Geisha (Mujeres de mafia 4) Epílogo
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Epílogo

Sheila

N unca pensé que acabaría celebrando una boda con vistas al Mediterráneo, rodeada de tres mafias distintas y media Yakuza, con una copa de champán en una mano y la otra entrelazada en la de un exejecutor que ahora se dedica a comprobar que las cámaras de seguridad del puerto de Málaga funcionen como es debido.

La vida tiene un sentido del humor que lo he tomado como bandera.

La casa de Vladimir en La Zagaleta, a tan solo veintidós kilómetros de Marbella, es tan ridículamente grande que la primera vez que la vi pensé que era un hotel.

Hoy, con los jardines llenos de flores blancas y una carpa abierta al mar, parece sacada de un cuento de hadas.

Isabella ha insistido en que la boda fuera pequeña e íntima, «solo familia», y a juzgar por la lista de invitados, su definición de familia incluye a cuatro clanes criminales de tres continentes distintos.

Han pasado seis meses desde Takeshi apareció en Roma. Los mismos desde que Alina rompió aguas en mitad de una conversación sobre mi vida amorosa y trajo al mundo a Aurora, la bebé más escandalosa que he conocido en la vida.

No negaré que lloro como si dentro de mis ojos se hubiese abierto un grifo mientras Isabella y Vladimir se dan el sí quiero, acompañados del pequeño Adriano, bajo un arco de flores blancas.

—¿Estás bien? —me pregunta Takeshi, acariciando mi espalda.

Asiento entre hipidos.

—Como sigas así te vas a deshidratar.

Saca un pañuelo de su traje de chaqueta y me lo entrega. Me sueno los mocos sin ningún tipo de decoro.

No me quita la vista de encima. Sé que es un momento emotivo y que los novios han vivido un infierno hasta llegar hoy a ese altar improvisado, pero si estoy tan emocional es porque…

—Estoy embarazada.

Ya está. Ya lo he soltado.

Takeshi se queda a mi lado más quieto que una estatua. Alzo la cabeza y me encuentro con su mirada.

Vale. He tenido novio alrededor de ciento ochenta días. Todo un récord para mí, todo sea dicho. Pero por como ni siquiera parpadea, creo que me lo he cargado de un susto.

Sé que un hijo no entraba dentro de nuestros planes. Mejor dicho, ni siquiera hemos llegado a tener aún esa conversación. Pero ¿sabéis eso de que las pastillas anticonceptivas son eficaces en un 99,9 %? Pues yo he sido el 0,01 % de ineficacia.

—Di algo, por favor. No quiero joderle la boda a Isabella y tener que llamar a una ambulancia.

Veo cómo se pasa la lengua por los labios.

«Vamos bien. Su sincronicidad motriz aún le funciona».

—No será una de tus bromas, ¿verdad?

La única culpable de que no me tome en serio y piense que le estoy gastando una broma soy yo. Puede que en estos meses le haya gastado más de una broma pesada y me haya hecho varios esguinces inventados solo por que me llevase en brazos a la cama.

¿Qué? Él asumió estar conmigo con todas las consecuencias. Y una de ellas es que, muy a mi pesar, no soy perfecta.

—¿Tú crees que quiero estar con la cara hinchada como un globo a causa del sofocón? Son las putas hormonas.

Me he enterado justo esta mañana. Con todo el jaleo y los preparativos de la boda ni siquiera caí en que hacía más de una semana que no bajaba el periodo.

Se lo he comentado a Alina y ella, que ya tiene experiencia en estas cosas, ha ido de inmediato a comprar una prueba de embarazo.

Creo que he sufrido un pequeño mareo cuando he visto que han salido las dos rayitas rosas. Alina ha llorado y claro, a mí, que me he quedado en shock , me ha dado envidia y aquí estoy, sin poder parar.

—Sé que todo es muy precipitado, pero…

De repente, mis pies dejan de tocar el suelo y estoy suspendida en el aire, con mi vestido largo de gasa rozando mis muslos mientras la boca de Takeshi invade la mía.

—¡Maldita sea! Cuando dicen que «se besen los novios», se refieren a los que se acaban de casar —escucho que grita Vladimir frente al altar.

Takeshi libera mis labios y, sin dejar de mirarme a los ojos, dice en voz alta.

—Lo siento, Pavlov, pero no todos los días recibe un hombre la noticia de que va a ser padre.

Siento cómo mis mejillas se encienden.

Oteo a mi alrededor y la primera persona con la que cruzo una mirada es con la de mi padre.

Está sentado al lado de Rin, de Renji y Aiko. De repente curva sus labios y mueve la cabeza en una especie de reverencia, como si con ese gesto aprobase la situación.

