Geisha (Mujeres de mafia 4) Capítulo 26
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Capítulo 26

Takeshi

L levo más de treinta y seis horas sin dormir. Pensé que tras ver sana y salva a Sheila podría relajarme, pero luego tuve la flamante idea de ir a recibir a Yuri y nunca imaginé que el muy maldito aparecería en mi país con una información que no le corresponde tener.

«¿Cómo es posible que sepa que Sheila es hija de Takana?».

No es algo que se sepa. Ni siquiera mi oyabun tiene idea de quién es ella. Que yo descubriese su identidad fue puro azar.

Me encontraba buscando a Hikaru. Que una de las pocas mujeres que ha pertenecido a la Yakuza desaparezca hace que suenen las alarmas.

Por norma general, cuando algún miembro lo hace, al poco tiempo aparece su cadáver.

Es la forma más útil de mandar un mensaje.

Sin embargo, ella fue como si se hubiese evaporado.

Ninguno de los yamitsuru lo dejó estar. Takana pidió prioridad en dar con su paradero.

Comenzamos a estar más involucrados en las reuniones que realizaban las mafias de occidente. Hasta el momento nunca nos habíamos interesado demasiado en ser partícipes de La Sociedad de las Máscaras, pero a partir de la desaparición de Hikaru se volvieron asiduas para el clan.

No fue hasta que se realizó una en Venecia que todo cambió.

Era una noche más entre máscaras y crimen organizado. Los acuerdos y los tratos nunca han sido lo mío. Si asistía era por y para la protección del oyabun . Por mucho que fuesen zonas neutrales en las que estaban prohibidas las represalias, no era de más ser precavidos.

La reunión de los jefes acabó y todos los asistentes se mezclaron para disfrutar de la velada. En ese tipo de fiestas el sexo y el champán son el máximo reclamo.

Recuerdo que Renji despareció con una preciosa pelirroja. Yo permanecí con Takana, a una distancia prudencial. Recorría tranquilo una de las zonas mientras charlaba con uno de los jefes de la Triada de la mafia china hasta que algo llamó mi atención.

Para cualquier persona podría haber pasado desapercibido, pero para mí no. Fui consciente de cómo una mujer menuda, de cabello tan blanco como la nieve, antifaz de encaje dorado y un vestido de terciopelo rojo nos seguía sin disimulo.

Intenté redirigir a mi oyabun hasta una zona segura sin que se diese cuenta. Conseguí que la desconocida nos perdiese de vista.

No sería la primera vez que alguien intenta atacar a un jefe de la mafia por la espalda. Y sorprendería la de veces que es una mujer quien lo hace.

Le pedí a varios de mis hombres que se mantuviesen alerta. Y yo me dirigí a revisar el perímetro.

A causa de que todos íbamos enmascarados no me había quedado con su cara, pero tenía un dato que era reconocible: su pelo.

Revisé cada habitación, cada recoveco del palacio sin éxito. Cuando salí al exterior, ese pelo inusual llamó mi atención a lo lejos.

Me percaté de que había venido acompañando a Vladimir Pavlov.

Nunca imaginé que investigar el núcleo de aquel pakhan me desvelaría un secreto que llevaba guardado más de dos décadas.

—¿Me vas a decir qué demonios te pasa? —cuestiona Sheila en el lado del copiloto, sacándome de mis pensamientos.

—Ya te he dicho que nada.

—Mira, Doraemon…

«Esta onna no aprende», pienso al poner los ojos en blanco.

—Cuando alguien dice «nada» con esa cara de acelga seca, es que pasan cosas y graves. Así que haz el favor y por lo menos ten la decencia de disimular mejor.

Llevo dos años protegiendo un secreto. Dos años intentando encontrar a la hija perdida. Cuando al fin doy con ella y consigo tenerla a mi lado, resulta ser la mujer más irritante, deslenguada y atrayente que jamás he conocido.

—Sigo preocupado por lo que te sucedió anoche.

Miento. Y siento cómo una astilla más se me clava en el pecho. El día que todo lo que oculto salga a la luz, dudo que salga ileso.

