Capítulo 32 #2
—¿Esto qué es, Takeshi…, tu picadero? —Abarco la casa.
—Maldita sea, ¿qué te hace pensar que estoy casado?
—Lo tienes grabado en la cara.
—¡No estoy casado!
—Ya, claro… Eso es lo que le dices a las pobres incautas como yo que caen rendidas ante ti.
De repente comienza a hablar tan rápido en japonés que me resulta imposible traducir lo que dice. Por sus aspavientos, mejor no hacerlo. Su lenguaje corporal me dice que está maldiciendo.
—¿Sabes qué? —Busco mi ropa, que está desperdigada por el suelo—. ¡Que me quiten lo bailado! Aquí el infiel eres tú, yo…
—¡Eres hija de Takana Haito!
Lo dice tan alto y tan convencido que, por un instante, me quedo quieta observándolo. Segundos después comienzo a reír como si estuviese poseída.
—Muy bueno. De verdad que eres único buscando excusas. Menuda joyita de marido… Si no quieres ayudarme a saber de mi familia, no importa. Ya buscaré por mi cuenta.
No responde.
Se queda ahí plantado, casi desnudo, a excepción de los calzoncillos, con las manos en la cintura y todos sus músculos visibles.
«Qué suerte tiene su mujer…».
—Takana no es mi padre. Akemi se enamoró y me concibió con un gaijin , como llamáis vosotros a los extranjeros. Por eso ella me tuvo que abandonar. Estaba prometida, y a riesgo de que…
—¡Akemi nunca fue tu madre, maldita sea! Ella mató a la que sí lo fue para poder casarse con Takana.
Esta vez, al mirarlo, comienzo a dudar.
—Mientes.
—No lo hago, Sheila. Ojalá lo hiciese. —Suspira—. Haber guardado este secreto acabará con mi vida. Habértelo ocultado a ti… —nos señala— acabará con una posibilidad entre nosotros.
No sé cómo sentirme. O, lo más importante, no puedo creerle.
Encuentro mi ropa y comienzo a vestirme.
—Di algo.
«Es imposible que Takana sea mi padre. Akemi fue mi madre. Ella murió, ella…».
—¿Por qué se suicidó Akemi?
Me giro. Takeshi me devuelve una mirada significativa.
—¿Tú que crees, Yuki?
—Yo no creo nada. Te lo pregunto a ti.
Se pasa una mano por el pelo, por esos mechones que hace un rato tenía enredados entre mis dedos mientras golpeaba en mi interior.
—Hace dos años, Takana descubrió lo que Akemi hizo. Supongo que para ella fue la forma más fácil de eludir la responsabilidad.
Cielo santo…
Me toco las sienes. Tengo tantas preguntas, y, una vez más, mi vida ha sido una mentira.
No soy capaz de formular ninguna. Me asusta descubrir la verdad. No sé si estoy o estaré, en algún momento, preparada.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Me enteré de que Takana tenía una hija hace dos años. Descubrí que eras tú hace unos meses.
—Cuando nos vimos por primera vez en el Mystral, ¿ya lo sabías?
—Sí —reconoce sin apartar los ojos de mí—. Estaba buscando a Hikaru, mi mejor amiga. Ella había sido secuestrada y su rastro me llevó a ti.
Me cuenta la fiesta en Venecia de La Sociedad de las Máscaras. Que pensó que era una amenaza para Takana. Tras aquello empezó a buscar información y descubrió que me habían secuestrado a mí también.
Cada una de sus palabras es un ladrillo que me cae encima. Lo sabía todo.
—Mientras permanecías desaparecida indagué en tu vida. Me obsesioné tanto con las fotos que tenías en tus redes sociales que, una vez, visitando a mi madre en la okiya , me pilló fisgoneando y me preguntó que de dónde había sacado las fotos del amor de Takana.
—N-no. No entiendo.
—Mi madre fue la que descubrió, a través de un diario que dejó su antecesora, la verdad. Ella le entregó esa parte a Takana, pero también depositó su confianza en mí. Según mi madre, a pesar de lo rasgados que son tus ojos, eres el vivo retrato de tu madre, Sheila.
«Mi madre…».
Joder.
Años anhelando conocer a una mujer que, según Takeshi, mató a la que me dio la vida.
Rin lo sabía. Ahora entiendo por qué se enfadó tanto con él cuando yo llegué. Ella sabía la verdad y no estaba de acuerdo con lo que estaba haciendo su hijo.
—¿Por qué me lo cuentas ahora?
Ni siquiera reconozco como mía la frialdad con la que hablo.
—¿No es evidente?
Señala la cama revuelta.
Maldita sea. Me he entregado al hombre que sabía la verdad de mi vida.
