Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 37
91%

Capítulo 37

Sheila

N ada más escuchar el estruendo del disparo, mi cuerpo se sacude hacia atrás e impacto contra el suelo.

No escucho nada más allá del incesante zumbido en mis oídos.

Aún tengo aferrada el arma en mis manos. La suelto y me las llevo al pecho. Me lo toco con insistencia, intentado encontrar el agujero que me haya travesado el pecho, pero no encuentra nada.

La cabeza me pesa. Me siento aturdida cuando la levanto y veo a Kaito tirado en el suelo y una gran mancha roja formándose en el abdomen.

Lo he matado. Yo…

—¡Sheila!

Giro la cabeza hacia la voz. Suena amortiguada, como si estuviese muy lejos.

«Takeshi».

Hace solo unas pocas horas me encontraba en casa de Takana, temblando como una hoja al pedirle que ayudase a buscar al hombre que intentó usarme para coaccionarlo.

He vivido varias situaciones surrealistas, me he llegado a enfrentar con un extintor a una bandada de cuervos en el Mystral, pero ver el despliegue que se produjo en aquella casa, tan organizado y sin perder la serenidad en ningún momento, me sorprendió.

—En las cámaras de vigilancia que apuntan al aparcamiento se ve cómo fue Kaito quien se llevó al shateigashira , oyabun —informó uno de los hombres de… ¿mi padre?

—¡Es él, tío! Él fue quien se nos adelantó y mató a Harrington. Es el hombre que estábamos buscando. El Samurái.

Al escuchar ese nombre en boca de Renji, he comenzado a temblar.

Ya había escuchado ese nombre, en otro tiempo, mientras permanecía desnuda, maniatada y dolorida por las vejaciones que tuve que soportar.

No podía ser casualidad que reconociese a uno de los hombres que me compró, me violó, me maltrató y…

Kaito.

El hermano de Aiko.

Él era el de la máscara de dragón que orquestaba aquellas atrocidades.

El mundo se tambaleó a mi alrededor. Apenas he registrado las órdenes que ha comenzado a gritar Takana.

Siempre pensé que quien abusaba de mí era un monstro, pero el verdadero demonio fue quien permanecía quieto, supervisando cada latigazo. El que dirigía cuándo y de qué manera tenía que romperme. Y ahora el diablo se ha llevado a Takeshi.

—¡Lo tenemos! —exclamó Yuri, al aparecer arrastrando su silla seguido de Marco con su portátil abierto—. Hay un almacén en un antiguo muelle abandonado en el puerto de Ōtsu, recientemente registrado a una empresa pantalla vinculada a David Harrington.

—Páseme las coordenadas —le pidió Takana—. Renji, reúne a un equipo. El resto vienen conmigo. Debemos flanquear tanto la entrada como cada salida de ese maldito almacén.

A pesar de que aún seguía temblando por lo que acababa de descubrir, me puse en marcha.

—Tú te quedas aquí.

—¿Qué? Ni hablar. Yo voy.

Lo enfrenté.

—He accedido a ayudar a rescatar a Takeshi solo porque tú me lo has pedido. No consentiré que te pongas en peligro por él.

—¡Es mi decisión!

No esperaba tener la primera discusión padre e hija tan pronto, pero tampoco imaginaba que iba a volverme a topar con los despreciables hombres que me habían quebrado. Y ahí estaba, un completito en el transcurso de veinticuatro horas.

—Y mi decisión es que permanezcas aquí, donde estarás segura. —Lo miré con odio, pero pareció darle igual—. De hecho, ningún civil nos acompañará.

—Él y yo hemos sido quienes hemos encontrado la ubicación —se quejó Yuri.

—Y lo agradezco, pero nadie que no tenga mi permiso se acercará a ese lugar.

Tras tener la última palabra, salió con sus hombres del despacho. Renji me dedicó una mirada de disculpa a la que yo respondí mostrándole una peineta.

—Odio a tu padre.

«Sí, a mí ahora tampoco es que me agrade mucho».

—Tenemos que ir, Yuri.

—Ya lo has oído —intervino Marco—. Ningún civil…

—¡Por el amor de Dios, Marco! Vosotros sois igual o más delincuentes que ellos.

—Oye…

—La krasivaya tiene razón.

—Me extrañaba a mí que tú quisieses perderte la fiesta —bufó el hacker .

—Yuri, Kaito fue uno de los hombres que me compró.

Le conté por encima cómo reconocí la risa del americano. Y cómo acabé atando cabos.

Yuri permaneció en silencio mientras Marco maldecía.

—Si Takana descubre que te he llevado hasta allí, soy hombre muerto.

—Yuri, te has enfrentado a muchas cosas en tu vida. Incluso a un Moretti y a un Pavlov. No sabía que solo hacía falta un japonés para que te cagases encima.

Me observó con intensidad, con esa mirada glacial que ha visto demasiado.

—No sabía que tenías una vena tan cruel, krasivaya . Me gusta.

—Maldita sea. ¡Nos van a matar!

—Quédate aquí, Marco —le pidió Yuri con seriedad.

