Capítulo 39
Takeshi
E stoy contabilizando el tiempo que Sheila lleva evitándome de reunir el valor para acercarme.
Han sido dos días. Podría haberlo alargado más, pero se marcha y no puedo dejar que lo haga sin antes hablar con ella. Aunque sea una última vez.
La encuentro en el jardín de la casa de Takana, sentada en el borde del estanque con las piernas cruzadas y la vista centrada en el agua. Lleva puesta ropa suya, nada de kimonos. Vuelve a ser, en apariencia, la mujer que traje a Japón hace tres semanas.
Excepto que ya no lo es.
—¿Vas a acercarte al fin o vas a continuar merodeando a mi alrededor? —cuestiona sin girarse antes de que yo abra la boca—. Es inquietante.
—No he sido yo el que te ha estado evitando.
No responde. Y yo no insisto en el tema.
Me acerco hasta donde se encuentra y me quedo a un par de pasos.
Desde que me salvó la vida, no hemos vuelto a hablar. Apenas la he visto siquiera.
—Yuri ha insistido en llevarme en su avión. Dice que no confía en las líneas comerciales para transportar «objetos valiosos». —Hay un asomo de sonrisa en su voz, la primera que le oigo en varios días—. Es idiota.
—Nunca has dicho una verdad más grande —coincido.
—Tú también lo eres.
—Ah, ¿sí?
Me siento a su lado, dejando el espacio suficiente para que decida ella si quiere reducirlo. Miro el agua y resulta hipnótico ver a nadar a los peces koi , con sus colores luminosos. En nuestra cultura, esos peces representan la perseverancia, la superación y la transformación personal.
—Sí.
—¿Puedo preguntar por qué, o también vas a evitar la respuesta igual que me has evitado a mí?
—No te he evitado —suelta a la defensiva—. Solo que he estado muy ocupada.
—Renji me preguntó por ti esta mañana. El médico dice que va a poder levantarse en unos días.
—Lo sé. He ido a verlo hace un rato. Le he dicho que, como se muera, lo resucito solo para volver a matarlo por darme ese susto.
—Seguro que le ha encantado oír eso.
—Aiko no se ha separado de su cama. —Al pronunciar eso sí me mira, de reojo, con algo parecido a la curiosidad—. ¿Tú sabías que ella y él…?
—Lo sospechaba. No sé si te has dado cuenta, pero los japoneses no somos de hablar más de la cuenta. —Hace un mohín—. ¿Vas a decirme por qué soy un idiota?
—¿Cómo se te ocurrió ir a contarle la verdad a Takana?
—Era lo que tenía que hacer. Lo comprendí tarde.
—Podrías haber muerto.
—Estaba seguro de que me mataría.
—¿Y no te importó?
—No. —Cojo una piedra pequeña del borde del estanque y la hago girar entre los dedos, sin lanzarla, solo para tener algo que hacer con las manos—.
Llevaba dos años construyendo un plan alrededor de un miedo infundado.
Experimenté lo que los Kusari le hacen a la gente, estaba cegado de rabia porque Takana se aliase con ellos.
—Dice que lo hizo para poder encontrarme.
—Ahora lo sé…
—Creo que, en vuestro clan, o quizá en vuestra cultura, tenéis un grave problema de comunicación.
—No puedo negarlo.
Si tan solo Takana hubiese confiado en nosotros, o si tanto Renji como yo nos hubiéramos atrevido a hablar con él, nada de este embrollo hubiese ocurrido.
Aunque quizá no hubiera encontrado a Sheila.
Sí, sí lo habría hecho. Creo que el alma de Hikaru la puso en mi camino de alguna forma.
Sheila se queda callada, con la vista otra vez fija en los koi , que siguen dando vueltas bajo la superficie, ajenos a todo lo que sucede fuera del agua.
—Por mucho que lo hicieses por principios, me sigues pareciendo un idiota.
—Lo acepto.
Se le escapa una risa.
—Sheila. —Espero a que asienta antes de continuar—. No he venido a pedirte que te quedes.
Observo que se tensa ante mis palabras.
—Menos mal. No pensaba hacerlo.
—Tienes razón en irte. —Eso la hace mirarme del todo, sorprendida—. Te mentí. Te usé. No tienes ningún motivo para quedarte que me incluya, y mucho menos ninguno para perdonarme.
