Capítulo 38
Sheila
E stamos en casa de Takana mientras Renji se encuentra en una de las habitaciones del fondo, tumbado sobre una mesa que están usando como quirófano y un médico del clan intentando salvarle la vida.
La puerta permanece cerrada desde que llegamos.
De vez en cuando sale Aiko a por agua o a por paños limpios con la cara gris y los ojos hinchados.
No le preguntamos, nadie quiere oír de momento la respuesta.
Yo estoy sentada en el suelo del pasillo, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas contra el pecho, envuelta en una manta que alguien me ha puesto encima sin que me diera cuenta.
Takeshi está en la habitación de al lado, dejando que otro médico le cure todas sus heridas. No he ido a verlo. No porque no quiera, sino porque necesito tener la cabeza concentrada en lo único que ahora importa: que Renji sobreviva.
—¿Puedo sentarme?
Levanto la cabeza y me encuentro que Takana está de pie frente a mí. Tiene la ropa manchada de la sangre de Renji y, por su expresión, parece cansado.
—Es tu casa —digo.
—Nuestra casa.
Hago una mueca al escucharlo que noto que deja pasar.
Se sienta a mi lado, en el suelo, con torpeza. Resulta casi entrañable en un hombre que dirige un imperio criminal. Nos quedamos en silencio un rato, con la vista puesta en la puerta cerrada al fondo del pasillo.
No se escuchan gritos ni quejas, y eso es lo que más miedo me da.
«Que viva, por favor», rezo en silencio.
No sé por qué me importa un hombre que apenas conozco, pero lo hace. Renji me salvó la vida, y si rezar ayuda para que se salve la suya, lo haré todas las horas que hagan falta.
—Va a salir de esta —dice Takana—. Es cabezón. Siempre lo ha sido.
—Eso espero…
—¿Por qué me desobedeciste?
Allá vamos…
—Creo que deberías saber que no soy muy buena en eso de cumplir órdenes.
—Te pusiste en peligro.
Frunzo los labios.
—También deberías saber que no soy de las que piensa en las consecuencias. Aunque más veces de las que recuerdo mis actos me han metido en grandes problemas.
—Te secuestraron… —lo dice con tal pesar que siento que su dolor es genuino.
—Sobreviví.
Giro la cabeza y al fin lo miro.
Lo ojos de Takana son de auténtico pesar.
—Te pareces tanto a tu madre… —Cabecea—. Y no me refiero solo al físico.
Trago saliva e intento que el nudo que tengo en la garganta desaparezca. No lo hace.
—Ven conmigo.
—¿A dónde? —cuestiono al verlo ponerse en pie.
—Quiero mostrarte algo.
Me debato en si aceptar o no. Miro la puerta al final del pasillo, que permanece cerrada. Al final claudico. Quizá, al estar entretenida, el tiempo pase más rápido.
Takana me dirige a su despacho.
—Hace dos años, Hanae Takamori, la mujer que dirigía la okiya antes que Rin, murió de vejez —dice, se acerca hasta su escritorio y saca algo de uno de sus cajones—.
Cuando Rin revisó sus pertenencias, encontró esto.
No dudó en traérmelo, aunque sabía perfectamente lo que iba a desencadenar cuando lo leyese.
—¿Qué es?
—Parte de unas memorias. —Empuja un sobre hacia mí—. Las memorias de una geisha .
Lo cojo con manos temblorosas. El papel se ve amarillento por el paso de los años. Está escrito con una letra pequeña y en japonés, por lo que al principio se me dificulta la lectura.
Me siento en un sillón y empiezo a leer, intentando traducir textualmente lo que pone:
Si alguien está leyendo estas palabras, significa que mi cuerpo ya ha reclamado la tierra, pero antes de que mi alma pueda descansar, necesito desprenderme de un secreto que lleva demasiado tiempo pesándome en el pecho.
Hace veintidós años salvé una vida. Aunque me temo que, con mi silencio, también contribuí a destrozar la del señor Takana Haito. Si algún día estas palabras llegan a sus manos, espero que pueda perdonarme.
Todo comenzó una noche de invierno, cuando la señora Akemi se presentó en la okiya sin previo aviso. Llevaba entre los brazos a una criatura recién nacida, envuelta entre unas mantas y tan agotada que apenas tenía fuerzas para llorar.
No me dio demasiadas explicaciones. Me puso a la niña en los brazos y me ordenó que me deshiciera de ella porque no podía conservarla. Me aseguró que era fruto de su relación con un gaijin y que si alguien descubría aquella deshonra, su propia vida correría peligro.
