Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 34
85%

Capítulo 34

Sheila

D espués de cuarenta minutos, el taxi me deja frente a una fachada de muros altísimos. Me he pasado todo el trayecto mirando por la ventanilla, con el móvil apretado en la mano y mi cabeza en una casa enorme a la que había empezado coger el gustillo.

¿Cómo es posible que solo en unos días me haya sentido más a gusto y segura que en la mayoría de los lugares en los que he vivido?

Dos hombres de seguridad se dirigen hasta mí cuando me acerco a la verja. Van armados. Y me doy cuenta de que ya ver sus pistolas bajo sus chaquetas ni me sorprende.

¿En eso se ha convertido mi vida? ¿En no sorprenderme cuando alguien se planta frente a mí con algo tan terrorífico y que podría volarme la tapa de los sesos de un disparo?

—¿La señorita García?

Me reiría al referirse de esa forma hacia mí, parece que fuese alguien importante como la difunta Lady Di.

—Sí. Yuri me espera.

Me niego a llamarlo en estos momentos señor Novikov. Él también me ha ocultado información crucial, que agradezca que no me dirija a él como «el perro traidor me espera».

Hago el resto del camino hasta la vivienda principal a pie. Tardo bastante en recorrer la carretera serpenteante rodeada de vegetación.

Qué bonito es Japón. Y qué poco he podido disfrutarlo.

Al llegar a la casa, es Marco quien me recibe en el umbral.

—No lo mates, por favor.

Observo al socio de Isabella y entrecierro los ojos. Y no. No hay abrazos a modo de saludo.

—Es lo mínimo que se merece.

Paso al interior, aunque no tenga ni idea de a dónde debo dirigirme.

—Al fondo a la derecha. —Me echa un cable Marco—. Por lo menos dame unos treinta minutos a que pirateé su testamento para me incluya en él.

¿Eso que ha salido del friki informático ha sido una broma?

Hoy precisamente no estoy para bromas. Yo, que ese es mi modo de vida. Al final han conseguido que pierda mi chispa.

Llego a un gran salón y ahí está Yuri.

—Tú…

Lo señalo.

—Así que ya te lo ha contado.

—¡No sonrías! ¡Ni se te ocurra divertirte con todo esto!

—Querida krasivaya , si no lo hiciese, omitiría la mejor parte de la vida.

—Mis putos dramas no son para tu entretenimiento.

—Discrepo…

«Lo voy a matar».

—Marco —suelto sin quitarle los ojos a Yuri—, tienes diez minutos para hacer lo que me has dicho. Y asegúrate de incluirme a mí.

Marco ríe a mi espalda. Pasa por mi lado y se sienta en un sillón cerca de donde se encuentra Judas. En eso es en lo que se ha convertido Yuri para mí.

—Tú y yo somos de la plebe, Sheila. No sabríamos qué hacer con tanto dinero.

—Con testamento o sin él me la suda. Te voy a matar.

—Oh, tan sanguinaria. A la altura de la hija de un jefe de la Yakuza.

—No me hace ni puta gracia. Mi vida se ha convertido en una historia kafkiana —Me dejo caer en otro sillón y me tapo la cara con las manos—. Es como si, en cada paso que doy, las reglas del juego cambiaran todo el tiempo. Nadie se molesta en explicármelas y, aun así, me exigen cumplirlas.

—Yo creo que era lo más natural que ocurriese.

Me destapo la cara. La mirada que le dedico a Yuri podría incinerarlo.

—Para ti, todo lo que sea un drama es natural. Tu opinión no cuenta.

—Piénsalo bien, krasivaya . Tus dos mejores amigas provienen de familias mafiosas.

Y, si eso no fuera suficiente, las dos han terminado enamorándose de hombres que lideran organizaciones enfrentadas a las de sus propias familias —dice con una sonrisa cargada de ironía—.

Lo extraño era pensar que tú, la única que ha sobrevivido al infierno sin dejar que la destruya, fueras hija de una familia corriente.

—Lo corriente es bueno.

«Cuando eres una persona corriente no tienes tantas posibilidades de que te secuestren, te vendan o intenten matarte».

Yuri deja escapar una risa antes de negar con la cabeza.

—Nunca he dicho lo contrario. Lo corriente es, probablemente, lo más valioso que existe.

