Capítulo 32
Sheila
N o paro de dar vueltas de un lado a otro en el comedor de Takeshi.
Aiko me trajo a su casa como ordenó. Ella no me quita los ojos de encima. Le he contado todo. Que me secuestraron en Venecia, las subastas, todo por lo que tuve que pasar durante mi cautiverio. Que hoy he reconocido, solo por su risa, a uno de mis monstruos.
Ha llorado derramando las lágrimas que parece que a mí me han abandonado.
«Voy a hacer lo que mejor se me da», rememoro una y otra vez las palabras de Takeshi.
Debería estar asustada al saber que va a matar a un hombre en mi nombre. Su sangre también manchará mis manos, me dejará marcada de por vida. Sin embargo, lo único que siento es alivio, uno que no he experimentado desde que mi vida cambió.
Cuando la puerta por fin se abre, me tropiezo con mis propios pies al intentar llegar al recibidor lo más rápido posible.
Takeshi entra con Renji detrás. Trae el pelo mojado por la lluvia. Por un segundo lo repaso entero, aterrada, buscando sangre, una herida, cualquier señal de que le hayan hecho daño.
No hay nada.
Está intacto, aunque en su cara hay una quietud que no consigo interpretar.
Nos quedamos uno frente al otro, sin decir nada, solo mirándonos con intensidad.
El latido de mi corazón se acelera. Me llevaría una mano al pecho, pero estoy tan atrapada en su mirada que soy incapaz de mover un solo músculo.
—¿Qué…? —comienza a decir Aiko.
—Te llevaré a casa, Aiko —la corta Renji.
—Pero…
—Ahora —vuelve a interrumpirla él.
Ni Takeshi ni yo les prestamos atención.
Puede que escuche la puerta al cerrarse, o quizá siga siendo mi corazón, que no deja de tronar dentro de mi pecho.
Llevo meses esperando este momento sin saberlo. Siempre imaginé que llegaría acompañado de algo terrible. Culpa, náuseas, el peso de una muerte sobre mi conciencia, cualquier cosa que una persona decente debería sentir al saber que han matado a un hombre por ella. Sin embargo, no llega nada de eso.
Lo que siento es otra cosa. Algo que en esta situación no debería sentir.
Mi respiración se acelera. Abro la boca, esperando tomar aliento, pero lo único que me sale es un jadeo. Uno inmenso, vertiginoso y casi obsceno.
—Y-yo… Te deseo.
Ahí está.
La locura que tanto tiempo he esperado que se manifieste, al fin lo ha hecho. No hay otra forma de identificar el deseo sobrehumano por este hombre.
No sé quién se mueve primero.
De verdad que no lo sé.
¿Es él? ¿Soy yo?
Quizá los dos a la vez, empujados por la misma urgencia que llevaba semanas creciendo entre nosotros sin permiso.
Lo único que sé es que en un momento estoy mirándolo y al siguiente nos estamos besando como si nuestro aliento fuese lo único que nos mantendrá con vida.
Esta vez no hay cuerdas, ni pánico ni fantasmas esperando detrás de mis párpados.
Sus manos sostienen mi rostro y profundiza el beso.
—Sheila. —Se aparta unos centímetros, con la respiración entrecortada y la frente pegada a la mía—. Antes de nada, tienes que saber alg…
—Cállate.
Le agarro la camisa con las manos.
—Necesito…
—Por una vez en tu vida, Takeshi, no me preguntes si estoy segura. Lo estoy. Nunca imaginé que querría que un hombre me volviese a tocar. La simple idea…
—Yo no lo maté. Ya estaba muerto cuando llegué.
—Me da igual.
Y lo digo en serio.
No me importa quién fuese la mano ejecutora. Lo único que me interesa es que esa persona no volverá a hacerle daño a nadie más.
—Necesito contarte…
—No, por favor. No lo arruines. Elijo esto. Te elijo a ti.
Por la forma en la que vuelve a unir sus labios con los míos, sé que he ganado. Deja de contenerse y me toca como llevaba semanas sin permitirse tocarme.
—Acabarás odiándome —susurra contra mi boca.
No se lo discuto, ya que presiento que me va a arruinar para el resto de mi vida.
Es imposible que vuelva a sentir esta hambre voraz por alguien más.
Pero cada caricia que le permito es una decisión mía. Cada roce, un sitio que reclamo de vuelta.
Estos últimos meses mi cuerpo ha sido un territorio ocupado, que otros usaron sin mi permiso. Esta noche lo estoy recuperando. Lo hago centímetro a centímetro, bajo unas manos que se detienen cada vez que dudo y avanzan cada vez que se lo pido; vuelvo a ser dueña de mi propia piel.
Las prisas hacen acto de presencia, Takeshi me sostiene por debajo de los muslos, los cuales enredo alrededor de su cintura, y nos lleva hasta su dormitorio.
Siento el colchón bajo mi espalda cuando me deposita sobre él mientras él se queda frente a los pies de la cama y, con una lentitud que la siento como una tortura, se va desvistiendo. Ver cómo va apareciendo cada porción de su piel es un espectáculo para mis ojos.
Me remuevo sobre el colchón para deshacerme de los leggins y la camiseta de tirantes que cubren mi cuerpo.
Soy yo quien decido.
Por esta noche, por lo menos, él es mío.
Y yo, por fin, vuelvo a ser mía.
Cuando Takeshi se tumba encima de mí, me entra el pánico. Él lo nota, así que acaricia con el dorso de sus dedos mi mejilla y me relajo.
