Capítulo 28
Sheila
—D eja de moverte.
«¿Eso ha sido un manotazo encubierto?», entrecierro los ojos.
—Es que me pica.
—No es cierto.
—Aiko, te juro por lo más sagrado que me pica.
—Es seda.
—Me da igual lo que sea. Me está haciendo la vida imposible. No voy a poder permanecer quieta —me quejo, y sigo removiéndome—. No sé si puedo hacerlo.
«Ya está. Ya lo he dicho».
Aiko le da un tirón al obi y consigue sacarme todo el aire de los pulmones, lo cual sospecho que es su forma refinada para hacer que me calle.
Llevamos dos horas con esto. Conozco a gente que se ha casado en menos tiempo del que tardan aquí en vestir a una persona.
—Estás preciosa, Yuki.
Me da la vuelta para que me vea en el espejo y me callo de golpe.
Es imposible que la imagen que tengo enfrente sea yo.
Ante mí tengo a una mujer de piel blanquísima, con el pelo recogido en un moño elaborado atravesado por dos agujas de plata, un susohiki , como si fuese una geisha experimentada, en color rojo con flores blancas bordadas y la boca pintada de un rojo que me queda de muerte.
No soy capaz de reconocerme. Aunque es cierto que hay una cosa que no ha cambiado.
Mis ojos.
—Podría buscarte unas lentillas —murmura Aiko—. Se te ven más azules que nunca.
—¿Eso es malo?
«Dios, me encanta cómo ha quedado el conjunto completo. Parezco una geisha de verdad».
—No —niega mientras me recoloca una aguja—. Solo que llamas demasiado la atención. Y esta noche tu trabajo consiste en lo contrario.
—Deberías haberme puesto una bolsa en la cabeza y listo.
—Lo propuse. Okasan lo rechazó.
Me giro hacia ella con la boca abierta.
La forma en la que aprieta los labios es su manera de decirme que está de broma.
Rin aparece cuando estoy calzándome. No pasa, se queda en el umbral con las manos cruzadas por delante. Me repasa de arriba abajo con ese superpoder suyo: sin mover los ojos.
—Repite las normas —demanda con voz monocorde.
—No hablo si no me hablan. No miro a los ojos. Y no dejo ningún vaso vacío. —Alzo la barbilla orgullosa—. Y, sobre todo, escucho.
—¿Y si alguien te toca?
Me quedo en blanco.
—Eso no me lo habéis dicho.
—Te lo digo ahora. ¿Qué haces?
—¿Le parto la cara?
Resopla.
—No —suelta sin inmutarse—. Sonríes, retiras el cuerpo un paso y sirves más sake. Cuando puedas ausentarte, me lo cuentas a mí.
—¿Y usted qué hará?
—Partirle la cara. —Me trago la carcajada. Se da la vuelta y añade—: Nadie toca a una de mis chicas sin permiso.
Cuando se marcha y nos deja de nuevo solas a Aiko y a mí, mi amiga esta vez sí sonríe abiertamente.
—Rin es la mujer más terrorífica de todo Japón.
—Ni que lo digas…
Antes de que nos marchemos, noto cómo el vello se me eriza. No hace falta que me gire para saber quién acaba de entrar.
Miro de soslayo en el momento que Takeshi se acerca a nosotras.
—¿Nos dejas un segundo, Aiko?
—Por supuesto, Kuni Takeshi.
Hace una elegante reverencia y nos deja solos.
Me doy la vuelta y abro mis brazos. Me encanta cómo caen las mangas anchas del susohiki . Parezco un murciélago.
—¿Doy el pego?
Takeshi permanece quieto, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón, sin quitarme la vista de encima.
—Estás perfecta.
Me alegro de llevar el colorete suficiente para camuflar cómo me sonrojo.
Desde mi ataque de pánico, Takeshi y yo hemos hablado lo justo.
A la mañana siguiente, cuando conseguí salir del dormitorio, ya tenía listo el desayuno. Comimos en silencio, él entretenido en su teléfono móvil y yo centrada en mi plato para esconder la vergüenza.
—Hasta última hora de la tarde no podré pasar a recogerte.
Sin levantar la mirada, con los carrillos llenos, asentí.
—Si necesitas salir de la okiya que te acompañe Aiko o cualquiera de las maikos . No lo hagas sola.
Volví a asentir, metiéndome una cucharada de avena en la boca.
