Capítulo 40
Sheila
H a pasado una semana y mis queridas amigas, por no llamarlas hijas de perra, siguen con el tema erre que erre.
—Esto es lo que yo he entendido de todo este asunto —dice Isabella, sirviéndose una copa de vino que, por el tamaño, más que copa parece un jarrón—. Tu padre es el jefe de la Yakuza.
—Correcto.
—Y tu madre biológica era noruega, murió al darte a luz y la mujer que tú creías tu madre en realidad la mató por celos.
—También es correcto. ¿Cuándo vais a dejar el temita de los cojones?
—¿Nunca?
Le saco a Isabella el dedo corazón para que se lo meta por el culo si quiere.
—No puedes culparme, Shei. Tu vida da para una novela.
—¿Y la tuya no?
—Ahora me interesa más la tuya. Chica, te secuestraron, te subastaron, te rescataron. Te fuiste a Japón buscando a tu familia y un poco más y otra vez no lo cuentas… Ahora estás aquí, en Roma, tan campante mientras tu exnovio ejecutor sigue en Japón.
—Takeshi no es mi exnovio.
—¿Solo te has quedado con esa parte de mi parrafada?
—Simplemente quería matizar.
Alina se ríe.
—Sheila, cariño —Isabella se sienta a mi lado en el sofá—, Alina se alió a la mafia italiana intentando buscarte, pero podría haber desaparecido en el fondo de un lago solo por acercarse a un Moretti.
Yo me volví a enamorar de un Pavlov mientras mi familia entera intentaba matarlo.
Yo la primera. —Mira a Alina y alza su copa, como si brindase por ello —.
¿De verdad crees que «soy hija de un Yakuza y me he enamorado del ejecutor que me traicionó» va a sorprendernos a estas alturas?
—Un poco de sorpresa esperaba, la verdad. Por educación, sobre todo.
—Lo que sí me sorprende —interviene Alina desde el sillón de enfrente, con las manos cruzadas sobre una tripa que parece a punto de estallar en cualquier momento, literal y metafóricamente— es la parte del ejecutor.
—No hay «parte del ejecutor».
—Claro que la hay, Sheila. Y es la más jugosa. —Sonríe con esa cara de inocencia—. Te has ido a enamorar del hombre que mata gente para vivir. Es casi una tradición familiar entre nosotras.
—No me he enamorado de nadie.
—Ya, claro…
Le pego un pescozón a Isabella. Ella escupe el vino que acaba de sorber.
—No me he enamorado de puto nadie.
—Está en negación.
Isabella y Alina se miran.
—Voy a dejar pasar que me hayas arreado —continúa Isabella— porque estás muy tristona y sé reconocer cuándo alguien está a punto de llorar.
—No estoy a punto de llorar.
«Vaya que si lo estoy».
Estoy aguantando la congoja y ellas dos lo saben. Por eso creo que se apiadan de mí y no continúan con el tema de marras.
Me encuentro en la casa de Parioli, a donde vine directamente, ya que era donde se encontraban mis amigas. Llevo una semana sin saber nada de Takeshi. No lo reconozco en voz alta, pero el silencio es mucho más desesperante de lo que pensaba, cuando fui yo quien eligió marcharse.
—Voy a volver a España.
Ambas me miran con los ojos abiertos.
—¿Qué?
—Ni hablar.
Sueltan a la vez.
—Necesito vivir mi vida sin depender de nadie. —Miro a Isabella, que niega con la cabeza—. Escúchame, Bella. Estaré eternamente agradecida por vuestra hospitalidad.
—No es hospitalidad. Eres familia. Y la familia se ayuda.
Se me llenan los ojos de lágrimas.
—Lo sé. Pero Yuri dijo algo a lo que llevo días dándole vueltas.
—¿En qué universo Yuri dice algo para que se le tenga en cuenta?
—Bella… —interviene Alina.
—No, Ali. No puede irse. Es… Es Sheila.
Sonrío.
—Deja que por lo menos dé su explicación. —La italiana bufa—. ¿Shei?
—Habló de las vidas corrientes. Y yo quiero eso. Después de todo lo que me ha pasado este último año, creo que me lo merezco.
Observo cómo a las dos se les entristece la mirada.
—Sabes que en cuanto se descubra quién es tu padre no podrás llevar una vida normal, ¿verdad?
Claro que lo sé. Pero no quiero que ser hija de quien soy condicione cómo quiero vivir mi vida.
—Tendrá que funcionar.
—Tendrás que vivir rodeada de seguridad. Ahora eres el punto débil de la Yazuka.
—Ya se verá.
—Eh, chicas. Siento romper el momento, pero…
—¿Qué? —preguntamos Isabella y yo al unísono.
—Madre mía… —Observo cómo Alina se levanta del sillón con una mano en la espalda y la otra señalando el suelo, donde hay un charco—. Creo que la pequeña Moretti ha decidido que hoy es el día.
