GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 1 #4
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CAPÍTULO 1 #4

—Eres un hombre que toca como si tuviera algo que perder. Y eso te hace peligroso.

—¿Peligroso?

—Los que tienen algo que perder son los que pelean más duro.

Los que no tienen nada, se rinden rápido.

Pero los que tienen algo que perder… esos no se rinden nunca.

—Hizo una pausa, y en sus ojos pasó algo —¿miedo?

¿tristeza? ¿un reflejo de algo que no quería mostrar?

—. Y los que no se rinden nunca son los que más sufren.

Mateo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa del mar. Era como si Aitana le hubiera leído el alma —la parte que él mismo no se atrevía a leer— y le hubiera devuelto el retrato sin maquillaje.

—¿Y tú, Aitana? —preguntó—. ¿Qué tienes que perder?

El cambio fue instantáneo. Como si alguien hubiera cerrado una persiana. Los ojos verdes se oscurecieron, la sonrisa desapareció, y Aitana dio un paso atrás. Las pulseras de monedas dejaron de tintinear.

—Todo el mundo tiene algo que perder, trombonista —dijo, y su voz ya no era ron con limón; era hielo con limón—. La pregunta es si estás dispuesto a perderlo.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el muelle.

Su figura se alejó bajo los faroles como un sueño que se desvanece al despertar, y Mateo sintió algo que no había sentido jamás: la urgencia física, casi dolorosa, de seguir a alguien.

No por deseo —el deseo era familiar, era un visitante habitual en las noches de bohemia— sino por algo más grande, más antiguo, más profundo.

Como si sus pies supieran, antes que su cerebro, que ir tras ella era el único camino posible.

Caminó tras ella.

Las calles del Viejo San Juan son un laberinto diseñado por ingenieros coloniales que creían que la confusión era la mejor defensa contra los piratas.

Las calles se tuercen, se bifurcan, se esconden detrás de las casas y reaparecen donde menos se espera, como venas de un cuerpo viejo que ha decidido complicarse la circulación por pura terquedad.

Aitana caminaba rápido, sin mirar atrás, como si conociera cada esquina, cada recodo, cada callejón.

Mateo la siguió a distancia, tropezando con los bordillos desiguales, esquivando los charcos de la última lluvia, preguntándose qué demonios estaba haciendo siguiendo a una desconocida a la una de la mañana por las calles de un Viejo San Juan que él conocía de día pero que de noche se transformaba en un territorio ajeno.

Ella dobló por la calle del Recinto Sur, pasó frente al antiguo convento de los dominicos —donde la sombra de las palmas se estiraba sobre las losas como dedos negros— y llegó a la plaza que daba al mar. Allí se detuvo.

Mateo se detuvo también, a cinco metros de ella. La plaza estaba vacía. Solo el mar, la luna —una luna de cuarto creciente que colgaba del cielo como una uña de plata—, y el sonido del viento entre las palmas.

Aitana se volvió.

—Me seguiste —dijo. No era acusación; era constatación.

—Sí.

—¿Por qué?

—No sé.

—Mientes. —Dio un paso hacia él—. Todo el mundo sabe por qué hace lo que hace. Lo que pasa es que no siempre tiene el valor de decirlo.

—Entonces dilo tú.

—Te seguiste porque querías saber si lo que sentiste adentro era real.

—¿Adentro?

—En el pecho, trombonista. Ese lugar donde los hombres guardan las cosas que no quieren nombrar.

Mateo respiró hondo. El aire del mar le llenó los pulmones y le supo a sal, a libertad, a todo lo que no tenía.

—Está bien —dijo—. Sentí algo. No sé qué fue. Pero fue real.

—Lo sé —respondió Aitana, y por primera vez su voz se quebró levemente, como un cristal al que alguien le ha soplado encima—. Yo también.

El silencio que siguió fue el más largo de la vida de Mateo. Duró tal vez cinco segundos, pero esos cinco segundos contenían preguntas que tardaría meses en responder, verdades que tardaría años en aceptar, y un amor que tardaría toda la vida en entender.

—¿Quién eres, Aitana? —preguntó finalmente.

—Alguien que no debería estar aquí.

—¿Por qué?

—Porque donde yo voy, viene el peligro.

—¿Qué tipo de peligro?

Aitana lo miró con esos ojos que cambiaban de color, y en ese momento eran del verde más oscuro que Mateo había visto, el verde de la selva profunda, el verde de las cosas que crecen sin luz.

—El tipo de peligro que no puedes ver hasta que te tiene agarrado por el cuello —dijo—. El tipo que llega con una sonrisa y se queda con tu vida.

Mateo dio un paso hacia ella.

—No me asusto fácil.

—Deberías. —Otro paso de ella hacia atrás—. Mateo, esta noche fue… no sé qué fue. Pero tiene que terminar aquí.

—¿Por qué?

—Porque yo no soy libre. No de la manera que tú crees.

—Nadie es libre del todo.

—Yo menos que nadie. —La voz se le quebró de nuevo, y esta vez Mateo vio algo brillar en sus ojos.

No era ira. Era algo más antiguo, más profundo.

Era la resignación de quien ha vivido encadenada tanto tiempo que ya no recuerda cómo se siente la cadena—.

