Capítulo 27
Sheila
N o sé cuánto tiempo llevamos así.
Yo con la espalda recta, las cuerdas rodeándome el cuerpo por encima de mi pijama corto, y él detrás de mí, tan cerca que noto el calor de su pecho a un centímetro de mi espalda sin que llegue a tocarme.
Sé que no me toca porque estoy midiendo cada milímetro que nos separa.
—Deja de mirarme así —susurro.
—No puedes verme para saber que te estoy mirando.
—Pero lo siento.
¡Maldita sea! Vaya si lo siento. Noto cómo mi piel se calienta allá donde él posa la mirada.
—Si fueses capaz de verte como yo lo hago…
Siento cómo me estremezco con la cadencia de su voz.
Es un encantador de serpientes y me tiene absolutamente hipnotizada.
No me pasa desapercibido que lleva ahí quieto un buen rato, con las manos suspendidas sobre mis hombros sin llegar a tocarme.
Miro por encima de mi hombro y me doy cuenta de que no va a dar un paso que no le haya autorizado.
Es la primera vez en mi vida que alguien pone el mundo entero en mis manos. Y lo peor de todo es que las tengo atadas.
Así que uso lo único que puedo mover.
Giro la cabeza. Todo lo que la postura me permite, hasta que me cruje el cuello. Lo tengo tan cerca que su respiración me calienta los labios.
Se queda muy quieto.
—Sheila…
—Calla.
Esta vez soy quien toma la iniciativa cuando lo beso.
Lo primero que pienso es que sabe a té verde.
Lo segundo, que sus labios son demasiado suaves para alguien tan duro.
Al principio no me responde.
Se queda paralizado, como si no terminara de creerse lo que está pasando, y por un instante pienso que la he cagado, que he leído mal las señales y voy a tener que vivir con la humillación de ser rechazada el resto de mi vida.
Por suerte, Takeshi reacciona.
Noto el momento exacto en el que se deja llevar. Su mano me agarra de la mandíbula, me sostiene la cara y me inclina la cabeza hacia el ángulo que él quiere. En ese preciso instante el beso deja de ser mío y pasa a ser suyo, para terminar convirtiéndose en algo que tiene vida propia.
Gira mi cuerpo como si le perteneciese. Puede que en este momento sea así y se haya rendido ante él. Su pecho tatuado se pega contra mis senos. Los siento pesados. Mis pezones están duros cada vez que se rozan contra las cuerdas a través de mi pijama de seda.
Se me escapa un gemido contra su boca que se lo bebe como si se tratase de un elixir.
Lo noto sonreír contra mis labios al muy cabrón.
Resulta que Kuni Takeshi, el hombre que casi no gesticula ni levanta la voz, me besa con un hambre tan voraz que me contagia.
Estoy ardiendo.
No hay otra manera de explicarlo.
Me arde la cara, el pecho, la piel entera. Tengo el cuerpo tan encendido que esta vez no tiemblo de miedo, sino a causa del deseo.
La mano que tiene libre llega hasta mi cintura. Su palma entera abarca mi costado, justo donde está la cicatriz, justo donde ha dejado la piel al descubierto a propósito. Siento que su corazón golpea tan rápido como el mío.
Y pierdo el control.
Le muerdo el labio inferior porque no sé qué otra cosa hacer con todo esto que me está pasando por dentro. Él responde con un gruñido bajo que lo noto vibrar contra mi propia garganta. Su mano sube por mi costado, me sostiene la nuca, se enreda en mi pelo, y yo…
Yo lo único que quiero es agarrarme a él.
Intento subir mis manos, hundirlas en su pelo, tirar, decidir yo por una vez cómo va este beso.
Tiro del brazo y no ocurre nada.
Las cuerdas me sujetan, me amarran, inmovilizándome. Y, de repente, todo a mi alrededor desaparece.
Ya no huelo el aceite vegetal de las cuerdas ni saboreo el té verde de su boca. Solo siento dolor, desesperación. Noto el peso de las cadenas en mis muñecas y tobillos.
Ya no son las manos de Takeshi las que me tocan, son otras las que me hacen sangrar. Las que sostienen un látigo que impacta sin descanso sobre mi espalda. Escucho una voz con acento amortiguado ordenándome que no me resista. Y a otra riéndose detrás de mí, que disfrutaba bebiéndose mis lágrimas.
No puedo mover los brazos.
No puedo mover los brazos.
No puedo mover…
—¡Para!
Ni siquiera reconozco mi voz.
—Para, para… Suéltame. Suéltame, suéltame…
Estoy suplicando. Mi cabeza lo sabe, mi cabeza me lo está gritando desde algún rincón muy lejano y sabe cómo va esto.
Ahora viene la parte en la que da igual lo que diga.
No pararán. Nunca lo hicieron. Al final me rompieron.
Al final consiguieron que suplicase. Y lo único que me quedó fue irme muy lejos de mi propio cuerpo y esperar a que terminasen.
De golpe, todas las cuerdas caen de mi cuerpo. Mis rodillas chocan contra el suelo y me sujeto la cabeza con las manos.
Tardo varios segundos en entender qué acaba de pasar.
Con la respiración acelerada consigo enfocar la vista y descubro a Takeshi, que está a metro y medio de mí, también de rodillas sobre el tatami, con las manos abiertas y bien visibles sobre sus rodillas.
