Capítulo 31
L a gente cree que el odio domina tus emociones.
No es cierto. El odio de verdad, el que dura años, el que se convierte en el eje sobre el que gira una vida entera, es frío y paciente. Se mantiene resguardado en un rincón alejado de la furia.
La vi por primera vez hace más de seis meses, puede que siete, en una de las subastas a las que asistía para alimentar mis instintos.
Llevaba tiempo asistiendo a ellas. No solo por la mercancía.
La carne humana me ha interesado, pero no más que los negocios.
Lo hacía, sobre todo, por lo que había alrededor.
Por los compradores, jeques, oligarcas, herederos aburridos con más dinero que escrúpulos.
Esos eran los contactos que alguien como yo necesitaba.
Cada rostro tras las máscaras era una puerta a un mundo al que un simple soldado de la Yazuka jamás habría accedido de otro modo.
Porque eso es lo que soy. Un soldado. Un mueble leal.
Veinte años sirviendo, obedeciendo, agachando la cabeza mientras veía cómo otros con la mitad de mi cerebro ascendían por el simple hecho de haber nacido en la familia correcta.
Takana Haito, el jefe supremo por sangre.
Takana Renji, el sobrino. Kuni Takeshi, el niño prodigio, el ejecutor, en el que siempre han confiado para matar de la forma más limpia y eficaz.
Y yo siempre contra la pared, siendo invisible, un segundón.
Eso se acabó.
Aquella noche, entre el ganado que subastaban, había una mujer distinta. Una de ojos azules que no lloraba, que no suplicaba, que miraba a la sala llena de monstruos con un desafío en la cara que no le correspondía a alguien en su posición.
Una Loba.
La quise desde ese instante. No como se quiere a una mujer, sino como se quiere una cosa que se resiste a ser poseída y que, precisamente por eso, hay que poseer.
Incité a Harrigton a que en cada subasta pujase para que, de alguna forma, fuese mía.
Pero de la noche a la mañana todo se fue al traste y se me escapó de las manos.
Llevo más de medio año buscándola sin obtener resultados, hasta que hace unos días, sin previo aviso, la vi en el Templo. Mandé a uno de mis hombres esa misma noche para que volviese a donde pertenece.
No volvió. Y mi hombre apareció en una cuneta a las afueras con la garganta abierta y el sello del trabajo de alguien de mi mismo clan.
Ahí fue donde el odio volvió a hacer su aparición.
Y la espera al fin dio su fruto.
Estaba en el jardín de la ochaya , apoyado contra la pared, siendo el hombre en el que nadie repara cuando la vi llegar entre las chicas de Rin, vestida de maiko , con la cara enterrada bajo tres dedos de oshiroi , ese polvo blanco tradicional que utilizan las geishas .
Iba disfrazada, podría ser cualquiera, pero yo nunca miro solo la apariencia de las personas, yo miro los ojos. Los que no pueden ocultar la verdad del alma.
Ahí estaba ese azul glacial, cruzando el jardín a cuatro metros de mí sin verme.
Mi hermana se acercó a saludarme. Con esa reverencia rígida que me dedica siempre, la mandíbula tensa y los ojos apartados.
Aiko no solo me tiene miedo, sino que me desprecia.
Lo lleva haciendo desde niña, desde que le mostré bajo mi vara qué lugar ocupa.
Intenta disimularlo, pero su expresión siempre ha sido un libro abierto.
Se refugió en esta casa de muñecas para alejarse de mí y de todo lo que represento. Sin embargo, siempre me pertenecerá.
Si le permito el desprecio es porque solo es una mujer y su opinión pesa lo mismo que el aire. Nada.
Las mujeres solo sirven para una cosa: obedecer. Las que aprenden a hacerlo a tiempo, viven. Las que no, como esta hermana mía que me mira por encima del hombro desde su okiya de papel, ya aprenderá. Todo llega.
—Aiko —Con solo mencionar su nombre, su postura se encogió—. Esa de ahí. —Señalé con el mentón—. La de los ojos claros. ¿Quién es?
Aiko ni siquiera siguió mi mirada, noté cómo se tensaba. No sabía a qué se debía mi interés, pero su instinto, ese que las mujeres sienten ante el peligro, se activó sin que ella entendiera por qué.
—Mi pupila —respondió con cautela—. Lleva una temporada viviendo conmigo. Okasan me pidió que la formara.
—¿Cuánto tiempo?
—Unas semanas —añadió más seca—. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. —Le dediqué una sonrisa que sé que odia—. Curiosidad.
—Es de Kuni Takeshi.
Apreté la mandíbula con tanta fuerza que Aiko dio un paso atrás.
«Por encima de mi cadáver. Es mía. Solo mía».
Esa vez no fue odio lo que se me instaló en el pecho, era furia.
Aiko se alejó con una última mirada de recelo y yo me quedé con la información que me acababa de entregar sin saberlo.
Todo este tiempo había estado en casa de mi hermana. Y el ejecutor creía que le pertenecía.