No le queda más remedio. El bollo ya está dentro del horno.

Nuestra relación padre e hija marcha despacio. Ni yo sé ser hija ni él sabe ser padre. Pero estamos poniendo todo nuestro empeño para que funcione.

Quizá Alina tiene razón y este bebé acabará uniendo.

—Entonces, ¿estás bien con esto? —pregunto, volviendo mi atención a Takeshi.

—¿Mi demostración no ha quedado lo bastante clara? Porque puedo volver a repetirla.

Me vuelve a besar, esta vez el beso es incluso más obsceno para estar rodeados de personas.

No me importa.

Solo disfruto de la felicidad de Takeshi, ya que se vuelve contagiosa.

Cuando acaba la ceremonia, los novios pasan a un segundo plano y la mayoría de invitados nos felicitan a nosotros.

—Estoy muy feliz por vosotros, Shei… —Me abraza Isabella—. Pero te advierto que Vladimir está cabreado por haberle robado el protagonismo.

—Bah… —descarto—, Vladimir siempre está cabreado.

—Pues eso es verdad.

Katrina se acerca del brazo de Atlas con esa elegancia suya de mujer que fundó un imperio naviero antes de decidir que prefería vivir la vida en lugar de solo dirigirla.

Me saluda con dos besos y un «Enhorabuena.

Así que tú eres la famosa Sheila» que me hace sospechar que Isabella lleva meses contándole mi vida entera con más detalle del que yo hubiera elegido.

—Encantada de conocerte por fin —le digo.

—El placer es mío. Cualquier mujer capaz de sobrevivir a la Yakuza y salir con novio incluido merece mi respeto.

—Tú sobreviviste a un cártel mexicano dos veces, que es peor.

A su lado, su hermano Rodrigo levanta una copa en mi dirección con una media sonrisa que ya conozco de sobra, la misma que pone cada vez que me manda un correo a las once de la noche exigiendo un informe que perfectamente podría esperar al día siguiente.

Emma, su pareja, me guiña un ojo con complicidad, como diciendo «sé exactamente cómo es aguantarlo, bienvenida al club».

Porque sí. Trabajo para Rodrigo, que este a su vez trabaja para Vladimir. Es nuestro enlace en el transporte marítimo con Estados Unidos.

Quién me iba a decir a mí, hace apenas medio año, que acabaría siendo auxiliar administrativa de Costania, la naviera que Katrina fundó y que ahora dirige el hermano tirano de Alina con la misma mano de hierro con la que dirige todo lo demás en su vida.

Y quién le iba a decir a Takeshi que acabaría de jefe de seguridad del puerto, revisando cámaras y protocolos con la misma precisión con la que antes planificaba operaciones de la Yakuza, solo que ahora nadie termina muerto al final del turno.

Llevamos medio año viviendo en Marbella.

Necesitaba empezar de cero, y no había mejor sitio para hacerlo que donde siempre había vivido con Alina, a unos cuantos minutos del mar junto al que crecí mirando cada mañana desde el orfanato. Takeshi se vino conmigo sin dudarlo, sin plan, sin nada que ofrecer salvo a sí mismo.

Quién lo iba a decir, que un hombre entrenado para matar es también muy bueno detectando fallos de seguridad en un puerto comercial.

—Tu padre no deja de mirarte —murmura Takeshi a mi lado, con una copa de champán que apenas ha tocado.

Sigo su mirada. Takana está al otro lado de la carpa, con un traje occidental que le sienta como un guante, hablando con sor Victoria.

Sí, Isabella la ha invitado. Supongo que para crear precisamente este encuentro.

—Lo lleva haciendo desde que soltaste a voz en grito que vas a ser padre.

—Que vamos a ser padres —me corrige.

«Joder, qué canguelo».

—¿Te molesta?

—¿Que me mire?

Asiente.

Han sido meses de llamadas semanales, torpes al principio. Hace cinco meses se presentó con una maleta pequeña y la excusa de «estaba de paso». Una mentira tan evidente que ni él mismo se molestó en disimularla. Y a partir de ahí los encuentros han sido más ocasionales.

—No. No me molesta. Al fin entiendo que tiene que recuperar veinticuatro años mirando esta cara bonita.

Takeshi sonríe. Agacha su cabeza y deposita un beso en mis labios.

—Vamos a ser padres… —repite.

El tono reverencial que muestra hace que se me expanda el pecho de amor por este hombre.

—¿Qué te ha dicho tu madre?

Rin está sentada un poco más allá, junto a Aiko, con esa quietud suya que sigue imponiendo respeto incluso en una boda.

—Que deberías haberte recogido el pelo.

