GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

El sound check fue rápido. Mateo afinó el oído con la banda —Kike en las congas, Carlitos en el bongó, Papo al piano y Vitín en el bajo— y en quince minutos tenían los niveles configurados.

No eran virtuosos; eran trabajadores. Músicos de noche, obreros del ritmo, hombres que tocaban porque no sabían hacer otra cosa y porque, en el fondo, no querían hacer otra cosa.

A las once de la noche, La Guasábara empezó a llenarse.

Primero llegaron los habituales: los viejos de la barra que ocupaban los mismos taburetes desde hacía treinta años, las parejas de mediana edad que bailaban como si el mundo fuera a acabar mañana, los solitarios con traje y corbata que venían a beber su soledad en vasos de ron.

Después vinieron los jóvenes, atraídos por el boca a boca que aseguraba que en La Guasábara había salsa de verdad, no la porquería sintética de las emisoras comerciales.

Y finalmente, los turistas, con sus camisas florales y sus cámaras colgando del cuello, con esa expresión de asombro vacío que pone quien descubre que la realidad supera a la ficción.

Mateo observaba desde el escenario mientras ajustaba la corbata de moño negra que se había puesto para la función.

La corbata era de su padre —única prenda que había sobrevivido al embate del tiempo y la pobreza— y la usaba como un talismán, no por superstición sino por la promesa que contenía: Vas a llegar más lejos que yo.

—¿Cuántos somos? —preguntó Kike, mirando por encima de las congas.

—Setenta, ochenta, tal vez cien si entran los que están en la puerta.

—Buena noche para ochenta dólares.

—No hables de dinero antes de tocar —dijo Mateo—. Mala suerte.

—La suerte no existe, Reyes. Lo que existe es el swing.

—Pues entonces toquemos con swing.

Luz Estrella subió al escenario. Se había cambiado el vestido fucsia por uno rojo, más ceñido, más dramático, con una abertura en la pierna izquierda que revelaba un tobillo adornado con una pulsera de oro.

El pelo lo había recogido en un moño alto que le alargaba el cuello y le daba la apariencia de una diosa africana desterrada en el Caribe.

—Estoy lista —anunció.

—Lo estamos —respondió Mateo.

Y empezaron.

Los primeros compases de «Llorarás» golpearon el club como un tren de carga.

Kike marcó el cucú con las congas, Carlitos respondió con el bongó, Papo cayó sobre el piano con un montuno que era puro fuego, y Vitín puso el ancla con un bajo que hacía vibrar el piso de madera.

Mateo entró con el trombón en el cuarto compás, deslizando la vara en un contracanto que se enroscó alrededor de la melodía como una enredadera tropical, añadiendo sombras y texturas, llenando los huecos que la voz dejaría más tarde.

Y entonces Luz Estrella cantó.

No era la voz de radio. Era otra cosa. Era una voz de club, de humo y sudor, una voz que salía del estómago y pasaba por el corazón antes de llegar a la boca.

Cantó «Llorarás» como si Óscar D'León se la hubiera escrito a ella, como si cada nota fuera una confesión, como si el público de La Guasábara fuera un jurado que debía convencer de su inocencia.

La gente bailó.

Bailaron como se baila en Puerto Rico cuando la música es buena: con los pies pegados al piso, los cuerpos tan cerca que parecían fundirse, las caderas escribiendo poemas que las bocas no podían pronunciar.

El club se convirtió en un horno de carne y ritmo, y la salsa que tocaba la banda era el combustible que lo alimentaba.

Mateo tocó su primer solo en la tercera canción.

Fue durante «Rebelión», el tema de Joe Arroyo que la banda había adaptado a salsa, y cuando la vara del King 3B se deslizó hacia el registro agudo, algo sucedió en el aire.

Las notas salieron como flechas de fuego, se clavaron en las paredes de caoba, rebotaron en el techo bajo y cayeron sobre el público como una lluvia de chispas.

La gente gritó. Kike golpeó las congas con más fuerza.

Carlitos dejó de tocar el bongó un instante, solo un instante, porque lo que salía del trombón de Mateo no era música: era una confesión, una blasfemia, una plegaria, las tres cosas a la vez.

Cuando el solo terminó, Mateo tenía los ojos cerrados y la respiración agitada.

No abrió los ojos durante varios segundos, porque sabía que si lo hacía volvería a estar en La Guasábara, en San Juan, en Puerto Rico, en un mundo que no tenía espacio para él más allá de las cuatro por seis del escenario.

Prefería quedarse un instante más en el lugar donde lo había llevado la música: un lugar sin paredes, sin techos, sin límites, donde el trombón era una extensión de su alma y cada nota era un paso más lejos de la miseria.

—Reyes —la voz de Kike lo trajo de vuelta—. La gente te aplaude.

Abrió los ojos. Era verdad. Cuarenta, cincuenta personas lo miraban desde la pista de baile con esa expresión de hambre que tiene quien acaba de probar algo delicioso y quiere más.

Algunos golpeaban las palmas. Otros gritaban «¡Otra!

¡Otra!». Una mujer con un vestido verde de lentejuelas se había acercado al borde del escenario y le ofrecía un vaso de ron.

