GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 1 #3
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CAPÍTULO 1 #3

—En mi estudio. El de la Cuarenta y ocho en Manhattan. El mismo donde grabé a Lavoe, a Blades, a Celia. El mismo donde se hizo Siembra.

—Siembra.

—La gente siempre repite esa palabra cuando la oye —sonrió Salcedo, y la sonrisa le arrugó el rostro en un mapa de historias—. Sí, muchacho. Ese estudio. Con los ingenieros de verdad, con la banda de verdad, con el presupuesto de verdad.

—¿Y qué es lo que grabaría?

—Lo que tú quieras. Lo que tú tengas. Lo que tú seas.

—Salcedo dejó el vaso en la barra y lo miró con una seriedad que cortó el aire—.

Pero tiene que ser tuyo, Mateo. No covers.

No imitaciones. No la salsa de cartón que están vendiendo en las emisoras.

Quiero lo que salió de tu trombón esta noche.

Eso que no tiene nombre todavía. Eso que hizo llorar al viejo de la barra.

Mateo tragó saliva. Nadie le había hablado así.

Nadie había visto lo que él veía cuando cerraba los ojos y tocaba: la canción que todavía no existía, la canción que llevaba dentro como una mujer embarazada lleva al hijo, la canción que era todas las canciones y ninguna, la canción que lo salvaría o lo destruiría.

—No tengo canciones propias —dijo, y la admisión le dolió como un hueso roto—. Tengo fragmentos. Ideas. Melodías que se me aparecen de noche y que al despertar ya no están. Pero canciones completas… no. No las tengo.

Salcedo asintió, como si esperara esa respuesta.

—Por eso me voy a Nueva York esta noche y no mañana.

Porque las cosas que valen la pena no esperan.

Y tú, muchacho, vales la pena. —Se puso de pie, dejó un billete de veinte en la barra —mucho más de lo que costaban los dos rones— y le tendió la mano—.

Tienes mi número. Lo tiene Kike. Cuando tengas la canción, llámame.

No antes. No después. Cuando tengas la canción.

Mateo estrechó la mano. La mano de Salcedo era firme y cálida, la mano de alguien que construye puentes en vez de quemarlos.

—¿Y si nunca tengo la canción?

—La tienes, Mateo. Solo que todavía no la conoces. —Y con eso, Rubén Salcedo caminó hacia la puerta, se detuvo un instante en el marco —suficiente para que la luz del callejón le dibujara la silueta como un retrato de leyenda— y desapareció en la noche de San Juan.

Mateo se quedó en la barra, con el vaso de ron en la mano y el eco de esas palabras resonándole en los huesos como un diapasón: La tienes. Solo que todavía no la conoces.

Doña Carmen se acercó con un trapo húmedo y limpió la mancha de sudor que Mateo había dejado en el zinc.

—Ese hombre es de confianza, Mateo.

—Lo sé, doña Carmen.

—¿Entonces por qué tienes esa cara?

—Porque sé lo que me está pidiendo. Y sé que no puedo dárselo. No todavía.

—No digas eso. —La mujer se inclinó sobre la barra, y su rostro —mapa de arrugas y sabiduría— se acercó al de él—.

Tu abuelo tocaba en esta misma barra cuando este era un almacén de azúcar.

Tu padre tocó aquí cuando esto era un burdel disfrazado de club.

Y tú tocas aquí ahora, cuando esto es lo que es.

Tres generaciones de Reyes en el mismo agujero. ¿No te parece hora de salir?

—No es tan fácil.

—Nada que valga la pena es fácil. Pero nada que valga la pena es imposible tampoco. —Doña Carmen le llenó el vaso de nuevo, sin cobrarle—. Toma. Y piensa. Pero no pienses demasiado, porque el pensamiento mata el swing.

Mateo sonrió, a pesar de todo. Doña Carmen era de las personas que podían hacerte sonreír incluso cuando el mundo se te caía encima. Era la abuela que nunca tuvo, la madre que perdió demasiado pronto, la madrina que le echaba agua bendita cada vez que pasaba por la iglesia de San José.

Bebió el ron lentamente, saboreándolo, dejando que el calor se le expandiera en el pecho como una promesa.

Salcedo tenía razón: había algo dentro de él, algo que crecía y pujaba como una planta en maceta que necesita tierra más grande.

Pero ¿cómo sacar eso? ¿Cómo traducir al lenguaje de las notas lo que sentía pero no sabía nombrar?

Se levantó de la barra, dejó otros diez dólares —la generosidad del pobre, que doña Carmen aceptó sin comentario— y se dirigió a la salida. Pero antes de llegar a la puerta, algo lo detuvo.

Era un olor.

No el olor del club —ron, sudor, caoba— sino otro.

Algo que no pertenecía a ese lugar, algo que parecía llegado de otro mundo, de otra época.

Sándalo. Incienso de sándalo, denso y dulce, mezclado con un rastro de rosas marchitas y algo más profundo, algo terroso, como la tierra después de la lluvia en el campo de su abuela en Cayey.

Mateo se detuvo en la puerta. El olor venía de afuera.

Abrió la puerta verde y salió a la calle.

La calle Cruz estaba vacía. Los faroles de hierro proyectaban manchas de luz amarillenta sobre las losas húmedas, y en algún lugar lejano, más allá de los tejados coloniales, una guitarra tocaba un bolero que Mateo reconoció de inmediato: «Historia de un amor», la versión de Los Panchos con la trompeta de Carlos Campos.

