GITANA: Un amor prohibido
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PREÁMBULO
Sonaba de una manera que ya no se repite.
Había clubes con menos metros cuadrados que una sala de espera, donde cinco músicos se apretaban en un tablado de madera y tocaban hasta las cuatro de la mañana por lo que la gente dejara en un sombrero.
Había emisoras que ponían lo que le daba la gana al locutor porque todavía no existía nadie que midiera qué ponían.
Había trombones heredados, abollados, con la vara pulida por tres generaciones de la misma familia.
Y había, sobre todo, una convicción que hoy suena ingenua: que una canción podía cambiar algo.
A dos mil quinientos kilómetros, en una calle del centro de Manhattan, había estudios donde esa misma música se convertía en disco.
El trayecto entre una cosa y la otra —entre el tablado de la calle Cruz y el cuarto acolchado de la Calle Cuarenta y Ocho— era la distancia más larga del mundo para un muchacho de veintitrés años con talento y sin apellido.
Algunos la cruzaban. La mayoría no. Y nadie preguntaba demasiado por qué unos sí y otros no, porque en el Caribe hay preguntas que se aprenden a no hacer.
El lector que busque aquí una historia de amor la va a encontrar.
También va a encontrar otra cosa, más vieja y menos cómoda: la de un poder que lleva décadas funcionando en silencio porque todo el mundo decidió que era más seguro no mirar.
Ese poder tiene nombre y cara en estas páginas, pero no es el verdadero antagonista.
El verdadero antagonista es el silencio, que no le pertenece a ningún personaje: lo sostenemos entre todos, un poco cada uno, cada vez que preferimos no enterarnos.
Contra eso solo funciona una cosa, y es la razón por la que esta historia está construida alrededor de una grabación y no de una pistola.
Una canción no se puede detener. Se puede quemar la cinta, se puede comprar al productor, se puede amenazar al que la escribió.
Pero si alguien la oyó una vez y se la aprendió, la canción ya está en el aire, y el aire no tiene dueño.
Eso lo sabían los que cantaban en los cañaverales, los que cantaban en los barcos, los que cantaban en los barrios que nadie quería nombrar.
Se canta lo que no se puede denunciar. Después alguien lo tararea sin saber lo que está diciendo.
Y así es como las cosas que se quisieron enterrar terminan sonando en una guagua, un martes cualquiera, cincuenta años más tarde.
Los personajes son inventados. El calor, el olor a café colado en la mañana, el ron derramado en la acera, la humedad que pega la camisa a la espalda antes de las diez, la salsa saliendo por una ventana abierta en Santurce: eso no lo inventé.
Lo demás ocurre entre esas dos orillas.
Axel. A. Yepez.