GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 1 #7
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CAPÍTULO 1 #7

—Tú eres el trombonista —dijo Don Jairo. Su voz era suave, educada, con un acento que mezclaba el castellano peninsular con algo del Caribe, como un cuchillo envuelto en seda—. El de La Guasábara.

—Soy Mateo Reyes —respondió Mateo, y se odió por lo temblorosa que sonó su voz.

—Mateo Reyes. —Don Jairo repitió el nombre como si lo estuviera archivando—. ¿Y qué hace un trombonista en una fiesta gitana, Mateo Reyes?

—Busco a alguien.

—¿A quién buscas?

—A la mujer que baila.

El silencio se hizo más profundo. Mateo sintió las miradas de los doscientos presentes clavadas en él como alfileres. Y entonces Don Jairo sonrió. Era una sonrisa lenta, geométrica, sin calor —la sonrisa de alguien que ha ganado antes de que la partida empiece—.

—La mujer que baila —repitió Don Jairo— tiene nombre. Se llama Aitana. Y Aitana es mía.

Mateo no apartó la mirada. No podía. Era como mirar al fondo de un pozo y ver tus propios ojos muertos reflejados en el agua.

—Nadie es de nadie —dijo Mateo, y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

El patio contuvo la respiración. Alguien soltó un jadeo. Los perros en el pórtico levantaron las orejas. Y en los ojos de Don Jairo pasó algo —un destello, un fuego oscuro, la promesa de una venganza que no tenía fecha de caducidad—.

—Eso —dijo Don Jairo, con la calma de quien ha matado antes y sabe que volverá a hacerlo— es lo que dicen los que no conocen las reglas. Pero tú las aprenderás, Mateo Reyes. Te las enseñaré yo mismo.

Hizo una señal con la mano —dos dedos, un gesto mínimo— y dos hombres aparecieron desde las sombras de los árboles.

Eran tipos jóvenes, fuertes, con la cara de quien ha crecido peleando y los nudillos de quien ha crecido ganando.

Se pararon a cada lado de Mateo sin tocarlo, pero su presencia era una jaula invisible.

—Llévenlo al camino —dijo Don Jairo—. Enséñenle dónde empieza y dónde termina Loíza. Y que no vuelva.

Los dos hombres agarraron a Mateo por los brazos.

Él intentó resistir, pero eran más fuertes y más rápidos, y antes de que pudiera reaccionar lo estaban arrastrando hacia el portón de la finca.

Mateo giró la cabeza y buscó a Aitana con la mirada.

La vio de pie junto a la columna del pórtico, quieta como una estatua, con los puños apretados y los ojos brillantes de lágrimas contenidas.

Sus labios se movieron, pero Mateo no pudo oír lo que decían.

Solo vio la forma de las palabras, y la forma era: Vuelve.

Los hombres lo sacaron de la finca, lo arrastraron por el camino de tierra, lo empujaron al suelo junto a la carretera y le dieron dos patadas —una en las costillas, otra en el estómago— antes de volver caminando hacia el portón, como quien cumple un encargo rutinario.

Mateo quedó en el suelo, con la boca llena de polvo y el estuche del King 3B a medio metro de su mano. El sol le quemaba la espalda. Las costillas le dolían. El orgullo le dolía más.

Pero mientras yacía en la tierra de Loíza, con el sabor de la derrota en la boca y la imagen de Aitana grabada en la retina, Mateo Reyes hizo dos cosas:

Primero: agarró el estuche del trombón y comprobó que el instrumento estaba intacto.

Segundo: juró que volvería. Que entraría a esa finca. Que miraría a Don Jairo a los ojos y no parpadearía. Que tomaría la mano de Aitana y leería las líneas de su destino. Y que la canción que llevaba dentro —la canción que apenas comenzaba a nacer— sería su arma y su escudo y su bandera.

Gitana, pensó, y la palabra le supo a victoria.

De vuelta en San Juan, esa noche, Mateo no durmió.

Se sentó frente al piano y tocó hasta que los dedos le sangraron —literalmente, la uña del meñique derecho se rajó contra el marfil—, y las notas que salieron del instrumento desafinado fueron las mismas de la madrugada anterior pero más completas, más fieras, más hambrientas.

Gitana… de ojos verdes y piel de luna…

Gitana… que bailas sola entre las sombras…

Gitana… con un anillo de noche en tu mano…

Gitana… que me miraste y me prendiste fuego…

Las palabras fluían como sangre de una herida abierta. Mateo las dejaba salir sin filtro, sin corrección, sin miedo. No era una canción todavía; era un grito. Pero los gritos, cuando son verdaderos, tienen melodía.

Y mientras tocaba y tarareaba y sangraba y juraba, Mateo no sabía que en la Finca Los Enebros, en Loíza, Aitana estaba sentada en la ventana de su cuarto, mirando la luna y murmurando las mismas palabras:

Vuelve, trombonista. Vuelve.

Y no sabía tampoco que Don Jairo estaba sentado en su oficina —una habitación llena de libros antiguos, mapas de la isla y armas que no aparecían en ningún registro—, hablando por teléfono con alguien en Nueva York:

—Hay un músico. Un tal Mateo Reyes. Necesito que sepas quién es, dónde vive y con quién habla. Y necesito que lo sepas antes de que él sepa que nosotros lo sabemos.

El hombre al otro lado del teléfono respondió algo que Mateo no pudo oír, y Don Jairo colgó con la misma calma con la que había ordenado echarlo de la finca.

La rueda había empezado a girar. Y Mateo Reyes, trombonista de La Guasábara, compositor sin canciones, enamorado sin permiso, no tenía idea de lo rápido que iba a girar.