GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

La Noche que Abrió las Puertas

El calor no era un clima; era un verdugo.

Se enroscaba en los tobillos de la gente como una serpiente lenta y perezosa, sudaba las paredes de los edificios del Viejo San Juan hasta hacerlas llorar hilos de humedad negra, y convertía cada calle empedrada en un sartén donde el asfalto burbujeaba bajo las suelas de cuero agrietado.

A esa hora —las diez de la noche de un viernes que prometía no terminar nunca— la brisa del mar apenas alcanzaba a despertarse, y cuando lo hacía, llegaba cargada de sal, de pescado podrido del muelle y de ese rumor lejano de congas que siempre parecía escapar de algún lugar sin nombre en La Perla.

No había llegado más lejos. A los veintitrés, Mateo era exactamente lo que el viejo Salcedo llamaba con una mezcla de ternura y reproche: un diamante en el fondo de un cenicero. Brillaba, sí. Pero estaba rodeado de ceniza.

La camisa —blanca, de lino, con el cuello abierto hasta el tercer botón y las mangas enrolladas por encima de los codos— le pegaba al torso esculpido por años de sostener el peso del instrumento durante ensayos de seis horas.

El pelo, negro y rebelde, le caía sobre la frente en mechones que la humedad convertía en selva.

Tenía los ojos de un color tan oscuro que en cierta luz parecían dos pozos de café sin azúcar, y en la barbilla una cicatriz delgada, de tres centímetros, recuerdo de una botella rota en el club El Batey, hacía dos años, cuando un marinero borracho decidió que el solo de trombón era demasiado largo y quiso acortarlo con una cerveza enfundada.

Caminaba con paso de quien no tiene prisa pero tampoco tiene descanso.

Conocía cada losa del Viejo San Juan, cada farola de hierro forjado que iluminaba las fachadas pastel de las casas coloniales, cada puerta de madera tallada que escondía un patio interior con fuentes rotas y gatos amarillos.

Conocía también el olor: una mezcla de café colado que se escapaba de las ventanas, ron añejo derramado en las aceras, jazmín nocturno trepando por las rejas, y —siempre, como una nota grave que no cesaba— el sudor de los cuerpos que bailaban en los clubes de la zona.

Esa noche iba al club La Guasábara.

No era cualquier club. La Guasábara era un agujero en la pared de la calle Cruz, entre una lavandería china y una botica que vendía hierbas y velas de santería.

No tenía letrero luminoso —solo una puerta verde oscuro con un triángulo pintado a mano que decía, en letras que la lluvia había ido borrando: MÚSICA EN VIVO.

Dentro, el techo era bajo y las paredes estaban forradas de madera de caoba oscura que absorbía el sonido como una esponja negra, devolviendo cada nota con la calidez de un abrazo de abuela.

La barra era de zinc —original, de los años cuarenta—, y detrás de ella, doña Carmen, sesenta y pico de años, doscientas libras de pura dignidad borinqueña, servía ron Don Q en vasos que jamás habían visto un lavavajillas.

Mateo entró por la puerta de los músicos, la del callejón trasero que olía a orina de gato y a jengibre molido de la cocina.

Pasó por el pasillo angosto donde las fotos en blanco y negro de Tito Puente, Celia Cruz, Héctor Lavoe y Rubén Blades lo observaban desde marcos oxidados, como un panteón de santos laicos.

Al final del pasillo, la puerta del camerino —si se le podía llamar camerino a un cuarto de dos por tres con un espejo rajado y un perchero— estaba entreabierta.

Dentro ya estaban los otros.

Kike —Enrique Matos, percusionista, CONGA PRINCIPAL, decía el parche descolorido pegado a su timbal— estaba sentado en una silla de plástico blanco, calzando las skins nuevas que le había mandado su hermano de New Jersey.

Kike era flaco como un junco, con la piel del color de la caña sin pelar y las manos enormes, desproporcionadas, que cuando golpeaban el cuero parecían tener vida propia, como cangrejos dentro de un saco.

Tenía treinta y dos años, tres esposas —dos en la isla, una en Brooklyn—, nueve hijos reconocidos y una filosofía de vida que resumía en una frase: Si no puedes con la música, no puedes con nada.

—Ya era hora, Reyes —dijo sin levantar la vista de las congas—. Doña Carmen preguntó dos veces si venías. La segunda vez fue con la cara que pone cuando quiere matar a alguien.

—Tuve que caminar desde Santurce —respondió Mateo, dejando el estuche sobre la mesa—. El carro de mi madre se ahogó en el puente y no había guagua.

—¿Y el trombón?

—¿Qué pasa con el trombón?

—Nada, que la última vez que lo vi estaba con una abolladura nueva.

Mateo abrió el estuche con cuidado. El King 3B descansaba sobre el terciopelo rojo descolorido, y la luz amarilla del tubo fluorescente del camerino le acarició la campana como una bendición tardía.

Abolladuras tenía varias —el instrumento era un mapa de guerras perdidas y ganadas—, pero sonaba.

Sonaba como ningún otro trombón en la isla, y eso lo sabía Mateo, y lo sabía Kike, y lo sabía medio San Juan.