Despertarte cada mañana pensando en llegar a tiempo al trabajo, discutir con tu pareja porque ha dejado los calcetines tirados en el suelo, preocuparte por la hipoteca o por pagar los recibos…

Esa clase de problemas son un privilegio para quienes nacieron lejos de nuestro mundo.

Se acomoda en el respaldo de la silla de ruedas.

—Muchos de los que vivimos rodeados de violencia mataríamos por una vida así. Irónico, ¿verdad? Pasamos media existencia quitando vidas para proteger un estilo de vida que jamás podremos tener.

Me descalzo y subo los pies al asiento, colocándolo debajo de mi cuerpo.

—Vine buscando a una madre que no existía, Yuri, para al final descubrir que fue ella quien le quitó la vida a la verdadera.

Observo cómo él abre los ojos sorprendido.

—¿No lo sabías?

Niega.

—Cuando te marchaste decidí investigar tus orígenes. O, mejor dicho, los orígenes que tú creías tener. Cuanto más profundizaba, menos sentido encontraba a la historia de que Akemi fuese tu madre.

Lo escucho sin apartar la vista de él.

—Nadie podía demostrarlo. No había registros. No existían fotografías de un embarazo.

—Cuando sor Victoria me lo contó, di por hecho que lo ocultó por miedo.

Ahora hasta a mis propios oídos suena inverosímil.

—No me cuadraba el interés repentino que tuvo Takeshi por ti. Y no me sirve la excusa barata que fabricó que fue porque le faltases el respeto.

Frunzo el ceño.

—Sí, yo tampoco me lo tragué, pero era mi billete directo para poder venir aquí.

—Lo sé, krasivaya . Lo sé. —Suelta un suspiro—. Reclamé varios favores de personas influyentes de esta ciudad.

—¿Personas influyentes?

—El gobierno. —Abro los ojos —. Todas las mafias operan gracias a que el gobierno mira para otro lado, Sheila. De cara a la galería, a sus votantes, intentan erradicarlas, pero son los primeros beneficiados de que existan.

—Todo muy poquito corrupto. Sí, señor.

—Es hora de que comprendas una verdad universal: las mayores mafias sobreviven gracias a nuestros gobernantes.

—Asiento, dándole la razón—. Un ministro japonés, del que prefiero reservar su identidad, me comentó que antes de que el poderoso Takana Haito contrajese matrimonio, estuvo perdidamente enamorado de una joven noruega.

Se me atora la respiración en la garganta.

—Me contó que esa mujer sí había estado embarazada de Takana, pero antes de que ese bebé naciese, ella huyó del país, abandonando al jefe de la Yamitsuru-kai . Pero por lo que me acabas de confesar, supongo que en sus planes nunca estuvo el marcharse.

—La mató Akemi para poder casarse con el oyabun —termino por él.

—Con el oyabun no, Sheila, con tu padre.

Aún me cuesta creer que eso sea cierto.

Justo hoy he estado delante de él. Le he servido sake. Y lo he hecho mientras intentaba espiar la reunión para informar a…

—Estoy demasiado cansada para analizarlo —comento, cortando el hilo de mis pensamientos.

—Marco.

El hacker se pone en pie en cuanto el ruso pronuncia su nombre. Sigo sin tener claro qué son exactamente el uno para el otro. ¿Socios? ¿Amigos? ¿Pareja?

«¿Qué demonios pasa entre estos dos?».

—Acompaña a nuestra krasivaya a una de las habitaciones de invitados.

Marco me sonríe y me hace un gesto con la cabeza para que lo siga.

—Y tú, Sheila… Descansa todo lo que puedas. Tengo la sensación de que, en cuanto Takana descubra la verdad, no tardará en querer conocerte.

No sé el tiempo que ha pasado cuando unos golpes en la puerta me despiertan sobresaltándome. Me llevo una mano al pecho, intentando controlar mis latidos.

—¿Sheila?

—Pasa, Marco.

La puerta se abre y mi amigo asoma la cabeza. Tiene el pelo un poco revuelto.

—Perdona que te haya despertado, pero tienes que venir.

—¿Qué hora es? —le pregunto restregándome los ojos.

«Dios, me mata el dolor de cabeza».

—La hora de que saques tu culo de la cama cagando leches. —Hago el amago de abrir la boca para mandarlo a la mierda, pero me interrumpe —: ¡Al comedor, ya!