No hace ninguna pregunta. No sale un «espera» de su boca. Ni un «tranquilízate, onna ». Tampoco un «no pasa nada».
Noto el estómago revuelto. Retrocedo a cuatro patas hasta chocar contra la pared del fondo y me quedo ahí, con las rodillas contra el pecho.
Inspiro y expiro como si mi vida dependiese de ello.
Aunque creo que literalmente es así. Siento el latido tan acelerado que temo que mi corazón no vuelva a su ritmo cardiaco habitual.
Takeshi sigue sin moverse.
No se acerca a consolarme. Ni intenta tocarme. No me pide que respire hondo ni ninguna de esas cosas que dice la gente cuando no tiene ni idea de qué decir.
Se queda justo donde está, en el suelo, esperando.
Y me doy cuenta de que es lo mejor que ha podido hacer para que no perdiera del todo la cabeza. Así que apoyo la cabeza en la pared, cierro los ojos e intento serenarme.
Después de lo que parece una eternidad, y al fin mi respiración se acompasa, lo escucho hablar:
—Estás a salvo, Sheila —dice al fin con voz ronca. Cualquiera que lo oyese pensaría que ha sido él el que ha estado gritando—. En mi casa. Son las cuatro y veinte de la mañana.
—Lo sé. Lo sé…
Suspiro, tomando ya conciencia de la realidad que me rodea.
—Bien.
No añade nada más.
Cuando por fin levanto la cabeza, lo primero que llega no es el miedo, sino la vergüenza. Noto cómo otra especie de calor distinto me sube desde el estómago hasta las orejas.
Desde que me rescataron llevo construyendo un personaje a base de sarcasmo y humor. Y este hombre acaba de verme derrumbarme. Acaba de ser testigo de lo que hay debajo del escudo.
Lo peor de todo, lo más humillante, es que recuerdo a la perfección lo que ha pasado.
El detonador no ha sido la cuerda.
Ha sido el beso.
El beso que yo misma empecé.
¿Eso es lo que me espera el resto de mi vida? ¿Jamás podré sentir caricias o el roce de otro cuerpo sin desmoronarme?
De repente siento unas tremendas ganas de llorar. Me froto la cara, me peino un poco el pelo enredado. Hago cualquier cosa por dejar de sentirme tan vulnerable.
—Sheila.
—No. Vas a decir algo y no quiero oírlo.
Silencio.
Me paso las manos por las piernas y veo cómo me tiemblan. Perfecto. Pasado mañana tengo que servir sake en una sala llena de asesinos sin que se me mueva un dedo y aquí estoy, temblando como un flan porque he besado a un tío.
Suelto una risa que no tiene ninguna gracia dentro.
—Menudo desastre. Seguro que te arrepientes de no haberme dejado en casa de Aiko.
—No eres un desastre.
—Ya. —Me levanto, apoyándome en la pared porque las piernas las siento como gelatina y van por libre—. Solo soy mercancía defectuosa.
—Sheila…
—Me voy a la cama.
—Maldita sea, Sheila. Deja de esconderte tras la máscara. Si no sacas lo que te duele, nunca sanarás.
—No estoy enferma.
«Solo loca», pienso, omitiendo esta parte.
—No dejes que tus demonios ganen.
Lo dice bajo, pero soy capaz de escucharlo.
Ni siquiera lo miro cuando camino hacia la puerta, esquivándolo. Él sigue sin moverse del suelo, y, por alguna razón, eso me duele más que si intentara detenerme.
Me paro en el umbral y sin girarme añado:
—Has parado.
—Te di mi palabra.
—Ya… —Trago el nudo que siento en la garganta—. Es que nadie nunca lo había hecho.
Me largo antes de que pueda hacer preguntas respecto a eso. Si vuelve a soltar algo mínimamente decente me voy a derrumbar aquí mismo, en mitad del pasillo de su casa enorme y funcional, y creo que hoy ya ha visto más capas de mí de las que me hubiese gustado mostrar.
Me meto en la cama y me arropo hasta la barbilla.
El dormitorio permanece a oscuras, aun así, me quedo con los ojos abiertos fijos en el techo. Escucho a Takeshi moverse por el pasillo, se queda unos segundos parado frente a mi habitación.
Me lo imagino dudando entre si entrar o dejarme descansar. Por un instante deseo que lo haga. Quiero que entre y encontrar la valentía de contarle todo. De compartir con alguien más todo lo que llevo callando meses.
Y eso me aterroriza.
Me asusta estar dispuesta a compartir algo que ni siquiera saben Alina e Isabella con una persona a la que prácticamente acabo de conocer.
Sin embargo, Takeshi ya no es un desconocido. No sé lo que es. Solo sé que esta atracción que siento por él, desde la primera vez que lo vi, no va a desaparecer.
Fui yo quien lo besó.
Nadie me ha obligado. He sido yo quien ha girado la cabeza, la que ha decidido cruzar esa línea.
Por un instante, con las manos atadas y con un asesino a mi espalda, me he sentido más segura que en toda mi vida.
Esa es la parte que me tiene que preocupar.
Puedo defenderme de casi todo. He aprendido a no gritar, a no dormir, a no fiarme de los demás… Tengo un sistema bien montado para sobrevivir de aquellos que quieren romperme.
Lo que no tengo ni la más remota idea es de cómo protegerme de un hombre que cumple con su palabra y para cuando se lo pido.