La música se mezclaba con el ruido del mar, que siempre estaba allí, insistente y eterno, como el latido de la isla.

Pero la calle no estaba completamente vacía.

A unos quince metros de la puerta, apoyada contra la farola más cercana al muelle, había una mujer.

Mateo la vio primero como una silueta: la línea de su cuerpo recortada contra la luz del farol, el contorno de un vestido que el viento del mar pegaba a su figura, la cascada de pelo oscuro que le caía sobre los hombros como un manto de noche líquida.

Luego vio los detalles: el vestido era largo, hasta los tobillos, de un color que oscilaba entre el granate y el negro según cómo la luz lo tocaba, bordado con hilos dorados que formaban patrones geométricos —espirales, lunas, estrellas— que parecían moverse con cada ondulación de la tela.

Los brazos estaban cruzados sobre el pecho, los dedos adornados con anillos de plata —tres en la mano derecha, dos en la izquierda—, y en las muñecas pulseras de monedas que tintineaban suavemente cada vez que ella se movía.

Y luego Mateo la miró a los ojos.

Eran verdes. No el verde apagado del aguacate maduro, ni el verde eléctrico del semáforo, sino un verde que no tenía nombre en el vocabulario de los colores, un verde que parecía cambiar con la luz —dorado en los bordes, oscuro en el centro, con motas de ámbar que danzaban como luciérnagas atrapadas en un estanque de esmeralda—.

Eran ojos que no parecían pertenecer a esta isla, ni a este siglo, ni tal vez a este mundo.

Eran ojos que habían visto cosas que Mateo no podía imaginar, y que sin embargo lo miraban como si lo conocieran de antes, como si lo hubieran estado esperando.

Mateo sintió que el aire se espesaba. Que el ruido del mar se apagaba.

Que el farol brillaba más. Que la calle, San Juan, Puerto Rico, el Caribe entero se reducía al espacio entre él y esa mujer.

Fue un instante, solo un instante, pero en ese instante algo se rompió dentro de Mateo —o tal vez algo se abrió, una puerta que no sabía que existía—, y por primera vez en su vida comprendió, con la certeza brutal de quien reconoce su destino, que esa mujer cambiaría todo.

—¿Vas a quedarte mirando o me vas a ofrecer un cigarrillo? —dijo ella.

Su voz era baja, rasposa, con el acento de alguien que había crecido entre dos idiomas y los había mezclado hasta crear un tercero. Sonaba a ron con limón, a guitarra en la madrugada, a mentira confesada a las tres de la mañana.

Mateo parpadeó. Buscó en el bolsillo de la camisa. No fumaba —el trombón era su vicio único—, pero esa noche habría dado un pulmón por un cigarrillo.

—No fumo —dijo, y la voz le salió más ronca de lo que pretendía.

—Entonces no eres de aquí —sonrió ella, y la sonrisa le iluminó el rostro como un relámpago de verano—. En esta isla, todo el mundo fuma.

—Soy de aquí. Pero el trombón no perdona.

—¿Trombón?

Los ojos verdes recorrieron el estuche que Mateo sostenía en la mano derecha. Una chispa de interés —¿reconocimiento?— brilló en esas pupilas de esmeralda.

—Eres el que tocaba adentro —dijo ella, y ya no era una pregunta—. Te oí desde la esquina. Pensé que era un disco. Luego me di cuenta de que no tenía los chasquidos del vinilo.

—Los discos no sudan —respondió Mateo.

—Ni mienten —agregó ella, y algo en su tono hizo que Mateo la mirara con más atención.

No era solo el olor a sándalo. No era solo el vestido bordado ni los anillos de plata ni los ojos imposibles.

Era algo más profundo, algo que Mateo no podía nombrar pero que reconocía instintivamente, como un animal reconoce al depredador o al compañero: un aura de peligro, de misterio, de libertad salvaje.

Era la forma en que ella se apoyaba contra el farol —relajada pero lista, como un gato que puede pasar del sueño al ataque en un segundo—.

Era la forma en que sus dedos se movían —inquietos, rítmicos, como si estuvieran tocando un instrumento invisible—.

Era la forma en que su presencia alteraba la física del lugar, haciendo que el aire girara a su alrededor como si ella fuera el centro de una danza cósmica que solo ella conocía.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Mateo.

—Aitana.

—¿Aitana qué?

—Solo Aitana. —La mujer se separó del farol y dio un paso hacia él. Las pulseras de monedas tintinearon—. Los apellidos son cadenas, trombonista. Y yo no uso cadenas.

—Yo soy Mateo.

—Mateo qué?

—Mateo Reyes. Y mi apellido no es una cadena. Es una bandera.

Aitana lo estudió un momento. Sus labios —pintados de un rojo oscuro, casi sangre— se curvaron en una sonrisa que era mitad desafío, mitad confesión.

—Reyes —repitió, como si probara la palabra—. ¿Reyes de qué?

—Del trombón. Y de poco más.

—A lo mejor es suficiente. —Se acercó otro paso. El olor a sándalo se intensificó, y Mateo notó que la piel de Aitana tenía un brillo dorado, como si el sol la hubiera besado con más fuerza que al resto de los mortales—. ¿Sabes lo que eres, Mateo Reyes?

—Dime.