Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 35
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Capítulo 35

Takana

E l vaso lleva horas hecho añicos contra el suelo. Aún no he llamado a nadie para que recoja los cristales.

Me gusta mirar cómo brillan en la penumbra del despacho.

«Mi hija está viva».

Llevo toda la noche repitiéndome lo mismo y todavía no consigo que las palabras encajen del todo en mi cabeza.

Tengo cincuenta y cinco años, he construido y defendido un imperio, he enterrado a una esposa que me traicionó y prefirió quitarse la vida.

Y la noticia que ha logrado quebrarme me la ha traído mi propio ejecutor, arrodillándose ante mí, pocas horas antes de desaparecer.

Debería haberlo matado. Mi mano llegó a la katana . Sin embargo, lo dejé marchar con la promesa de que me llevaría hasta ella.

No ha cumplido.

Antes del amanecer, Renji ha venido y me ha informado de que Kuni ha desaparecido en mi propio jardín. Que había sangre en la grava y su teléfono móvil con la pantalla partida.

Nada más.

Alguien se lo llevó a pocos metros de esta habitación mientras yo, al otro lado de la pared, descubría que mi hija está viva.

La verdad la descubrí hace dos años de manos de Rin.

La confesión de Hanae Takamori, la anciana que se llevó a la tumba el peor de los secretos: que Akemi, mi esposa, le entregó una criatura recién nacida la noche de un temporal con la orden de hacerla desaparecer.

La niña tenía los ojos claros de su madre.

La geisha no fue capaz de obedecer y se la confió a una misionera que partía del país.

Pero la frase que me rompió en pedazos fue descubrir que Astrid, mi amada Astrid, no me abandonó, sino que murió a manos de la mujer que durante años dormía a mi lado de la cama.

Construí mi imperio sobre ese rencor. Me casé con Akemi sin amor, solo por pagar una deuda que debía por perdonar la vida de Kuni Takeshi, el hombre que ahora ha conspirado contra mí.

Cuando terminé de leer aquella confesión, encontré a Akemi en el jardín interior. Le tendí el papel sin una palabra y ella lo leyó sin que le temblara una pestaña.

—¿Vas a negarlo? —le pregunté.

—¿Serviría de algo? —Dejó las tijeras de podar sobre la piedra con delicadeza—. Llevaba a tu hija en el vientre mientras yo esperaba que cumplieses tu palabra y me desposases. ¿Qué esperabas que hiciera una Kusari con semejante humillación?

Salí del jardín de invierno porque, si me quedaba un minuto más, no respondería de mí. Y necesitaba enfriar mi furia para acabar con su vida.

Akemi no salió.

Eligió la opción de quitarse la vida antes de que lo hiciese yo. Me conocía lo suficiente para saber que lo haría. La Yakuza dictaminó lo de siempre: asuntos privados. Yo cedí territorios a los Kusari para calmar a Nakamura, su hermanastro, y el mundo siguió girando.

Nadie supo que aquella noche no perdí una esposa, sino que, con su partida, afloró la posibilidad de encontrar a mi hija.

Llevo dos años cortejando a los Kusari desde entonces. Tragándome el orgullo, financiando a Nakamura, sentándome a su mesa, buscando entre su gente a quienes ayudaron a Akemi aquella noche. Renji creía que había perdido el juicio. Takeshi me miraba como si me hubiese vuelto un traidor.

Qué ironía. Yo me aliaba con el enemigo para saber qué sucedió con Astrid y aquel bebé cuando el verdadero traidor la ha tenido en su casa.

Daichi entra sin llamar, lo que me sorprende.

— Oyabun . Renji ha vuelto. —informa. Y lo veo dudar—. Viene acompañado y exigen verle.

«¿Exigen? A mí nadie me exige nada desde hace más de treinta años».

—Que pasen.

La puerta se abre y el mundo entero se detiene.

De cerca es peor. O mejor. No lo sé.

Esos ojos azules…

No azules como el acero ni como el mar de las postales. Son tan azules como un fiordo en enero. Azules como solo he visto unos ojos en toda mi vida, hace treinta años, en un puerto, discutiendo con un pescador en un japonés imposible y riéndose de su propio acento.

Me fijo en cómo levanta la barbilla, de manera desafiante. Aunque, por mucho que lo oculte, le tiemblan las manos.

Dios… Si supiera de quién ha heredado esa forma de plantarse.

No se parece en nada a la maiko que nos atendió ayer. ¿O ha sido hoy? Llevo sin dormir casi más de veinticuatro horas, por lo que no sé diferenciar el tiempo que ha pasado.

Ella también me mira. En sus ojos no se ven el más mínimo temor por estar ante un oyabun .

Es mi sobrino, quien he criado desde que mi hermano falleció, quien rompe el silencio.