Al escucharme, Sheila gira la cara hacia la ventanilla y abraza a su bolsa de viaje contra el pecho.

—Como dice Aiko, fue una suerte que apareciese Renji.

Aprieto con fuerza el volante. Noto cómo los nudillos se estiran.

Debería de haber sido yo quien hubiese acudido. Ni Renji ni cualquier otro. Yo.

El resto del trayecto lo hacemos en silencio. Y no sé qué es peor. Su voz por lo menos me evita ser engullido por mis propios pensamientos.

Mi casa se encuentra en una zona de Kioto oculta por la vegetación. Es lo más en calma que encontré sin tener que irme a las afueras.

—Es… enorme —dice Sheila cuando reduzco la velocidad.

—Es funcional.

—Enorme y funcional. Como su dueño.

— Arigatō.

—No me lo agradezcas. Me refería a tu ego.

No respondo a su pulla mientras aparco, y ella lo interpreta como una victoria, ya que se baja del coche con la barbilla magullada en alto.

—Takana tiene que pagarte bien. —Silba al entrar en mi casa—. Dime, por favor, que alguien te ayudó a decorarla.

—Contraté a un interiorista.

—Gracias a Dios… No puedes elegir una casa tan bonita y encima tener buen gusto.

Alzo una ceja.

—Es cuestión de equilibrio.

Se me curva la comisura de la boca.

Se siente irreal tener a Sheila en mi casa. Nunca traigo visitas. Este es mi lugar sagrado. Solo aparece Renji de vez en cuando para tocarme las narices.

—¿Quieres que te haga un tour para que te familiarices con tu nuevo hogar?

—Temporal —apostilla—. Mi nuevo hogar temporal.

—Lo que tú digas. ¿Quieres verlo o no?

—Tú quieres que te coja más manía, ¿verdad?

—¿Por enseñarte la casa?

Frunzo el ceño.

—Por la envidia que me va a corroer al pensar que nunca me podré permitir algo así.

«Si ella supiera lo que podrá permitirse cuando se descubra quién es…».

La visita a las zonas comunes está plagada de onomatopeyas. Sus «oh…», «guau…», y «ah…» consiguen sacarme una sonrisa. Que evidentemente le oculto.

—Este de aquí será tu dormitorio. Tienes un baño privado —la informo, abriendo la puerta—.

Coloca los muebles como te plazca. Si necesitas comprar cualquier cosa que no esté a tu gusto, me avisas sin problema.

—Hago una pausa al observar que entra y deja sus cosas encima de una banqueta—.

Mi dormitorio es la puerta al fondo del pasillo.

—Demasiada información.

Hace un gesto con la mano, como si le importase entre poco y nada.

— Oyasumi nasai.

Me despido antes de cerrar la puerta y me dirijo a mi habitación.

Tras ducharme y ponerme tan solo un pantalón del pijama, me tumbo en la cama.

«¿Qué demonios estoy haciendo?».

Coloco mis manos detrás de la cabeza, siendo consciente de que, por mucho que lleve un día y medio sin descansar, no voy a ser capaz de pegar ojo.

Tras aquella fiesta de La Sociedad de las Máscaras en Venecia, comencé a investigar a la familia Pavlov.

Hacía poco que el anterior pakhan había fallecido y Vladimir pasó a ocupar el puesto.

Por más que intenté indagar, nada me decía quién era la mujer de cabello como la nieve.

Hasta que, de repente, una pista me llevó hasta Alina Pavlova, la hermana del pakhan , y ella a Adriano Moretti, capo de la Cosa Nostra.

Tras seguir la pista de estos dos descubrí que la amiga de Alina, una tal Sheila García, había sido secuestrada. Todas las alarmas empezaron a sonar con fuerza y supe que podría tener relación con lo que le sucedió a Hikaru.

Me sobresalto cuando a las tres de la madrugada la oigo.

No se trata de un simple grito. Es mucho peor que esto. Suena como si se estuviese desgarrando la garganta.