—He intentado alejarme del kizuna me que une a ti, pero es imposible.
Su teléfono móvil comienza a sonar, pero Takeshi no hace ni siquiera el intento de ir a por él.
—¿Qué es kizuna ? —susurro, moviendo mis manos para acariciar su espalda.
Él mira mi boca y se humedece los labios con su lengua.
—Es un lazo emocional. Es cuando se crea un vínculo entre dos personas.
Curvo mis labios.
Me gusta.
—Quiero que me hagas el amor, Takeshi —demando a pesar de que siento mis mejillas sonrojarse.
Él apoya su frente contra la mía y sus manos me rozan los muslos. Tiemblo ante su contacto y me arqueo, dándole permiso para que siga explorando más arriba.
Cuando sus dedos llegan al calor de mi centro, siento como si sufriese una descarga eléctrica.
—Por todos los dioses, Sheila… —jadea al sentir lo húmeda que estoy.
Cuela un dedo en mi interior, después otro para ensancharme.
Mi cuerpo se convierte en llamas. Gimo bajo su cuerpo ante sus atenciones, pero noto cómo se contiene.
—Por favor, Take… No quiero que me trates con delicadeza. No quiero que me veas como alguien roto. Lo intentaron, pero cada día me esfuerzo para que no lo consigan.
En la vida creí que me mostraría tan sincera frente al shiokinin de la Yakuza, sin embargo, ya ni quiero ni puedo negar lo que siento.
—Quiero que me tomes como eres tú. No una versión edulcorada de ti. No quiero que lo que me ocurrió defina ni condicione lo que vaya a suceder entre nosotros.
— Ore no shiroi hana …
«Mi flor blanca», traduzco en mi cabeza justo en el momento que Takeshi saca sus dedos, me abre más los muslos y de un tierno empujón se introduce en mi interior.
Se queda quieto, tomándose unos segundos para que me acostumbre a su tamaño.
En ningún momento sus ojos se apartan de mi rostro. Está pendiente de cada uno de mis gestos, y eso me desarma. Jamás imaginé que este hombre, cuyo trabajo consiste en ser un asesino, fuese tan considerado.
Se me escapa una lágrima, después otra. Takeshi intenta salir de mi interior, pero lo retengo apretando mis muslos.
—Muévete. Por favor, solo…
Y obedece.
Este insolente, irritante y cautivador ejecutor me obedece. A mí.
Vuelve a interrumpirnos el sonido de su móvil.
—Te están llamando —gimo.
Takeshi balancea sus caderas.
—Nada es más importante como lo eres tú.
El corazón me explota cuando comienza a besar mis lágrimas.
Antes de que me subastasen disfrutaba del sexo. Pero ¿esto? No hay nada que se asemeje a lo que Takeshi me hace sentir.
Sé que no se suelta del todo. Entra y sale de mi interior con delicadeza, alargando cada movimiento, lo que consigue que disfrute de toda la longitud de su miembro.
Estiro mis brazos y apoyo las palmas de mis manos contra el cabecero. Mis pechos se yerguen y Takeshi aprovecha la oportunidad para amasar uno mientras agacha la cabeza y captura el pezón del otro entre sus dientes.
Jadeo.
Repite la operación, apretando un poco más, y es justo en ese punto en el que todo se descontrola.
Me muevo bajo su cuerpo, recibo todo lo que tenga para ofrecer. Me trago sus gruñidos, que se mezclan en el interior de nuestras bocas con mis gemidos.
El orgasmo comienza a construirse en mi interior. Lo siento en cada parte de mi cuerpo. Quiero alargarlo, no quiero que esto acabe, pero es tan fuerte que no puedo.
—Takeshi…
—Lo sé, ore no shiroi hana . Déjalo ir. No pienso soltarte.
Y cumple su promesa.
El clímax me barre por completo. Creo que grito, o quizá lo araño. Y consigo que él me acompañe en el kizuna que hemos creado.
Una vez que siento que el mundo vuelve a equilibrarse, nos quedamos enredados, saciados, con mi cabeza sobre su pecho tatuado y su corazón latiéndome acelerado contra la mejilla.
Fuera sigue lloviendo. Dentro, por primera vez desde hace mucho tiempo, siento paz.
Le dibujo con el dedo una de las líneas de tinta que tiene dibujadas en el pecho. Él me deja hacer, con una mano perdida en mi pelo, trazándome círculos lentos en la espalda.
—¿En qué piensas? —murmuro.
En el instante que abro la boca, el embrujo desaparece.
Takeshi se levanta, apartándose de mi lado, y se queda sentado en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos.
—Como digas que ha sido un error, me voy a cabrear —le advierto.
Agarro la sábana y me cubro con ella, porque como suelte esa frase más bien me va a destrozar. Para mí ha sido la mejor decisión de mi vida.
Alza la cabeza y me mira por encima de su hombro.
Se me encoge el pecho al ver su mirada cargada de remordimientos.
—Tú nunca podrías ser un error, pero creo que yo sí lo seré para ti.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—Hay algo que tengo que contarte. —Su voz es distinta, suena más grave y cuidadosa—. Es algo importante que debería haberte contado hace tiempo.
Llego a la conclusión de inmediato.
—Estás casado. —Y no. No es una pregunta—. Lo sabía. Sabía que era imposible que alguien como tú —lo señalo— estuviese libre.
Me levanto y me enrollo el cuerpo desnudo con la sábana. Él me mira como si me hubiesen salido dos cabezas, se pone los calzoncillos y me enfrenta.
—¿De qué demonios hablas, onna ?