Cinco minutos después, atravieso el pasillo adormilada con el dolor de cabeza martilleándome las sienes. Cuando me tiré a la cama ni siquiera me cambié de ropa, por lo que sigo en mis leggins negros y una camiseta de tirantes del mismo color.

En cuanto cruzo la puerta del comedor, me quedo quieta bajo el quicio al ver a Renji.

—Si has venido a ser el abogado del diablo, ya te puedes largar.

Está de pie junto a una de las ventanas, completamente empapado. Tiene el pelo pegado a la frente, la camisa manchada y unas ojeras que le llegan al suelo.

Nuestros ojos se encuentran y no hago el menor esfuerzo por disimular mi molestia.

—Sé que tienes motivos para estar confundida.

—No estoy confundida, estoy cabreada, que es peor.

La sombra de una sonrisa cruza su rostro, pero desaparece antes incluso de que llegue a formarse.

—Necesito tu ayuda.

—No —me niego, cruzando los brazos.

—Créeme que, si hubiera otra persona a la que recurrir, no estaría aquí.

—Deberías escuchar lo que tiene que decir Takana-san —se inmiscuye Yuri.

—¿Por qué? ¿Es cosa de primos o algo así?

Intercambia una rápida mirada con Yuri antes de volver a fijarse en mí.

—Yuki…

—Más Yuki no. Me llamo Sheila. Sheila García.

Me da igual lo que vengas a decir. Tu querido amigo y tú me utilizasteis en vuestro propio beneficio.

Vale que yo acepté, pero me ocultasteis algo demasiado importante —lo enfrento—.

¿Os lo pasasteis bien? Puedo imaginarme vuestras conversaciones.

Pobre españolita, está tan desesperada por descubrir algo sobre su madre que podremos utilizarla a nuestro antojo.

—No se trataba de eso.

—¡Era exactamente eso! —me exaspero.

Renji se pasa una mano por el pelo húmedo. Varias gotas salen disparadas en todas direcciones.

—Takeshi ha desaparecido.

«¿Qué?».

Siento cómo se me anuda el estómago.

—No me extraña que haya salido por patas. En cuanto se entere vuestro oyabun de que habéis estado conspirando contra él, os matará.

—Kuni Takeshi no es un cobarde —lo defiende con vehemencia—. Se trata de todo lo contrario. Tras confesarte la verdad, al muy idiota no se le ocurrió otra cosa que ir a confesarle todo a mi tío.

«¿Que hizo qué?».

—¿Takana lo ha matado?

«Cuidado, Sheila, va a parecer que después de todo sí que te preocupas por Takeshi», me dice una voz en mi interior.

—Por sorprendente que parezca, Takana le dejó salir vivo de su casa. Ese es el último lugar donde se le pierde el rastro —me informa—. Su coche sigue allí. En el aparcamiento hay restos de sangre. Algo le ha pasado. Takana se niega a mover un dedo por él.

—¡Es su ejecutor!

—Y el hombre que, como bien has dicho, ha conspirado contra él y le ha ocultado a su hija. —Me señala.

Lo reconozco. Estoy preocupada. Una cosa es que esté enfadada con él y otra muy distinta que quiera que le ocurra algo malo.

—¡Tenemos que buscarlo! Yuri, ¿cuántos hombres has traído?

—No los suficientes para implicarnos en un rescate —niega el ruso.

—Si Takana no ayuda, con eso tendrá que bastar.

Si fuese al revés, sé que Takeshi iría solo si hiciese falta.

—Hay una forma de que Takana ponga Japón patas arriba hasta encontrarlo.

—¿Cuál?

—Que se lo pidas tú. Conozco a mi tío y dudo que le niegue nada a su propia hija.

«Joder».

Cierro los ojos.

Ni siquiera tengo que pensármelo. Los vuelvo a abrir con determinación.

—Vamos. No perdamos el tiempo.

Es hora de conocer a mi padre. Nunca pensé que, en vez de decirle «encantada», le pidiese que me prestase a su Yakuza para buscar al hombre que conspiró contra él.

Pero es Takeshi del que hablamos. Puede que me haya mentido, utilizado, sin embargo, me ha dado algo muy importante para mí.

Me ha hecho volver a ser dueña de mí misma.