CAPÍTULO 2 #2
—Ya sé que no te asustas. Pero asustarte y ser imprudente son cosas distintas. El valor sin prudencia es suicidio, mijo.
—¿Y el valor con prudencia?
—Se llama esperar el momento justo. Y el momento justo no es cuando tú quieres, sino cuando la vida te lo da.
Mateo bebió el agua de un trago. El vaso quedó vacío y frío en su mano.
—Yo creo que la vida ya me lo dio, doña Carmen. Lo que pasa es que todavía no sé leer la señal.
—Tal vez la señal es la canción.
—¿La canción?
—Me dijiste que Salcedo te pidió una canción. Y que desde que viste a esa mujer, empezaste a oír cosas. Notas. Palabras. ¿No es eso una señal?
Mateo pensó en las palabras del cuaderno. Gitana, gitana, tu pelo, tu pelo, tu cara, tu cara. Sí, era una señal. Pero era una señal a medias, como un faro que solo ilumina la mitad del camino.
—Necesito verla para completar la canción —admitió—. Y necesito completar la canción para verla. Es un círculo.
—Los círculos se rompen, Mateo. Pero se rompen desde adentro, no desde afuera. No vayas al mercado para buscarla. Ve al mercado para tocar.
—¿Tocar?
—Lleva tu trombón. Toca. Si ella está ahí, te oirá.
Y si te oye, vendrá. Las mujeres como Aitana no siguen a los hombres; siguen a la música.
—Doña Carmen sonrió, y en esa sonrisa había la sabiduría de tres generaciones de mujeres que habían amado a músicos y sabían exactamente cómo funcionaban—.
La música es el único idioma que el clan no puede prohibir.
Miércoles 17 de julio de 1985
El mercado de Río Piedras era un organismo vivo que respiraba, sudaba y gritaba en español, spanglish y romaní.
Ocupaba tres cuadras de la calle Municipal y se extendía por los callejones laterales como una enredadera de colores y olores: mango, cilantro, pimienta, plátano maduro, carne asada, café recién molido, estiércol de caballo, gasolina de los camiones de reparto y —siempre, como la línea de bajo de una canción— el olor del mar que se colaba entre los edificios y mezclaba sal con todo.
Mateo llegó a las cuatro de la tarde, cuando el sol empezaba a declinar y las sombras se alargaban como dedos de gigante sobre el asfalto.
Llevaba el King 3B en su estuche al hombro, la camisa blanca de lino limpia y planchada por doña Lydia, los pantalones negros, los zapatos de cuero con media suela y una ansiedad que le roía el estómago como una rata paciente.
No tenía un plan. O más bien tenía un plan tan simple que era casi un no-plan: encontrar un rincón, abrir el estuche, armar el trombón y tocar.
Tocar lo que saliera. Tocar lo que llevaba dentro.
Si Aitana estaba ahí, lo oiría. Y si lo oía…
¿qué? Mateo no lo sabía. Pero la incertidumbre no lo detenía; lo alimentaba.
Era la misma incertidumbre que sentía antes de cada solo: no sabía qué notas iban a salir, pero sabía que las notas saldrían, y que serían las correctas.
El mercado estaba en su hora de mayor actividad.
Los puestos de frutas formaban pirámides de mangó, piña, papaya y guanábana que parecían templos tropicales.
Las vendedoras gritaban los precios con una cadencia que era casi musical: ¡Mangó a tres la libra!
¡Piña dorada, piña dulce! ¡Guanábana pa' la presión, pa' los nervios, pa' lo que sea!
Los compradores regateaban con la pasión de quien defiende una fortuna, y los niños corrían entre las piernas de los adultos robando mangos y carcajadas.
Mateo caminó por la calle principal, observando. Buscaba algo específico: los puestos de la parte de atrás, donde doña Carmen le había dicho que los jóvenes Caló vendían sus mercancías. Doblo por un callejón que olía a incienso y a cuero curado y que la luz del sol apenas alcanzaba, y ahí estaban.
Los puestos Caló eran distintos al resto del mercado.
No gritaban precios; no regateaban. Exhibían sus mercancías con la quietud de quien muestra reliquias: telas bordadas con hilos de oro, joyas de plata con piedras de colores, hierbas en frascos de vidrio oscuro con etiquetas escritas a mano en romaní, paños de seda con patrones geométricos, barajas de tarot con figuras imposibles, y muñecos de tela que parecían más vivos que la gente.
Las mujeres detrás de los puestos tenían la piel morena, los ojos oscuros y la dignidad de quien ha heredado mil años de orgullo.
Llevaban faldas largas y pañuelos en la cabeza, y hablaban entre ellas en romaní con una musicalidad que a Mateo le recordó —y el recuerdo le partió el corazón— al cante de la fiesta en Loíza.
Mateo recorrió el callejón lentamente, mirando cada puesto, buscando un rostro entre los rostros.
No la vio. Aitana no estaba en ninguno de los puestos.
El desplome fue instantáneo —un vacío en el estómago, una caída sin fondo—, pero Mateo se obligó a seguir caminando.
Doña Carmen le había dicho: Ve al mercado para tocar. No para buscar. Tocar.