—No he dicho que no vaya a perdonarte nunca. —Mi corazón se acelera—. Solo necesito alejarme de ti. De todo. —Mueve la mano y abarca todo lo que la rodea.
—Lo sé.
Se queda mirándome con esos ojos que heredó de una mujer a la que nunca llegará a conocer. Por un instante creo que va a añadir algo más.
No lo hace y vuelve la vista al agua.
—Toma. —Le tiendo algo pequeño, envuelto en un pañuelo de seda rojo que llevo guardado en el bolsillo desde esta mañana, esperando el momento perfecto.
Lo desenvuelve con cuidado.
Suelta un jadeo cuando ve la fotografía de Astrid sonriendo en el puerto de Kioto hace veinticinco años, con el pelo rubio suelto. Su sonrisa es tan amplia que la alegría traspasa la imagen.
—¿De dónde…?
—Mi madre… No sé si fueron amigas, pero se llevó bastante bien con Astrid el tiempo que pasó aquí —le confieso lo poco que sé—. Pensé que debías tenerla tú antes que cualquiera.
Le tiembla la mano al sostenerla. La mira mucho tiempo, trazando con el pulgar el contorno de una cara que, a pesar de los ojos rasgados en Sheila, es casi con exactitud la suya.
—Gracias —susurra.
—No me las des. Es lo mínimo que podía hacer por ti después de cómo me he comportado.
Me muero por acercarme y besarla. Por poder acariciar su mejilla para recoger la lágrima que se le escapa. Pero yo solo perdí ese derecho.
Se la lleva al pecho y la aprieta allí, como si de esa forma pudiese guardarla en su corazón.
—Sheila… —Takana se asoma desde la puerta. Me dedica una severa mirada al verme tan cerca de ella—. Acaba de llegar Yuri.
Nos ponemos de pie los dos a la vez.
—Bueno… —Suspira—. Hasta aquí mi aventura nipona.
Que extienda su mano para despedirse me parte el alma. Se la tomo y le acaricio el dorso con mi pulgar. No quiero soltarla. Por mucho que le he dicho que entiendo que se marche, quiero ser egoísta y deshacer mis palabras.
—Sheila.
—No lo digas.
—Yo…
—Por favor… —Separa nuestras manos y se cruza de brazos, como si de esa forma pudiera protegerse tras una coraza invisible—. Si lo dices, me harás dudar, y ahora mismo necesito subirme a ese coche.
Me trago las palabras. Y me duele el pecho al ver la súplica en su mirada.
—Entonces, solo te diré una cosa. Voy a estar aquí, Sheila. Pase el tiempo que pase. Estaré esperando a que algún día me perdones.
—Takeshi…
—Cuídate, ore no shiroi hana [13] .
Se le llenan los ojos de lágrimas que no se permite derramar.
—No sé si voy a volver —dice casi en un susurro—. No sé si voy a querer volver.
—Aun así, voy a esperar.
Se muerde el labio. Se gira y comienza a andar al interior de la casa.
De repente se da la vuelta, cruza los pasos que nos separan y me abraza. Me aprieta fuerte mientras esconde su cara contra mi pecho. La rodeo y enredo mis dedos en su precioso pelo.
—Cuida de Renji —murmura contra mi camisa—. Y de Aiko. Y de ti, ya que estamos, porque sospecho que nadie más lo va a hacer si no te lo pido yo.
—Lo haré —le prometo, depositando un beso en su coronilla.
Se aparta. Esta vez no mira atrás cuando se marcha.
Me vuelvo a sentar en el estanque, sintiendo cómo se me forma un vacío en el pecho.
Escucho unos pasos acercándose por el camino de piedra, pero no necesito girarme para saber que se trata de Takana.
—Sabes que mi hija no puede estar con un shiokinin .
Aprieto las manos mientras continúo mirando el estanque.
—Lo sé.
—Entonces no necesito explicarte nada más —responde Takana.
Sin añadir nada más, vuelve a entrar en la casa.
Un castigador no es el hombre que debe estar al lado de Sheila.
Miro mis manos, esas que han arrebatado tantas vidas. Las mismas que la han sostenido mientras se despedía de mí.
Unas que no se merecen haberla tocado y que se mueren por volver a hacerlo algún día.