Capítulo 29 #2
Al ver la maldad reflejada en su mirada, comprendo que sonríe por poder compartirlo con la única persona en la sala que entiende a qué se debe su gesto. Ladea un poco más la cabeza, sin dejar de sonreír, como quien saluda a una vieja amiga a la que se alegra de reencontrarse.
«Hola otra vez», me dicen sus ojos.
Quiero huir. Quiero estar tan lejos como me sea posible de él, pero no pienso darle la satisfacción de ver que otra vez tiene poder sobre mí.
Mi cuerpo tiembla por dentro mientras espero estoica a que acabe la reunión. No sé el tiempo que dura, podrían ser minutos u horas. Lo que no vuelvo es a levantar la cabeza.
No me hace falta para notar que su mirada no se aparta de mí.
No vuelvo a estar pendiente de lo que dicen.
«A tomar por culo ser espía».
Tengo cosas mucho más importantes que ser los oídos de Takeshi, como, por ejemplo, no desmoronarme delante de los presentes.
Cuando se levantan, veo a mis compañeras empezar a recoger en silencio.
Imito sus movimientos mientras los asistentes se marchan despacio.
Mi monstruo particular pasa a menos de dos metros de mí al salir.
No lo miro. Me quedo con la frente inclinada sobre la bandeja, contando los segundos, hasta que siento que desaparece.
Tras eso, Rin y Aiko aparecen.
Las escucho hablar, pero no registro lo que dicen. No puedo dejar de sentir el pitido.
Salimos fuera de la ochaya y esta vez no hay hombres armados, o eso creo. Voy en piloto automático, intentando no romperme.
Aiko me dice algo mientras caminamos. No la oigo. Sin embargo, asiento por si acaso.
Llegamos hasta la okiya , me hace descalzarme en la entrada y me conduce por el pasillo de papel y madera hasta el cuarto donde he entrenado cada día.
En el momento que la puerta se cierra, es como si alguien cortara de golpe los hilos que me mantenían de pie.
Las piernas dejan de sostenerme. Me llevo las manos al cuello del kimono y tiro, pero que no cede.
No puedo respirar
El aire se me queda atascado. Comienzo a tirar más fuerte de la seda que me aprieta las costillas y me aprisiona.
—Yuki.
—N-no puedo… —Ni siquiera reconozco mi voz—. No puedo quitármelo. No puedo respirar…
—Yuki, mírame. —Aiko me sujeta las muñecas con las dos manos para que deje de tirar de la tela—. ¿Qué te ocurre? Has estado fantástica.
En otras circunstancias me alegraría por su felicitación. Ahora… Ahora siento que me estoy muriendo.
Oigo de nuevo esa risa.
Se me doblan las rodillas y me deslizo por la pared hasta el suelo, el pecho me sube y me baja demasiado rápido y las manos y la cara empiezan a hormiguearme. Con un terror nuevo encima del que ya tengo, pienso que esta vez sí, que esta vez me muero.
Aiko se arrodilla frente a mí.
—Yuki, me estás asustando…
No respondo. Nadie tiene ganas de hablar si va a morir.
—Voy a por Okasan —dice—. No te muevas. Vuelvo enseguida.
Quiero pedirle que no me deje sola, pero no me sale.
Creo que me quedo hecha un ovillo contra la pared, medio vestida, con el obi colgando y una aguja clavándoseme en el pelo, peleando por un aire que no termina de entrar, hasta que unos pasos rápidos y descalzos cruzan la estancia.
Rin entra y se arrodilla a mi lado con una rapidez que no le pega.
—Aiko —dice sin girarse—. Llama a mi hijo. Dile que venga inmediatamente.
Con la mirada nublada, veo cómo Aiko desaparece y entonces Rin hace algo que no me espero.
Me rodea con los brazos.
La mujer más terrorífica de todo Japón, la que planta cara a dos clanes sin despeinarse, la que me examina de arriba abajo sin mover los ojos, me envuelve contra su pecho como si yo fuera una niña y me sostiene ahí, firme, cálida, sin decir nada, mientras yo me deshago entre sus brazos.
—Respira, pequeña —murmura contra mi pelo—. Estás en casa. Aquí no entra nadie sin mi permiso. Respira.
Y por extraño que parezca, yo respiro. A trompicones y mal, pero lo hago.
Quizá hasta no me muero después de todo.
Me agarro a la tela de su kimono y por fin, cuanto más aire consigo hacer entrar en mis pulmones, más vuelvo en mí.
Y lloro.
Es un llanto feo que llevo meses tragándome. Y sale mientras ella me mece muy despacio y me repite que estoy en casa.
No sé cuánto tiempo paso así.
Solo sé que, en algún momento, el aire empieza a entrar del todo, que el pitido se apaga y que me quedo temblando, vacía y agotada entre los brazos de una mujer a la que hace unas semanas ni siquiera conocía.
Y entonces noto el cambio en el aire.
Rin afloja sus brazos y me aferro a ella cuando siento que intenta apartarse. Sin embargo, su calor es sustituido por otro y unas manos más ásperas y llenas de cicatrices ocupan su lugar.
—Ya estoy aquí.
Abro los ojos y frente a mí tengo a Takeshi.
Está de rodillas, tan cerca que le veo el pulso latiéndole en el cuello. Me mira con una intensidad que en cualquier otro momento me habría hecho apartar la vista. Sin embargo, lo único que siento ahora es alivio.
—Takeshi… —escucho la voz de Rin.
—Dejadnos solos.
Rin y Aiko no discuten y salen sin hacer ruido. Una vez que la puerta se cierra y nos quedamos solos, Takeshi envuelve mi rostro en sus manos.
—No debí permitir que asistieras. Yurusite .
«¿Que lo perdone?».
—Estaba allí —susurro.
—Lo sé. Estabas en la reunión.
—No. —Niego con la cabeza y me tiembla la barbilla, y por una vez no la levanto—. Uno de esos hombres… Uno de los americanos… —Dios, qué difícil es verbalizarlo—. Yo… M-me… Hace meses me secuestraron. Me subastaron y…
Nunca antes he visto el rostro de Takeshi tan marcado por la rabia como en este momento.
—¿Quién? —Ni siquiera tengo que continuar para que lo entienda. Su voz es tan baja y peligrosa que me recorre un escalofrío y aparto la mirada—. Sheila, mírame. ¿Quién?
—El rubio. —Trago sin poder deshacer el nudo que tengo instalado en la garganta—. El de los ojos verdes. El tercero por la izquierda.
Por un instante no se mueve.
Luego me suelta con una delicadeza que no concuerda para nada con lo que está pasando por su cara. Se pone en pie y, de pronto, vuelve a ser el hombre de Múnich. El que cortó la mano de otro sin contemplaciones.
—Aiko. —No alza la voz y, aun así, mi amiga aparece—. Lleva a Yuki a mi casa. Quedaos allí hasta que yo llegue y no abráis a nadie.
Aiko asiente.
Me levanto tan rápido que parece mentira que hace unos minutos haya sentido que me estaba muriendo.
Noto cómo me mareo por las prisas y apoyo una mano en la pared para no caer de bruces contra el suelo.
—¿A dónde vas?
Se detiene en la puerta sin girarse del todo. Solo soy capaz de atisbar parte de su perfil.
—Voy a hacer lo que mejor se me da.
El vello se me pone de punta cuando, sin esperar respuesta por mi parte, se marcha.
Algo dentro de mí se afloja porque no me cabe duda de que Kuni Takeshi va a cumplir su palabra y, aunque ni siquiera se lo haya pedido, va a matar a uno de los monstruos de mis pesadillas.