Capítulo 36
Takeshi
S iento un martilleo sordo en la base del cráneo y un frío húmedo se me ha metido en los huesos. Voy despertándome poco a poco y siento el cuerpo en alerta.
Estoy sentado, con las muñecas atadas a la espalda y los tobillos a las patas de la silla. Me doy cuenta que se tratan de bridas. Estas son más complicadas de romper, pero no imposible.
Al fin abro los ojos, comprobando que me encuentro en una especie de almacén.
Hago inventario de daños. Siento el labio partido, una ceja abierta que me ha dejado el ojo medio cerrado y al menos una costilla que protesta cada vez que respiro hondo. El muy cabrón se ha ensañado conmigo.
A un hombre al que quieres interrogar lo mantienes entero para que hable mientras que a un hombre al que golpeas inconsciente es porque no te interesa lo que tenga que decir.
Quieres que sufra.
—Ya era hora.
Levanto la cabeza a pesar del dolor. Aparece en la penumbra con una daga en la mano.
Kaito.
—Tú —digo. La voz me sale ronca, pastosa de sangre—. No me digas. Eres el Samurái.
—¿Ya quieres entrar en el juego de preguntas y respuestas? —Acerca una silla, la coloca frente a la mía y se sienta sin prisa, cruzando una pierna sobre la otra—. Siempre eres tan eficiente, ejecutor.
Tiro de las bridas, pero estás no ceden.
—Puedes intentar liberarte, aunque te advierto de que, si intentas escapar, el lugar está rodeado por mis hombres.
Escupo a sus pies.
—¿Tus hombres? ¿Crees que vas a conseguir acabar con dos de las Yakuzas más importantes del país? ¿Por qué, Kaito?
—Ah. —Se recuesta en su silla—. La gran pregunta.
Como si tuviera que haber una gran tragedia detrás.
¿Y por qué no, Kuni? Estoy harto de servir a otros.
Cansado de ver cómo solo unos pocos hombres se quedan con el poder mientras los que hacemos el trabajo sucio nos quedamos contra la pared.
Takana heredó. Renji heredará. Y tú, que ni siquiera eres sangre, subiste algo más que ninguno solo por matar a tu padre.
—Podrías haberte marchado.
—¿Marcharme? —Se ríe—. No quiero marcharme. Quiero lo que tienen ellos. Voy a dejar que estos dos clanes de viejos se maten entre ellos, y cuando lo hagan, impondré el mío. —Le brillan los ojos—. El clan del Samurái.
—Estás loco —murmuro.
—Estoy harto, que no es lo mismo. —Se inclina hacia delante, con los codos en las rodillas y la daga colgando entre sus piernas—.
Pero a ti no pienso matarte por eso. Tú lo mereces por otro motivo.
¿Sabes lo lucrativo que es la venta de personas?
—«Hijo de puta»—. Los Kusari siempre fueron más listos en ese asunto que la Yamitsuru .
Parece que incluso Takana ha empezado a entrar en razón.
Nadie se alía a los Kusari sin no quiere entrar en el negocio.
Pero ese negocio ahora me pertenece. Una lástima que tuviese que deshacerme de Harrington más pronto por tu maldita culpa…
El caso es que ni te imaginas la de mercancía que he encontrado en el barrio de Gion.
—¡Eres un malnacido, Kaito! ¡Ahí viven las geishas !
—Todas ellas unas zorras.
—¡Ahí vive tu hermana!
—Oh, no te preocupes. Para mi querida hermana tengo otros planes muchos más interesantes. ¿Crees que no sé que se trae algo con Renji? Lo que voy a disfrutar vendiendo su cuerpo cada vez que me plazca…
—Te voy a matar. Y si no lo hago yo, Renji lo conseguirá.
Se ríe.
—Bonita promesa para un hombre que está indefenso.
—Suéltame y midámonos en las mismas condiciones. A ver quién sale victorioso —gruño.
Intento que continúe hablando, así no se centrará en cómo raspo las ataduras contra uno de los tornillos oxidados.
—¿Sabes? La vida es tan caprichosa y da tantas vueltas que tú solito me has traído algo que había perdido. —Chasquea la lengua—. Esa gaijin que anda contigo me pertenece.
Se me hiela la sangre y dejo de mover las manos.
—¿Sheila?
—Sheila… —Paladea el nombre—. Qué nombre tan bonito. Aunque yo la conozco como la Loba. —Sonríe al ver mi cara—. Ah, ¿no lo sabes? Claro que no lo sabes. Deja que te cuente una historia, ya que vamos a pasar la noche juntos.
