Capítulo 33
Takeshi
L a casa se queda vacía cuando ella se va.
Es la misma de siempre. Las mismas paredes, los mismos techos altos, el mismo silencio que llevo años eligiendo por encima de cualquier compañía.
Durante toda mi vida este vacío ha sido lo único que me pareció honesto. Un hombre como yo no debe llenar los espacios. Sin embargo, desde que Sheila llegó a mi vida, cada vez lo odio más.
«Te elijo».
Me siento en el borde de la cama. Las sábanas todavía conservan su calor y su olor. Me quedo aquí, con los codos en las rodillas y las manos colgando, mirando el suelo, como si de esa forma pudiese hacer desaparecer el dolor que siento en el pecho.
No lo hace.
Sigo siendo el hombre que se ha pasado toda una vida presumiendo de no sentir nada y que acaba de descubrir, demasiado tarde, cuánto puede doler cuando comienzas a sentir.
«Me lo merezco».
Ese es el pensamiento que no consigo apartar.
No solo que me duela, sino que me lo merezco.
Cada palabra que me ha escupido antes de marcharse era verdad.
La usé. La busqué para que fuese una herramienta, la traje como se transporta una mercancía, la coloqué en el tablero como se coloca una pieza.
Y cuando dejó de ser una pieza, cuando se convirtió en la única persona en mi vida capaz de hacerme sentir algo, ni siquiera tuve el valor de contárselo a tiempo.
Fui a hacerlo demasiado tarde, cuando aún permanecía desnuda en mi cama, para que terminase mirándome con la decepción supurándole por cada uno de sus poros.
En algún momento me levanto, me ducho y me visto. Acciones mecánicas que soy capaz de realizar sin pensar.
Una vez listo, me dirijo a la cocina y me sirvo un vaso del licor más fuerte que tengo mientras me quedo de pie frente al ventanal, viendo cómo la lluvia resbala por el cristal.
Intento sacarla de mi cabeza, por eso pienso en Renji, en mi madre y en los dos años que llevamos los tres cargando este secreto, sabiendo que el día que estalle será una bomba.
Lo hicimos por el clan. Por la Yamitsuru-kai . Porque si Takana se desviaba, si arrastraba a todos hacia el precipicio, esperaba que ella fuese la palanca que lo detuviera. Era un buen plan. Frío, pero bueno. La clase de plan que yo sé hacer.
El problema es que los planes fríos exigen un hombre frío para ejecutarlos. Y, gracias a Sheila, yo he dejado de serlo.
Miro la ciudad y sé cuál va a ser mi siguiente movimiento. No será el correcto para el plan, pero sí para ella.
Por primera vez tengo que hacer las cosas bien, por mucho que eso perjudique el clan.
Ya no es un secreto. Yuri Novikov también lo sabe.
¿Cuánto tardará en cobrarme el favor de guardarme el secreto? ¿Me tendré que convertir en su ejecutor también?
No. No puedo. Estoy agotado de esta vida.
¿Quién no me dice que, si me niego, no irá con el cuento a Takana?
Cuando la verdad estalle, que va a estallar, no quiero que le salpique a Sheila.
Solo hay una forma de que eso no ocurra. No quiero convertirme en el hombre mezquino que ella cree que soy.
Takana debe saberlo por mí. Ni por Yuri ni por cualquier enemigo que la quiera usar como intenté hacer yo.
Fui quien la encontró y debo ser quien se lo diga a la cara.
Asumiré las consecuencias de mis actos. La deslealtad se paga con sangre. Y estoy dispuesto a ofrecer la mía.
Cojo las llaves y, de camino a casa de mi oyabun , llamo a Renji. Me salta el buzón y le dejo un mensaje de voz, contándole lo sucedido y lo que me propongo hacer.
Puede que vaya directo hacia mi propia muerte, pero es lo que merezco por haber hecho daño a mi flor blanca.
La casa de Takana Haito es tan ostentosa como cualquiera espera que sea la de alguien que dirige una de las Yakuzas más importantes de todo Japón.