—Toma, trombonista. Eso que tocas es brujería.

Mateo tomó el vaso y bebió un trago largo. El ron quemó la garganta y le encendió el estómago. Era Don Q Cristal, el ron de los pobres con ambición, dulce y traicionero como la isla misma.

—Gracias —dijo, y devolvió el vaso.

La mujer del vestido verde sonrió con todos los dientes y desapareció entre la multitud.

La segunda hora del set fue un viaje. Mateo condujo la banda a través de números de salsa dura, descargas, un guaguancó que hizo llorar a un viejo en la barra, y un bolero —«Tú me perteneces», al final, cuando Luz Estrella le lanzó una mirada de triunfo— que hizo suspirar a la mitad del público.

No era la canción que Mateo habría elegido para cerrar, pero la cantó bien.

La cantó como se canta cuando se tiene algo que demostrar, y eso bastó.

A la una de la mañana, el set terminó. Mateo bajó del escenario con el King 3B en la mano, sudando como si hubiera corrido una maratón, los músculos del brazo izquierdo agarrotados por el esfuerzo de sostener el instrumento durante dos horas.

Se fue directo al camerino, donde se dejó caer en la silla de plástico y cerró los ojos.

—Reyes.

Abrió un ojo. Kike estaba en la puerta, con una botella de cerveza Medalla en la mano.

—Hay alguien que quiere conocerte.

—¿Quién?

—No sé. Nunca lo había visto. Dice que quiere hablar contigo sobre tu música.

Mateo suspiró. En su experiencia, «alguien que quiere hablar sobre tu música» era código para uno de tres cosas: un dueño de club que quería pagar menos, un músico que quería robarle arreglos, o un fans que confundía la admiración con el derecho de propiedad. Ninguno de los tres le interesaba.

—Dile que vuelva mañana.

—Dice que no puede volver mañana. Dice que se va esta noche para Nueva York.

Algo en la voz de Kike —una nota que Mateo había aprendido a reconocer, esa inflexión que aparece cuando el percusionista olfatea oportunidad— lo hizo abrir los dos ojos.

—¿Nueva York?

—Así dijo.

—¿Cómo se llama?

—No quiso decirme. Solo dijo que te esperaba en la barra.

Mateo se puso de pie. Guardó el trombón en el estuche, se pasó una mano por el pelo húmedo, y caminó hacia la barra.

La barra de La Guasábara era una superficie de zinc desgastado por codos, vasos y secretos.

Detrás de ella, doña Carmen movía las botellas con la eficiencia de un cirujano en una sala de operaciones, sirviendo, cobrando, regañando y bendiciendo al mismo tiempo, sin que una sola gota de ron se derramara fuera del vaso.

El hombre estaba sentado al final de la barra, en el último taburete, el más alejado de la puerta.

Era un tipo de unos cincuenta y tantos, con el pelo canoso peinado hacia atrás con brillantina, un traje de lino blanco impecable —impecable a pesar de la hora y el calor— y una cadena de oro al cuello de la que colgaba un dije con la figura de Santa Bárbara.

Tenía las manos grandes, con dedos gruesos y uñas cuidadas, manos que habían tocado pianos, contratos y vidas con la misma autoridad.

Mateo lo reconoció antes de que el hombre abriera la boca.

—Rubén Salcedo —dijo, y el nombre le supo a leyenda, a vinilo, a lo que pudo ser y no fue.

Rubén «el maestro Salcedo» se volvió lentamente, como quien no necesita prisa porque el mundo espera a que él decida moverse. Lo miró de arriba abajo con una evaluación de cazador que ha visto mil presas y sabe cuáles valen la bala.

—Mateo Reyes —respondió, y su voz era exactamente como Mateo la recordaba de las entrevistas en la radio: grave, pausada, con el peso de alguien que ha visto la gloria y el infierno y ha sobrevivido a ambos—. Te he estado escuchando.

§

Mateo se sentó en el taburete de al lado. Doña Carmen apareció como por arte de magia con dos vasos de ron —el bueno, el Gran Reserva, no el Cristal de la pista— y desapareció con la misma discreción.

—¿Cuánto tiempo llevas escuchándome? —preguntó Mateo, aunque la pregunta real era otra: ¿por qué?

—Seis meses —respondió Salcedo—. Desde la primera vez que tocaste aquí. Un amigo mío tiene un apartamento arriba de la botica. Dice que las noches que tocas, las paredes vibran.

—¿Y qué dicen las paredes?

—Que hay alguien en ese agujero que no debería estar en ese agujero.

Mateo bebió un trago de ron. El Gran Reserva era otra dimensión: suave, con notas de vainilla y roble, sin la agresión del Cristal. Supo a lo que podría ser su vida si las cosas fueran distintas.

—¿Qué quieres, Salcedo?

—Directo. Me gusta. —El productor giró el vaso entre los dedos—. Quiero que grabes conmigo.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue denso, como el aire antes de una tormenta tropical. Mateo sintió que el corazón le daba un vuelco y luego se detenía, como si el cuerpo no supiera si celebrar o protegerse.

—¿Grabar? ¿En un estudio?