—¿Ves, Sheila? No te puedes marchar. Tu sobrina no te lo permitirá —comenta Isabella con una sonrisa de oreja a oreja.
Los siguientes veinte minutos son un caos.
Isabella grita órdenes en tres idiomas distintos porque en esta casa vivimos un popurrí de nacionalidades.
Yo busco el bolso de Alina, que resulta que ya estaba preparado desde hace dos semanas junto a la puerta, etiquetado y todo.
Por lo visto, mi amiga es de las que planifican partos con la misma precisión con la que Adriano comete un asesinato.
Creo que Moretti vuela en vez de conducir hasta el hospital. Lo sé porque yo voy con ellos en el coche y ya me he santiguado cinco veces al creer que nos estampábamos.
—Tu hermano es un kamikaze —le digo a Isabella poco después, cuando aparecen en la sala de espera donde me encuentro con las rodillas temblando.
—Como le pase algo a mi sestra por su culpa, lo voy a matar.
Esa voz de ultratumba no es de otra persona que la de Vladimir cuando llega con el pequeño Adriano cogido de la mano.
Hay cosas que nunca cambian, y esa es el afán que tienen los cuñados, por las dos partes, de querer matarse.
—Vas a tener una prima —le digo al pequeño, obviando las amenazas de Vladimir.
—¡Sí! La enseñaré a jugar al fútbol.
—Yo creo que para eso vas a tener que esperar algunos años.
El pequeño frunce el ceño, sin convencerle lo que le digo.
La niña nace pasada las cuatro de la madrugada, y llora tan fuerte que se oye hasta la sala de espera, lo cual, según Isabella, es una excelente señal en una futura Moretti.
Le ponen de nombre Aurora.
Aurora Moretti Pavlov.
Cuando por fin nos dejan entrar a la habitación, encuentro a Alina destrozada y radiante a partes iguales con la niña en brazos.
Adriano permanece de pie a su lado, con una expresión que no le había visto nunca a un hombre que en su día a día se dedica a cosas bastante menos tiernas que sostener biberones.
—Es preciosa… —susurro.
Y es verdad, hay algunos bebés recién nacidos que nacen con cara de viejos prematuros.
—Ven. —Alina me hace un gesto para que me acerque—. Cógela.
Niego, porque la verdad me da un poco de miedo. En su lugar, le rozo la manita diminuta con un dedo y ella me lo agarra con fuerza para ser tan pequeña.
—Otra que nace uniendo dos mundos que no deberían coexistir —murmuro—. Como el pequeño Adriano.
—Es lo que tiene enamorarse, Sheila —comenta Alina, que me sonríe agotada—. Que los hijos siempre acaban uniendo.
La miro. Después a Adriano, que no le quita el ojo de encima a ninguna de las dos. Luego a Isabella y a Vladimir sentados, con su hijo dormido entre los dos, formando una perfecta estampa de ternura y mafia que es su vida entera.
De repente, el agujero que llevo una semana sintiendo en el pecho se hace tan grande que ya no me cabe en el cuerpo.
Tras despedirnos y regresar a la casa de Parioli soy incapaz de dormir y marco un número que llevo una semana evitando.
Ni siquiera he calculado la hora que es en Kioto, pero Takeshi descuelga al segundo tono.
—¿Sheila?
Su voz me atraviesa y hasta se me olvida la excusa que había preparado.
—H-hola. —Carraspeo—. Perdona la hora. Solo quería preguntar qué tal está Renji.
El silencio se hace al otro lado. Takeshi es demasiado listo para saber que no lo he llamado por Renji.
Para informarme de su estado podría haber llamado a Aiko.
Lo que he hecho con regularidad estos días.
Ya que, mi perfecta amiga, me ve como una heroína por intentar matar al monstruo de su hermano.
Aunque fuese Takana quien rematase la faena, para ella soy una especie de vengadora.
—Mejor. Ya se queja de que la dieta blanda que le hacen comer es un insulto a su honor. Diría que es buena señal.
—Me alegro.
—Aiko no se separa de su cama. —Estoy a punto de decirle que lo sé—. Cuando él intenta hacerse el fuerte y levantarse solo, ella amenaza con atarlo a la cama con el cordón de su kimono. —Hay algo parecido a una sonrisa en su voz, por lo que yo también sonrío—. Le está funcionando.
Me río de verdad por primera vez en días.
—No me cabe duda. Aiko, ahí donde la ves, es cruel.
«Que me lo digan a mí, la de veces que la maldije por corregir mi postura».
—Sheila.
—¿Sí?
—Puedes llamar por Renji siempre que quieras. —Hace una pausa—. Pero también puedes llamar sin excusa. No hace falta que inventes un motivo para hablar conmigo.
Se me hace un nudo en la garganta. Si es que es muy listo, joder.
—No sé si estoy lista para eso.