Él nos miró como si nos hubiésemos vuelto locos. Y puede que estuviera en lo cierto.

—¡Y una mierda! Si vosotros vais, yo voy.

Yuri le sonrió. Hasta juraría que se enamoró de él. Si no lo estaba ya.

Salimos de la propiedad de Takana en el monovolumen adaptado de Yuri. Tan solo llevábamos a dos de sus hombres como refuerzos.

—Es lo único que me queda. El resto se encargó de ejecutarlos Kuni Takeshi y Takana-san cuando me hicieron una visita.

Lo miré con la boca abierta mientras él lo ha descartado con un ademán de mano, como si no fuese importante perder a parte de su equipo de seguridad.

—Quiero que tengas esto por si la situación se desmadra.

Yuri me puso una pistola en el regazo que la sentí como si pesase una tonelada.

—¿Has disparado alguna vez?

—Isabella me llevó unas cuantas veces a un campo de tiro en Pisa tras mi rescate. Dijo que ayudaría con el trauma.

Cuando aparcamos cerca del almacén, la Yakuza estaba en el interior.

—Hemos llegado demasiado tarde, krasivaya —comentó Yuri mirando por la ventanilla.

—¡Tenemos que entrar!

Es imposible que hayamos llegado tan lejos para que nos quedemos viendo los toros desde la barrera.

—Mírame, Sheila. Lo único que haría en mi estado sería estorbar. —Se señaló las piernas.

«Joder».

Es cierto que he visto a Yuri dar unos cuantos pasos ayudado de las muletas, pero dudo que tenga la posibilidad de salir corriendo en mitad de un tiroteo.

—Tengo que entrar, Yuri.

—¿Tanto te importa Kuni-san?

No respondí.

No pude decirle que sí porque aún seguía molesta con él. Pero tampoco fui capaz de decirle que no. Y creo que eso es lo que le hizo soltar una maldición en ruso.

—Yamal irá contigo. No te separes de él, ¿entendido?

Lo abracé por si era la última vez que lo veía.

—Si no sales con vida de ahí, Isabella me matará. Si no lo hace antes tu padre, claro. Así que de ti depende mi supervivencia —me dijo Marco tras envolverme en un abrazo.

En cuanto hemos puesto un pie en el interior al colarnos por una ventana, Yamal ha sido alcanzado. Por lo que no me ha quedado más remedio que avanzar sola, escondiéndome entre las sombras.

¿Cómo he llegado hasta una zona llena de cajas y estanterías sin ser descubierta? Supongo que porque tengo una flor en el culo. Pero en cuanto he visto la espalda de uno de los hombres que me arruinó la vida apuntando directamente al pecho de Takeshi, no lo he dudado y he apretado el gatillo.

—¡Sheila! ¡Sheila!

Siento cómo unas manos me tocan por todos lados buscando cualquier rastro de bala.

—Estoy bien. E-stoy bien. —Me castañean los dientes.

Aunque no puedo decir lo mismo de él. Takeshi está cubierto de sangre. Tiene un corte en la frente, otro en la ceja. Uno de sus ojos y su labio inferior está partidos. Pero la peor parte se la llevan sus muñecas.

—¡Tus manos!

—Están bien. ¿Qué haces aquí? —Su voz suena afónica.

—Y una mierda están bien.

«Joder. ¿Eso que le sobresale es el hueso?».

—¡Takeshi! ¡Takeshi!

Escuchamos una voz retumbando.

—¡Aquí! —intenta gritar él, pero dudo que, conforme tiene la voz, quien sea que lo esté buscando lo escuche.

—Maldita sea, Sheila. No deberías estar aquí —susurra.

Sus manos sostienen mi rostro para comprobar que soy real.

—Lo sé.

Dejo que me toque. Su mirada no deja de recorrer cada parte que alcanza a ver.

—¿Cómo has…?

—¡¿Qué demonios haces tú aquí?!

Renji aparece al girar una de las estanterías.

—Tu padre dijo…

Se escucha el disparo antes de que Renji acabe la frase. Sus ojos se abren como platos.

Puede que suelte un grito, aunque me retumban de nuevo tanto los oídos que no soy capaz de escucharlo.

Tras el cuerpo de Renji, al que comienza a aparecerle una mancha oscura en el pecho, emerge Kaito.

Nunca había tenido tanto miedo como siento ahora. Takeshi y yo permanecemos en el suelo mientras mi arma sigue a mi lado.

Sé que en el momento que haga un movimiento e intente cogerla él habrá disparado.

El cuerpo de Kaito se mueve con lentitud debido a la herida de bala que yo misma le he causado.

Debería estar muerto.

Creí que estaba muerto.

Kaito sonríe.

Antes de que levante del todo la pistola y acabe con nuestra vida, observo cómo la cabeza se le separa del cuerpo de un corte limpio.

—Dije que nadie entraba sin mi permiso.

Los ojos se me llenan de lágrimas.

No sé si de alivio, miedo o por el agotamiento de los últimos días. Lo único que sé es que, desde que he descubierto quién era, no veo al oyabun más temido de Japón, sino al hombre que nos acaba de salvar.

Veo a mi padre.