—Respóndeme, onna.
Apreté los labios. Recuerdo que odié con todas mis fuerzas que volviese a usar esa palabra.
—Es de m-mala educación h-hablar con la b-boca llena.
Takeshi entrecerró los ojos en mi dirección.
—Nunca te ha importado ser una maleducada a mi alrededor.
Con parsimonia y elegancia tragué. Me limpié la comisura de los labios a la par que me puse en pie.
—Para que veas que, cuando quiero, puedo ser educada. ¿Nos vamos?
Corté cualquier inicio de conversación. No sabía qué podría salir si le daba por preguntarme cómo me encontraba. Ni siquiera yo lo tengo claro. Algo dentro de mí me pide que me abra a él. Que conozca cada uno de mis secretos. A la Sheila que tengo encerrada. Y eso me asusta más que nada.
Después de eso, solo nos hemos visto dos veces más. Cuando me recogió anoche y me fui, como la buena cobarde que soy, a esconderme al dormitorio y esta mañana, cuando me ha traído para prepararme.
Ahora dudo de que pueda huir de lo que tenga que decir.
—Ya entiendo de dónde te viene tu vena chunga. —Takeshi levanta una ceja de manera interrogante—. Tu madre ha dicho que si alguien me toca le partirá la cara.
No tengo ni idea de por qué suelto esa gilipollez. Supongo que para desviar la atención. Necesito que deje de mirarme como si fuese una flor en el desierto.
—Si alguien te toca, yo mismo me encargaré de matarlo.
«Vaya…».
—She… Yuki…
—Cuando cumpla con mi parte del trato, ¿me contarás todo sobre Akemi? —lo interrumpo.
Necesito ser yo quien dirija la conversación, porque la forma en que me mira despierta deseos que no me puedo permitir. Si dejo que siga acercándose, acabaré olvidando por qué estoy aquí.
Takeshi desvía los ojos.
—Me lo prometiste —insisto al verlo dudar—. Yo te ayudaría a descubrir qué trama tu jefe y tú averiguarías todo sobre mi madre.
Creo que, para alguien como yo, he tenido demasiada paciencia con este tema.
No he cruzado medio mundo para empezar una vida nueva, hacer amigos o convencerme de que quizá existe una oportunidad para mí, más allá de seguir siendo una carga para Alina.
Estoy aquí por una razón y ni siquiera él conseguirá que la olvide.
Cuando salí del infierno, tuve claro que necesitaba saber la verdad.
Después descubrí que Akemi había muerto y, aun así, la necesidad no desapareció.
Saber que ya no puedo encontrarla no significa que tenga que conformarme con no conocerla.
Necesito saber quién era, por qué me abandonó y si alguna vez pensó en mí después de hacerlo.
Necesito saber si mi existencia fue un error que quiso borrar o una decisión que la persiguió hasta el final.
—No busco una madre, Takeshi —añado, sosteniéndole la mirada—. Busco mis raíces.
Me sostiene la mirada con esos ojos plateados que parecen hablar más de lo que dicen.
Lo hace con tanta intensidad que, sin darme cuenta, retrocedo un paso.
Permanecer tan cerca de Takeshi se ha convertido en un peligro distinto al que imaginé cuando acepté venir a Japón.
Ya no temo que pueda hacerme daño, sino olvidar que debo mantenerme alejada de él.
—Te prometo que esta noche te contaré todo lo que sé sobre tu familia.
Su voz no vacila ni hay espacio para la duda. Y, por algún motivo, le creo.
—Bien.
Bajo la vista y jugueteo con las mangas del susohiki sin saber muy bien qué hacer con las manos. El silencio se instala entre los dos, hasta que escucho mi nombre en un susurro.
—Sheila…
Levanto la cabeza y me fijo en que ha acortado la distancia que nos separa y vuelve a mirarme con esa expresión indescifrable.
—Quiero que sepas una cosa. —Traga saliva y desvía la vista, como si estuviera buscando las palabras adecuadas—. Si te pedí que hicieras esto… —dice al fin—, no fue porque quisiera involucrarte. Lo hice porque no encontré otro camino.
Observo cómo su mandíbula se tensa.
—A veces haces cosas que detestas porque las consecuencias de no hacerlas serían todavía peores.
Frunzo ligeramente el ceño, sin entenderlo.