Ni siquiera vi que se saludaran.
«¿Qué tramas?», pensé, mirando de reojo a Kuni.
La sangre comenzó a arderme, algo que suelo evitar. Con los años aprendí que la frialdad es la diferencia entre un hombre impulsivo y otro verdaderamente peligroso.
Podría haber entrado cualquier tarde a tomar el té, aunque Aiko me habría recibido con la cordialidad de un funeral, y habérmela llevado sin más.
Medio año de búsqueda, una fortuna en intermediarios, un hombre muerto en una cuneta…
Y la tenía a diez minutos, bajo el techo de la única persona de mi sangre que me quedaba.
Me propuse serenarme porque la rabia es para los débiles.
La enfrié mientras los engranajes de mi cabeza giraban, intentando llevármela sin causar un revuelo.
Llevo años preparando el final de la Yazuka tal y como se le conoce en la actualidad.
Quiero que vuelva a ser lo que fue hace un siglo.
Como la temían, como dominaba el país. Las subastas me dieron los contactos y Harrington me dio el dinero.
El muy imbécil y su fortuna heredada llevan meses financiando todo, algo mucho más grande que unas rutas de mercancía. No necesitaré arrastrarme nunca más.
Voy a dejar que estos dos viejos clanes se desangren mutuamente. Y sobre sus cenizas voy a levantar el mío. Uno nuevo. Sin linajes, sin herencias, sin niños prodigio: solo lealtad al hombre que mueva los hilos.
El clan del Samurái.
Además, la vida me entrega a la Loba y, si sé jugar mis cartas, la cabeza del oyabun en el mismo paquete.
Mantuve la calma las horas que duró la reunión. David Harrington y yo acordamos reunirnos más tarde para hablar sobre un cargamento.
Llevo semanas secuestrando personas para venderlas por una gran suma de dinero en occidente.
Una vez que todo acabó, estuve tentado a entrar a la sala de té y recoger a la Loba. Es mía, me pertenece. Pero tenía ciertos asuntos que atender antes. Ya sé dónde localizarla y esta vez no se me escapará.
Ahora me encuentro de camino a mi encuentro con Harrington cuando uno de mis hombres, los que solo me deben lealtad a mí, me llama por teléfono.
— Oyabun … —qué bien suena ese título en mí—, Kuni acaba de salir del Templo con Renji y dos hombres más. Van armados. —Hace una pausa—. Se rumorea que van a por uno de los americanos y…
Cuelgo.
No necesita terminar, ya que todo encaja de golpe.
Seguro que la chica reconoció a Harrington, se lo dijo a Kuni y este, el hombre sin debilidades, ha sacado tres hombres de madrugada bajo la lluvia para vengar a una mujer.
Por fin una grieta.
El ejecutor más frío de la Yamitsuru-kai , el que mató a su propio padre sin que le temblara el pulso, corriendo por la ciudad por una hembra. Después de tantos años buscándole un punto débil, resulta que él mismo me lo acaba de poner en bandeja.
Pero primero lo urgente.
Harrington.
Si Kuni Takeshi lo coge vivo, el americano cantará. Es un bocazas, un niño rico asustado y sabe demasiado. Los envíos, las cuentas, los nombres. Conoce lo suficiente para hundirme antes de empezar.
No puedo permitirlo.
Harrington me recibe en albornoz, con un vaso en la mano y esa sonrisa de crío que jamás ha tenido que luchar por nada.
—Samurái. —Levanta la copa—. Justo a tiempo. ¿Un trago para cerrar el mejor negocio de nuestras vidas?
—Por supuesto.
Acepto el vaso y brindamos.
Le dejo hablar un rato de sus planes, de su avión, de la cara que puso al reconocerlo la chica que cree que también le pertenece y que piensa reclamar en cuanto todo se calme. Le sonrío.
Cuando se gira hacia el minibar para servir la segunda ronda, saco el arma.
—¿Sabes cuál es tu problema, David? —Mi voz es tranquila.—. Crees que solo por tener dinero te hace dueño de algo.
Se vuelve y no le da tiempo a reaccionar cuando le pego dos tiros. Uno en el pecho y otro en la frente.
Cae junto al minibar, sobre la alfombra carísima, con los ojos verdes muy abiertos fijos en el techo.
Me quedo mirándolo sin sentir absolutamente nada. Harrington nunca fue un socio. Fue una cartera con patas y, cuando se vacían, se tiran.
Ella nunca fue suya, solo pagó para quebrarla. Mientras yo llevo obsesionado con ella desde el instante que la vi.
Limpio el vaso que he tocado y lo dejo donde estaba. Sé que Kuni estará al llegar, por lo que me oculto en la escalera de emergencia. No me preocupo porque las cámaras capten mi imagen. Llevo un desinhibidor de frecuencia que crea interferencias allá por donde paso.
Nadie me ha visto llegar ni me verá marcharme.
A fin de cuentas, nadie presta atención al que no se mueve.
Soy Kaito.
El Samurái.