Yo la creí.
La pequeña estaba sana. Tenía la piel clara y unos ojos azules que jamás había visto en un recién nacido japonés. Que los dioses me perdonen por desobedecer, pero fui incapaz de hacer daño a una criatura inocente.
La escondí durante tres días en mi habitación, alimentándola a escondidas mientras decidía qué hacer con la vida que habían puesto en mis manos.
Sabía que varias misioneras extranjeras abandonarían Japón aquella misma semana, así que confié la niña a una de ellas y le supliqué que se la llevara lejos, que la criara con amor y que jamás revelara su procedencia.
Antes de entregársela le puse un nombre, aunque nunca llegué a pronunciarlo delante de nadie y probablemente aquella mujer se lo cambiaría después.
La llamé Yuki.
Nieve.
Por la blancura de su piel y porque siempre he pensado que la nieve es una de las pocas cosas puras capaces de caer sobre un mundo que no lo merece.
Tengo que parar y releer varios párrafos porque no termino de comprender lo que dice. O puede que se deba a que apenas soy capaz de leerlo debido a mis ojos empañados.
Creí que aquello terminaría ahí, pero pocas semanas después se anunció el compromiso de la señora Akemi con el señor Takana Haito y algo comenzó a inquietarme.
Todo Kioto sabía que el señor Takana pasaba tiempo con una extranjera. La señorita Astrid era una hermosa mujer de cabellos claros, acento extraño y risa contagiosa que trabajaba como profesora de inglés. Después desapareció sin dejar rastro.
Algunos aseguraban que había regresado a su país mientras otros comentaban que se había marchado embarazada del señor Takana, incapaz de criar a una hija dentro de aquel mundo.
Nunca supe si aquellos rumores eran ciertos.
Sin embargo, que meses después de la desaparición de la señorita Astrid, la señora Akemi llegase hasta mí con una recién nacida, me hizo preguntarme si aquella criatura era realmente suya.
Tuve miedo.
La señora Akemi no tardó en convertirse en la esposa del futuro oyabun de la Yamitsuru-ka , mientras que yo no era más que una mujer al servicio de una okiya .
Acusarla sin una sola prueba habría supuesto mi muerte, y quizá también habría puesto en peligro a la niña que tanto me había esforzado por salvar.
Por eso callé.
Ahora soy vieja y el silencio ya no puede protegerme de nada.
Señor Takana, si alguna vez lee estas palabras, no puedo asegurarle que aquella niña fuese hija de Astrid ni decirle qué ocurrió realmente con la mujer a la que amó. Solo puedo contarle lo que vi, lo que sospeché y aquello que tuve demasiado miedo de confesar.
Su hija pudo vivir. Puede que todavía viva en algún lugar del mundo, ignorando quién fue su madre y sin saber que hubo un padre al que jamás permitieron conocerla.
Que Dios me juzgue por aquello que hice y, sobre todo, por aquello que callé.
Yo ya no tengo fuerzas para seguir haciéndolo.
Pasa bastante tiempo hasta que termino de leerla y entenderla.
Cuando por fin levanto la vista, tengo la carta empapada de lágrimas que ni siquiera he notado que han caído.
Takana está de pie frente a la ventana, de espaldas a mí, con los hombros rectos.
—Astrid… —susurro—. Se llamaba Astrid.
La anciana no deja claro que ella fuese mi madre, ni siquiera lo que ocurrió con ella, pero cada poro de mi piel siente que todas sus sospechas fueron reales.
Hasta ahora es lo único verdadero que he encontrado de quién soy.
—Sí —afirma sin girarse.
—¿La conociste bien?
—Yo la amé, Sheila —lo dice como si aún lo hiciese—.
Con veintiocho años, pasé tres años de mi vida que fueron un regalo.
Cada uno de los segundos la amé como no he vuelto a amar a nadie después.
—Se pasa una mano por la cara—. Y un día dejó de aparecer por Kioto.
Nadie supo darme una respuesta. Me enfadé, me enfadé tanto que pasé meses buscándola.
Necesitaba que me dijese a la cara el porqué de su abandono.
—¿Qué pensaste que había pasado?
—Pensé que se cansó de mí —me confiesa. Se gira y tiene los ojos enrojecidos, algo que estoy segura de que muy pocas personas en este mundo han visto jamás—.
Que decidió que yo, y todo lo que yo representaba, no merecía la pena el precio que iba a tener que pagar por quedarse.
Construí mi matrimonio con Akemi sobre esa idea.