—Mi clan depende de que mi oyabun no olvide los valores de la Yamitsuru-kai. Hay demasiadas vidas ligadas a las decisiones de un solo hombre, y cuando eso ocurre, uno deja de elegir por sí mismo.
Sus palabras tienen un deje extraño.
—No espero que lo entiendas —continúa con una amargura que no consigue ocultar—. Solo necesito que sepas que, cuando todo esto termine, quizá comprendas que tuve que tomar la decisión más difícil.
No entiendo por qué habla como si hubiese hecho algo imperdonable.
Intento aligerar el ambiente antes de que la conversación se vuelva incómoda.
—Yo diría que las palabras «integridad» y «Yakuza» no suelen ir de la mano.
Me dedica una sonrisa triste.
—No. Pero a veces la integridad no consiste en tener las manos limpias, sino en aceptar que serás tú quien cargue con la sangre para que otros no tengan que hacerlo.
Algo se remueve en mi interior. Es como si una fuerza invisible me atrajese hacia él. No he podido olvidar nuestro beso. A pesar de cómo terminó, yo huyendo y él con el anhelo reflejado en su mirada, me muero por repetir.
Estoy nerviosa por lo que vaya a suceder en el día de hoy, pero más lo estoy porque este deseo que siento hacia él es más potente de lo que puedo manejar.
No sé el tiempo que seguiré eludiendo lo que se está construyendo entre Takeshi y yo. Y lo que es peor, ya no quiero evitarlo. Estar a su lado me hace querer desear cosas que creí que jamás volvería a sentir.
Tras lo que me sucedió, pensé que me habían arruinado como mujer. Nunca imaginé que volvería a sentirme atraída por alguien y mucho menos tener la imperiosa necesidad de sentir sus manos sobre mi cuerpo.
—Sheila…
Dice mi nombre en un tono tan ronco y necesitado que me estremezco.
Doy un paso para inclinarme en su dirección, pero una voz nos sorprende y ambos nos apartamos de inmediato.
—¡Yuki! —Unos segundos después, Rin aparece por la puerta—. Es hora de irnos. —Y dirigiéndole a su hijo una mirada severa, añade—. Debes marcharte.
Takeshi se pasa una mano por el pelo. Parece que intentase recomponerse de lo que ni siquiera ha sucedido.
—Yo no estaré dentro. A la mínima sensación de peligro, te largas.
Lo miro a los ojos.
Su mirada podría interpretarse como dura. Sin embargo, algo me dice que lo que está es preocupado.
Asiento sin abrir la boca. Ante tal intensidad, no sabría qué decir, la verdad.
Me da un último vistazo, inclina la cabeza en dirección a su madre y se marcha.
Noto que Rin no me quita los ojos de encima, y me pone más nerviosa de lo que ya estoy.
—¿Nos vamos?
No responde de inmediato. Sigue ahí plantada, frente a mí, con su porte majestuoso. Cuando al final habla, me sorprenden sus palabras:
—No estoy de acuerdo con las decisiones de mi hijo, pero, a pesar de lo que pueda parecer, hace las cosas por un bien mayor, aunque a la larga él sea el único que salga damnificado.
Frunzo el ceño sin comprender del todo sus palabras.
Sé por qué Takeshi me ha traído a Japón. Me necesita para descubrir si Takana está dispuesto a cruzar una línea que ni siquiera la Yakuza debería cruzar. Al principio pensé que solo era un hombre manipulándome para cumplir su objetivo. Y, en parte, sigo creyéndolo.
Pero ahora también empiezo a entender algo más.
Su clan no es bueno. Nunca lo ha sido. Se dedican a negocios sucios y viven en un mundo gobernado por la violencia. Él jamás ha intentado disfrazarlo. Sin embargo, hay límites incluso para personas como ellos. Límites que Takeshi no está dispuesto a permitir que su oyabun traspase.
Si Takana realmente está involucrado en la trata de mujeres, dejaría de ser un hombre de honor dentro de su propio código para convertirse en algo mucho peor.
Y Takeshi no está luchando solo por derrocar a su jefe.
Está intentando salvar aquello en lo que aún cree.
Aunque para conseguirlo tenga que cargar él solo con todas las consecuencias.
Desde que lo conozco, entiendo que el hombre por el que empiezo a sentir algo, a lo que prefiero no poner nombre, no pelea únicamente contra sus enemigos, sino que lleva demasiado tiempo luchando contra los monstruos de su propio mundo.