CAPÍTULO 2
El Primer Encuentro Clandestino
Dos días.
Las costillas le dolían al respirar. No estaban rotas —Mateo conocía la diferencia entre un hueso roto y un hueso golpeado; había vivido suficiente en los barrios de Santurce como para saber cuándo un golpe era de los que sanan y cuándo era de los que matan—, pero la zona lateral izquierda tenía el color de una berenjena madura, y cada vez que tosía o se agachaba o cargaba el estuche del trombón, un relámpago de dolor le recorría el torso como una lengua de fuego.
Doña Lydia lo había notado de inmediato.
—¿Qué te pasó, mijo? —le preguntó el sábado por la mañana, cuando él apareció en la cocina con la camisa manchada de tierra y el labio hinchado—. ¿Otra pelea en el club?
—Me caí por las escaleras del club, mamá.
—Las escaleras no patean, Mateo.
—Yo caí mal, mamá. No es nada.
Doña Lydia lo miró con esos ojos que tenían la capacidad de ver a través de las mentiras como el sol atraviesa el agua clara.
Pero no insistió. Doña Lydia era de las mujeres que sabían cuándo preguntar y cuándo esperar, porque la vida le había enseñado que las verdades que no se quieren contar terminan saliendo solas, como el agua de un pozo cuando llueve demasiado.
En cambio, le preparó un emplasto de hierbas —árnica machacada con ruda y un poco de aguardiente, el remedio de su abuela, que era el remedio de la abuela de su abuela, que venía de la montaña de Cayey donde las mujeres curaban con las manos lo que los médicos curaban con bisturí— y se lo puso en las costillas sin decir una palabra más.
Mateo se dejó curar en silencio, agradecido de que su madre no lo obligara a explicar lo inexplicable.
¿Cómo le explicaba que había seguido a una desconocida por las calles del Viejo San Juan?
¿Que había ido a una fiesta gitana en Loíza sin invitación?
¿Que un hombre que parecía tallado en obsidiana lo había echado a golpes de una finca mientras la mujer que lo había hipnotizado lo miraba desde lejos con lágrimas en los ojos?
¿Cómo le explicaba que, a pesar de todo, a pesar del dolor y la humillación y la amenaza explícita, lo único que quería era volver?
No podía. Así que no dijo nada. Dejó que el emplasto obrara su magia verde sobre las costillas, se tragó dos aspirinas con agua del grifo, y se sentó frente al piano.
El piano vertical seguía ahí, con sus teclas amarillas y sus dos notas muertas —un Fa sostenido en la octava cuatro y un Si bemol en la cinco—, pero Mateo ya no lo veía como un obstáculo.
Lo veía como un testigo. El piano había estado en la familia Reyes desde que su abuelo Esteban lo comprara de segunda mano en una subasta del Teatro Tapia en 1952.
Había acompañado a tres generaciones de músicos —Esteban al piano y al trombón, Héctor al trombón, Mateo al trombón y a veces al piano cuando las notas del uno se le agotaban y necesitaba las del otro— y tenía la paciencia de un viejo sabio que ha escuchado todas las canciones del mundo y sabe que todavía faltan algunas por nacer.
Mateo levantó la tapa y tocó.
La melodía del otro día seguía ahí, esperándolo como un perro fiel que no se mueve del portal aunque el dueño se vaya de viaje.
Do menor. La bemol. Mi mayor. La progresión era la misma, pero esta vez Mateo no la tocó con los dedos: la tocó con las costillas, con el moretón, con el recuerdo de los ojos verdes cambiando de color bajo la luna.
Cada nota contenía un pedazo de lo que había vivido, y cada acorde abría una ventana a lo que todavía no había vivido pero sabía que viviría.
Gitana…
La palabra salió de nuevo. Involuntaria. Irreprimible. Como un estornudo del alma.
Gitana, de ojos verdes y piel de luna…
Tu pelo, tu pelo…
Tu cara, tu cara…
Mateo se detuvo. Las palabras eran simples, casi infantiles en su repetición.
Tu pelo, tu cara. No era poesía; era observación.
Era lo primero que un hombre nota cuando una mujer se le clava en la retina como una flecha de fuego: el pelo, la cara.
Lo esencial. Lo que queda cuando todo lo demás se olvida.
Escribió las palabras en un cuaderno de espiral —el mismo cuaderno donde anotaba los arreglos para la banda de La Guasábara, ahora manchado de sangre del meñique y de café derramado— y las miró.
Estaban desnudas, sin maquillaje, sin artificio.
Pero tenían algo: eran verdad. Eran lo que él sentía cuando pensaba en Aitana, y lo que sentía era tan básico y tan devastador que no necesitaba adornos.
Gitana, Gitana…
Gitana, Gitana…
Tu pelo, tu pelo…
Tu cara, tu cara…
La repetición no era accidente; era ritmo.
Era la manera en que el corazón dice lo que siente: en círculos, en ecos, en golpes que no cesan hasta que el mensaje llega.
Mateo tocó la progresión de nuevo y tarareó las palabras encima, y algo encajó.
No era una canción todavía —era un embrión, una promesa, un germen—, pero era la primera vez en su vida que sentía que algo que salía de él tenía raíces.