Lo miro con la boca abierta.

—¿Estás de coña?

A Takeshi se le escapa la risa.

—Es su forma de decir que se alegra por nosotros.

—Llevas razón. Suena muy Rin.

Aiko se acerca hasta nosotros con la mano entrelazada con la de Renji, que se apoya en un bastón que ya no necesita del todo, pero que se ha empeñado en usar «por si acaso», y que Aiko no deja que suelte ni por un segundo.

—Casi me muero por ti, ¿lo recuerdas? —le dice a Takeshi—. Espero ser el padrino.

—Solo si yo soy el de vuestra boda.

—Eso díselo a esta bella dama, que aún no me convierte en un hombre honorable.

—Se ríe, y Aiko, a su lado, pone los ojos en blanco con un cariño que ya no se molesta en esconder—.

Soy un hombre paciente. Lo demostré esperando dos meses postrado en una cama a que esta mujer se decidiera a admitir que le importo.

—No te confundas —interviene Aiko sin soltarle la mano—. Solo cuidaba de que no te murieras. Habría hecho lo mismo por cualquiera.

—Claro que sí, cariño.

Nadie en esta carpa se cree ni una palabra, y por la forma en que ella se sonroja, tampoco se lo cree del todo ella misma.

Yuri se acerca cuando ya ha oscurecido, con Marco empujando su silla entre las mesas, sorteando invitados con habilidad.

— Krasivaya . —Me examina de arriba abajo con esa mirada glacial—. Así que un bebé, ¿eh?

—Para que no haya malos entendidos. No es tuyo, Yuri.

Él sonríe, entendiendo mi sentido del humor.

—Ya lo veo. —Mira a Takeshi de reojo—. Una verdadera lástima.

—Cuidado, Novikov. Ya no seré shiokinin , pero aún sé cómo esconder un cadáver —amenaza Takeshi.

—Es un placer verte, Kuni-san, reducido a algo tan mundano como un vigilante de seguridad. —Yuri sonríe con esa sonrisa de tiburón—. Y créeme, es un cumplido.

Se aleja empujado por Marco hacia donde Isabella y Vladimir bailan su primer baile como marido y mujer, y yo me quedo un momento mirando toda esta escena imposible: mafiosos rusos, italianos, japoneses y ejecutores retirados, todos bebiendo champán bajo la misma carpa, celebrando una boda como si fueran personas absolutamente normales.

«Una vida corriente», sonrío.

Takeshi me da un beso y se aleja con Aiko y Renji para hablar un rato con su madre. Así que aprovecho y me siento un rato.

Alina se acerca con Aurora dormida contra el pecho, envuelta en una mantita demasiado calurosa para el clima de Marbella, y que ella insiste en usar de todas formas, y se sienta a mi lado con un suspiro de agotamiento, pero feliz.

—¿Cómo va todo? —pregunta.

—Bien. Raro. Bien y raro a partes iguales.

—Bienvenida al club. —Se ríe—. A mí también me costó acostumbrarme al hecho de traer una personita al mundo, rodeada de… —Mueve su mano.

Isabella se acerca en ese momento, todavía con el vestido de novia y una copa de vino en la mano. Katrina la sigue a los pocos segundos, y de repente las cuatro estamos sentadas juntas en la misma mesa mientras el resto de la fiesta sigue girando a nuestro alrededor sin que nos importe demasiado.

—¿Sabéis lo que pienso a veces? —digo, mirándolas a las tres: a Katrina, exdueña de un imperio naviero que se enamoró de quien no debía; a Isabella, recién casada con la mafia rusa después de haber sobrevivido a cosas que nadie debería sobrevivir; a Alina, con su bebé mafiosa italorrusa dormida entre los brazos—.

Que a todas nos une exactamente lo mismo.

—¿El pésimo gusto para los hombres? —pregunta Isabella, y las cuatro nos reímos a la vez.

—Eso también. —Sonrío y miro hacia donde Takeshi habla con Renji al otro lado de la carpa, tan serio, tan él—.

Todas llegamos aquí por caminos que nadie elegiría, rodeadas de gente que el mundo entero llamaría monstruos y, en lugar de rompernos, esas historias nos hicieron esto.

—Abro los brazos, abarcando todo—. Todas somos mujeres de mafia.

Katrina levanta su copa.

—Me gusta. Mujeres de mafia —repite como quien brinda por algo sagrado.

Las cuatro chocamos las copas. Miro hacia el hombre que una vez me traicionó y aprendió de su error. Takeshi me busca con la mirada entre la multitud, me encuentra y sonríe como solo sonríe para mí.

Con un amor que solo sabe mostrar un ejecutor por una Geisha .

FIN