Salgo disparado de mi habitación y me quedo en el pasillo, frente a la puerta cerrada, con la mano suspendida al escuchar un suspiro seguido de un improperio.

No entro al entender que Sheila ha salido de su propia pesadilla por sí misma.

Me dirijo a la cocina y, a los pocos minutos, aparece.

Por un segundo se queda quieta al verme, pero se recompone con rapidez y se sienta de un salto en la encimera con las piernas colgando; le ofrezco un vaso de agua sin decir nada.

Tiene el pelo revuelto y restos de rímel bajo los ojos, como si la ducha no hubiese sido capaz de borrar el maquillaje.

—No sabía que tenías tatuajes.

Señala mi torso.

—En nuestra cultura está mal visto mostrarlos.

—¿Por eso tienes esa porción sin tatuar?

Miro hacia abajo.

—Se llama nukibori . Los tatuajes tradicionales de la Yakuza suelen dejar una franja de piel sin tinta desde el pecho hasta el abdomen. Cuando vestimos un kimono o un yukata , el dibujo queda oculto y nadie puede verlo a simple vista.

Paso los dedos por la piel desnuda que divide los dos dragones que cubren mi torso.

—Parece como si llevases una camisa abierta.

Solo algo así se le podría ocurrir a Sheila.

—En Japón, los tatuajes siguen asociándose al crimen. Hay baños termales, gimnasios o piscinas donde todavía hoy pueden prohibirnos la entrada por llevarlos. Los nuestros no están hechos para exhibirse, sino para recordarnos quiénes somos y el precio que hemos pagado por pertenecer al clan.

Se queda callada un rato, observando cada porción de mi piel.

—No podía dormir —anuncia como si me debiese una explicación a que esté aquí.

—Ya lo sé.

—¿Me has escuchado?

—Estaría sordo si no lo hubiese hecho.

Aprieta los labios y baja la vista hacia el vaso.

—Supongo que extraño la cama. Otra desventaja por haberme traído aquí.

—No sabía que te habías acomodado tanto en casa de Aiko.

—¿Si te digo que es la mejor casa en la que he estado me llevarás de vuelta?

—No.

—Lo que me temía…

Me doy la vuelta y dejo mi vaso en el fregadero.

Sé que debería marcharme. Dejar que descanse, ya que en pocas horas tiene entrenamiento y pasado mañana tendrá que sentarse en una habitación llena de hombres armados sin temblar.

En su lugar, digo:

—Ven.

Levanta la cabeza de golpe.

—¿Adónde?

—A trabajar.

—Son más de las tres de la mañana.

—Dudo que vuelvas a conciliar el sueño. Y, por lo que veo, yo tampoco. —Me dirijo hacia el pasillo y suelto—: Puedes quedarte ahí sentada esperando a que amanezca, o puedes aprender algo que te sirva para la reunión.

Tarda cuatro segundos en bajarse de la encimera. Lo sé porque los cuento.

Entro en una de las habitaciones que está vacía, salvo por el tatami y una caja de madera contra la pared. Enciendo solo la lámpara baja del rincón porque el resto de la luz sobra.

Sheila se queda en el umbral, descalza, mirando la caja abierta.

—¿Eso son cuerdas?

— Asanawa .

—Vale… No tengo ni puta idea de qué significa.

Le dedico una mirada severa por su vocabulario.

—Son cuerdas de fibra natural. Más concretamente de cáñamo.

Traga saliva.

—¿Esta es la parte del entrenamiento donde descubro que Rin tenía razón y debería haber salido corriendo?

—Puedes irte cuando quieras.

—¿Ahora?

—Ahora, en diez minutos… Cuando lo decidas.

Desenrollo la primera cuerda y la dejo caer sobre mi antebrazo.

—¡Estupendo! Ve encendiendo el motor, que voy a por mis cosas.

—Muy graciosa… Me refería a la práctica.

—¿Y esa es?

— Shibari . Aunque yo prefiero seguir utilizando el nombre de kinbaku por respeto a la tradición.

—Si piensas que me vas a atar, vete olvidando.