Cerró el cuaderno. Guardó el piano. Y supo, con esa certeza que no necesita pruebas, que necesitaba verla.
No para la canción —la canción era la excusa, el caballo de Troya— sino para sí mismo.
Porque Aitana había abierto una puerta dentro de él y ahora el aire que entraba por esa puerta era fresco y nuevo y aterrador, y Mateo prefería el terror a la asfixia de la vida que llevaba antes.
Pero ¿cómo encontrarla? ¿Cómo llegar a ella sin pasar otra vez por los puños de Don Jairo?
No tenía su teléfono, no sabía su dirección, no conocía a nadie del clan Caló.
Lo único que tenía era una frase enigmática —Cuando el mar se convierta en ron y el ron se convierta en música— y la intuición, que en los hombres como Mateo era más fuerte que la razón porque la razón era un lujo que no podían permitirse.
El lunes por la tarde, Mateo fue a La Guasábara.
No para tocar. El club estaba cerrado los lunes —doña Carmen lo usaba para limpiar, reordenar las botellas y hablar con los santos, que según ella necesitaban un día sin ruido para escuchar las plegarias—.
Mateo fue porque necesitaba hablar con doña Carmen, y doña Carmen era el tipo de persona que siempre sabía más de lo que decía y decía menos de lo que sabía.
La encontró detrás de la barra, frotando el zinc con un trapo que había sido blanco en otra vida.
Doña Carmen usaba un vestido de casa estampado de flores, zapatillas de andar por dentro y el pelo recogido en un moño tan apretado que parecía que le iba a arrancar la piel de la frente.
Cantaba bajito —una salve a la Virgen de la Providencia, la patrona de los que no tienen a nadie— mientras sus manos se movían con la eficiencia de quien ha limpiado la misma superficie diez mil veces.
—Doña Carmen —dijo Mateo desde la puerta.
—Si vienes a cobrar, no hay dinero hasta el viernes —respondió sin levantar la vista.
—No vengo a cobrar.
—Entonces vienes a preguntar.
Mateo sonrió a pesar de todo. Doña Carmen era implacable.
—Necesito información.
—La información es cara, Mateo. Y tú no tienes dinero.
—Tengo algo mejor.
—¿Qué?
—La verdad.
Doña Carmen dejó de frotar. Levantó la vista y lo miró con esos ojos negros que parecían dos pozos sin fondo. Lo estudió un momento —las costillas vendadas, el labio cicatrizando, la sombra nueva en la mirada— y asintió lentamente.
—Siéntate. Y habla.
Mateo se sentó en el taburete de siempre.
Doña Carmen le sirvió un vaso de agua —agua, no ron; estaba en modo curandera, no en modo cantinera— y lo escuchó sin interrumpir mientras él le contaba todo: el olor a sándalo, la mujer bajo el farol, los ojos verdes, la frase enigmática, la fiesta en Loíza, Don Jairo, los golpes, el juramento.
Cuando terminó, doña Carmen se quedó en silencio un largo momento. Luego dijo:
—Los Caló de Loíza. —No era pregunta; era constatación—.
Conozco a los Caló. O conocí a algunos. Cuando yo era joven, antes de este club, antes de este barrio, trabajaba en una fábrica de tabaco en Bayamón, y las mujeres Caló venían a comprar tabaco para sus ceremonias.
Eran gentes cerradas, Mateo. No por maldad, sino por supervivencia.
Cuando el mundo te ha perseguido durante quinientos años, aprendes a cerrar la puerta antes de que te la tiren.
—¿Conoces a alguien que pueda ponerme en contacto con ella?
—Con Aitana. —Doña Carmen pronunció el nombre con reverencia, como quien nombra algo sagrado—.
La Gitana. Sí, he oído ese nombre. Las mujeres de la fábrica hablaban de ella.
Decían que era la más bonita del clan y la más rebelde.
Decían que Don Jairo la había reclamado cuando ella tenía dieciséis años y que ella había intentado huir dos veces.
—¿Dos veces?
—Y dos veces la trajeron de vuelta. El clan no pierde a sus mujeres, Mateo. Es como perder una pieza de un reloj: si falta una, el reloj no funciona. Y los Caló son un reloj que no se permite fallar.
—Pero ella intentó huir. Eso significa que no quiere estar ahí.
—Eso significa que está viva. Pero viva y libre son cosas distintas.
Mateo apretó el vaso de agua. Los dedos se le pusieron blancos.
—Doña Carmen, ¿cómo la encuentro?
La mujer lo miró con una mezcla de ternura y terror —la mirada de quien ve a un ciervo caminando hacia la trampa y sabe que no puede detenerlo—.
—Los Caló se reúnen los miércoles en el mercado de Río Piedras.
No todos —los mayores no salen mucho de la finca—, pero los jóvenes van a comprar y a vender: telas, joyas, hierbas, telas de vidente.
Es un mercado como cualquier otro, solo que ocurre en la parte de atrás, donde los turistas no van.
—Hizo una pausa—. Si vas ahí el miércoles por la tarde, puede que la veas. Pero, Mateo…
—¿Qué?
—Si la ves, no te acerques demasiado. Don Jairo tiene ojos en todas partes. Y sus manos son más largas que sus ojos.
—No me asusto fácil, doña Carmen.