GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 1 #6
4%

CAPÍTULO 1 #6

No era el baile de las otras mujeres. No era el baile de salón ni el baile de club.

Era algo que no tenía nombre —o que tenía demasiados nombres, tantos como los pueblos que lo habían creado—.

Sus pies descalzos golpeaban la tierra con un ritmo que parecía venir del centro de la tierra misma, sus brazos se movían como serpientes en el agua, sus caderas contaban una historia que los labios no podían articular, y sus ojos —esos ojos verdes que ahora brillaban como dos hogueras en la penumbra del dosel— estaban cerrados, completamente cerrados, como si el mundo exterior no existiera y ella estuviera danzando dentro de un universo propio donde solo había música y fuego y libertad.

Mateo dejó de respirar.

El grupo de músicos cambió de ritmo. La guitarra aceleró, el cajón marcó un compás urgente, las palmas se volvieron trueno, y Aitana respondió con un movimiento que partía desde los tobillos y subía por las piernas, las caderas, la espalda, los hombros, los brazos, hasta llegar a las manos —esas manos con anillos de plata— que se abrieron como flores de noche y se cerraron como puños de guerra.

Era flamenco, era danza gitana, era posesión, era liberación, era el cuerpo de una mujer que bailaba como si cada paso fuera una declaración de independencia y cada giro un acto de rebelión contra todo lo que la mantenía encadenada.

Y entonces Aitana abrió los ojos.

Verde esmeralda. Llenos de fuego y lágrimas. Y miró directamente a Mateo.

El patio entero desapareció. Los árboles, la gente, la música, el sol, el Caribe.

Solo quedaron ellos dos, mirándose a través de un espacio que podía ser un metro o puede que un abismo, y Mateo supo, en ese instante, con la certeza que solo dan las cosas que no necesitan demostración, que esa mujer era la canción que llevaba dentro.

Que cada paso de su baile era una nota que su trombón necesitaba tocar.

Que cada lágrima de sus ojos era una estrofa que su corazón necesitaba escribir.

Que Aitana —La Gitana— era la música que Salcedo le pedía, la música que su padre le había prometido, la música que su abuelo había buscado toda la vida sin encontrarla.

Pero también supo, con la misma certeza, que esa música tenía un precio. Y que el precio era alto.

Porque mientras Aitana lo miraba, Mateo notó algo que no había visto en la oscuridad de la calle: en el dedo anular de su mano izquierda, un anillo.

No un anillo de plata como los otros. Un anillo de oro, grueso, con una piedra negra —ónice, quizás, o azabache— que parecía absorber la luz en vez de reflejarla.

Era un anillo de compromiso. De compromiso gitano.

Y significaba que Aitana ya tenía dueño.

Y entonces, detrás de Aitana, Mateo vio al dueño.

Era un hombre alto —más alto que Kike, más alto que cualquier persona que Mateo conociera—, con los hombros anchos como un armario y la cara de alguien que no ha sonreído en décadas.

Llevaba un traje negro de corte europeo, impecable, caro, del tipo que se encarga en Madrid o en Milán, y en el ojal de la solapa brillaba un alfiler de oro con la cabeza de un lobo.

Sus ojos eran negros como el azabache del anillo de Aitana, y miraban a Mateo con la frialdad calculadora de un cirujano que evalúa dónde cortar primero.

Don Jairo.

Mateo no sabía su nombre todavía. Pero sabía lo que esos ojos significaban.

Había visto ojos así en los barrios de Santurce, en los muelles de San Juan, en los callejones de Nueva York donde los sueños iban a morir.

Eran ojos que no perdonaban. Que no olvidaban.

Que marcaban a los hombres como el gancho marca al ganado.

Aitana dejó de bailar. Su cuerpo se detuvo como si alguien hubiera cortado las cuerdas de una marioneta.

La música siguió —los músicos no habían notado nada— pero ella ya no escuchaba.

Solo miraba a Mateo, y en sus ojos había una tormenta: deseo y terror, amor y resignación, fuego y hielo, todo mezclado en ese verde que cambiaba de color como el mar antes de un huracán.

Y entonces hizo algo que Mateo no esperaba.

Con un movimiento tan sutil que solo alguien que la estuviera mirando con toda su atención podría haber notado, Aitana levantó su mano derecha —la mano de los anillos de plata, la mano de las pulseras de monedas— y la abrió hacia él, con la palma hacia arriba, en un gesto que era invitación, promesa y advertencia.

La mano.

Mateo recordó algo que su abuela le había dicho una vez, sentada en la mecedora del balcón en Cayey, mientras le leía la palma de la mano: Mira esta línea, mijo.

Esta es la del destino. Y aquí, donde se cruza con la del corazón…

ahí es donde cambia todo. Ahí es donde el amor y el destino se encuentran, y cuando se encuentran, no hay vuelta atrás.

Aitana le estaba mostrando la palma. Le estaba diciendo: Aquí está mi destino. ¿Te atreves a leerlo?

Mateo dio un paso adelante.

Y en ese momento, Don Jairo se interpuso entre ellos.

No dijo una palabra. No hizo un gesto amenazante.

Simplemente se paró entre Aitana y Mateo, con la quietud de una montaña, y su presencia fue suficiente para que el aire se congelara.

Los músicos dejaron de tocar —no por una señal, sino por instinto, el mismo instinto que hace que los pájaros callen cuando una sombra cruza el sol—.

Las conversaciones murieron. Los niños dejaron de correr.

El patio se sumió en un silencio que pesaba como plomo.

Don Jairo miró a Mateo. Mateo sostuvo la mirada.

Los dos hombres se estudiaron en silencio, y en ese silencio pasó más información que en mil conversaciones.

Don Jairo leyó: joven, pobre, músico, sin poder, sin protección.

Mateo leyó: viejo, rico, despiadado, con poder, con ejército.

El diagnóstico fue rápido y brutal: Mateo no tenía nada con qué defenderse.