Tengo un… compromiso. Con mi familia. Con mi clan.

—¿Clan?

—Es complicado.

—Soy bueno en cosas complicadas.

Aitana rio, y fue una risa corta, amarga, como el sonido de una botella rompiéndose contra un muro.

—No eres bueno en esto, Mateo. Nadie lo es. —Hizo una pausa y lo miró con una intensidad que le heló la sangre—. ¿Sabes lo que es un clan gitano?

Mateo no respondió. No necesitaba hacerlo. La palabra gitano cargaba siglos de Historia, de persecución, de exilio, de leyes propias, de sangre y honor y venganzas que no perdonaban. No era un cuento de campamento y fogata; era un universo paralelo con sus jueces, sus verdugos y sus dioses.

—Soy de los Caló —continuó Aitana—. Los Caló no son una familia. Son una nación sin mapa. Y tienen leyes que no aparecen en ningún código. —Bajó la voz—. Una de esas leyes dice que una mujer Caló pertenece al clan. No a sí misma. Al clan.

—¿Y tú perteneces al clan?

—El clan dice que sí. —Apretó los puños, y los anillos de plata brillaron bajo la luna—. Yo digo que no. Pero decirlo no basta. Hay precios que pagar por decir no.

—¿Qué precio?

—No quiero que lo sepas. No todavía.

—Estoy dispuesto a escuchar.

—Y yo estoy dispuesta a desaparecer antes de que seas tú quien pague el precio.

Mateo sintió un nudo en el estómago. No era miedo —el miedo requería información, y él no tenía suficiente—. Era algo peor: era la intuición, el presentimiento visceral de que esa mujer estaba atada a algo que quemaba, y que acercarse demasiado significaba arriesgarse a la llama.

Pero la llama era hermosa.

—¿Vas a desaparecer ahora? —preguntó.

—Sí.

—¿Puedo verte mañana?

—No.

—¿Pasado?

—No.

—¿Cuándo?

Aitana lo miró. La luna le iluminaba la cara, y Mateo vio algo que le partió el corazón: una lágrima, sola, perfecta, rodando por la mejilla derecha como una perla cayendo de una corona rota.

—Cuando el mar se convierta en ron y el ron se convierta en música —dijo—. Ahí estaré.

Se dio la vuelta y caminó hacia el muelle. Mateo dio un paso para seguirla, pero algo lo frenó. No fue razón ni cordura; fue el tono de su voz cuando dijo ahí estaré, que era el tono de quien dice adiós mientras todavía está diciendo hola.

La observó desaparecer en la oscuridad del muelle. El olor a sándano se fue diluyendo hasta que solo quedó la sal del mar, el ron en el estómago, y un vacío nuevo en el pecho: un vacío con forma de mujer de ojos verdes y vestido bordado de estrellas.

Mateo se quedó de pie en la plaza vacía durante mucho tiempo.

No supo cuánto. Supo que cuando volvió a caminar, el cielo había cambiado —la luna estaba más alta, las estrellas más dispersas— y que algo dentro de él había cambiado también.

Como si la puerta que se había abierto dentro de él no pudiera cerrarse, y a través de ella entrara un viento nuevo, un viento que olía a sándalo y peligro y destino.

§

El apartamento de Mateo estaba en el tercer piso de un edificio de concreto en la avenida Fernández Juncos, en el barrio de Miranda.

Era un espacio de dos cuartos —uno hacía las veces de dormitorio y salón, el otro de cocina y estudio de grabación casera— con ventanas que daban a la calle y un balcón estrecho donde su madre, doña Lydia, cultivaba hierbas en macetas: albahaca para la suerte, ruda para el mal de ojo, romero para la memoria.

Doña Lydia dormía cuando Mateo llegó. Era una mujer pequeña, de huesos frágiles y ojos tristes, que trabajaba como costurera en una fábrica de uniformes en Hato Rey y que llevaba los últimos siete años pagando las cuentas con puntadas y oraciones.

Mateo cerró la puerta con cuidado, dejó el estuche del trombón junto al piano vertical que ocupaba la esquina de la salita —un piano desafinado, con teclas amarillas y dos que no sonaban, pero que era el único heredado de su padre además del trombón— y se sentó en la mecedora frente a la ventana.

La noche de San Juan seguía ahí, afuera, viva y caliente.

Los coquíes cantaban su himno interminable en los árboles de flamboyán, y de algún apartamento vecino llegaba el sonido de una televisión sintonizada en el canal de los seriales venezolanos.

Mateo no escuchaba nada de eso. Solo oía la voz de Aitana: Cuando el mar se convierta en ron y el ron se convierta en música. Ahí estaré.

¿Qué significaba? ¿Era una metáfora, un acertijo, una promesa, una despedida?

Mateo no lo sabía. Pero algo en esa frase resonaba con la parte de él que era músico, la parte que entendía el lenguaje de los símbolos y los silencios.

El mar se convierta en ron: el mar era sal y distancia; el ron era fuego y cercanía.

El ron se convierta en música: el ron era efímero, se evaporaba; la música era eterna, permanecía.

¿Estaba Aitana diciéndole que la distancia se transformaría en cercanía, y la cercanía en algo permanente?

¿O era solo poesía, la manera que tenía una mujer misteriosa de decir nunca más?