Llegó al final del callejón y encontró un espacio vacío: un hueco entre un puesto de telas y uno de hierbas, donde la pared de adobe del fondo creaba un ángulo de sombra que el sol de las cinco apenas rozaba.
El suelo era de tierra compactada, y en una esquina había una silla de madera plegable que alguien había dejado ahí quién sabe cuándo.
Mateo se paró en ese hueco. Dejó el estuche en el suelo, lo abrió, sacó el King 3B y lo armó. La boquilla estaba fría —él prefería la boquilla fría, porque el calor tardaba en llegar y los primeros compases sonaban crudos, vulnerables, humanos—. Se puso la boquilla en los labios y sopló.
La primera nota fue un Fa. Largo, sostenido, que salió del trombón como un suspiro de gigante y se elevó por el callejón, rebotando en las paredes de adobe, en los puestos de madera, en las telas bordadas, en los frascos de hierbas, hasta llegar al mercado principal y mezclarse con los gritos de las vendedoras y el ruido de la ciudad.
La segunda nota fue un La bemol. Y la tercera un Do. La progresión de siempre. La melodía que había nacido en el piano del apartamento y que ahora encontraba su verdadera voz en el metal del King 3B. Porque el piano era el papel donde se escribe la carta, pero el trombón era la voz que la lee.
Mateo tocó sin pensar en quién lo escuchaba.
Tocó sin pensar en Aitana, o en Don Jairo, o en Salcedo, o en las costillas magulladas o en la promesa rota de su padre.
Tocó porque era lo único que sabía hacer cuando el mundo se le cerraba, y porque la música —la buena, la que viene de abajo, del lugar donde el dolor y el amor se confunden— era el único idioma que hablaba con la verdad de los que no tienen nada que perder.
Las notas llenaron el callejón. Y algo sucedió.
Primero fue un vendedor de hierbas que se asomó desde su puesto y se quedó quieto, con un frasco de ruda en la mano y la boca abierta.
Después fue una mujer joven —una Caló, pelo negro, ojos almendrados— que dejó de hablar por la radio portátil y giró la cabeza como un animal que ha oído un sonido que no reconoce pero que instintivamente sabe que es importante.
Luego fue un niño de unos ocho años que se acercó al hueco donde Mateo tocaba y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, mirándolo con esos ojos enormes que tienen los niños cuando descubren algo mágico.
Y entonces Mateo sintió —no oyó, no vio, sino sintió, con esa parte del cuerpo que no es piel ni músculo sino algo más antiguo, algo que precede al lenguaje— que alguien lo miraba.
No desde el callejón. Desde arriba.
Alzó la vista.
En el segundo piso del edificio de adobe que formaba la pared del fondo, había una ventana con rejas de hierro forjado y un tiesto de geranios rojos en el alféizar.
Y en la ventana, medio escondida detrás de las rejas y las flores, con el pelo oscuro cayéndole sobre los hombros como una cascada de noche líquida y los ojos —esos ojos verdes que parecían cambiar de color con el estado del mar— fijos en él, estaba Aitana.
Mateo dejó de tocar.
El silencio que siguió no era vacío. Era pleno.
Era el silencio de dos personas que se están comunicando sin palabras, sin miradas directas —porque las rejas y los geranios y la distancia y el miedo y el clan y Don Jairo y quinientos años de leyes gitanas se interponían entre ellos—, pero que sin embargo se están diciendo todo.
Sin mirarte yo te miro.
Sin sentirte yo te siento.
Las palabras llegaron a la mente de Mateo como un relámpago, sin convocatoria, sin esfuerzo.
No eran una canción todavía; eran una verdad.
La verdad de lo que estaba pasando en ese instante: que él la estaba mirando sin mirarla —porque no podía mirarla de frente, porque las rejas y la distancia y la amenaza se lo impedían— y que la estaba sintiendo sin sentirla —porque no podía tocarla, ni hablarle, ni decirle lo que sentía, y sin embargo la sentía, la sentía con cada célula de su cuerpo, con cada nota que había tocado, con cada respiración—.
Aitana no se movió. Pero sus labios se abrieron levemente, y Mateo vio —o creyó ver, o quiso ver, o inventó ver, no importaba— que formaban una palabra.
Toca.
Mateo levantó el trombón y tocó.
§
Lo que tocó no era la progresión de antes.
Era algo nuevo. Algo que nació en ese instante, en el espacio entre la ventana con rejas y el hueco del callejón, alimentado por la mirada verde de Aitana y el latido desbocado del corazón de Mateo.
Las notas salieron como agua de un manantial que ha esperado siglos bajo la tierra y finalmente encuentra una grieta por donde brotar: urgentes, desesperadas, bellas.
Era una melodía de salsa lenta —salsa romántica, salsa de desamor, pero con algo más, algo que la salsa no tenía: la cadencia del bolero, el lamento del cante jondo, la sangre del flamenco, el fantasma de la rumba—.
Era la música del Caribe fundida con la música de los gitanos, y era nueva y antigua al mismo tiempo, como una canción que siempre había existido pero que nadie había tenido el coraje de tocar hasta ahora.