CAPÍTULO 1 #5
Se levantó de la mecedora, caminó hasta el piano y levantó la tapa del teclado.
Las teclas amarillentas brillaban bajo la luz del fluorescente de la cocina.
Puso los dedos sobre el marfil y tocó un acorde: Do menor.
La nota salió del instrumento como un lamento —el piano estaba fatalmente desafinado—, pero Mateo no buscaba perfección.
Buscaba algo más: una forma, un principio, una semilla.
Tocó otro acorde. La bemol. Luego Mi mayor.
Las notas formaron una progresión que él nunca había tocado antes, algo que venía de un lugar que no era la memoria ni el aprendizaje sino algo más primitivo, más instintivo, como si sus dedos estuvieran traduciendo lo que su corazón no podía decir en palabras.
La melodía era oscura. Tenía el peso del bolero y la sangre de la salsa, pero era otra cosa.
Era como si el Caribe entero se hubiera detenido un instante para escuchar un secreto que solo Mateo conocía.
La progresión subía y bajaba como las olas del mar, y en algún punto, sin pensarlo, Mateo empezó a tararear una frase: Gitana… gitana…
La palabra salió de su garganta como un suspiro arrancado a la fuerza.
Gitana. Aitana. La Gitana. El nombre que el clan le había dado —o que ella se había dado—, la identidad que cargaba como una corona de espinas y de oro.
Mateo tarareó la frase de nuevo, y esta vez la melodía la recibió como un lecho recibe a un amante: con ternura, con hambre, con la promesa de algo que apenas comenzaba.
Gitana… de ojos verdes y piel de luna… gitana… que bailas sola en la noche…
Las palabras no tenían métrica todavía, ni rima, ni estructura.
Eran solo fragmentos, pedazos de un rompecabezas que no tenía imagen en la caja.
Pero Mateo sintió, con esa certeza que solo tienen los creadores cuando tropiezan con algo verdadero, que esas notas y esas palabras fragmentadas eran el principio de la canción que Salcedo le había pedido.
La canción que llevaba dentro. La canción que no sabía que tenía.
Todavía no, pensó. Todavía no está completa. Le falta algo. Le falta… ella.
Cerró la tapa del piano y se quedó en silencio.
El fluorescente parpadeó una vez, dos veces, como si el apartamento entero contuviera la respiración.
Mateo miró por la ventana. La luna seguía ahí, vigilante, y los coquíes seguían cantando, pero ahora él oía algo más debajo de todo: un silencio nuevo, un silencio lleno, un silencio que era una promesa y una amenaza.
Al día siguiente, Mateo despertó tarde. Doña Lydia había salido al trabajo sin hacer ruido, como siempre, dejándole en la mesa de la cocina un plato de arroz con habichuelas y un vaso de jugo de china, cubiertos con un paño para que no entraran las moscas.
Mateo comió sin hambre, con la mente todavía en la plaza, en los ojos verdes, en la frase que era un acertijo y una promesa.
Cuando el mar se convierta en ron y el ron se convierta en música.
¿Dónde se encontraba el mar y el ron y la música en el mismo lugar? En los clubes. En los bares. En las fiestas. Pero Aitana no parecía una mujer de clubes. Era algo más —algo antiguo, algo ceremonial—. ¿Dónde se encontraba lo antiguo y lo ceremonial con el ron y la música?
En los gitanos.
Mateo se sentó en la mecedora y pensó. Había oído historias sobre los gitanos de Puerto Rico.
No eran tantos como en España o en los Balcanes, pero estaban.
Habían llegado con los colonizadores, algunos como esclavos liberados, otros como comerciantes nómadas, y se habían mezclado con la isla sin perder su identidad.
Tenían sus barrios —en Santurce, en Río Piedras, en las afueras de Bayamón— y sus fiestas, sus bodas, sus velorios.
Y según las historias, en esas fiestas no faltaba el ron, ni la música, ni el mar.
Mateo buscó en el armario de la salita y encontró un ejemplar viejo del periódico El Nuevo Día del mes pasado. Lo hojeó sin esperanza hasta que, en la sección de eventos culturales, vio un anuncio pequeño, casi invisible entre los clasificados:
FIESTA CALÓ — Homenaje a Santa Sara Kalí — Sábado 13 de julio — Finca Los Enebros, Loíza — Música, danza y tradición — Entrada con invitación
13 de julio. Hoy
Mateo miró el reloj. Las tres de la tarde. Tenía tiempo.
Loíza estaba a cuarenta minutos de San Juan, en la costa noreste, donde el Caribe golpeaba las rocas con la furia de un dios olvidado.
Era el pueblo de los negros, de los bomberos, de las máscaras de vejigante, de la tradición afrocaribeña que Puerto Rico se empeñaba en ignorar.
Y era también, según lo que Mateo podía intuir, donde los Caló se reunían lejos de las miradas de la ciudad.