Le debía una deuda a los Kusari por perdonarle la vida a Kuni Takeshi tras matar a su padre.
«Dios… Desde que nací, la vida de Takeshi y la mía han estado ligadas».
—No fue una unión por amor. He dormido media vida, cada noche, al lado de la mujer que muy probablemente sabía la verdad completa y decidió que yo viviera el resto de mi vida sin ella.
—La carta no lo confirma del todo.
—No. —Aprieta la mandíbula—. Pero sé con certeza que Astrid desapareció embarazada. —Su mirada está cargada de rabia—. Akemi debió mantenerla retenida meses en algún sitio. Por mucho que se mantuviese al margen de los asuntos de Nakamura, su hermanastro, ella también era parte de la mafia.
—¿Crees que el líder de los Kusari la ayudó?
Niega.
—Por eso comencé a hacer tratos con ellos tras la muerte de Akemi. Ella se llevó a la tumba el secreto de lo que le hizo a Astrid, pero conforme pasaba el tiempo, descubrí que Nakamura no tenía ni idea de lo sucedido.
—¿Por qué has continuado siendo su aliado?
—Llevo dos años buscándote, Sheila. Si para dar con tu paradero necesitaba unirme al diablo, lo haría sin el mínimo pudor. Los Kusari abarcan muchos más territorios que la Yamitsuru-kai . Tienen incluso más contactos que nosotros debido al negocio de la trata.
—Puede que no sea tu hija ni la de Astrid.
«No quiero volver a ilusionarme. Todo este tiempo he estado buscando a un fantasma que resultó ser de los malos».
—No necesito ninguna prueba más, Sheila, te tengo delante.
Me quedo callada. No sé qué se supone que tengo que responder cuando un hombre al que conozco desde hace apenas dos días me está diciendo, con la voz resquebrajándose, que acabo de convertirme en la prueba viviente de la peor traición de su vida.
—¿Por qué Akemi mintió sobre el gaijin ? —pregunto al fin—. Si era hija tuya y de Astrid, ¿por qué no dejarlo así? ¿Por qué inventarse un amante extranjero para ella misma?
—Porque una hija bastarda de un extranjero cualquiera es una vergüenza que se puede enterrar sin preguntas —me cuenta—.
Una hija mía, de mi sangre, que viva en algún lugar del mundo…
Eso es una amenaza. Eso es un heredero. Akemi no solo quería deshacerse de un problema.
Quería asegurarse de que, si alguna vez alguien encontraba a esa niña, nadie pudiera reclamar nada en mi nombre.
—Pensó en todo.
—Akemi siempre pensaba en todo. —Hay algo parecido al desprecio en su voz—. Tanto que con su muerte siguió castigándome al no poder saber toda la verdad.
—¿Qué harás ahora con los Kusari ? ¿Seguirás trabajando con ellos?
Niega.
—Yo ya he encontrado lo que buscaba. —Me mira con intensidad.
—¿No tomarán represalias?
—Dudo que lo hagan después de haber acabado con la amenaza.
«Claro. Kaito».
—Tengo que regresar a…
Me callo de golpe porque estoy a punto de decir «casa». Pero yo no tengo ninguna casa.
Takana levanta la cabeza de golpe.
—¿Quieres irte? ¿Ahora?
Trago saliva, buscando las palabras con las manos aferradas a la carta.
—Necesito procesar todo lo que ha ocurrido. Volver con mi gente… Vine buscando mis raíces y las he encontrado, pero encontrarlas no significa que sepa qué hacer con ellas.
Takana me observa un largo rato. Espero que estalle, que se enfade, solo que nada de eso llega; en su lugar, asiente despacio.
—Lo entiendo.
—¿En serio?
—Te acabo de encontrar después de veinticuatro años —declara. Una sombra de sonrisa triste le cruza la cara—. No voy a cometer el error de intentar retenerte por la fuerza el mismo día que te recupero.
Se me llenan los ojos otra vez.
—Gracias.
—Tómate el tiempo que necesites. —Se acerca hasta donde me encuentro sentada—. Pero óyeme bien, porque esto no es negociable. Tiempo, sí. Distancia, no. ¿Entendido?
—No será una orden, ¿verdad?
—No se me ocurriría… —Su mirada parece burlona, pero igual que llega desaparece—. En mi mundo, la familia no se abandona. Se protege, se persigue hasta el fin del mundo si hace falta, pero jamás se deja ir del todo. Es lo único sagrado que nos queda a los que permanecemos vivos.