Tiro de las bridas otra vez con todas mis fuerzas. La silla cruje. No cede.
—No vas a tocarla, inu [12] .
—Demasiado tarde para eso —dice, y algo en su tono, algo tranquilo, saciado y profundamente enfermo, hace que se me revuelva el estómago—. La toqué hace meses. Ni te imaginas cómo se abría su piel bajo el látigo.
El almacén entero se queda en silencio.
—Las subastas —continúa con la naturalidad de quien habla del tiempo—, yo iba por los contactos, no por la mercancía. Pero aquella noche había una mujer distinta. Una que me obsesionó. Harrington pujó. Pero prometí que si alguna vez la volvía a ver sería mía.
No respiro. No puedo. Todo mi cuerpo se ha convertido en piedra.
Y me vuelvo loco. Siempre me he caracterizado por guardar el control, no obstante, imaginar lo que tuvo que pasar Sheila a manos de esos dos enfermos hace que toda mi cordura desaparezca.
—Te voy a matar. ¿Me oyes, Kaito? Voy a soltarme de esta silla y te voy a arrancar la garganta con mis manos.
Todo pasa muy deprisa.
A pesar de que estoy atado, lanzo todo el peso de mi cuerpo hacia delante.
La silla se levanta de las patas traseras durante una fracción de segundo y después vuelca con estrépito contra el suelo de hormigón. El impacto me sacude la espalda y el aire abandona mis pulmones de golpe, pero el dolor ya no significa nada.
Solo existe el hombre al que quiero matar.
Ruedo sobre el suelo sin importarme que me golpeo, en el proceso, las costillas magulladas. La silla chirría, una pata se parte al chocar contra una columna metálica y aprovecho la inercia para incorporarme como puedo, todavía atado a ella.
Kaito da un paso atrás, sin verse venir mi arrebato.
Nadie espera que un hombre al que han molido a palos consiga levantarse
Yo tampoco. Pero no lucho por mí, sino por Sheila. Por vengarme de lo que le hicieron.
Aprieto los dientes hasta sentir cómo la mandíbula amenaza con desencajarse y tiro de los brazos con toda la fuerza que soy capaz de reunir. Las bridas se incrustan todavía más en mis muñecas. Siento la piel abrirse y el calor de la sangre resbalando por mis manos, pero continúo tirando.
El plástico no cede, hasta que el respaldo estalla y uno de los listones sale despedido por los aires.
El brazo derecho queda libre y Kaito maldice entre dientes.
No le doy tiempo a reaccionar.
Arranco uno de los brazos de la silla de un brutal tirón y el plástico me corta la piel hasta casi tocar el hueso, pero, al fin, la segunda tabla también termina cediendo.
Ahora solo quedan los tobillos.
Apoyo ambos pies contra el suelo y me impulso hacia arriba con tanta violencia que las patas delanteras se rompen bajo mi peso. La silla termina deshaciéndose alrededor de mis piernas.
Cada movimiento hace que se claven en la carne, pero no me importa la sangre que resbala por los tobillos y me empapan los zapatos.
Cuando me encuentro suelto, Kaito ya viene hacia mí. Veo el destello de la daga que empuña en una de sus manos.
Su grito reverbera en todo en almacén cuando intenta clavármela.
Inclino el cuerpo en el último instante y la hoja me roza el cuello antes de incrustarse en el respaldo destrozado de la silla. Aprovecho la proximidad para golpearle el antebrazo con todas mis fuerzas.
La daga cae al suelo mientras le estampo la frente contra la nariz.
Escucho el crujido al habérsela partido. Retrocede tambaleándose a la par que la sangre comienza a empaparle el rostro.
No tarda ni un segundo en recuperarse. Siempre ha sido bueno peleando, por eso Takana lo mantuvo cerca tantos años y yo nunca sospeché de él.
Me lanza un puñetazo que consigo bloquear a medias. La costilla rota protesta cuando recibo el impacto y no tengo tiempo para devolverle otro golpe directo al estómago.
Kaito ni se inmuta y su rodilla impacta contra mis costillas. El dolor me obliga a doblarme sobre mí mismo. Y Kaito aprovecha para agarrarme por la nuca y estrellarme contra una estantería metálica.
Varias cajas caen a nuestro alrededor y noto cómo la sangre caliente me resbala por la frente.
—¡Siempre fuiste el perro favorito de Takana! —escupe mientras vuelve a lanzarse sobre mí.
Lo recibo con un codazo en la mandíbula.
