Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 29
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Capítulo 29

Sheila

L a ochaya, la casa de té, se encuentra en pleno distrito antiguo.

Desde fuera no parece gran cosa. Es solo una discreta fachada oscura iluminada por varios farolillos rojos que cuelgan sobre una puerta estrecha.

Sin embargo, basta con atravesarla para que el lugar se transforme por completo.

Se abre ante nosotras un jardín cuidado, con caminitos de piedra serpenteando entre cerezos, pequeños estanques y arbustos recortados.

Todo transmite una paz que resulta difícil de conciliar con la verdadera razón por la que estamos aquí.

Camino detrás de Rin y Aiko junto a otras dos maiko a las que he visto varias veces en los últimos días, aunque sigo sin recordar sus nombres.

A ambos lados del jardín hay varios hombres esperando. Entre ellos reconozco enseguida a Renji y a Takeshi, que permanecen completamente concentrados en el grupo situado frente a ellos como si la vida dependiese de eso.

—Son Kusari-kai —murmura la chica a mi derecha.

«Pues sí, oye, sí que depende la vida de que los observen».

Deduzco que el bando de Takeshi son lo Yamitsuru-kai.

Veo a Aiko dirigirse hacia un hombre que permanece en este último grupo.

—¿Quién es ese? —le susurro a la que me ha informado de quiénes son los otros.

¿Nayi? ¿Nuyi? Juraría que su nombre empezaba por ene.

—Es Kaito, el hermano de Aiko.

«Así que este es el famoso Kaito del que me habló. El que trabaja para Takana».

—Cállate, Naoyi —la reprende de inmediato la otra maiko en un tono apenas audible—. Como Rin descubra que estás chismorreando, no volverá a confiar en ti para asistir a una reunión de té. Lo único que harás durante meses será limpiar la okiya .

Observo de reojo cómo Naoyi baja la cabeza de inmediato y se tensa dentro del kimono.

Por lo visto, sacar información a mis compañeras va a ser bastante más complicado de lo que imaginaba.

Resignada, vuelvo a fijarme en Aiko antes de ceder a la tentación de buscar a Takeshi con la mirada, que es lo que realmente me apetece hacer.

Es cierto que Aiko siempre se ha mostrado respetuosa delante de cualquier miembro de la Yakuza.

Habla de ellos con una educación casi ceremonial, utiliza siempre su apellido y nombre y nunca olvida inclinar la cabeza en el momento oportuno.

Sin embargo, la actitud que muestra frente a su hermano es diferente.

Entrecierro los ojos.

La forma en que mantiene la mirada baja, cómo sus hombros se encogen casi de manera involuntaria y junta las manos delante del cuerpo mientras su hermano invade por completo su espacio personal me incomoda.

El tal Kaito se inclina sobre ella sin llegar a tocarla. La diferencia de altura, unida a la autoridad con la que ocupa cada centímetro a su alrededor, basta para que Aiko se vea más pequeña.

He sentido esa postura más veces de las que me gusta recordar. Era la que yo adquiría cada vez que alguien entraba en mi celda.

No es la actitud de una mujer tranquila delante de un hermano, sino la de alguien que ha aprendido que ser invisible es la mejor opción.

—Seguidme —nos apremia Rin.

Desvió la mirada de Aiko y las tres maiko obedecemos al instante.

En cuanto nos acercamos a los grupos, varios hombres de ambos bandos avanzan y Rin alza una mano con calma.

—Me da igual que seáis Kusari o Yamitsuru . Nadie cacheará a mis chicas. Si no confiáis en nosotras, nos daremos la vuelta y tendréis que buscar a otras para que os sirvan el té.

Nadie responde. Y por raro que parezca, los hombres retroceden.

Sorprende comprobar cómo una mujer, sin levantar la voz, acaba de detener con una frase a dos de los clanes más peligrosos de Japón.

No puedo evitar sentir un extraño orgullo hacia ella. Miro a Takeshi y su expresión es neutra, aunque en los ojos leo cierta diversión.

Rin acaba de plantarse en mitad de dos organizaciones criminales rivales y ninguno se ha atrevido siquiera a llevarle la contraria.

Con razón todas las geishas y maiko la miran con respeto y admiración. Rin no solo dirige una okiya , sino que protege a las mujeres bajo su mando como si fueran parte de su propia familia.

Entramos sin ningún contratiempo. La okasan nos conduce a las tres maiko hasta la sala donde se celebrará la reunión y nos indica el lugar exacto que ocupará cada una junto a un pequeño carrito con el servicio de té y sake.

Como hay bastantes invitados, nos repartiremos la estancia para atenderlos sin entorpecernos las unas a las otras.

Me arrodillo sobre el tatami en posición seiza , con la espalda recta, la cabeza inclinada y las manos ocultas dentro de las mangas del susohiki , apoyadas sobre el regazo. Igual que me han enseñado este tiempo.

No sé cuánto permanezco inmóvil antes de que el silencio se rompa con el sonido amortiguado de varios pasos. Poco a poco los invitados comienzan a ocupar sus lugares alrededor de las mesas bajas.

«Vamos, Sheila. Ha llegado el momento de demostrar que todas esas horas de entrenamiento han servido para algo».

