Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 41
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Capítulo 41

Takeshi

E l hotel que he elegido es sencillo. Se encuentra frente a la estación Termini. Aunque ya no sea un ejecutor, las costumbres no desaparecen y busco lugares donde sea fácil escapar.

Aún no sé qué haré con mi vida. Me la he pasado cumpliendo órdenes, así que tener libre albedrio me resulta extraño. Lo que sí tenía claro es que quería verla en primer lugar.

Han pasado dos días desde que me presenté en el rellano de aquella casa y no he vuelto a tener noticias de ella.

Me encantaría volver a ir, pero por mucho que sea lo que necesito, no puedo invadir su espacio de esa forma.

Ella ya sabe que me encuentro aquí, si me quisiese ver ya lo habría hecho.

Supongo que va siendo hora de que asuma que fui un idiota y lo que rompí nunca tendrá arreglo.

Aun así, espero.

Es curioso lo mucho que esperar se parece a rezar, cuando llevo toda una vida sin hacer ninguna de las dos cosas.

Estoy sentado en el borde de la cama, con la ventana abierta disfrutando del calor de la tarde colándose por ella, cuando llaman a la puerta.

Al abrir, Sheila se encuentra en el pasillo. Tiene el pelo blanco suelto. El azul de sus ojos destaca bajo la sombra oscura y el rímel. Sin embargo, lo que me deja embriagado son sus labios pintados en color rojo. Va vestida con unos vaqueros y una camiseta de manga corta de Los Ramones.

Mi pequeña punk.

—Hola —saluda.

—Hola.

—¿Puedo pasar?

—Por supuesto.

Me aparto de la puerta. Estoy tan nervioso que siento cómo el corazón martillea contra mis costillas. Ella cruza el umbral, mira alrededor de la habitación, pequeña y sin pretensiones, y algo en su cara se relaja, como si esperara encontrar otra cosa.

—Estás solo —comenta, como si su mayor miedo hubiese sido encontrarme acompañado.

—No necesito la compañía de nadie salvo la tuya.

Me fijo en cómo el vello de sus brazos se eriza tras mi declaración.

Se sienta en la única silla de la habitación mientras yo me quedo de pie, apoyado contra la pared, dejando toda la distancia que ella necesite.

Llevamos casi dos semanas sin estar a solas.

Y necesito recurrir a todo mi autocontrol para no acercarme y envolverla entre mis brazos.

Solo la tuve así una vez, pero se ha quedado grabado en mi sistema.

—He estado pensando en todo mucho, ¿sabes? —dice al fin.

—Es razonable.

—Y he llegado a una conclusión. —Levanta la vista hacia mí, y por primera vez desde aquella noche en mi casa, no hay ni rastro de la coraza que se puso para protegerse—.

Puedo pasarme el resto de mi vida enfadada contigo por cómo empezó esto.

O puedo aceptar que, aunque empezara mal, en algún punto del camino dejó de ser mentira.

Se me detiene el corazón un segundo.

—Sheila…

—Déjame terminar. —Levanta su mano y respira hondo—. Sé que me mentiste. Sé que me usaste. Sé todo eso, y no voy a fingir que no me dolió ni que no me sigue doliendo cuando pienso en ello. Por mucho que me criase entre monjas, no soy una hermanita de la caridad. Soy rencorosa.

Se me escapa una imperceptible sonrisa. Sheila no tiene ni un gramo de rencor en su cuerpo. Si no, no estaría aquí.

Sigo sus movimientos cuando se pone en pie.

—Pero también recuerdo que paraste cuando te lo pedí —continúa—.

Que, aunque la mayor parte del tiempo me lleves la contraría, otras cediste sin quejarte.

Y al final confesaste quién era mi padre antes de que te obligaran a hacerlo.

—Da un paso hacia mí—. Y lo más importante, cuanto te han quitado todo lo que eras, lo primero que has hecho es venir aquí sin nada que ofrecer salvo a ti mismo.

—No querría estar en otro sitio, aunque tú no me aceptases. Me conformo con saber que respiro tu mismo aire.

Observo cómo sus mejillas se sonrojan.

—No puedo decir que te quiera. No creo en los amores instantáneos —dice, y la voz le tiembla al decirlo—.

Pero sí siento algo. Una cosa que no sé definirla y que jamás he experimentado.

—Cabecea—. He llegado a pensar que son gases porque siento un retortijón raro.

—Se lleva las manos a la tripa—. Sucede cada vez que pienso en ti.

Me tengo que morder el labio inferior para no echarme a reír. Es una persona tan peculiar… Creo que por eso no puedo dejar de pensar en ella. O de sentir lo que siento por ella.

—Podría decir que yo también padezco de gases, pero sé que en mi caso no lo son.

Te quiero, Sheila. —Me sale ronco y sin un ápice de vergüenza—.

Creo que te quise antes de saber que podía quererte.

Te quise cuando eras solo un plan, y seguí queriéndote cuando dejaste de serlo.

Y juro que voy a quererte, aunque te marches de esta habitación ahora mismo y no vuelva a verte en la vida —le confieso—.

Nunca he estado enamorado. Nunca me he permitido dejar entrar a nadie.