—¿Quién canta esta noche? —preguntó Mateo mientras ajustaba la boquilla.

—Luz Estrella.

—¿Luz Estrella? ¿La de la emisora?

—La misma. Quiere probarse en vivo. Dice que tiene un repertorio de boleros.

—Boleros —repitió Mateo, y la palabra le supo a ron barato y a sábado sin dinero—. Con lo que la gente viene aquí es a bailar, Kike. No a llorar.

Kike sonrió, mostrando un diente de oro que brilló como una estrella furtiva.

—A lo mejor lloran de gusto.

—O a lo mejor nos piden la devolución de la entrada.

—No hay entrada. Doña Carmen cobra lo que la gente quiera dejar en el sombrero.

—Peor. Al menos con entrada nos pagan aunque la cantante suene como gallo con laringitis.

Kike rio, un sonido seco y corto, como un golpe de claves. Se puso de pie —medía casi un metro noventa, todo él huesos y tendones— y estiró los brazos como si quisiera tocar el techo manchado de humedad.

—Vamos, que ya es hora del sound check.

El escenario de La Guasábara era un tablado de madera de cuatro por seis metros, apenas lo suficiente para cinco músicos si no respiraban profundo.

La iluminación consistía en cuatro reflectores de teatro que doña Carmen había comprado en una subasta del Teatro Tapia en el ochenta y dos, y que proyectaban manchas de rojo, azul, ámbar y un verde enfermo sobre las caras de quienes subían a tocar.

El piso estaba cubierto por una alfombra raída que en ciertos puntos dejaba ver la madera desnuda, llena de marcas de tacos de mujer y golpes de instrumentos caídos.

Mateo subió al escenario con su King 3B en la mano derecha.

La varas se deslizaban con la precisión de un reloj suizo —siempre las limpiaba, siempre las aceitaba, era el único ritual que cumplía con la devoción de un monje—.

Sopló una nota larga, un Si bemol que llenó el espacio vacío del club y rebotó en las paredes de caoba hasta convertirse en un eco cálido que se fue muriendo lentamente, como un suspiro.

—Suena bien —dijo Kike desde las congas—. Suena como la Virgen del Carmen cantando.

—Suena como un trombón caro que debería estar en un estudio de grabación y no en este agujero —respondió Mateo.

—¿Y quién te impide estar en un estudio?

—Si lo supiera, no estaría aquí.

Kike no respondió. No hacía falta. Ambos conocían la respuesta, y la respuesta pesaba como un yunque: la industria de la salsa en Puerto Rico era un monstruo de mil cabezas, cada una con una boca que solo sabía masticar esperanzas y escupir decepciones.

Para grabar necesitabas un productor. Para tener un productor necesitabas contactos.

Para tener contactos necesitabas dinero.

Para tener dinero necesitabas grabar. El círculo era perfecto y cruel.

Luz Estrella apareció por la puerta principal.

Era una mujer de unos treinta años, con el pelo teñido de rubio platino —la raíz oscura delataba un toque reciente—, vestidos ajustados de color fucsia y tacones que desafían la gravedad y el sentido común.

Tenía una voz de radio: cálida, modulada, con ese timbre de azúcar y canela que hace que los hombres se queden en la frecuencia aunque estén manejando por la autopista.

Pero cantar en la radio y cantar en un club eran dos deportes distintos, como jugar ajedrez y boxear.

—Buenas noches, muchachos —dijo Luz Estrella con esa sonrisa de programa matutino—. ¿Listos para hacer magia?

Mateo la miró sin sonreír. No era arrogancia; era honestidad.

—Vamos a hacer un sound check. ¿Qué vas a abrir?

—Pensaba en «Tú me perteneces».

—¿Un bolero de Danny Rivera?

—Es un clásico.

—Es un clásico de Danny Rivera. Tú no eres Danny Rivera.

El silencio que siguió fue una bofetada de guante blanco. Luz Estrella parpadeó, ofendida. Kike miró al techo como pidiendo paciencia a los santos.

—¿Qué quieres que abra, maestro? —preguntó ella, y la palabra maestro sonó como un cuchillo envuelto en seda.

—Algo con swing. Algo que diga «estoy aquí y no me voy». Si abres con un bolero, la gente se va al bar y no vuelve.

—Yo no canto salsa.

—Pues estás en un club de salsa.

—Doña Carmen me dijo que podía elegir el repertorio.

—Doña Carmen es dueña del bar, no de la música.

Luz Estrella cruzó los brazos. Detrás de ella, en la barra, doña Carmen levantó una ceja que contenía más amenaza que un ejército.

—Tienen razón los dos —intervino Kike con la diplomacia de un embajador—. Abre con algo movido y después metes los boleros. La gente baila, suda, se cansa, y entonces quiere algo para respirar. Ahí te metes tú con los sentimientos. ¿Te parece?

Luz Estrella miró a Mateo. Mateo sostuvo la mirada. Pasó un segundo. Dos. Tres. Ella fue la primera en apartar la vista.

—Está bien. Abriremos con «Llorarás» de Óscar D'León.

—Ahora hablamos —dijo Mateo, y por primera vez en la noche, una media sonrisa se dibujó en sus labios.