaba como alguien que está diciendo lo que cree que debe decir, no lo que quiere decir.

—Me citaste.

—Te cité para que corrieras. No para que vinieras.

—¿Cuál es la diferencia?

—La diferencia es que correr implica que vas a alejarte. Y venir implica que te vas a acercar. Y si te acercas, Mateo… —hizo una pausa, y en sus ojos pasó algo que era miedo puro, desnudo, sin disfraz—. Si te acercas, vas a sufrir.

—Ya sufrí. Me echaron de la finca a golpes.

—Y pudo ser peor. Mucho peor.

—¿Peor que las costillas magulladas?

—Peor que la muerte, Mateo. —La voz de Aitana se quebró, y la ruptura fue tan súbita que Mateo sintió el impacto en su propio pecho—.

Don Jairo no es un hombre de amenazas vacías.

Cuando dice que hará algo, lo hace. Y lo que dijo después de que te echaron…

—tragó saliva—. Lo que dijo es que te iba a dar una lección que no olvidarías.

—¿Qué tipo de lección?

—El tipo de lección que un gitano da a un extraño que toca lo que no le pertenece.