Pero tú, con tu insolencia y tu lengua afilada, has conseguido colarte en un rincón de mi cuerpo que creía que estaba muerto.

—¿Eso lo has sacado de un tablero de Pinterest?

Me río. El sonido sale extraño al estar desentrenado.

Cierro los últimos centímetros que nos separan, cojo su mano y la coloco sobre mi pecho, a la altura de mi corazón.

—Lo he sacado de aquí.

—Para que luego digas que no eres Doraemon con su bolsillo mágico.

—Ese humor tuyo va a conseguir meterte en problemas.

—¿Y si el problema que busco mide casi uno noventa y tiene los ojos como si fuese acero fundido?

—Me temo que ese problema ya lo has encontrado.

Agacho la cabeza y capturo sus labios. Esta vez no hay urgencia. Me tomo mi tiempo, memorizando el contorno de sus labios, la sedosidad de su lengua. Cada ruido que nace en su pecho y va a morir a mi garganta.

Le sostengo la cara con las dos manos y ella deja que lo haga, deja que la toque.

—Ya no hay secretos, Sheila —le digo contra los labios—. Te lo he contado todo. Si tú quieres, me pasaré el resto de mi vida intentando descubrir cada detalle que nos falte por vivir.

—Tengo una vida muy interesante. —Sonríe, y hay algo travieso en esa sonrisa—. Recuerda que soy hija de un oyabun de la Yakuza. Lo mismo, cuando se entere que vas a tocar a su hija, viene a matarte.

—Esperaré a la muerte con los brazos abiertos si eso consigue tenerte a mi lado.

Su sonrisa se ensancha.

—Una suerte que se haya quedado sin ejecutor.

—Suerte la que tengo yo —susurro, mirándola a los ojos.

—¿Takeshi?

—¿Sí?

—Deja de hablar de una puñetera vez y bésame de nuevo.

Obedezco.

La ropa cae entre los dos sin prisa, la oportunidad que me da es un regalo que no merezco, pero pretendo quedarme.

La llevo hasta la cama Cuando la tumbo sobre las sábanas, me mira desde ahí abajo con esos ojos que serán mi perdición.

Le recorro la cicatriz del costado con los labios, despacio, sin ocultarla, sin apartar la vista de sus ojos. Ella suspira mi nombre como si fuera la primera vez que lo pronuncia.

—Takeshi…

—Estoy aquí.

—Puede que te haya mentido. —Alzo la cabeza y arqueo una ceja—. Puede que yo también te quiera un poquito.

Soy incapaz de evitar sonreír.

—¿Un poquito?

Ella resopla y pone los ojos en blanco.

—No seas avaricioso. Has conseguido que venga a tu hotel.

—Es cierto.

—Y que te haya besado.

—También es cierto.

—Y que haya reconocido que siento lo que sea esto.

La observo unos segundos, incapaz de apartar la vista de ella.

Nunca imaginé que pudiera existir algo más difícil que enfrentarme a un hombre armado.

Ahora sé que sí.

Esperar tres palabras pronunciadas por la única persona cuya opinión ha empezado a importar más que la mía.

Apoyo la frente contra la suya.

—Me conformaré con ese «poquito».

—Más te vale.

Sus dedos buscan los míos entre las sábanas y entrelazan nuestras manos con una naturalidad que me deja sin respiración.

Solo somos dos personas agotadas de luchar contra el mundo y de luchar entre ellas.

—¿Sabes qué es lo peor? —murmura.

—¿El qué?

—Que creo que Isabella va a disfrutar muchísimo cuando se entere de que al final tenía razón.

No puedo contener una risa.

—¿Sobre qué exactamente?

—Sobre que era de cajón que terminase enamorada de un hombre que pertenece a la mafia.

—¿Y lo ha conseguido?

Sheila sonríe con esa mezcla de insolencia y ternura que solo ella es capaz de reunir en un mismo gesto.

—Creo que cada vez que entregas tu corazón, existe la posibilidad de que te lo rompan. Y la vida se trata de eso, de sentir, aunque en algunos casos sea dolor.

Acaricio con el pulgar el dorso de su mano.

—Llevo toda la vida creyendo que mi destino estaba escrito por otras personas.

—¿Ya no?

Niego mientras la miro a los ojos y poco a poco me introduzco en su cuerpo. Ella abre la boca en un jadeo sordo.

—Creo que mi destino sí que estaba escrito. Y eres tú. Voy a cuidar lo que me ofreces como lo más preciado de este mundo.

Sheila aprieta mi mano.

—Entonces, procura hacerlo bien, porque pienso quedarme para corregirte las faltas.

Suelta un gemido cuando muevo mis caderas entre sus muslos. Estar de nuevo en su interior podría calificarlo como algo mágico.

Aunque yo ya no pertenezca a la Yakuza, ella sigue siendo hija de Takana. Siempre habrá personas que quieran hacerle daño y enemigos dispuestos a cobrarse viejas deudas, pero no consentiré que nadie se le acerque. Esa es mi nueva misión en la vida. Proteger a lo más sagrado que tengo

Inclino la cabeza y vuelvo a besarla.

Esta vez no para pedirle perdón, sino porque puedo. Porque me lo permite y porque la amo.