A pesar de las horas que son, la verja se abre y me reciben sin preguntas; soy el ejecutor, tengo entrada libre sean las horas que sean.
Me bajo del coche y me dirijo hacia la puerta de entrada.
El ama de llaves me acompaña hasta el despacho y se retira con una reverencia tras informarme de que el señor está despierto.
Claro que lo está. Pocas veces he visto dormir a ese hombre.
—Takeshi. —Levanta la vista de unos papeles—. Tarde, pero al fin apareces.
—Lo sé, oyabun . —Inclino la cabeza a modo de saludo.
—Los Kusari están alterados. Uno de los americanos ha aparecido muerto esta noche en su hotel. —Me observa con esos ojos que llevan décadas leyendo a los hombres—. Un tal Harrington. ¿Sabes algo de eso?
—Sí. Yo encontré el cadáver.
No tiene sentido mentir cuando vengo a desvelar toda la verdad.
No cambia su semblante, pero veo cómo se tensa bajo su chaqueta.
—¿Por qué no se me ha informado?
—Era un asunto personal.
—En la Yamitsuru-kai nada es personal. —Esta vez sí se le endurecen sus rasgos.
—Lo es cuando era yo el que fui con intenciones de matarlo. Lástima que alguien se me adelantó.
—¿Y por qué ibas a matar a un invitado, exponiendo a todo el clan, sin mi autorización?
Ha llegado el momento.
Lo he ensayado en el coche entero. Cada palabra. Y ahora que estoy aquí, delante de él, con la lámpara baja proyectando sombras en su cara de piedra, todas las palabras me parecen insuficientes.
Así que elijo las más simples.
—Porque le hizo daño a una mujer. —Sostengo su mirada—. Una mujer que llevo meses ocultándole a usted, oyabun .
Takana cruza las manos sobre la mesa despacio.
—Explícate.
—Hace dos años, mi madre encontró una carta. —Mi voz no tiembla.—. En ella había un secreto que pertenecía a esta casa. A usted. Un secreto que decidí guardar y usar, si algún día hacía falta, para proteger al clan de sus propias decisiones.
Omito que Renji estuviese al tanto. No quiero que mi wakagashira se vea involucrado. Espero que algún día se convierta en oyabun , aunque yo no pueda verlo.
—¿Qué estás queriendo decir, Kuni Takeshi?
Por mucho que lo pregunte, estoy seguro de que sabe a qué me refiero. Aun así, lo suelto:
—Encontré a su hija.
El silencio que se crea en el despacho es absoluto.
No he visto nunca a Takana Haito sorprendido. En casi diecisiete años que llevo bajo su mando ni una vez. Este hombre recibió la noticia de la muerte de su esposa sin que se le moviera un músculo, pero ahora el dolor le cruza el rostro.
—Repite eso.
—Tiene una hija.
—Sé que tengo una hija. El problema aquí es qué demonios sabes tú de ella.
—Está viva. La he tenido a mi lado casi tres semanas y por el camino he acabado enamorándome de ella —confieso en voz alta lo que con tanto ahínco he querido negarme a mí mismo—.
Pero esta noche le he contado de su existencia y le hecho tanto daño que nadie mejor que usted para que vengue a su propia sangre.
Le narro cómo la encontré. Que la traje a Japón sabiendo quién era y que planeaba usarla contra él si alguna vez cruzaba la línea. Y que ahora daría lo que fuera por no haberlo hecho.
Takana escucha sin interrumpir, inmóvil en su silla, con las manos entrelazadas sobre la mesa. Cuando termino, el silencio se estira tanto que oigo cómo comienza a llover y el agua choca contra las ventanas.
Me arrodillo en el centro de su despacho, apoyo las manos en el suelo como se hacía antiguamente y agacho la cabeza.
Sé lo que significa. Sé lo que la ley de nuestro mundo permite que me haga ahora mismo, y no pienso levantar ni un dedo para impedirlo.