—Lo sé. No te lo estoy pidiendo —replica. Su voz es suave—. Solo te lo digo para que lo sepas.
Hablamos casi una hora. De nada, en realidad. Le cuento que ha nacido Aurora, del calor que hace en Roma comparado con la humedad de Kioto. De todo menos de lo único de lo que en realidad tendríamos que hablar: nosotros.
Cuando colgamos ya ha amanecido. Me quedo mirando el techo, sintiendo que el agujero en mi pecho sigue ahí.
Tres días después ya le han dado el alta a Alina y la casa parece un manicomio. Me encuentro en la cocina en pijama, con el pelo hecho un desastre y una tostada a medio comer en la mano, cuando escucho el timbre.
—¡Que alguien abra la puerta! —grita Isabella desde algún sitio con el bebé de Alina en brazos, porque a estas alturas todas nos hemos repartido turnos de niñera. Esa pequeña nos tiene enamorados—. Tengo las manos ocupadas.
Me acerco hasta la puerta sin pensar, con la tostada todavía en la boca, y me quedo congelada cuando abro.
Takeshi está en el rellano, con esa mirada plateada clavada en mí. Suelta un suspiro, como si llevara diez días sin respirar bien y acabara de encontrar el aire. O lo mismo es a mí a la que le pasa.
—Hola —consigue decir.
Yo, por mi parte, ni siquiera atino a eso.
Me trago la tostada de golpe y me atraganto. Da un paso hacia delante instintivamente antes de detenerse, recordando que no puede tocarme sin permiso.
—¿Qué haces aquí? —cuestiono al fin entre toses—. ¿Ha pasado algo? ¿Renji está…?
—Renji está bien. Ya me llama capullo y todo.
Se pasa una mano por el pelo, nervioso, y es tan raro ver a Takeshi así que por un segundo me olvido de que estoy en shock . Y en pijama, dicho sea de paso.
—¿Entonces?
—Takana me ha echado de la Yamitsuru-kai.
El corazón se me acelera y doy un paso en su dirección sin darme cuenta.
—¿Por qué? ¿Fue por mí? ¿Por todo lo que…?
—Sí —lo suelta con una calma que no le había visto nunca—. Me llamó hace tres días. Me dijo que había pensado en mi castigo. Decidió que el castigo adecuado para un hombre que confesó estar enamorado de su hija era quitarle todo lo que sabía ser.
—Takeshi…
—Ya no soy el ejecutor de la Yamitsuru-kai . No tengo clan. No tengo título. No tengo oyabun al que rendirle cuentas… —Sonríe. Hay una especie de luz en su rostro que me cautiva—. Takana pensó que me estaba castigando.
De repente entiendo lo que mi padre ha hecho.
—No te castigó —susurro—. Te liberó.
Takeshi asiente, como si aún no se hubiese acostumbrado a la idea.
—Llevo toda mi vida siendo propiedad de alguien —reconoce con voz ronca—. Primero de mi padre y después de Takana. Nunca he elegido nada en mi vida sin que hubiera un clan, una deuda o una orden de por medio.
—¿Y ahora?
—Ahora no le debo nada a nadie. —Da un paso hacia mí y esta vez no se detiene—.
Así que he venido a Roma sin que nadie me lo ordene, sin ningún plan detrás, sin ningún clan que proteger.
He venido porque he elegido venir. Porque eres tú a quien elijo, Sheila.
Esta vez, nadie más que yo tiene voto en esa decisión.
Se me llenan los ojos de lágrimas.
—No sé qué decir…
«¿Tú eres tonta? Lánzate a sus brazos. Lo estás deseando», me grita una voz.
Pero hay algo que me retiene. No sé si es la sorpresa de encontrarlo aquí o el miedo que siento por desearlo tanto a pesar de cómo surgió lo nuestro.
—No espero nada. Ya te lo dije en el jardín de tu padre, Sheila. Voy a estar aquí el tiempo que sea necesario hasta conseguir tu perdón.
Me quedo mirándolo, en el rellano de la casa, en pijama, con restos de tostada probablemente en la comisura de la boca. Noto cómo el agujero del pecho se va llenando.
—¿Quieres entrar? —pregunto, apartándome de la puerta—. Te advierto que Isabella te va a interrogar durante horas, así que hazlo bajo tu responsabilidad.
Takeshi sonríe y cruza el umbral.
Como le he avisado, mi amiga lo somete a un tercer grado. Cuando llega la hora de comer, Takeshi se despide, alegando que no quiere abusar de la hospitalidad y que regresará a su hotel.
Al verlo salir me dan ganas de retenerlo. Sin embargo, dejo que se marche.
Al entrar de nuevo en la casa, me cruzo con los ojos de Alina, que está amamantando a Aurora, y niega con la cabeza como si no tuviera remedio.
«Sí, Ali. Yo tampoco tengo ni idea de qué demonios hago».