—Aunque hayamos follado… —le resto importancia a lo que ha sucedido entre nosotros—, podrías haber seguido ocultándolo.
—Intenté contártelo antes de que nos uniésemos.
«Unión». Sonaría tan bonito si no viniese de un vil mentiroso.
Es cierto. Antes de que le pidiese que me hiciese el amor ha intentado contarme algo. Pensé que se trataría del cabrón que me secuestró.
—¿Por. Qué. Ahora? —cuestiono con los dientes apretados.
Por unos segundos desvía la mirada.
—Quería que lo supieses por mí antes de que fuese Yuri quien te lo contase.
—¡¿Has hablado con Yuri?!
«¿Yuri lo sabe?».
Otra espina más para la colección que se me clava en el pecho.
—Fui a verlo en cuanto aterrizó.
Ni siquiera he hablado con él. He estado tan distraída con mi entrenamiento y la reunión que no me preocupé por si había llegado o no. Aunque él tampoco se ha puesto en contacto conmigo.
«¿Hay alguien a mi alrededor en el que de verdad pueda confiar?».
—Me trajiste aquí para que espiase a tu jefe con la excusa de salvar a tu clan.
—Todo eso es cierto.
—¿Lo es? Porque dudo que decidieses traer a la hija perdida solo para espiar a su padre. —Guarda silencio—. Querías utilizarme contra él, ¿verdad?
Takeshi agacha la cabeza con semblante arrepentido.
Por extraño que parezca, la voz me sale serena. Y eso es peor que si estuviese gritando.
—Soy un arma. Un detonador que usar contra Takana. La hija secreta que aparece en el momento justo para poder controlar al oyabun y que no se desvíe de tus ideales. Me metiste en tu casa y en tu…
—¡No! —me corta—. Lo que ha ocurrido en esta cama solo nos involucra a ti y a mí.
Veo que da un paso en mi dirección y estira la mano.
—No te acerques —le ordeno, y se para en seco—.
No te atrevas a tocarme. —Las lágrimas se me acumulan en los ojos y no les doy permiso para que se derramen—.
Acabo de… Me he entregado a ti. Te he dicho que te elegía.
—Trago el nudo que me asfixia—. ¿Sabes lo que me ha costado eso?
¿Tienes la más mínima idea? Has sido igual que ellos.
Eso lo atraviesa.
—¡No me compares con ellos!
—¡¿Por qué no?! —vocifero, y me tiembla la barbilla—. Ellos me usaron como parte de un asqueroso negocio. Tú me has usado para proteger los valores de tu clan.
—Lo siento, Sheila. Creí que hacía lo correcto.
—Ya no te creo nada. Ese es el problema, Takeshi. Cada cosa buena que me has dicho podría haber sido parte del plan. El kinbaku , que pararas, que me protegieras. Todo. ¿Cómo distingo ahora lo que hacías por mí y qué era por estrategia?
Salgo de su habitación y me dirijo a la que he ocupado estos días.
No tengo mucho, por lo que tardo poco en recoger mis cosas.
—¿Qué haces?
Su voz, por primera vez, tiene algo parecido al pánico. Sé que no se merece una mierda, aun así, respondo:
—Me voy.
—Es medianoche, Sheila. Acaban de matar a un hombre y puede que sea por ti. No es seguro que…
—¡No me hables de seguridad! —Me giro hecha una furia—. Tú eres la última persona en el mundo con la que estoy a salvo.
Da un paso hacia atrás, como si mis palabras lo hubiesen golpeado físicamente.
Que se joda. Acaba de fastidiar mi mundo.
—Al menos deja que…
No pienso consentir que él me lleve.
—Pásame la dirección de Yuri.
—No te vayas, onegaidesu .
Una súplica en el hombre que nunca pide nada.
—La dirección —repito.
Entrelaza los dedos y se los lleva detrás de la cabeza. Al ver que no voy a ceder, sale del dormitorio.
—Acabo de reservarte un taxi para que te recoja y te lleve directamente a casa de Yuri —comenta, apareciendo de nuevo.
Asiento.
El resto del tiempo continúo recogiendo mis cosas mientras él se queda ahí quieto, sin añadir nada más. Lo cual agradezco. Si hablase, creo que sería capaz de saltarle a la yugular.
El sonido de un claxon fuera de la casa me avisa de que el coche ya ha llegado.
Me engancho mi maleta de viaje, recojo mi bolso y paso por su lado sin mirarlo.
Antes de cruzar la puerta de salida, siento que mi corazón se hace añicos.
—Adiós, Kuni Takeshi.
Cierro tras de mí con la sensación de que me dejo algo importante dentro.