Capítulo 30
Takeshi
H ay una calma extraña que se instala en mí cuando decido que alguien va a morir.
No se trata solo de rabia. La rabia tiende a volverte imprudente, y cuando decides acabar con una vida no puedes moverte por las emociones porque al final estas pueden hacer que el que acabes muerto seas tú.
Sé que en algún momento me llegará la hora, he burlado la muerte demasiadas veces, pero no será hoy.
—Está en Kōbe —dice Renji desde el asiento del copiloto, leyendo la pantalla del móvil—. La mayoría de los americanos se hospedan repartidos, pero el rubio de ojos verdes tiene un ático reservado a su nombre en un hotel del centro. David Harrington llegó hace nueve días en un vuelo privado.
«Harrington», aprieto el volante con la misma fuerza que lo hacen mis dientes.
Guardo el nombre en el mismo lugar donde guardo todos los nombres que he tachado.
—¿Qué más se sabe de él?
—No mucho. Es heredero de un fondo de inversión de Boston. No tiene antecedentes.
—¿Ni siquiera una multa de tráfico?
Renji levanta la vista.
—Por lo visto, es la clase de hombre que puede permitirse comprar lo que quiera y que nadie le pregunte para qué.
Un niño rico.
Aprieto el acelerador.
Detrás de nosotros, en el segundo coche, van Botan y Kansu, dos de mis mejores hombres, los que no suelen hacer preguntas.
Nada más salir de la okiya , me dirigí al Templo. Sabía que la mayoría de mi gente se dirigiría allí tras la reunión.
No encontré ni a Daichi, Kaito y Masaru.
Para matar a un solo americano tampoco es que necesitase a nadie, pero algo me dice que este es el hombre que andábamos buscando. El que tiene tratos con el tal Samurái.
Esto es personal, pero puede que nos lleve a asuntos del clan.
—Take. —comienza Renji—, antes de que hagamos esto. —Una pausa—. ¿Takana lo ha autorizado?
—No.
—¿Y los Kusari ? Ese hombre estaba sentado a la mesa de los oyabun hace tres horas. Matarlo esta misma noche es como firmar con nuestro nombre.
—Lo sé.
—Entonces, dime por qué lo hacemos.
Detengo el coche a una manzana del hotel y apago el motor.
El único sonido es el de la lluvia empezando a caer sobre el parabrisas.
—Le hizo daño a Yuki —digo.
No lo miro al pronunciarlo. No hace falta. Conozco a Renji desde que éramos dos críos aprendiendo a sostener un cuchillo y sé con exactitud la cara que está poniendo. La de quien acaba de confirmar lo que sospechaba desde hace semanas y con mis actos se lo estoy confirmando.
—Take…
—No me pidas que me detenga.
—No iba a hacerlo. —Comprueba el cargador de su arma con un movimiento—. Iba a decirte que esta vez me dejes participar a mí también.
Y por eso es mi wakagashira . Y mi único amigo.
Salimos a la lluvia.
El hotel es de los que tienen el vestíbulo vacío a estas horas y un recepcionista que sabe cuándo mirar hacia otro lado. Pongo sobre el mostrador un fajo de billetes y el nombre del clan para que nos entregue la llave del ascensor privado sin hacer una sola pregunta.
Botan y Kansu se quedan acompañando al recepcionista por si le apetece jugárnosla y hacer una llamada que no debe mientras Renji y yo subimos en silencio. Los números cambian planta tras planta y yo repaso en mi mente lo que voy a hacer con este hombre.
No va a ser rápido. Esa es la única decisión que he tomado.
Quiero decirle el nombre de ella en voz alta y ver cómo lo recuerda.
Quiero que entienda, en el poco tiempo que le voy a conceder, que la chica invisible que le servía el sake esta noche tiene nombre, una vida y, sobre todo, a alguien dispuesto a cruzar la ciudad bajo la lluvia para cobrarse lo que le hicieron.
El ascensor se abre en su planta.
Renji y yo nos miramos con el ceño fruncido al ver que la puerta del ático está entreabierta.
Levanto dos dedos y los muevo para que avancemos con las armas en alto. Entramos en un salón enorme con las cristaleras abiertas a la ciudad y la lluvia entrando de lado, mojando una alfombra que probablemente cuesta más que una casa.
—Me cago en la puta… —se queja Renji.
David Harrington está en el suelo, junto al minibar, con un albornoz blanco que más bien parece rojo.
Le han disparado dos veces; una en el pecho y otra en la frente.
—Ha sido el trabajo de un profesional —comento cabreado.
Lo sé porque no hay ensañamiento.