No respondo mientras unto de aceite las cuerdas para su mejor manejo y no deje marcas al rozar la piel.

—Solo hay una única norma, y funciona en los dos sentidos. —Sheila sigue negando con la cabeza sin perder de vista mis manos—. Si en algún momento quieres que pare, lo dices y paro. No hay negociación. Una palabra y se acaba.

Frunce el ceño, desconfiada.

—¿Por qué esto forma parte del entrenamiento?

—Pasado mañana vas a estar arrodillada tres horas en una sala donde cualquier gesto tuyo puede costarte la vida.

—Doy un paso hacia ella—. No eres consciente, pero tu cuerpo se mueve cuando tienes miedo, Sheila.

Te tiemblan los hombros, las manos, la mandíbula…

Cualquiera que sepa mirar, te leerá en menos de diez segundos.

Y créeme que esa reunión estará plagada de hombres a los que no se les escapa nada.

—Perdona por ser una chica tan expresiva.

—El kinbaku te enseña a permanecer quieta. No por fuera. —Le señalo el esternón sin llegar a tocarla—. Sino por dentro.

—No me gusta que me aten.

Se abraza a su cintura.

—Puedes confiar en mí, Sheila. No te haré daño.

Extiendo mi mano.

No la coge de inmediato. Duda y la entiendo mejor de lo que imagina.

—Si te digo que pares, paras.

—En el segundo exacto.

Cabecea y se acerca.

—Sé que voy a arrepentirme de esto —masculla por lo bajo.

Pidiéndole permiso con la mirada, comienzo por los brazos, que es lo más simple y lo menos invasivo. Le pido que se coloque con la espalda recta y me sitúo delante de ella para que pueda verme las manos en todo momento.

La primera vuelta de la cuerda alrededor de su antebrazo la hace inhalar de golpe.

—Respira, Yuki.

—Estoy respirando.

—Estás conteniendo el aire, que no es lo mismo.

Suelta el aire por la nariz, muy despacio, y esa tensión en sus hombros cede un poco.

Trabajo en silencio. Doy la vuelta a la cuerda, tensiono y acabo con un nudo. Voy trazando su cuerpo y noto cómo la piel se le eriza por el contacto.

Mis dedos rozan una línea tenue en su costado, tan pequeña que apenas es visible bajo la luz.

No pregunto cómo se la hizo. No necesito saberlo, ya que su piel me cuenta la historia en silencio.

Aprieto los dientes mientras ajusto la cuerda un poco más arriba para evitar ese punto.

Ella no lo menciona, pero sé que nota cómo evito ocultar sus cicatrices.

Quiero que las muestre con orgullo, porque quien ha caminado por el infierno y ha logrado salir nunca debería tener motivo de vergüenza.

Ese pequeño gesto cambia su respiración a una más profunda.

—¿Duele? —pregunto.

—No. —Y añade, más bajo—: Quizá ese es el problema.

No le pido que me lo explique. Sé exactamente lo que quiere decir.

Cuando termino la parte delantera, rodeo su cuerpo.

Me acerco por detrás. Siento cómo duda antes de quedarse quieta. Ese segundo me dice que alguien la enseñó a desconfiar de cualquiera que intente acercarse.

Con el kinbaku intento enseñarle lo contrario. Quiero que entienda que no todos los contactos buscan romperla; lo que pretendo es que aprenda a confiar en mí.

— Nigeru na —susurro, ejerciendo control sobre mí mismo para no acariciarla como en realidad deseo.

—No huyo —musita con voz temblorosa.

Cuando gira la cabeza por encima de su hombro y me mira, veo algo distinto en sus ojos. Hay menos lucha, aunque continúa manteniéndose alerta. Es como si esperara el golpe y, al no llegar, no supiera qué hacer con el espacio que queda entre nosotros.

Justo ahí es cuando entiendo que el peligro real no es atarla, sino lo que empieza a significar para mí verla así.

Porque cada vez que percibo esa sombra de rendición en sus movimientos, mi instinto no es dominarla, sino protegerla.

Y eso es una debilidad que un ejecutor como yo no debería permitirse.