Los dos perdemos el equilibrio y rodamos por el suelo entre herramientas y tablones de madera.
Él todavía conserva la ventaja. Y yo casi no puedo respirar.
Siento cómo me voy debilitando a causa de la sangre que voy perdiendo por las muñecas, por los tobillos y ahora por la cabeza, pero no pienso desistir. Si tengo que morir, lo haré llevándolo conmigo.
Recibo un puñetazo que me desplaza unos metros por el suelo.
Tanteo a mi lado y encuentro uno de los extremos rotos de la silla.
Kaito ya está encima de mí, con la daga de nuevo en sus manos, por lo que le clavo una de las astillas en el hombro.
Gruñe y, por acto reflejo, deja caer de nuevo la daga.
Me abalanzo sobre él justo cuando sus dedos intentan rodear la empuñadura. Forcejeamos cuerpo a cuerpo mientras la hoja queda atrapada entre los dos.
Su respiración golpea mi rostro a la par que la mía apenas existe.
—¡Voy a acabar contigo! —ruge.
Cuando la punta comienza perforar mi esternón, se escuchan disparos en el exterior.
Kaito deja de ejercer fuerza y aprovecho el despiste para volver a golpearlo. Esta vez mi puño impacta contra su garganta. Se queda sin aire. Salgo de debajo de su cuerpo y echo a correr, ocultándome entre la decena de estanterías.
Los disparos aumentan, acompañados por gritos. Mientras intento recuperar el aliento, me percato de que alguien los está atacando.
—¡Jefe, nos han encontrado!
A través de los estantes observo a Kaito apretar la mandíbula. Se debate entre venir a terminar lo que ha empezado conmigo o huir antes de que quien sea que esté fuera lo encuentre.
—¡Sacad la mercancía antes de que entren!
Su hombre desaparece y es entonces cuando Kaito introduce la mano bajo la chaqueta y extrae una pistola.
Voy a morir.
No porque no haya escapado de situaciones peores, sino porque comprendo demasiado tarde el error que he cometido al interpretar a mi enemigo.
Hasta ahora había luchado siguiendo el código enfermizo que él mismo se había impuesto.
Necesitaba derrotarme cara a cara, demostrar que el supuesto Samurái era superior al ejecutor de Takana, vencerme con una daga entre las manos y mirándome a los ojos.
Por eso no sacó ni siquiera el arma cuando seguía atado a la silla.
Aceptó una pelea que podía haber evitado desde el primer momento.
Ahora todo eso ha dejado de importarle, porque no esperaba que fuera hubiese una emboscada.
Me he convertido en un obstáculo que piensa eliminar por el camino más rápido.
Retrocedo entre las estanterías mientras noto la sangre resbalando por mis muñecas y mis tobillos, todavía aprisionados por las bridas rotas.
Cada paso hace que las heridas vuelvan a abrirse, pero el dolor ha dejado de existir.
Solo escucho los disparos procedentes del exterior, los gritos de hombres que chocan entre sí y el estruendo de las cajas cayendo al suelo mientras el almacén entero parece haberse convertido en un campo de batalla.
Kaito avanza despacio, sujetando el arma con ambas manos y sin dejar de buscarme entre los pasillos de estanterías. No tiene ninguna prisa. Sabe que estoy herido, agotado e indefenso.
Cuando por fin nuestras miradas vuelven a encontrarse, veo cómo una sonrisa torcida se dibuja en su rostro. Es la sonrisa de un hombre que disfruta matando. La he visto demasiadas veces frente al espejo para no reconocerla.
Levanta el brazo, apuntando directo a mi pecho.
Doy un paso adelante para recibir a la muerte de frente.
Es en ese preciso instante cuando algo blanco cruza mi campo de visión con la velocidad de un relámpago.
Al principio mi cerebro ni siquiera procesa lo que está viendo. Solo percibo un destello entre nosotros, sumado a una silueta que aparece desde uno de los laterales del almacén mientras una voz demasiado conocida rompe el aire.
—¡Despídete de tu vida, maldito hijo de puta!
El tiempo deja de avanzar. Siento cómo el corazón se detiene dentro de mi pecho.
No.
Ella no.
«¿Qué demonios hace aquí?».
Quiero gritar su nombre, correr y apartarla, pero lo único que alcanzo a ver es cómo Kaito gira el arma hacia la figura de cabello blanco que acaba de interrumpirnos y una expresión de auténtico odio deforma su rostro.
—Ya eres mía, Loba.
Después suena un disparo y el mundo entero deja de girar.