Ni Rin ni Aiko están presentes. No porque desconfíen de nosotras, sino porque su papel dentro de una reunión como esta es distinto.

Las geishas no son simples camareras, sino que son las encargadas de dirigir la velada, mantener la conversación, interpretar música, bailar y conseguir que los invitados disfruten de la experiencia. Pero hoy eso no se precisa.

Por lo poco que me ha informado Aiko, esta reunión es única y exclusivamente puro trámite. Ambos clanes de la Yakuza quieren advertir a los visitantes americanos sobre quién tiene en realidad el poder en el territorio.

Los invitados americanos son cuatro. Ocupan un lado de la mesa principal mientras frente a ellos se sientan Takana Haito y el hombre de pelo entrecano al que oí presentarse como Nakamura durante los preparativos.

Ni siquiera me fijo en Takana, por mucho que me apetezca ver la cara del hombre que estuvo casado con mi madre biológica.

Empiezo a servir y descubro que Aiko tenía razón, cuando eres invisible, la gente habla como si no estuvieras.

La conversación es bastante insulsa. Hablan de puntos turísticos del país. Si tengo que informar a Takeshi de esto, va a ser más aburrido que contar ovejas.

Me concentro en el peso de la botella para no derramar ni una gota. Las rodillas me están matando, pero llevo un buen rato sin que me tiemble la mano y hay una parte diminuta de mí que se siente orgullosa.

Hasta que Takana deja su vaso sobre la mesa.

—Antes de seguir hablando como si esto fuese una reunión de cortesía —dice en un inglés lento y perfecto—, hay algo que me gustaría preguntarles. ¿Qué les ha traído a mi país en realidad?

—Turismo —responde uno.

—Negocios, señor Takana —se aventura otro—. Como a todo el mundo. —Y mira al resto sin inmutarse.

—Negocios —repite Takana—. En las últimas semanas han entrado en Japón demasiados compatriotas suyos con perfiles interesantes.

Vuelos privados. Casas alquiladas en Kōbe.

—Hace una pausa—. Nakamura y yo no recordamos haber invitado a nadie.

Y da la casualidad de que, tras sus llegadas, varios de nuestros hombres han aparecido muertos en extrañas circunstancias.

Me quedo sin aliento, aunque continúo sirviendo. No levanto la cabeza. Me concentro en el temblor que empieza a treparme por la muñeca y que no tiene nada que ver con el cansancio.

La conversación ha pasado de ser aburrida y distendida a convertirse en algo serio. Lo noto en cómo algunos de los americanos ya no están tan calmados como al inicio.

Me digo que no pasa nada, que solo son palabras, que yo estoy aquí para escuchar y nada más, que no puedo permitirme pensar en tipos muertos en extrañas circunstancias.

«Respira, Sheila».

De repente, uno de ellos se ríe y el mundo tal como lo conozco se detiene.

Es una risa corta, no tiene nada de inusual. Lo que más me perturba es que me resulta familiar.

La reconocería en cualquier parte porque la escucho cada noche en mis pesadillas. La he oído por encima de mi cabeza, en una habitación donde la luz solo me enfocaba a mí y la oscuridad los ocultaba a ellos. Esa risa exacta respondiéndole a otra voz cada vez que dirigía sus movimientos.

Un pitido agudo y largo me tapona los oídos y borra cualquier otro sonido en la sala. Se me cierra la garganta, los dedos se me quedan blancos alrededor de la botella.

«Levántate. Corre. Sal de aquí».

Estoy punto de soltar la bandeja, de ponerme en pie de golpe, de echar a correr frente a seis hombres armados y de la docena que hay en el jardín.

Entonces, recuerdo una voz en mi cabeza.

«Respira, Yuki. Estás conteniendo el aire, que no es lo mismo».

La voz de Takeshi es tan clara dentro de mi cabeza que casi noto el calor de su pecho a mi espalda, las cuerdas rodeándome el cuerpo y su respiración en mi nuca diciéndome que no huya.

Suelto el aire por la nariz e inspiro.

Intento relajar los hombros antes de sentir que me parto por la mitad.

Pero esa risa…

Mi mano traidora, la que tiembla cuando me despierto, la que se me va sola a tapar la cicatriz cuando me cambio de ropa, llena la taza hasta el punto exacto sin derramar ni una gota. Retiro la botella y hago una reverencia. Sin vomitar, sin gritar y sin salir corriendo.

Lo he conseguido.

Debería quedarme así. Con la cabeza baja, ojos en el tatami, como me han ordenado. Esa es la única regla que Rin me repitió tres veces. Es lo único que tengo que hacer para salir viva de aquí.

Bajar la cabeza y aguantar. Sin embargo, algo dentro de mí no obedece.

«No lo hagas».

Lo hago.

Alzo la cabeza y ahí está.

El tercer hombre por la izquierda. Tiene el pelo rubio peinado hacia atrás y unos ojos verdes que ya me están esperando.

Mi mira fijamente, con una sonrisa que me produce náuseas asomándole en los labios.

A pesar del maquillaje, por mucho que no parezco yo misma, me ha reconocido.