Si va a matarme, que lo haga. Habré muerto haciendo por fin lo correcto, que es más de lo que puedo decir de casi todo lo demás.
Oigo cómo se levanta. Cómo rodea la mesa. Cómo sus pasos se detienen justo delante de mí.
Espero el filo de su katana , pero no llega.
—Levanta la cabeza.
Obedezco.
Takana Haito me mira desde arriba. En su cara no hay furia. Es el rostro descompuesto de un hombre de cincuenta y cinco años al que acaban de decirle que tiene una hija a la que nunca ha visto.
—No mereces ser mi shateigashira . —Por supuesto que no me merezco ser el jefe de soldados—. Pero me vas a llevar con ella.
—Lo haré solo si ella así lo desea.
—¡Me llevarás!
Esta vez grita y se acerca hasta su katana .
—Puede matarme aquí mismo, pero no volveré a tomar una decisión que ella no haya aprobado.
Takana permanece con el arma en alto.
No aparto los ojos de los suyos. Si quiere cortarme la cabeza, que así sea.
—¿La amas?
El horror en su cara resultaría divertido si mi vida no pendiese de un hilo.
—Con todo mi corazón ennegrecido.
Pasan varios segundos que se me hacen eternos.
—Ve a hablar con ella. Por tu propio bien, espero que acepte reunirse conmigo —dice, bajando la katana —.
Una vez que lo hayas conseguido, Kuni Takeshi, hablaremos de tu castigo.
Créeme que lo habrá. No te has ganado mi perdón, solo te has ganado seguir respirando el tiempo suficiente para arreglar lo que has roto.
—Sí, oyabun .
—Ahora, vete. —Se gira hacia el ventanal, dándome la espalda, y sé que lo hace para que no le vea la cara—. Vete antes de que cambie de opinión.
Me levanto. Hago la reverencia más profunda de mi vida.
Salgo del despacho con mi cabeza ya en la casa de Yuri Novikov. Por mucho que lo desee, no voy a pedir mi perdón, voy a intentar enmendar un error y que una hija quiera conocer a su padre.
El jardín está oscuro y huele a tierra mojada. La lluvia ha amainado hasta convertirse en una llovizna fina que apenas se ve, pero lo empapa todo.
Cruzo hacia el coche con la cabeza en otra parte. En ella. En cómo se lo diré. En si me dejará siquiera acercarme o si me pegará una patada nada más verme.
Sería muy propio de Sheila.
Estoy tan absorto que casi no lo oigo.
—Vaya horas para visitar al oyabun .
Me giro. Kaito emerge de entre las sombras del jardín con las manos en los bolsillos y esa calma suya de mueble que respira. Como siempre. El hombre en el que nunca reparo.
—Kaito —lo saludo. Mi mente sigue medio ausente—. Es tarde. ¿Qué haces aquí?
—Guardia. —Se encoge de hombros—. Ya sabes cómo se ha puesto todo con lo del americano. —Ladea la cabeza—. Tienes mala cara, Kuni. ¿Todo bien ahí dentro?
—Nada que te importe.
—¿Seguro? —Sonríe. Es una sonrisa rara. Nunca le había visto sonreír así—. Deja que te acompañe al coche. Con dos clanes cabreados y un cadáver caliente, esta noche no es buena para caminar solo.
Hay algo en su tono, en esa sonrisa, que no encaja con el hombre callado que conozco desde hace más de media vida.
Mi instinto, ese que me ha mantenido vivo toda la vida, hace que gire la cabeza. Aunque lo hago demasiado tarde y, de repente, siento el golpe en la parte trasera del cráneo.
«¿Qué demonios?».
Caigo de rodillas sobre la grava mojada sin entender del todo por qué se me han doblado las piernas. Lo último que veo antes de que todo se apague es a Kaito, agachado frente a mí, con una sonrisa enfermiza.
—No debiste apropiarte de lo que me pertenece —dice.
Tras eso, el mundo se vuelve negro.