—Takana-sama. Vuelvo a pedirle que me deje disponer de todos los hombres del clan. Hay que encontrar a Takeshi antes de que…

—No.

—Tío…

—Kuni Takeshi me ha traicionado. —Me sorprende la calma de mi propia voz.—. Y tú lo sabías. Mi propia sangre lo sabía. Así que no. No voy a mover un solo hombre por él.

—No puede hablar en serio.

—Le prometí un castigo. Por mi parte tiene lo que se merece.

—¡Es su ejecutor! ¡Le ha servido media vida!

—¡Me ha robado la otra media!

El grito hace retroceder a Daichi, que permanece en un segundo plano. Sin embargo, Renji aguanta estoico mi arrebato.

Y ella… Ella da un paso al frente.

—Tiene razón.

Su voz.

Es la primera vez que la oigo dirigida a mí. Suena ronca, con un acento tan extraño que me hace querer saber quién le enseñó o dónde aprendió el idioma que le pertenece por nacimiento.

—¿Perdón?

—Que tiene razón. —Levanta más la barbilla, y me cuesta sostenerle la mirada porque es como mirar un espejo de otro tiempo—.

Kuni Takeshi me ocultó algo trascendental.

Me buscó, me estudió, me trajo hasta aquí sin toda la información.

Anoche descubrí lo que soy para él y me marché de su casa jurando que no volvería a mirarlo a la cara.

—Le tiembla la voz, aun así, consigue dominarse—.

No vengo a pedirle que lo salve porque sea inocente. No lo es.

—¿Entonces?

—Vengo a pedírselo porque, sin él, dudo que usted y yo estuviésemos en la misma habitación.

—Él lo único que ha hecho es alejarme de mi propia sangre.

—Si no me equivoco, lleva dos años buscándome con todo su imperio y no me encontró.

—Sus ojos, los ojos de Astrid, me miran sin parpadear—.

Takeshi lo hizo. Por las razones equivocadas, de la peor manera posible, pero me encontró.

Renji me ha contado que, en lugar de dejar que lo descubriera por otros, vino aquí a confesárselo a la cara sabiendo lo que le costaría.

—Observo cómo traga saliva—. Usted es mi padre.

Y esta es la primera cosa que le pido en la vida.

Probablemente la única. —Hace una mueca y cada vez veo más a su madre en ella—.

No deje a su suerte al hombre que me ha traído hasta aquí.

Llevo dos años imaginando qué le diría a esta mujer si el destino me la devolvía alguna vez. Imaginé mil primeras conversaciones y en ninguna de ellas era ella quien se plantaba frente a mí y me pedía que le salvara la vida a otro hombre.

Me levanto y rodeo la mesa. Tengo cincuenta y cinco años, pero el corazón me late como si tuviera veinte.

Me detengo frente a ella.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto.

—Yuki.

—Tu nombre real, no el que te puso él.

Observo cómo le tiembla la barbilla.

—Sheila. Me llamo Sheila.

—Sheila. —Pruebo el nombre en mi boca. Tan extranjero y tan suyo—. Tienes los ojos de tu madre.

Veo cómo esta vez se le humedecen, pero no aparta la mirada.

—¿Va a ayudarme o no?

Y ahí está. Astrid entera. Viva, furiosa, magnífica, plantada en mitad de mi despacho exigiéndome guerra.

—Solo si dejas de llamarme de usted.

No permitiré que mi propia hija me trate como a un desconocido, aunque no sea más que eso para ella.

Desvía la mirada un segundo, cuando la vuelve a posar en mí solo hay determinación.

—¿Vas a ayudarme?

Sonrío. Y miro a Daichi por encima de su hombro.

—Despierta a todo el clan entero, hasta el último soldado. —Me abrocho la chaqueta—. Y avisa a Nakamura de que voy a cobrarme cada favor que le he hecho en dos años. Esta noche, Japón entero va a buscar a Kuni Takeshi.

Renji suelta el aire que estaba aguantando.

Mi hija no sonríe. Asiente una sola vez, como un general que acaba de recibir la orden que esperaba.

Definitivamente, es igualita a su madre.

—Una cosa más —añado, y ella se detiene—. Cuando todo esto acabe y encontremos a ese hombre, tú y yo vamos a tener una conversación muy larga.

—Ya veremos…

Se me curva la comisura de los labios.

—Es lo mínimo que pido a cambio de buscar a Kuni Takeshi.

—¿Estás negociando?

Entrecierra esos ojos noruegos.

—Me merezco veinticuatro años de conversación.

Noto cómo algo en su cara se ablanda. No llega a ser una tregua, aunque se le parece.

—Empecemos por unos minutos y luego ya veremos —murmura por lo bajo.

«Me conformo», pienso mientras salimos juntos del despacho, en busca del hombre que nos ha unido a base de mentiras.