Quién fuese, entró, hizo lo que venía a hacer y se marchó antes de que el cuerpo cayese al suelo.
Me arrodillo junto al cadáver, que todavía está tibio. Los ojos verdes están abiertos, sin expresión y fijos en el techo.
—Joder —murmura Renji detrás de mí—. Alguien se nos ha adelantado.
Me quedo de rodillas junto al cadáver más tiempo del necesario.
El hombre que le hizo daño a Sheila está muerto y no siento alivio, porque eso es lo que yo venía a conseguir.
—Take —dice Renji en voz baja—, tenemos que irnos. Ya. Si los Kusari o Takana nos encuentran aquí, con el cuerpo caliente, estamos muertos.
Tiene razón.
Me levanto. Justo antes de salir, echo un último vistazo a la habitación. Me fijo en las cristaleras abiertas y en el vaso de whisky a medio terminar sobre la mesa baja junto a un segundo vaso vacío.
«Dos vasos».
Harrington estaba bebiendo con alguien esta noche. Y esa persona no me cabe duda de que era de confianza, ya que lo recibió en albornoz y sin guardias de seguridad a la vista.
Esa persona se sentó frente a él, se tomaron una copa, se levantó y le metió dos balas sin que el hijo de puta se lo esperase.
—El recepcionista debió de ver a quien lo hizo.
Renji asiente y teclea algo en su móvil. Seguro que está avisando a Botan y Kansu para que le pidan las grabaciones de seguridad.
Bajamos en el ascensor sin intercambiar una sola palabra. Cuando las puertas se abren, Botan y Kansu continúan junto al mostrador, inmóviles, vigilando al recepcionista, que parece haber envejecido diez años desde que lo dejamos ahí.
—Queremos las grabaciones de las cámaras de seguridad.
No es una petición.
El recepcionista asiente de inmediato y comienza a manipular el ordenador con unos dedos que no dejan de temblarle.
Solo se escucha el incesante repiqueteo del teclado hasta que las imágenes empiezan a aparecer en el monitor. Renji y yo rodeamos el mostrador para situarnos detrás de él.
Las cámaras muestran un hotel completamente normal, huéspedes entrando con maletas, una pareja, empleados con carros de limpieza… Todo resulta tan cotidiano que acaba siendo frustrante.
—Retrocede una hora.
El hombre obedece.
Las imágenes comienzan a avanzar a mayor velocidad hasta que reconozco a Harrington entrando por la puerta principal.
Lleva el mismo traje que vestía durante la reunión y camina absorto en la pantalla de su teléfono.
Cruza el vestíbulo sin mirar a nadie y desaparece en dirección al ascensor privado.
Pocos minutos después, la imagen empieza a distorsionarse.
La pantalla se llena de pequeñas líneas horizontales y el vídeo salta antes de recuperar la normalidad.
Frunzo el ceño.
—Vuelve atrás —demando, y el recepcionista rebobina.
Las interferencias vuelven a aparecer en el mismo instante.
—Otra vez.
Permanezco unos instantes observando la pantalla antes de dirigir la vista hacia el recepcionista.
—¿Qué demonios ha pasado aquí?
El hombre palidece todavía más.
—No… No sabría decirle. A veces el sistema…
Niega con la cabeza antes siquiera de terminar la frase. Ni él mismo se cree esa explicación.
—Son interferencias. Quien llegó traía un descodificador con él.
Mierda.
Si eso es cierto, pasase por la planta que pasase las cámaras de seguridad estarán dañadas.
Renji cruza los brazos.
—Dime quién ha entrado esta noche.
El hombre consulta varias pantallas antes de responder.
—Señor… Eso es prácticamente imposible.
Levanto una ceja.
—Es un hotel. Hay huéspedes alojados, personas que vienen a visitarles, clientes del restaurante, del bar, proveedores, repartidores…
Las personas entran y salen cada noche. Mientras nadie cause problemas o intente acceder a zonas restringidas, no pedimos documentación a todo el que cruza la puerta.
Aprieto la mandíbula.
Tiene razón.
Sería absurdo hacerlo.
—¿Y el ascensor privado?
—Solo funciona con la tarjeta de la habitación.
—¿Quién la utilizó?
El hombre vuelve a revisar el registro electrónico.
—Es la tarjeta del señor Harrington.
Eso solo deja dos posibilidades. O Harrington bajó personalmente a recoger a quien iba a reunirse con él, o quien lo hizo tenía su propia tarjeta.
El caso es que conocía a la perfección a la persona que acabó matándolo. Y me apuesto lo que sea a que se trataba de Samurái.