¿Y cómo vas a entrar a una fiesta con invitación?, se preguntó. No tenía invitación. No conocía a nadie del clan. No era gitano. Pero tenía algo que tal vez, solo tal vez, podía abrir puertas: el King 3B, y la música que empezaba a crecer dentro de él.
Mateo se vistió con la única camisa limpia que tenía —blanca, de lino, la misma de la noche anterior pero lavada a mano por doña Lydia—, se puso los pantalones negros menos desgastados, los zapatos de cuero con media suela, y guardó el trombón en el estuche.
Antes de salir, miró la foto de su padre que estaba sobre el piano: Héctor Reyes, trombonista, veinticinco años, sonriendo con la juventud que nunca envejecería.
—Voy a encontrar esa canción, papá —dijo—. Y voy a llegar más lejos que tú. Lo juramos.
Salió del apartamento.
El camino a Loíza era una carretera estrecha que serpenteaba entre las colinas verdes y las playas de arena oscura, con el mar siempre a la izquierda, azul y violento, como una amenaza hermosa.
Mateo viajó en una guagua pública —la B-41, pintada de amarillo con una Virgen del Carmen en el tablero— y durante el trayecto escuchó las conversaciones de los otros pasajeros: una madre que regañaba a su hijo por sacar mala nota, un pescador que hablaba de la marea alta, un viejo que le explicaba a quien quisiera oír que el gobierno era una mafia y que Puerto Rico debía ser libre, aunque no estaba seguro de libre de qué.
Mateo no escuchaba realmente. Pensaba en Aitana.
En sus ojos. En su olor. En la manera en que había dicho no soy libre como quien dice estoy viva pero no respiro.
Y pensaba en la canción, en los fragmentos que habían salido del piano la noche anterior, en la palabra gitana que se le había pegado al paladar como un caramelo de fuego.
La guagua lo dejó en el cruce de Loíza Aldea.
Desde ahí, la Finca Los Enebros estaba a dos kilómetros cuesta arriba, por un camino de tierra que serpenteaba entre árboles de mango y helechos gigantes.
Mateo caminó bajo el sol de las cuatro, que en Puerto Rico es tan implacable como el de las doce pero más traicionero porque viene de lado y te quema la nuca mientras miras adelante.
Llevaba el trombón al hombro como un soldado carga su rifle. El estuche le pesaba —siempre le pesaba después de una noche de tocar—, pero ese peso era también un consuelo: era lo único que poseía que valía algo, y lo llevaba como una promesa.
Llegó a la finca a las cuatro y cuarenta y cinco.
La entrada era un portón de hierro forjado, abierto de par en par, flanqueado por dos pilares de piedra cubiertos de hiedra.
Detrás del portón, un camino de piedras blancas subía entre jardines descuidados hacia una casa de estilo colonial —techos de teja roja, paredes de adobe color terracota, ventanas con rejas de hierro—, y más allá, en lo que parecía ser un patio enorme, se veía humo y se oía música.
La música era distinta a cualquier cosa que Mateo hubiera escuchado.
No era salsa, no era bomba, no era plena.
Era algo anterior, algo que venía de la otra orilla del Mediterráneo, de los desiertos de Rajastán y las callejas de Andalucía, pero filtrado por el Caribe, amansado por el trópico, mezclado con la sangre de esclavos y la sal del mar.
Era guitarra flamenca, sí, pero también palmas, también cajón, también ese cante que es un lamento y una celebración al mismo tiempo, como si el dolor y la alegría hubieran hecho las paces y decidido cantar juntos.
Mateo cruzó el portón.
No había seguridad visible —nadie que le pidiera invitación—, pero podía sentir los ojos.
Los ojos de las ventanas, los ojos de las sombras bajo los árboles, los ojos de los perros que dormían en el pórtico y que levantaron la cabeza cuando él pasó.
Era el tipo de vigilancia que no se ve pero se siente, como la electricidad estática antes de un rayo.
El patio trasero de la finca era un anfiteatro natural.
Los árboles formaban un dosel de hojas que filtraba la luz del sol en monedas doradas, y bajo ese techo verde, quizás doscientas personas se movían, hablaban, reían, bailaban, comían y bebían.
Las mujeres llevaban vestidos largos de colores vivos —rojo, naranja, fucsia— con bordados dorados; los hombres usaban camisas blancas y pantalones oscuros; los niños corrían entre las piernas de los adultos como palomas en una plaza.
En el centro del patio, un grupo de músicos tocaba: dos guitarras, un cajón, palmas, y una voz de mujer que cantaba en romaní, una lengua que Mateo no entendía pero que le erizó la piel como si cada palabra fuera una flecha dirigida a su pecho.
Mateo se quedó en el borde del patio, con el estuche del trombón contra el pecho, mirando.
No era el único extraño —había otros visitantes que no parecían del clan—, pero se sentía observado con una intensidad que lo hacía sentirse transparente.
Como si todos supieran que no pertenecía a ese lugar pero nadie hubiera decidido todavía si eso era un problema o no.
Y entonces la vio.
Aitana estaba en el centro del patio, bailando.